
Sobre la soledad
En la ciudad, estar solo es excusable siempre y cuando sea un estado momentáneo. Se exige una soledad práctica: la del desplazamiento y la espera. Su alcance se limita a las transiciones. Una soledad más exhaustiva coquetea peligrosamente con la imaginación popular; sugiere desasosiego, inestabilidad, abatimiento. Los matices no pueden entrar en el armazón de un estereotipo.
El estigma se alimenta de la empatía (una virtud gris, si las hay). Todos han probado el acre sabor de la soledad imprevista. Lo ofrecen los conflictos, las separaciones, las muertes, el bagaje de circunstancias que hacen de la vida un azar. Y, una vez que se prueba, la reacción natural es desdeñarlo. La panacea se descubre en la compañía constante.
En una de esas tribales vueltas de tuerca, administrar la cura deviene un imperativo que sólo aplica a los allegados. Se sabe que ellos están en aprietos y que requieren de ayuda. El que no es cercano despierta la convicción de que su caso es insalvable: ha sido abandonado a su suerte.
¿Es esta una invitación al asedio del espacio privado de extraños? En absoluto. Dispersos entre las multitudes, están los que se entregan voluntariamente a una soledad rigurosa. Saben de la existencia de un gradiente que los mantiene lejos del ruido y a salvo del aislamiento. Sirvan ellos de contraejemplo a los arquetipos del individuo marginado. Sirvan de orientación. Bien podría existir para cualquiera una soledad trabajada que amplifique el deguste de esos grandes opuestos: el yo y los otros.
Sobre la rutina
Cualquier manifestación del determinismo, por velada que esté, despabila los sentidos y pone en guardia. El mero acto de existir se considera un milagro que demanda posibilidades infinitas. Todo debe estar sujeto a la volición. No sorprende, pues, que el culto a la variedad sea, en el fondo, una cruzada contra la rutina.
Pese a lo común de atribuir el monopolio de esta causa al arrebato de los jóvenes —activismo, hedonismo, idealismo—, la resignación de los adultos también juega su rol. A cambio de una serie de actividades fijas, se ofrece la madurez. Pero esta transacción no impide el recurso a los escapes: sueños, adicciones, entretenimiento, tecnología. Recursos imprescindibles, ya que la rutina, a sus ojos, es un pintarrajear de gris la existencia.
Hay quienes deciden (o, al menos, planean) no resignarse jamás. Su ruta es la de entregarse a alguna de esas actividades que parecen brindar una continua reinvención. O bien, la alternativa: el dinero, que a su manera promete favores similares.
Así y todo, la rutina se filtra. Dadas las energías limitadas de los seres humanos, su presencia es inapelable. La naturaleza misma da la impresión de regocijarse en un estatismo voluptuoso.
Como la muerte, y otras cortapisas inherentes a estar vivo, la rutina tiene sus secretas ventajas; aquí una de tintes poéticos: hiere con el mismo pie las cantinas de los pobres y las mansiones de los privilegiados.
Sobre la muerte de grandes figuras
El aséptico y enojoso rostro de la afectación se asoma festivamente cuando se anuncia el fallecimiento de un personaje notable. Los medios de comunicación proporcionan el combustible con sus obituarios hiperbólicos. Y más de una empresa se alista para perpetuar esta llamarada de pseudoentusiasmo que se hace pasar por duelo. Silenciadas las voces inquisitivas, el legado del fallecido, como tocado por Peneo, adquiere la firmeza del laurel. Su nombre asegura una almoneda exitosa.
En este ambiente de insinceridad y oportunismo, la menor muestra de emotividad es víctima de la indagación, pues la réplica a las fanfarrias es severa e igualmente doctrinal. De suerte que la turba se divide en apologistas desconcertados y opositores rabiosos.
La exaltación tiende a decaer. Algunos olvidan el asunto. Otros lo recuerdan por momentos. Varios más perciben un dejo de melancolía. ¿Es lamentable la muerte de alguien cuya vida es tan ajena? Las obras, al final del día, perduran, y son ellas las que poseen valor. Quizá se pueda generalizar aún más el comentario de Faulkner: la persona no tiene importancia.
Lo cierto es que hay un vago consuelo en saber que vive alguien a quien se admira con intensidad. No tanto por el potencial que se intuye, sino por su labor de puente entre las generaciones. Al colapsar, los contemporáneos se afligen por el derrumbe de un mundo conocido; los sucesores resienten la responsabilidad de erigir un mundo propio.
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