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Sobre novelas, metáforas y metonimias

martes 27 de septiembre de 2016
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“El grito”, de Edvard Munch

Se ha escrito mucho acerca de la globalización y sobre sus efectos colaterales. El principal, tal vez, es que la subjetividad está en riesgo, puesto que la imagen visual, que ha pasado a ser prótesis mental, y la banalización impudorosa, que vacía a diario los contenidos, tienden a estatuir un pensamiento único, merced al cual la reflexión y el derecho a vivir más allá de los diseños e instrucciones de vida se encuentran en un gran tembladeral.

Aunque la época venga disfrazada de democratización y transparencia, lo único que nos iguala es el consumo berreta porque el sobrante de fábrica hay que venderlo a como dé lugar. Y un narcisismo, fomentado por la publicidad y el mercadeo, nos hace creer a diario que la vida es la expuesta en las redes sociales y los amigos, las cifras de los seguidores. Vivimos, en definitiva, en un mundo de efímeras y solícitas apariencias, en el que lo público suele pertenecer más a los privados que a la sociedad y lo privado es público —menuda forma de contrarrestar la invisibilidad y vulnerabilidad del ciudadano en gobiernos que suelen declamar que siempre velan por él.

El corazón de la literatura aún se resiste a ser deglutido por la sola estética.

En la Retórica, la metáfora y la metonimia se estudian como recursos lingüísticos, aunque a decir verdad se tratan más que esto: son procesos mentales que, por desplazamiento semántico, ayudan a conceptualizar. La metáfora hace uso de un complejo mecanismo simbólico mientras que la metonimia reduce y por economía, termina por simplificar hasta la forma de conocer. Así, la metonimia —tan en boga sobre todo en los títulos de los noticiosos y de la prensa gráfica vigentes y en algunos manuales de estudio—, inevitable pero engañosa, crea entidades con significación autónoma, diferenciada de la de su raíz. Estas entidades, al ser repetidas al cansancio, desvirtúan el concepto inicial, cualquiera sea su naturaleza, y logran que el hablante sea hablado por el lenguaje y no por él: los malentendidos y las fes de erratas se encuentran a la orden del día. El pensamiento metonímico empobrece. La metáfora desplaza pero abre a nuevos sentidos.

Entremedio, la literatura continúa su curso, se piensa a sí misma y es pensada por otros. Ella misma es metáfora de todo lo que nos pasa. Y a propósito de pensar la literatura, Enrique Vila-Matas advierte, entre las obsesiones de su Dublinesca, con su habitual sarcasmo, que las letras, hoy, deberían sobrevivir a las reglas del canon. Alude irónicamente a la novela “políticamente correcta”. El escritor catalán celebra siempre a Joyce. Acaso, debido a un enamoramiento de Irlanda motivado en la soledad tan cara a la inspiración —soledad que es un invento puramente sajón—, dice Lucía Berlin en “Triste idiota”, uno de los cuentos de Manual para mujeres de la limpieza. Vila-Matas, en su texto, evoca también al editor en busca de su autor (tamaña tarea, hoy), dando cuenta de los paradigmas del arte de escribir una novela “correcta”: 1) tener un estilo apenas ligeramente más visible que la trama (se admite la alta poesía); 2) conservar la linealidad en el desarrollo de la historia (evitar la técnica de lanzadera); 3) hacerse de recursos metalingüísticos (no puede faltar la intertextualidad); 4) mantener una conciencia siempre crítica respecto del momento cuando se escribe, y, por último, 5) no resignar un escepticismo bien fundado.

