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La voz oculta

viernes 15 de diciembre de 2017
Oswaldo Reynoso
La obra de Reynoso incluye sólo diez libros porque era un esteta obsesivo, un arquitecto de la palabra.
Generoso, desbordado, maestro y luz de los jóvenes, Oswaldo Reynoso era un escritor poco conocido en América Latina. Reunía todas las características para ser un abyecto social: ateo, homosexual, anarquista. Antes de su muerte, dejó más de una decena de libros, dos mil manuscritos inéditos y un protocolo: no llorar, no rezar, beber sin fondo, cremar. Perfil del hombre que mató a Dios con una masturbación, apátrida autodenominado y, según los críticos, el escritor latinoamericano más importante, pero oculto, de los últimos tiempos.

 

Al principio fue la culpa.

Al principio, cuando él era un niño y no sabía en qué cosa se iba a convertir, fue esa voz que le gritaba en la conciencia, ese nudo olímpico. Oswaldo Reynoso, que por entonces debía tener trece o catorce años, había llegado a Mollendo, una playa al sur del Perú. Era un sábado de vacaciones. “¿En qué piensas, Valdo?”, le preguntó uno de sus amigos. Eran cinco. Los demás dormitaban sobre el primer espigón, se arropaban con arena de la orilla, buscaban cangrejos entre las rocas. Oswaldo Reynoso sólo miraba el cielo “y el mar. No dejaba de mirarlo. Extenso. Sin fin. A veces, verde. A veces azul. Y la espuma. Blanca. Y el llegar y retirarse de las olas. Interminable. Y el olor. Su olor. Remolino perturbador que despertaba en mi cuerpo una sensación extraña. Prohibida”. Lo recordaba bien.

—Lo recuerdo bien —me dijo Reynoso, siete décadas después de​ aquellos días—; era un miedo raro, un compromiso terrible entre la carne y Dios, pero sobre todo con la condenación eterna. Porque yo creía.

En el quicio de la puerta, las manos en los bolsillos, la piel límpida recién afeitada, Reynoso sonreía como un niño travieso.

Faltaban tres años para que él —que era escritor, el pionero de la literatura queer latinoamericana según Alberto Fuguet— muriera. Ese día, el 15 de diciembre de 2013, no tenía ningún motivo para presentirlo. Llevaba camisa, pantalón y zapatos negros, la cabellera nívea peinada hacia atrás, sus lentes rocosos, un curita en la nariz. Sus manos reposaban en la mesa como mansas palomas, y en la mesa había libros dispuestos al azar.

—A la mañana siguiente todos nos fuimos a bañar a la playa. Estábamos desnudos y era hermoso. ¿Sabes qué pasó?

Hizo una pausa intencional. Suspiró.                                

—Uno de ellos dijo: “A corrérsela, maricones”.

“Uno, dos, tres: fuego, gritó Malte y una dulce humedad laceró toda mi sangre (…) y es posible que en ese lejano verano en Mollendo haya iniciado el camino hacia la religión mística con los cuerpos. Desperté a mis amigos y con Malte a la cabeza corrimos desnudos y esbeltos al encuentro de las olas (…) gritando: Dios no existe”.

—Así matamos a Dios. Yo escribo por eso: por la culpa vencida, por la inocencia. Ese es el motor de mis libros.

Así fue. Así le gustaba contarlo.

***

—Pasa, por favor. Te estaba esperando.

La primera cita con Oswaldo Reynoso fue en su departamento, en el distrito limeño de Jesús María, una mañana de invierno. Era diciembre de 2013. Yo había llegado antes de la hora indicada. En el parque de enfrente, los árboles se sacudían la llovizna del día anterior. En el quicio de la puerta, las manos en los bolsillos, la piel límpida recién afeitada, Reynoso sonreía como un niño travieso.

—Qué bonita sonrisa tienes. La mía también está intacta, mira, pero yo no puedo comer carne.

—Por qué.

Lo dijo bajito, como si fuera un secreto:

—Por la dentadura. Mira. La dentadura.

Después me dio un beso en la frente y cerró la puerta de un chasquido. Detrás de la puerta, en una hoja de papel había escrito: “Hay que llevar la LLAVE”.

—Sí, a veces se pasa, pero yo mismo me entiendo. Cada uno entiende su desorden.

