
Coleridge escribió en 1802 “Una oda a la lluvia”. En ella ruega a la lluvia que se retire por un día, ya que no desea que detenga la partida de un amigo “digno” pero “no muy agradable”; promete no vituperarla a pesar de que le ha quitado el sueño, promete hablar bien de ella a pesar del dolor y la tristeza que la acompañan.
No es difícil simpatizar con Coleridge. El arribo de la lluvia muchas veces resulta inoportuno. En cierto sentido, es visto como el obstáculo natural por antonomasia. No obstante, este desencanto llega con los años.
Piénsese en la niñez. Ante un cielo nublado no hay manera de controlarse; todas las advertencias se ignoran bajo el trance de mirar caer las primeras gotas. Se corre con emoción hacia ese océano vertical al notar que otros están dispuestos a unirse. Y atrás van los padres, preocupados por una enfermedad inminente, por la ropa que acaban de comprar, por la posibilidad de una granizada azotando a sus hijos. Sin embargo, nada puede mitigar la dicha en esos momentos, parece inagotable. Por un período muy breve, la experiencia puede repetirse sin perder un ápice de su intensidad original.
Después basta con mirar. Este distanciamiento descubre un mundo tragicómico de calamidades. En un extremo están quienes huyen sin suerte de la precipitación, merced a un paraguas defectuoso o a una prenda holgada; en el otro, los ancianos y su estoicismo involuntario, los hogares endebles que apenas pueden con una llovizna. Inevitables, pues, los primeros sinsabores.
El oído termina reemplazando a la vista. Salir cuando se oyen los golpeteos inaugurales deja de ser necesario. A estas alturas, hay más predilección por adivinar ritmos o rememorar. Y en el rememorar se consuma el vínculo entre lluvia y nostalgia.
Así, los sentidos se agotan. Lejos el candor inicial, quedan sólo la contemplación fría—cálculo de perjuicios, advertencias a los menores— y la indiferencia.
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