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Las muchachas en flor de Marcel Proust

jueves 13 de octubre de 2016
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Marcel Proust
Retrato de Marcel Proust por Jacques-Emile Blanche
Este artículo forma parte de la serie “En busca de Marcel Proust”, de la venezolana Flor Méndez, sobre el escritor francés y su obra cumbre, En busca del tiempo perdido. Lee aquí la serie completa.

En A la sombra de las muchachas en flor, segunda parte de En busca del tiempo perdido, transcurren los años de niñez y adolescencia del Narrador. El lector se recrea no sólo con los personajes y ambientes de la obra sino también con el tema del arte. La trama de esta segunda parte de La Recherche deja atrás los ambientes campestres de Combray de la primera parte de obra —Por el camino de Swann— para introducir el “ambiente urbano”. Marcel, el Narrador de quince años, nos conduce primero al París de principios de 1895: los alrededores de los Campos Elíseos —donde vive con sus padres— y los del Bosque de Bologna donde habita Gilberta, la hija de Odette de Crécy y Carlos Swann. En una de las primeras imágenes, aparecen dos personajes que vinculan las dos primeras partes de la gran novela: Francisca, la criada campesina, y el marqués de Norpois, personaje cosmopolita. El embajador Norpois —compañero del padre del Narrador en el Ministerio de Asuntos Extranjeros— es invitado a cenar a la casa de los Proust. Durante la cena, éste hace los elogios “…del plato de vaca estofada con gelatina, preparado por Francisca quien (…) volvió a dar con su incomparable estilo [culinario] de Combray…”. El recuerdo de esa visita quedó grabado en la memoria del Narrador porque aquel mismo día fue a una representación de Fedra —uno de los personajes de Racine— personificada por la Berma, artista dramática modelada según Sarah Bernhardt. Durante los dos años siguientes, el Narrador frecuenta la casa de los Swann, donde escucha por primera vez la sonata de Vinteuil; visita a madeimoselle Gilberta, quien le inspira la segunda gran pasión de La Recherche, pasión que desaparece poco a poco cuando se convence de que no es correspondido. Dos años más tarde, el Narrador, curado de su pasión por Gilberta luego de un viaje por tren desde París —acompañado de su abuela y de Francisca—, presenta el segundo ambiente de A la sombra de las muchachas en flor: el “ambiente marítimo” de la Normandía. La geografía normanda de la obra comprende los pueblos de Carqueville, Doncières y Douville, el balneario de Rivebelle y el puerto de Carquethuit, gravitando todos alrededor de Balbec, un sitio de veraneo, que en la realidad corresponde a Cabourg. Por boca de Brichot —profesor de la Sorbona y miembro del clan Verdurin— Proust presenta calificadamente la trilogía geográfica-toponímica-etimológica normanda en contraposición a la opinión débilmente sustanciada de un antiguo párroco de Combray. Los recuerdos abarcan detalles del Gran Hotel —cuya descripción recuerda el Ritz de la Plaza Vendôme de París— y el reencuentro de su abuela con una amiga de la infancia, la marquesa de Villeparisis. Madame de Villeparisis le presenta a su sobrino Roberto, marqués de Saint-Loup, y éste a su tío Palamedes de Guermantes, el extraño Barón de Charlus. En Balbec también conoce Marcel a una pequeña banda de muchachas: Andrea, Gisela y Rosamunda, capitaneadas por Albertina, la preferida del Narrador. Detrás del sistema insólito —al menos para la época de publicación de la obra de Proust— de oraciones complejas muy largas1 que caracteriza el estilo de Proust, se encierra un universo incomparable de ideas, imágenes, y temas; lugares, ambientes y arquitecturas; situaciones, personajes y relaciones. El lector se habitúa rápidamente al estilo y comienza a percibir todo el encanto de la obra. La originalidad y belleza de la frase de Proust “…reside en que nos muestra a la vez un objeto, su imagen y la imagen de esa imagen…”.2 Este sistema de reflexiones lo logra Proust con maestría indiscutible a través de la metáfora. La metáfora sirve a Proust para recobrar el tiempo y reconstruir su universo sobre la base de reminiscencias de experiencias pasadas, involuntariamente provocadas por sensaciones presentes. Es famosa la apreciación metafórica de Proust de la ciudad de Parma: “…compacta, lisa, malva y suave…”. El tema del arte lo desarrolla Proust a lo largo de toda La Recherche y especialmente en A la sombra de las muchachas en flor, basándose en una trilogía de artistas: Vinteuil, músico modelado según Debussy y Saint-Saens; el escritor Bergotte, que recuerda a Anatole France, y el pintor Elstir, habitué del salón burgués de los Verdurin y el cual sintetiza los atributos de Moreau, Renoir y Monet. Elstir es el recreador del mundo proustiano a través de la pintura: cuadros mitológicos, catedrales y marinas. Sin contar los pintores ficticios, Proust cita en su obra alrededor de doscientos cincuenta pintores, siendo Vermeer y Rembrandt los más nombrados. La Recherche contiene en sí una historia completa de la pintura. Proust se refiere frecuentemente a los escritores clásicos, citando más de trescientos autores. Bergotte pareciera constituirse en el álter ego de Proust, cuando declara: “…Sucedía, a veces, que una página suya venía a decir lo mismo que yo escribía a mi madre (…) de tal modo que aquella página de Bergotte parecía una colección de epígrafes destinados a mis cartas…”. La música es motivo de felicidad para Proust. Él mismo, cuya infancia estuvo rodeada de una atmósfera musical, consideraba la música “…superior a todas las artes, porque ella va más allá de las ideas y del tiempo…”.3 Proust aprecia el genio de Beethoven y encontraba humano a Wagner, el músico más citado de La Recherche. El Narrador se deleita refiriéndose a Tristán, Lohengrin y Parsifal. La música juega un rol primordial dentro de la construcción de La Recherche; ligada a la vida interior de los personajes, ella les ayuda a conocer sus estados de ánimo, a vivir su pasión: Swann ama a Odette y la pequeña frase de la sonata de Vinteuil que ha presidido el nacimiento de sus amores le acompaña hasta en sus tormentos. En su búsqueda del tiempo perdido, Proust no inventó nada pero alteró todo, seleccionando, fusionando y trasponiendo hechos de forma tal que la significancia universal de la condición humana se revela a través de su genio. A la sombra de las muchachas en flor, publicada en 1919, le valió a Proust el Premio Goncourt y le aseguró el reconocimiento literario de Francia y del mundo.

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Notas

  1. En el original en francés la frase más larga de La Recherche contiene más de 389 palabras.
  2. À la recherche du temps perdu, tomo 1, pp. 228, Ediciones Laffont, París, 1987.
  3. Ibíd., pp. 221.