Por aquellos días, Reynoso corregía Huamanga, Huamanga y Capricho en azul, dos novelas que iba a publicar en Arequipa, la ciudad donde nació. En rigor, venía produciendo mucho: sobre su escritorio se encontraron más de dos mil hojas inéditas, llenas de tachas y correcciones que él hacía en pijama, inclinado en su escritorio o bebiendo pisco con jugo de naranja.

Conocí ese lugar de trabajo. Conocí, en realidad, toda la casa. En la puerta del departamento había, esculpidos, dos dragones salvajes. La sala de estar era pequeña, casi un ambiente compartido con la cocina. En ella había varias repisas donde se apoyaban retratos suyos, placas de reconocimiento, envases de Sugafor, un Buda en miniatura, algunas ediciones de sus novelas, algunos objetos chinos. Todo lo demás eran libros emplazados por accidente o por algún impulso psicótico: en la mesa principal, al lado de la puerta, en la cocina, en otra mesa frente a la cocina. Algunos autores solían regalárselos para que les alcanzara su opinión, pero es probable que él nunca los haya leído.

—El único libro que leo y releo y releo es En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Es como la piedra fundamental. Todo lo demás es eso —su voz gutural y lenta, sumada a esa mezcla de mímicas con las que a veces contaba cuentos. Sonreía poco para las fotografías. Detrás de sus lentes, sus ojos escondían un destello de indiferencia, una permanente burla. Sus labios eran más bien una media curva cargada de molestia. Tenía pocas arrugas. Tenía, también, una cabellera blanquísima que permanecía intacta, hacia atrás, bajo cualquier circunstancia.

Tres años después de ese primer encuentro, Reynoso iba a morir de un paro cardíaco. Ocurrió la madrugada del 24 de mayo de 2016, un viernes, y aunque fue un evento imprevisto, de algún modo el final era, para él, una posibilidad concreta. No tuvo hijos. Nunca se casó. Antes de morir, dejó un protocolo que decía, entre otras cosas: no llorar, no rezar, beber sin fondo, cremar.

***

Fue el sexto de ocho hijos criados en el seno de una familia tradicional, católica hasta los huesos. Rezaban antes de almorzar y a punto de acostarse. Vivían en una casona del barrio San Lázaro, en Arequipa, al sur del Perú, muy cerca de la iglesia y del colegio donde le inculcaron el miedo al infierno, ese lugar que él imaginaba lleno de monstruos pequeños. Luis, su padre, fue un contador a quien acusaron de espía chileno durante la guerra. Antes de morir, lo tomó de las manos y le dijo: “Oswaldito, muero sin patria”. Rosa, su madre, fue un ama de casa que, en sus ratos libres, escribía poemas y pintaba paisajes. Antes de morir, también lo tomó de las manos y le dijo: “Vamos a conversar en sueños”. De sentencias como esas estuvo hecha su vida.

Cuando llegaba del colegio, por la tarde, Oswaldo Reynoso se sumía en los libros que encontraba en la biblioteca de su casa. Su madre le leía poemas, pero a los diez años empezó a frecuentar la biblioteca de Arequipa, donde leyó a los poetas malditos, a los clásicos, y donde se introdujo, uno a uno, en los paisajes de la Biblia y en el pensamiento de Marx. La Biblia y Marx al mismo tiempo: así de intenso, así de maratónico. Para entonces ya sabía que algún día se dedicaría a escribir. Sin embargo, también sentía una vocación religiosa: componía poemas a Dios, se confesaba, llegó a ser monaguillo, cantaba en el coro de la catedral. Es probable que se haya enamorado de un monaguillo. Es probable, además, que haya visto a un sacerdote teniendo sexo con un monaguillo. Sea como fuere, ese sábado de vacaciones, frente al mar, descubrió el goce de los cuerpos desnudos, y desde entonces fue todo lo contrario: una ola en efervescencia, una estela de fuego, un huracán rabioso.

***

—Cuando iba a visitarnos a Arequipa, mi tío Oswaldito se ponía su gabán negro. Le quedaba por debajo de las rodillas y le hacía juego con su chalina roja. En una bolsita de despacho llevaba, bien guardada, una chatita de ron que tomaba en la plaza San Francisco. Una vez, al verlo vestido de esa manera, un niño le gritó: doctor Chapatín. Nos matamos de risa.

