“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Saudade de la distancia

miércoles 25 de noviembre de 2015

"O soluço absurdo", de Alberto Hernández

…el bacalao y las saudades también son absolutos
como el trópico
de Eugenio Montejo.
Alberto Hernández

Camões, Cascais, Oporto, Estoril, Belem, Magalhães, Madeira, os Açores y Lisboa o Setubal. Ricardo Reis y Álvaro de Campos son nombres que enuncian un lugar que también es memoria pero en el idioma de la saudade. No es ajeno, en cambio, me es propio por la musicalidad, la intensidad del sujeto y el sonido de la composición escrita me acercan por vía de lo encantatorio o del encanto que otorgan la estrofa, luego el verso y al cabo, la palabra que se hace parte de esa cadencia la cual adquiere territorialidad como codiciaba Ricardo Reis de las palabras: sensación o corporeidad. La palabra deviene en emoción ahora racionalizada. El enunciado de la realidad, sus calles, los personajes y el viaje transparente se apropia de aquella belleza de lo encantatorio. Utilizo esta bella (y no por bella) palabra que en su momento calzó Julio Cortázar cuando quería hablarnos de la sonoridad, el ritmo, el canto y la musicalidad de la escritura, no sólo de la poesía sino —como deseaba su cronopio— en la prosa. La literatura estaría comprometida con ese ritmo. En Alberto Hernández, con su libro O soluço absurdo y bajo la traducción de Rogério Viana, el “encanto” de un idioma se transfiere desde aquella sensación. Ésta es, la emoción que se racionaliza y termina en palabra, hacia mi propio deseo del idioma portugués: memoria, emoción y estructura. Y lo es, porque en el poema su cadencia, ritmo y separación organizan su sintaxis hacia este encanto, hacia el fado cercano al viaje horizontal por la sonoridad de la tradición. Portugal es un sonido, la palabra, vuelvo a decirlo, el enunciado que se hace canto ante el lector. Y si también es sensación, es porque la palabra ya se ha elaborado por su racionamiento: el poeta —la voz del poema— recrea su primera impresión. Percepción de un mundo simbólico abstracto a la vez que real, puesto que la memoria es la representación de aquellas emociones y, a decir verdad, esa sensación es un modo de exhibir ante el lector la forma de un sentimiento de dolor, recuerdo, desasosiego o de ironía frente a la realidad la cual no existe sino en la sintaxis del poema. Como en Pessoa, Alberto Hernández busca amenizar esa máxima del poeta capaz de hacer de un sentimiento un fragmento de la realidad, una parte de su encanto. La memoria entonces se nos cae de las manos antes de hacerse palabra. Y se retiene en el lector porque será un gesto de hallazgo. Portugal ya no es una abstracción, por el contrario, una percepción en cuyo poema la imagen de lo real irrumpe con la intensidad dramática por el tono épico del poema, donde el lector siente o se recrea en esa sensación. Y, claro, no es una pérdida por lo que nos atrae de la historia y el pensamiento de Portugal. Cuando no, será aquella emoción hecha poema: Y Magallanes supo de la eternidad bajo el otro mar, el silencioso, el surcado de estrellas.

Alberto Hernández es hábil en hacer mío su amor por el otro, por el idioma que se le devuelve en poema. Su afecto con la palabra es parte de esa memoria frágil pero sobre todo transparente para el lector y de allí su cercanía con el sentido del poema, el canto, el mar que se separa de un continente abstracto. Y con él su religiosidad, en tanto que ésta logra asir el yo del lector con los afectos del poeta. La voz de Hernández me enseña a amar un continente perdido:

Sueño del río Minho

En este lado del universo
está la tierra

la que corre pareja con el río.

Lenta, macerada por los siglos,
la corriente es gallega y también portuguesa.

De este lado del mundo
queda el fin del mundo

Alguien habla y se entiende con las aguas

Despierta y se descubre
entre dos lenguas,

silencioso.

y tal es el rigor de esa sensación que el poema se construye en la imagen que se hace del lector, se encanta también de las formas. Es entonces cuando el sobresalto abandona la razón del lector y se descubre palabra en procura del poema y éste me logra asir, al tiempo que me recrea la realidad. En la cadencia del poema estoy reducido por el poder de su sonoridad. Una nación que se desfragmenta en el corazón con el propósito de no engañar el país extranjero de mi secreto. El desasosiego me pertenece.

Es canto, pero además cadencia, estrofa, ritmo o atmósfera el cual se afirma en el cuerpo de su lectura puesto que me dicen del otro, de la saudade que puede o no pertenecer a Portugal: lo otro se hace idioma e idiosincrasia. Le afecta a partir de ese canto que se transtextualiza. Es decir, se reescribe en la memoria del lector y en los heterónimos de Pessoa: en Álvaro de Campos, Alberto Caerio y Ricardo Reis o Camões. El viaje es en sí mismo un puente entre dialectos no tan diferentes. La mirada sobre el país es una representación de lo irreal sobre la conciencia. Y las cosas una alucinación del vacío por la palabra. De allí que el poeta venezolano Eugenio Montejo sea una figura viva en el poemario. Un recorrido mediante la memoria quien se hace en el libro por ser nombrado, junto con los territorios de Portugal, como un solo sentimiento. Con todo, se nos anuncia aquella idea de la saudade: el desasosiego, la agitación ininteligible como forma de encanto. Como diría el también portugués António Lobo Antunes, quien nos mira con desasosiego y no poca ironía: “El traductor es otro autor del libro”. Rogério Viana todavía lo hace suyo desde la postura de esa sonoridad en la que se cristaliza Hernández para luego reproducirlo en significancia de aquello que se puede interpretar en el alma de la lengua portuguesa.

Juan Martins
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