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Cuba, infierno y aduana

jueves 6 de agosto de 2015
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aduana
Trabajadores.cu

Asustado como viven decenas de opositores, Octavio es conminado a abrir el equipaje de mano delante de cuatro agentes de la aduana. Se siente rodeado por pirañas dentro de una estrecha bañera. “Todos quieren morderme”, piensa —con razón— mientras que la agente de ojos vivaces, quizás jefa o supervisora, dice que la multa por introducir teléfonos celulares a la isla será muy alta.

Se refiere a dos celulares que, aprovechando una oferta de último momento, Octavio adquirió por diecinueve dólares americanos cada uno. Dos celulares de baja gama. Dos celulares que le han pedido en su más reciente llamada telefónica y que lleva como regalos para alegrar la existencia de sendas adolescentes que sueñan con conectarse por primera vez a Internet y tener su propia cuenta en Facebook. “Para que me vean en la ‘Yuma’ ”, le habría dicho una de ellas.

La Revolución no se sostiene con buenas intenciones. Tampoco las familias de quienes laboran en la aduana

El trámite debe ser rápido. El área de aduana en la terminal tres del aeropuerto José Martí es un hervidero humano. Una Babel donde el pasajero puede salir a encontrarse o reencontrarse con familiares o allegados pagando “por la izquierda” una suma pírrica —unos cien dólares— o, por el contrario, siguiendo la ley, elevadas cantidades de dinero —probablemente más de doscientos— si quiere abandonar el establecimiento aeroportuario seguro de que los regalos que trae consigo llegarán a manos de sus destinatarios.

Octavio no sabe a quién responderle ni a quién dirigirse. Todos le hablan al tiempo. Recuerda que alguna vez un cubano le dijo que “marearte” es el propósito y una vez acorralado no hay otra opción distinta a meterse la mano al bolsillo, sacar unos billetes producidos con trabajo arduo, entregarlos a agentes aduaneros corruptos y mal remunerados y luego del mal momento volver a respirar tranquilamente. Contra este tipo de “mareo” los laboratorios alemanes no han inventado una pastilla efectiva.

La jefa o supervisora retoma la palabra. Octavio tendrá que pagar por los dos celulares cien dólares que engrosarán las arcas del fisco cubano. Es un dinero necesario, muy útil. La Revolución no se sostiene con buenas intenciones. Tampoco las familias de quienes laboran en la aduana. De tal suerte que si Octavio decide hacer las cosas de otro modo, es decir, “por la izquierda”, solo tendrá que pagar sesenta dólares por los dos celulares que tuvieron un costo de treinta y ocho en una tienda que cerraba sus puertas como consecuencia de la crisis económica en Estados Unidos.

No se hable más. El dinero tendrá que ser mimetizado en un papel plegado a manera de sobre que le entrega la encargada de la transacción. Octavio se aparta y hace conforme a lo acordado. Regresa a la mesa donde todavía se encuentra su equipaje de mano. Tres calzoncillos, dos camisetas, un pantalón de jean, una tableta. ¿Una tableta? Los agentes aduaneros vuelven a la carga.

La tarifa por una tableta es de ciento cincuenta dólares. No importa la marca. No importa la capacidad de almacenaje. No importa el tamaño. Ciento cincuenta dólares que, como todo en la aduana, es una cifra negociable. Por supuesto que ese dinero hace falta a la Revolución, pero las familias de los agentes aduaneros también tienen necesidades.

Ochenta dólares es el valor pactado. La operación esta vez será diferente. Octavio irá hasta la mesita donde un empleado recibe el papel color blanco que utilizan los pasajeros para consignar información relacionada con su estado de salud. En ese mismo papel, plegado en razón al tamaño y forma de los billetes, el buen samaritano deberá colocar el dinero y dejarlo al encargado de ese lugar.

Treinta minutos han transcurrido y finalmente pasa el primer control aduanero. Recoger el equipaje grande supone más tiempo. Por lo menos una hora si es que las maletas o “gusanos” arribaron con el vuelo. No es el caso de Octavio. Un agente aduanero informa que más de la mitad de la carga se ha quedado en el puerto de origen. Hace calor. No hay una tienda en la que vendan refrescos o cualquier chuchería para mitigar el hambre.

Otros pasajeros con más experiencia sabían poco después de veinte minutos de espera que el equipaje grande probablemente no había llegado. Delante de la puerta de cristal opaco de la oficina de reclamos de la aduana han formado una fila y Octavio es décimo cuarto, casi el último. Una hora y media más tarde recibe un papel verde con el que deberá reclamar su equipaje en uno o dos días.

En casa la romería de gente es inagotable. Las dos muchachas se han marchado felices con sus nuevos celulares “de la Yuma”. El jovencito al que le habían prometido la tableta no se cambia por nadie. Las otras personas muestran una especie de desconsuelo en sus rostros. El equipaje grande de Octavio está en un limbo como sus vidas en una isla de pocas oportunidades laborales y bajos ingresos per cápita.

En el papel verde aparece el teléfono al que debe llamar para efectos de confirmación. La carga aún no llega. Es probable que esto suceda mañana. Debe volver a comunicarse. Los destinatarios de los regalos también ayudan con las llamadas día, tarde y noche. Una luz aparece al final del camino. Parece que los equipajes llegan esta noche.

A primera hora, dos días más tarde, Octavio es uno de los tantos pasajeros que reclaman su equipaje, un “gusano” con setenta libras de regalos que se diferencia de los otros por una cinta roja amarrada a las asas. A un lado de la estera se encuentra todo el equipaje que llegó la noche anterior. Un maletero le ofrece sus servicios. Aparece el “gusano”. Octavio cree que se acabaron sus problemas. Malas noticias.

El “gusano” fue “marcado” por contener artículos electrónicos. Octavio explica a la agente aduanera que son dos discos duros externos de muy bajo valor comercial y cinco memorias USB que le regalaron en Navidad. Más dinero, un nuevo disgusto. Pagando cincuenta dólares el buen samaritano podrá irse definitivamente. Pacta el regalo para suplir parcialmente las necesidades de la familia de la agente en cuarenta dólares. Trato hecho.

El modo de entrega del dinero es muy distinto a los dos anteriores. Octavio debe salir del área de aduana sin su equipaje, que queda bajo la custodia del maletero. Afuera, detrás de una columna y fuera del alcance de las cámaras, introduce los billetes en una especie de sobre. Vuelve a ingresar. Pasajero y maletero salen finalmente. Otros 20 dólares debe pagar por el servicio del maletero hasta el vehículo que lo espera en el parqueadero.

Octavio regresa a la casa donde se hospeda. En menos de dos minutos el “gusano” con setenta libras de regalos queda completamente vacío. Caras felices. Hay licor, comida, música, mujeres lindas. El buen samaritano se convierte en rey. Todos lo aclaman. Todos lo veneran. Alguien pregunta cuándo regresará de nuevo.

Días más tarde en Miami, entre el calor y gente con el mismo acento cubano, Octavio todavía no tiene respuesta a la pregunta…

Daniel Castropé
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