En ese momento de la conversación, la sobrina de Oswaldo Reynoso pide que su nombre se mantenga en secreto. “De mi tío –dice– sólo puede hablar mi tío”.

***

Era homosexual y amó a uno. A uno solo. Era depresivo, pero una pulsación interna lo volvía lapidario cuando respondía. “Me cago en los críticos y sin ninguna excepción”, escribió en un prólogo. “Caretas y toda su comparsa de figurones se van a la misma mierda”, escribió en un comunicado luego de jurar en un concurso de cuentos organizado por esa revista. Se enamoraba fácilmente. Se ilusionaba, más bien, con chicos a quienes les llevaba cinco décadas, seis. Viajó por el país buscando la mejor sonrisa y la encontró en uno. En uno solo. En ese del que, sin embargo, nada dijo. Nada. Escribía cartas y poemas y cuentos en hojas sueltas; las guardaba en una maleta para cuando le tocara partir.

A los 21 años llegó por primera vez a la capital para estudiar en la Escuela Normal Central de La Cantuta, donde se graduó como profesor de Lengua y Literatura. Lima, Babilonia de porquería. Así la llamó. Escribía durante las horas de recreo, cuando jugaban sus alumnos. Escribía, también, en los bares, en servilletas, en la palma de su mano. En 1955 tenía 24 años y había publicado su primer libro, un poemario titulado Luzbel, en el que expresaba esa convulsión interior que le hincaba como una aguja ardiente en la ingle. “Mandil blanco / de la primera puesta / de la tarde colegiala / me llego a ti / con mis alfabetos de agua”, escribió. “El pecado hace del cuerpo un fruto oloroso”, escribió. Luzbel fue publicado bajo el sello de Ediciones Jueves, en un formato pequeño del que no se habló sino hasta su reedición. Reynoso fue como un viento dócil. Siguieron seis años de escritura silenciosa hasta que, en 1961, en el bar Palermo, presentó Los inocentes, el libro que lo ubicó en el epicentro de la crítica literaria. Hubo cerveza y brindis de por medio. Apenas asistieron siete personas. “Fueron —decía— los necesarios para emborracharnos”. Los inocentes tuvo buena respuesta entre cierta intelectualidad. Julio Ramón Ribeyro celebró el uso de la jerga como lenguaje poético, como lo haría después Mario Vargas Llosa, y en el suplemento dominical del diario El Comercio, José María Arguedas escribió: “Reynoso ha creado un nuevo estilo: la jerga popular y la alta poesía reforzándose, iluminándose”.

“Oswaldo es algo así como el gurú de una especie de cofradía secreta que está básicamente enfadada, encabronada, el líder de un movimiento desconocido de indignados”, dijo Beto Ortiz, periodista y escritor.

Pero también estaba todo lo demás. El crítico José Miguel Oviedo le gritó marxista rabioso: los personajes del libro eran unos jóvenes a los que Reynoso definió como “rocanroleros” y cuyas voces culpaban a su ciudad, Lima, de ser como eran, de hacer lo que hacían. También lo calificaron de corruptor de menores, de obsceno y pornográfico, por hurgar en el despertar sexual de la juventud. En Los inocentes se leen líneas como estas: “Ahorititita, le saco la mierda a ese viejo que simula ver la vitrina cuando en realidad me come con los ojos. Está mira que te mira que te mira. Pensará: camisa roja y pichón en cama”, “Oye tú, hasta ahora nadie me ha dicho mostacero. Tú acabas de decirlo y eso no lo perdono. Saca los dados. Vas a ver quién es Colorete. Vas a jugar conmigo, y quien pierde se la corre, aquí mismo”, “Cara de Ángel ve una mujer desnuda que está agarrándose los senos. Cierra los ojos y piensa en Gilda”, “A un párcero mío le pasó algo muy grave. Llevó a su gila a un hotel. La feligresa era virgen y comenzó a sangrar”. Aunque lo decían sus personajes, eran líneas que entonces nadie se habría atrevido a escribir.

En un artículo titulado “Fascinación por el mal y nostalgia de la inocencia”, el escritor Miguel Gutiérrez señala: “Ninguno de los narradores importantes de la Generación del 50 ha sido tan injustamente tratado como Oswaldo Reynoso (…). Él ha creado un universo narrativo de liberación, de un verdadero vendaval que arrasó con el lenguaje señorial, gentil y de buenas maneras que imperaba hasta entonces”. Una vez publicado Los inocentes, Manuel Scorza realizó una segunda edición por Populibros con el título Lima en Rock y una línea advirtiendo “Sólo para mayores” que logró vender cuarenta mil ejemplares, un éxito que aún sigue vigente al punto que, sin contar las ediciones piratas, el libro ya superó la veintena de reimpresiones y ha hecho que a Reynoso se lo considere un autor que no pasa de moda.

