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Adiós, Buenos Aires

sábado 15 de julio de 2023
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“Vos seríais una excelente lingüista”, me decías borracho porque te hablaba de Saussure y de los estructuralistas americanos. Pero yo en realidad lo que amaba era el teatro, y no comprendías por qué a Arniches, maestro del sainete, lo había devorado a escondidas por miedo a que la lingüística me sorprendiera en un renuncio. Y así, descalza y exhalando el humo al éter, caminaba en puntas, para no sentir el frío inquisidor de tu semblante en mis talones. Te burlabas de mis lecturas porque no eran lo suficientemente francesas, porque olían a prosa rígida y dura, porque sonaban como un golpe seco en la mesa. Tú nombrabas como ido a Celan, Reambou y Shulz y, de vez en cuando, se escurría por tu barbilla un Prust húmedo y chorreante. Yo te regalé, sorprendiéndote, un viejo Bulgákov lleno de polvo y notas: “No pintés en los libros”, me dijiste, y te fuiste a leer a solas lo que yo no pude haber escrito.

A veces yo me enfadaba por culpa de tu desdén hacia todo lo español, y no comprendía por qué preferías a los escritores franceses. Por qué entre tus libros había tan pocos autores españoles. Pero luego recordaba cómo te había sorprendido leyéndolos a escondidas, avergonzándote de tu debilidad innata. Y podía ver, sin que tú me vieras, cómo tus ojos se escurrían llameantes ante Tirso, san Juan y Quevedo. Hasta a un don Miguel te sorprendí en tu silencio. Entonces recordé al genio nicaragüense: “Mi esposa es de mi tierra, mi querida de París”. Y ahí fue cuando comprendí lo mucho que me amabas.

Soy un porteño con alma de gaucho (me decías con la armonía de tu fonética y con el semblante de un adolescente incomprendido), un don Segundo Sombra cosmopolita y urbano, un resero bohemio y vagabundo que busca en los contenedores de la basura ninfas y sueños. Y yo te imaginaba así, galopando libre por la Pampa, soñándote a lo lejos con el único sonido de la inmensidad de la tierra y con el vacío de la llanura arenosa. No había un solo día en que el humo adormecedor no nos acunara con el dulce vaivén de los brazos de una vieja nona. Y en ese armónico y acompasado balanceo se quedaban dormidas nuestras ideas de cambiar este mundo por uno más nuestro, más tuyo y mío.

Pero ahora todo ya ha cambiado, porque nada permanece igual por mucho tiempo, porque todo está sujeto al cambio constante, por eso me dijiste esa noche: la gramática histórica no existe, es un uso abusivo de terminología. Y yo te creí, porque siempre lo hacía. Íbamos perdiendo la fe, todo lo reducíamos a la gramática. Fueron esos libros los que nos despertaron de nuestra siesta eterna, los que nos sorprendieron bostezando con toda la musculatura relajada por la extenuación de los sentidos. Qué mejor diazepam, me decías, que unos cuantos sonetos de santa Teresa o de sor Juana. Y, en aquel momento, como siempre, brotaban en la conversación, como en un culto místico, casi sagrado, la Generación Beat, Bukowski y la Factory Warhol.

Me voy a Finlandia, te dije al despedirnos, a leer el Kalevala contemplando los lagos helados circundados por pinos y abedules. Y así fue como nos fuimos alejando. Tú nunca soportaste a Kaurismaki. Tú odiabas demasiado el frío.

Pilar Llada Cienfuegos
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