Si se siguen sus pasos y los que marca nuestra época, en definitiva, al hacer un paneo del panorama actual, los escritores aludiríamos a la desesperación incontrolable o nos mostraríamos con un hondo escepticismo frente al devenir. Es decir, se escribe al fin en forma “políticamente correcta” manteniendo ligera distancia o construyendo textos distópicos en los cuales, porque el deseo fue desplazado por el goce y la metáfora por la metonimia, todo pasa por la pulsión, capaz de generar un grito como el de Munch, o se controla lingüísticamente conforme el canon. El paisaje, así, se reduce a una resistencia mínima, a la queja del vulnerable. Se tratarían los textos literarios vigentes, entonces, de los “correctos” que buscan distancia cabal respecto de los del mercadeo y se alzan con un grito de horror y rabia, o que enfrentan monstruos inasibles, utilizando esos cinco elementos que él describe.

Vila-Matas conoce de sobra a sus contemporáneos y la época: tiempos en los que la metonimia sustituyó la metáfora y lo real mató lo simbólico, porque el inconsciente en la letra del sujeto derrama, se resiste a ser representado. La letra, en sentido lacaniano, lo excede. Puede que su texto testimonie también la obsesión por la ciencia y la sacralización de la imagen.

Pero la literatura también es una metáfora de sus tiempos y se escribe en estos, no por fuera. A mi juicio, para construir historias literarias no bastan la inflexión urbana, el desasosiego, los avatares de la vida en la otra orilla, ni el ocuparse de lo que la sociedad no alcanzó a institucionalizar; tampoco el homenaje al páramo, al dolor en la indigencia; ni siquiera el neobarroco que rinde homenaje a la negritud es suficiente. El corazón de la literatura aún se resiste a ser deglutido por la sola estética, se yergue como una imprescindible defensa de la subjetividad. Es cierto que se vive incomunicadamente comunicado, merced a la circulación de lo abreviado, de los escasos contenidos y de la sobredramatización de alto impacto, pero la literatura se resiste a ser diseñada: desea ser leída, no consumida.

¿Qué papel le queda a la literatura, entonces, en tiempos globalizados, si la sabiondez de Vila-Matas logra asimismo detectar al detalle hasta el controvertido rol escritural de los intelectuales, cuando en sus novelas denuncian (y sus lectores receptamos), por ejemplo, la obesa angustia en Una forma de vida, de Amélie Nothomb, o la desesperación de Salvador Benesdra en El traductor?

Nos guste o no, pertenecemos a la época que nos invade.

Los autores escribimos sobre lo conocido, cada uno con su percepción del mundo y su sistema de ideas. Es difícil que los textos literarios sean superadores en su propio tiempo; por caso, esto solo podrá confirmarse con lecturas retroactivas, gracias a los diálogos nuevos que se establezcan entre lectores y libros. Los títulos del mercadeo escritos conforme la instrucción de la lectura fácil, con descripciones innecesarias, expresiones de lugar común y aclaración sobreabundante de sentido implícito, es posible que tengan la condena del olvido. Los literarios, van a dar cuenta de su época y también del autor, en ella inmerso. Acaso, a poco que se piense, hoy sí hay una urgencia literaria colectiva: recuperar los propios escenarios, ora territoriales ora internos. Lo humano es el soporte de las distopías, de los relatos de ciencia ficción y de las historias de terror, donde cunden los humanoides y las máquinas perfectas acechan en la noche menos serena. Y aunque, en la literatura, la ciencia acompañe los relatos futuristas y policiales y el goce ahora se haya encimado al deseo, los miles de textos que continúan produciéndose y leyéndose dan testimonio de una riqueza nada desdeñable ni bien se busque en éstos lo recuperable de lo social, que es humano.

Escribir después de Borges, de Joyce, de Cortázar y Duras, del propio Vila-Matas; de García Márquez, Faulkner, de Fowles, James, Böll y de tantos otros cuentistas, poetas y novelistas, es solo escribir. Inscritos como estamos en el lenguaje de los tiempos que nos habitan, y haciendo uso del habla y de la lengua para gritar en un silencio, para mantenernos un poco más distantes y escépticos. Nos guste o no, pertenecemos a la época que nos invade.

Pero no tanto…

Paula Winkler
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