Las jergas están incluidas en importantes estudios lingüísticos. Medio siglo después, sus personajes se mantienen frescos, con una inocencia alcanforada que trasciende el papel. Fuera del Perú, sin embargo, casi nadie conoce a Oswaldo Reynoso. Sólo lo tradujeron una vez: al italiano. Sólo dos veces le rindieron homenajes fuera del país: en Chile y Argentina.

—Él no escribía solamente contra ese régimen opresivo sino que estaba aguijoneando a toda la juventud y a los mismos viejos con su discurso social inconforme —dice Houdini Guerrero, escritor y director de la revista Sietevientos.

—Oswaldo es algo así como el gurú de una especie de cofradía secreta que está básicamente enfadada, encabronada, el líder de un movimiento desconocido de indignados. A ninguno de los escritores de moda le puede pasar que, en algún colegio, se le acerque una niña y le regale un bombón para que se lo entregue a uno de sus personajes para que no esté tan triste —dijo Beto Ortiz, periodista y escritor, cuando en mayo de 2013 la Casa de la Literatura Peruana condecoró a Oswaldo Reynoso.

—Lo de él era una llama interna. Aunque algunos de la época insistan en lo contrario, es un escritor de culto —apunta Maynor Freyre, escritor y colaborador de Narración, la revista que fundaron en noviembre de 1966.

Freyre se reunió con Reynoso cinco días antes de su muerte.

—Fuimos a almorzar al bar Queirolo con un poeta y luego a casa de un editor, quien acababa de ser operado del estómago. No sé cómo llegamos al tema de la muerte, pero me pidió que, cuando pasara, todos fuéramos a brindar. Me dijo —dice Freyre—: “Sólo quiero morir sin dolor, como presintiendo”.

***

Con En octubre no hay milagros, una novela magníficamente escrita —en 1965— desde la cadencia de un poema, Oswaldo Reynoso inició la corriente homoerótica y queer en la literatura​ latinoamericana. Era su tercer libro y era, también, el retrato de un país convulsionado. Manuel Puig continuaría esa temática una década después con El beso de la mujer araña, la historia de dos presidiarios que conviven en la misma celda de una cárcel argentina. Durante la década del setenta, el mexicano Luis Zapata escribía El vampiro de la colonia Roma, la historia de Adonis García y su vida sexual controvertida, de cómo se volvió prostituto, del momento en que se aceptó como homosexual.

En los noventas, el cubano Reinaldo Arenas dejaba Antes que anochezca, una punzante autobiografía donde habla de sus mayores tristezas, de su paso por la prisión, de sus amores torrenciales como una lluvia y de su muerte. El colombiano Fernando Vallejo publicó, en 1994, La virgen de los sicarios, la historia de amor entre Alexis, un chico de barrio sin familia ni futuro ni ley, y un intelectual treintañero llamado Fernando. Dos años después, en 1996, el chileno Pedro Lemebel escribía Loco afán: crónicas de sidario, un libro narrado desde la marginidad travesti que lo convirtió en un referente de la literatura. De ellos, y de algunos más, se ha hablado y escrito mucho. Se los ha incluido, también, en estudios importantes sobre la marginidad gay y prostibularia en los libros.

A Oswaldo Reynoso no.

De él casi nada se sabe porque, según Miguel Gutiérrez —quien más ha estudiado su obra—, Reynoso fue opacado por la prolífera producción de Mario Vargas Llosa, y sobre todo por el carácter político y moral que tocaban sus libros. De modo que eso fue: un escritor bajo la sombra, un narrador aborrecido. No le interesaba. Le bastaba con que lo hayan leído en los colegios de barrio y de provincias. Los inocentes, su libro más conocido, fue llevado al braille por una de sus amigas. Eso le parecía “mejor que publicar en editoriales que representan a una manchita de pitucos mediáticos”. Detestaba la pose intelectual de algunos autores, ese andar acartonado. Regalaba sus libros en las ferias. Era más fácil encontrarlo en un bar, en una esquina peligrosa, en un día de visita carcelario. No asistía a cócteles ni a reuniones de abrazos mutuos. A veces, por eso, ni siquiera lo invitaban. “Mi país es una herida sangrante que llevaré hasta el día de mi muerte”, dijo Reynoso. Que vivió en Arequipa, una ciudad que acoge un volcán llamado Misti, considerado de altísimo riesgo, a cuyo cráter pidió que arrojaran sus cenizas.

