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Hablemos, de Octavio Santana Surez

Cinefilias II

• Viernes 8 de julio de 2016
Fotograma de “La mansión de Araucaíma”, de Carlos Mayolo (1986)
Fotograma de La mansión de Araucaíma, de Carlos Mayolo (1986).

Menos en la película La mansión de Araucaíma, de don Carlos Mayolo, que resultó mejor que el cuento de don Álvaro Mutis, la contienda entre mis viejos amores: el cine y la literatura, siempre la había ganado esta última por puntos, jamás por K.O., igual que el combate entre la novela y el cuento, según don Julio Cortázar.

Pero ayer ganó una película sin nombre sobre la amistad, que pasaron en la televisión y me puse a ver aunque ya había comenzado. Viéndola recordé la cinta campeona sobre la amistad, Tomates verdes fritos, que a su vez era la campeona de las lágrimas: la vi siete veces y cada vez lloraba más por la emoción (el duelo, diría mejor) de haber tenido y ya no tener amigos tan leales como las dos protagonistas, una de las cuales, con su empleado, mató al marido de la otra porque le daba mala vida, lo vendió como carne asada en el restaurante, y hasta el detective que investigaba esa muerte se comió un filete. Nunca antes había llorado tantas veces por la misma cosa, que no era un dolor sino una emoción contagiada de remembranza.

Ayer, en la película sin nombre a la que llegué tarde, el cine hizo algo que la literatura no puede.

Ah, era imposible, cada vez que salía de ver Tomates verdes fritos, ya viejo, no recordar a mi amigo de la escuela primaria, Germán Rodríguez, hijo del señor del taller de los carros, mi amigo del alma de aquellos días, que se causó una herida grave para que lo llevaran al hospital y así librarse de ir a la escuela durante cuatro semanas, que pasamos frente al televisor en blanco y negro de su casa y yendo periódicamente al hospital para que nos revisaran las heridas. En una de esas salidas nos metimos el almacén Ley a robarnos un candado: nos pillaron los guachimanes y pasamos las duras y las maduras para pagar tres veces el valor del candado, y para que no nos metieran a la cárcel con cadena perpetua, según la amenaza del gerente, que el diablo lo tenga en sus llamas.

El primer día de clase de cuarto de primaria, ambos teníamos once años, media hora antes de entrar a la escuela nos pusimos a apostar carreras sobre las vigas de un edificio abandonado que nunca terminaron y se quedó con las tripas al viento, como los cuadros cubistas, con tan mala fortuna que me tropecé contra una varilla que sobresalía y caí desde el segundo piso a un pastal inclinado que daba a una cancha de fútbol improvisada que era nuestro reino: quedé sentado en el césped, después de dar volteretas, y la primera evidencia de mi gravedad fue una gota de sangre que cayó en mi pantalón, desde una herida en forma de medialuna, como una boca hambrienta, que exhibía en la frente. Doce puntos de sutura y vacaciones de un mes mientras sanaba la herida. Los dos primeros días Germán fue a visitarme, después de clase. Al tercer día, a escondidas de mamá, me volé a la hora de salida y fui hasta la escuela a esperarlo para que regresáramos juntos a nuestras casas, que quedaban cerquita. La última tarde de esa semana él dijo que tenía un plan para que nos siguiéramos viendo durante mi enfermedad, y yo, sin imaginarme lo cruento de su propósito, me puse contento. El lunes siguiente, cuando volvíamos a casa, el pícaro se puso a caminar sobre un pedestal de cemento colocado a lo largo del andén de una iglesia adventista, que tenía una hilera de varillas de hierro, a manera de verja, con el extremo puntudo como una flecha. De repente se dejó caer y una de las flechas le entró por la axila y salió por el hombro. Reconstrucción del tendón, dieciséis puntos de sutura en el hombro, dieciocho en la axila y vacaciones de un mes mientras sanaba la herida.

Ayer, en la película sin nombre a la que llegué tarde, el cine hizo algo que la literatura no puede: dos amigos, once y catorce años, están en un descampado del barrio hablando de sus cosas y tirándose una pelota de béisbol, suena una música que se disfraza de paso del tiempo y los dos muchachos comienzan a caminar a lo largo de una calle, hacia la cámara, o sea hacia el asiento donde yo, con sesentaicinco años, estoy viendo la escena. Van creciendo a medida que se acercan, de tal forma que cuando pasan algunos segundos y llegan al primer plano, tienen veintiséis y veintitrés años y las facciones con que quedarán hasta que la película termine. A la literatura le habría tomado varias páginas y un lapso mucho mayor de lo que le tomó a la película obrar este milagro. Con mis disculpas a mis amigos de ahora, que no van a morirse conmigo para acompañarme, esta es la clase de milagros que amo, y éste, mi homenaje a don Carlos Mayolo, que en paz descanse.

Amílcar Bernal

Amílcar Bernal

Escritor colombiano (1950). Reside en Bogotá. Es ingeniero mecánico y se encuentra pensionado. Ha ganado varios premios y menciones en concursos colombianos y extranjeros de poemas y relatos. Textos suyos han sido publicados en diversas antologías y revistas impresas y digitales. Ha publicado los poemarios La sal de los hoteles (Ayuntamiento de Armilla, España; segundo puesto en el VI Concurso Internacional de Poesía “Miguel de Cervantes”, 2001) y Solos de retruécano (primer puesto en el VII Concurso Nacional de Poesía “Ciudad de Chiquinquirá”, Colombia, 1999).
Amílcar Bernal

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