***

—Ah, quieres que te hable del gordo. Tantos años juntos. Lo adoro, ves. Es un amigo de lujo.

Esperanza Ruiz tiene el pelo blanco peinado ligeramente a un costado y una chompa roja debajo de una chompa a cuadros, debajo de una casaca ocre que hace juego con su pantalón oscuro y sus botines de cuero marrón. Titus, su perro chitzú de diez años, está recostado a sus pies. Al lado, una biblioteca en la que se leen títulos de libros de historia, literatura y pintura.

—Me lo presentó Eleodoro Vargas Vicuña, que luego sería su compadre. Ellos acababan de venir de Arequipa, rodeados de una aureola porque habían aceptado la rebelión de los estudiantes del colegio Independencia y habían participado en el repudio que el pueblo arequipeño le hizo al presidente Odría. Eleodoro me llamó por teléfono y me avisó: “Te lo voy a presentar en el local Versalles”. Pero ese día Oswaldito no se animó a entrar. Tuvimos que salir a darle alcance. Decía que tenía asuntos familiares que ver y yo pensé: este es un chico tímido.

Esperanza Ruiz sonríe, los labios como un pequeño corazón rojo.

—Después lo volví a ver incorporado en el bar Palermo. Éramos sólo tres mujeres las que nos reuníamos en el patio de letras de San Marcos y nos íbamos con los chicos al Palermo. Allí empezamos a hacer vida social. Conocí su casa. Almorzaba con su mamá, con sus hermanos y con su hermana Marita. Yo le llevaba el amén: me interesé por él, lo cuidaba. Íbamos a la playa con su mamá. Un día le dije: “Oswaldito, casémonos pues”. “Sí, casémonos”, me dijo. “Yo quiero heredarte mi pensión de jubilada”, le dije.

Por entonces, cuando lo conoció, Reynoso era profesor principal de Literatura, jefe del Departamento Académico de la Lengua y Comunicación, y decano de Humanidades. Eran días agitados, casi volátiles, y sin embargo se daba tiempo para sus amigos. Que eran pocos. Quizás seis. “Era un amor —dice Esperanza Ruiz—. Salíamos todos los viernes, sin excepción, hasta que la vida nos separó”. Unos años más tarde, Reynoso viajó a Venezuela, donde trabajó como docente hasta 1964. A su regreso, Ruiz lo recibió con una cena. “Le dije te quiero mucho, y lo abracé tan fuerte que sentí su respiración”. Reynoso, de pronto, volvió a escribir. Publicó crónicas para Sucedió en Lima, una sección del diario Expreso que apenas duró tres meses.

—Lo editaron horrible y Oswaldito los mandó adonde ya te imaginas. Era bien directo. Perdóname la palabra, pero los mandó a la mierda.

La obra de Reynoso incluye sólo diez libros porque era un esteta obsesivo, un arquitecto de la palabra. La palabra —decía— es una piedra preciosa, a veces hecha de seda. Por eso corregía mucho. Escribía y botaba a la basura. En 1965 publicó En octubre no hay milagros, su tercer libro que, presentado otra vez en el bar Palermo, provocó que la crítica se levantara con furia. La novela retrata la​ relación entre un importante político y un chico pobre al que había conquistado con dinero, y está ambientada durante la festividad del Señor de los Milagros, la más concurrida del Perú. Es una pieza poética que empieza así:

Morado. Ácido morado sobre el cielo de ceniza. Sucia la neblina podrida en pescado. Morado dulce en alfombra. Morado turbio y ondulante en cuerpos morenos. Morado tibio en mañana fría: mojada.

“Desde esa línea, todo el interés de esta novela radica exclusivamente en su forma y estructura idiomática (…), se trata de una verdadera obra maestra”, escribió Ramón Trujillo, fundador y presidente de la Academia Canaria de la Lengua.

(…) mañana, a ti, también, pueden sacarte los muebles a la calle. Será como abrirte el estómago y dejar, a la mirada pública, tus intestinos: lo más íntimo que tienes. Entonces, después de muchos años de trabajo, comprenderás que nunca tuviste un pedacito de tierra para vivir, que todo lo tuyo fue ajeno, que ni siquiera eres dueño de tu patria.

En un diario, alguien escribió que el libro era poética del realismo socialista, una novela sórdida, procaz y pervertida que sólo merecía la basura. Sus colegas pidieron al Ministerio de Educación que le quitara el título de profesor, y Reynoso se mantuvo en silencio durante los años siguientes. Nunca le hizo caso a la crítica. Decía: “Nadie va a impedir el goce que me produce crear y escribir”. En 1977, cuando era vicerrector de La Cantuta, los militares tomaron la universidad y entonces aceptó una propuesta de trabajo de la embajada china. Viajó a Oriente para trabajar como corrector de estilo en la agencia de noticias Xinhua. Vivió allí desde 1977 hasta 1989, doce años que lo nutrieron para escribir Los eunucos inmortales que es, según los críticos, su novela mejor lograda. Durante ese tiempo en China, Reynoso visitaba la biblioteca de las embajadas. No escribía mucho. A Perú volvía de vacaciones por un mes, una vez al año. A Esperanza Ruiz todas las navidades le llegaba, puntual, una postal con dedicatoria de su parte.

—Era bien lindo. ¿Sabes que en China estuvo a punto de morirse? Lo tuvieron que operar y perdió mucha sangre. Estaba mal, así que le llevaron a un cura para que lo confiese pero él pidió que lo retiraran. Eso me parece coherente. Se curó con recetas naturistas que le dieron allá. Por eso no perdía la memoria tanto como yo.

Caro Gómez estuvo aquella madrugada: Reynoso dio un tosido, un balbuceo, luego un suspiro. “No quería morir entubado, con sondas. Se fue sin sufrimiento”, contó a La República el día del velatorio. Caro Gómez no ha querido hablar desde entonces.

Ruiz, entonces, toma a su perro Titus y le da dos, tres besos. Dice que le gusta la visita. Que es un solitario corazón.

—Mira, en una de sus últimas presentaciones recuerdo que Oswaldito gritó: “Carajo, a mí nadie me va a menospreciar como Martín Adán, el poeta”. Porque así fue. Un día un periodista le quería sonsacar si era homosexual, pero Oswaldito nunca dijo nada. Nunca.

Una tarde, mientras almorzaba con Esperanza Ruiz, Reynoso se enteró de la muerte de Marita.

—Salimos corriendo a su casa —recuerda ella—, fue la primera vez que lo vi llorar. Mira cómo son las cosas: él vio morir a los suyos, a sus buenos amigos. Siempre me decía: “Ríete de la muerte, carajo”. Pero ese día lloraba como un niño.

Marita era la única hermana de Oswaldo Reynoso. Los demás —Horacio, Chalito, Alberto, Lucho, Hernán y Reynaldo— habían hecho su familia aparte. Era alegre, delicada: un remanso de ternura y confianza. Marita viajaba con él. Marita le regaló un perro al que llamaron Láizer. Marita tenía una niña llamada Rosa María —Rosita. Cuando Marita murió, debido a un aneurisma, Rosita tenía quince, y desde entonces Oswaldo Reynoso la crio como suya. La llevaba a los homenajes, a los recitales, a los eventos donde lo invitaban. Juntos hicieron la ruta de Maco Polo. “Hicimos muchas locuras, pero me protegía. Conmigo era tradicional —contó Rosa María al diario La República—. No me dejó leer sus libros hasta que cumplí catorce, y cuidaba que sus estudiantes no me afanaran”. Cuando Rosa María se casó, quiso llevarlo a vivir a su casa.

—Inmediatamente Oswaldito me llamó y me dijo: “¿Qué te parece eso?”. Yo le dije: “ ¿Qué vas a hacer por allá?, ya no te irán a ver tus amigos”, y entonces regresó —dice Esperanza Ruiz—. Siempre me hacía caso.

Reynoso regresó como le había dicho y, como vivía solo, como el departamento era modestamente espacioso, invitó al poeta José Emilio Caro Gómez a vivir con él. Era 2008. Se habían conocido en uno de sus viajes. Caro Gómez dejó Huamanga, en Ayacucho, al sur de Lima, y vivió con él hasta la noche de su muerte.

Caro Gómez ordenó su biblioteca, los libros viejos, las fotocopias.

Caro Gómez le creó una cuenta en Facebook.              

Caro Gómez estuvo aquella madrugada: Reynoso dio un tosido, un balbuceo, luego un suspiro. “No quería morir entubado, con sondas. Se fue sin sufrimiento”, contó a La República el día del velatorio. Caro Gómez no ha querido hablar desde entonces. Una mañana lo llamé y me dijo que no lo supera. “Perdóname, con él se fue una parte de mí”, colgó.

***

“Con toda mi familia hicimos un álbum grande de los recortes de diarios y revistas donde salía su foto, alguna nota sobre él. La última vez que llegó a mi casa, en Arequipa, se lo entregamos y el tío Oswaldito quedó feliz, feliz. Acá en Arequipa tomaba vodka con jugo de naranja, pedía chupe de camarones, ají de lacayote, sudado de machas. Mi mamá lo engreía mucho. Ahora me parece verlos en el comedor: todos reunidos con los primos, las tías, escuchando música instrumental o a Demis Roussos, en especial esa canción que dice: Adiós, amor, adiós, y que a él le gustaba tanto”, escribe al correo Libia Reynoso —Liby—, otra sobrina de Oswaldo Reynoso. Libia, días después, se encargó de dar la noticia del adiós.

***

El día en que Oswaldo Reynoso iba a morir fue viernes. La última vez que nos vimos también fue un viernes. Llovía suavísimo cuando él se asomó a la puerta del departamento, en pijama, la cabellera peinada hacia atrás como una alfombra intacta, los lentes rocosos, el curita en la nariz.

—Otra vez te apareces, ¿no? Ya no sé cuántas van. Pasa, pasa.

La puerta se cerró de un chasquido y ninguno fue capaz de notar que había entrado una paloma.

—No te rías. Debe tener frío.

Luego miró hacia todos lados para ver si había alguien pero nadie había. Sólo el cielo cayéndose gota a gota, afuera, tras las ventanas.

—Ven, por favor, dame un besito.

“Cada quien tiene un secreto. Yo lo voy a decir cuando muera”.

Nos habíamos visto tantas veces. En un bar, donde puso “Adiós, amor, adiós” en la rocola, hizo salud porque había mejorado la diabetes y después, adormecido por el alcohol, salió a orinar la calle. Luego en una heladería, donde me leyó un cuento en cuyo final un monaguillo se masturba y eyacula en un cáliz impecable. Después, nuevamente, en su casa: estaba feliz porque lo habían traducido al italiano. Reynoso preparó tallarines rojos y luego fuimos a una librería donde no encontró ninguno de sus títulos. “A mí me leen los chicos de barrio, sólo ellos me conocen”. El diario argentino Página/12 lo había llamado el secreto mejor guardado de la literatura peruana, pero él se reía de ese título. Se reía siempre. De todos y de él mismo.

El viernes 24 de mayo de 2016, a las 12 y 45 de la madrugada, Reynoso sufrió un paro cardíaco. Los diarios y revistas, que casi nunca reseñaban sus libros, le dedicaron despedidas en sus portadas, y sólo un canal de televisión transmitía su velatorio. En la Casa de la Literatura Peruana se bifurcaban los susurros. La letra de un yaraví desgranaba lágrimas límpidas: “Soy pajarillo errante / vago perdido / por doquiera que vaya / busco mi nido, busco mi nido”.

Sobre el ataúd abierto, una manzana, un manto con la pintura de un escarabajo, una copa de vino. Cuatro morenos de terno custodiaban el féretro. Las llamas de los cirios se reflejaban en la madera impoluta. “Es mi destino / dejar gota tras gota / por mi camino”. Coronas de rosas y gladiolos caían a sus pies. Una de ellas recitaba: “Con amor, José Emilio Caro Gómez”.

A un lado, un reclinatorio.

mi patria sería el rostro de la gente que amo o tal vez siempre he amado la patria que no existe…

Al otro, un retrato al óleo.

…por eso es que nunca he podido encontrar la clave de la felicidad.

Y estaba, también, el protocolo.

No llorar.

No rezar.

Beber sin fondo.

C
….r
…….e
……….m
…………..a
……………..r.

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