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Carta abierta

martes 17 de mayo de 2016

(Dibujito a mano: Un niño solo, solo, solo mirando el mar)

Cuando tenía trece años, mi profesora Malena me animó a participar en un concurso de cuentos. Nunca había escrito nada hasta esa mañana en que fui a la biblioteca del Salesiano, donde entonces estudiaba, y ahí, mientras mis amigos corrían, jugaban básquet y fútbol durante el recreo, elucubré la historia de un niño que se quedaba sin madre. Lo escribí, por supuesto, a mano. Creo haber guardado una versión mejorada de ese borrador en un fólder donde guardo las cosas que no quiero volver a ver porque, entre otras cosas, me producen un hincón en el pecho. Un profundo sentimiento de tristeza. Aún recuerdo los tachones y el corrector Faber Castell que puse en esa hoja cuadriculada. Sólo esperaba llegar a casa y tipearlo, y luego imprimirlo para que, una vez puesto en un sobre manila, miss Malena lo enviara hasta la capital. Ahí lo juzgarían.

Alguna vez tuve la ilusión de escribir una pequeña biografía, un perfil tuyo, pero ya se fue, ya no quiero.

Llegué a casa a las tres de la tarde. Recuerdo que no almorcé ni hice mis tareas de matemática porque solo tenía ganas de ganar ese concurso. De pronto tocaron la puerta. Era papá. Había estado tomando con sus amigos. Estaba molesto. Nunca solía emborracharse, por lo que esa tarde me sorprendió verlo tambalear. Al verme sentado, copiando mi cuento en una hoja de Word, lanzó: “¿Qué haces ahí, manganzón? Ponte a hacer algo”. Siempre me decía manganzón, y yo creía que esa palabra tenía el mismo significado de hijo. Entonces le respondí que estaba pasando mi cuento. “Pasa, mierda”, me dijo, quitándome las hojas, escritas a mano temblorosa. Yo no quería que las leyera y se las quité, como si tratara de defender un tesoro. En ese momento papá se exaltó, me arranchó las hojas y luego las rompió en pedacitos —conté dieciocho pedacitos— mientras decía: “Mira lo que hago con tu cuento, mierda, tú no sabes escribir”.

***

Anoche volví a leer tu libro. Libro hermoso. Láizer en la contratapa, tendido en tu muslo, pura ternura. Y me vi envuelto, otra vez, en una ciudad peligrosa, nocturna. Tuve miedo, pero también tantas ganas de caminarla. Hace más de un año que te conozco y creo haberte dicho, una vez apenas, que, en mis días de mierda, sólo he tenido un libro tuyo. Y tus portadas han sido el paraguas de mis ojos pulverizados por el llanto. Alguna vez tuve la ilusión de escribir una pequeña biografía, un perfil tuyo, pero ya se fue, ya no quiero. Porque no tengo nada que decir, porque te conozco las fibras y a esas fibras, creo, no he llegado por casualidad. Porque tengo escritas esas vivencias aquí, en el corazón, y aquí quiero que se queden para siempre. Aquí donde se quedan las gaviotas y los niños muertos de felicidad. Pero sobre todo porque tú mismo ya la escribiste. Quise tatuarme una frase tuya, pero mi abuela requirió un donante de sangre urgente, urgentísimo, y tuve que llegar al hospital, como se debe. Como no puedo tatuarme la piel, he pintado las paredes de mi cuarto. Las fotos de mi infancia muerta. Las hojas en blanco de mis libros. Las sábanas de mi cama donde, cada noche, me acuesto con ganas de amar. Encuéntrame a alguien para amar. Creo que deben ser secuelas, pero qué secuelas. Papá nunca me abrazó. Mamá sí. Pero tus abrazos son diferentes y tienen algo que pega los pedazos caídos. Deben habértelo dicho. Ahora estoy en mi habitación y escucho La Sonora Matancera. Me dijeron que te gustan las canciones de La Sonora Matancera. Así que me quedaré escuchándola hasta que, de pronto y al fin, llegue Morfeo.

***

¿Puede ser un padre, al mismo tiempo, un asesino?

Colecciona flores secas. Detente a mirar las aves. Visita a tus muertos. Piensa: será una bonita morada. Dibuja, mira cómics. Haz escarcha con tus espejos destruidos. Lee un cuento. Vete a mirar el mar. Acurrúcate en las olas. Bébete el sunset. Tatúate su nombre. Pero, sobre todo, no llores. No dejes huellas de tus cicatrices. Que nadie pueda ver el tajo que llevas en tu corazón. Para que después no digan que fuiste tú quien amó con arrobo. Espera, como siempre, espera. Alguien debe llegar.

***

Aún escucho la voz de papá, a todo volumen. Esa tarde fui al baño a llorar y lancé los pedacitos al retrete. Y un ruido de agua se encargó de llevar esas partes de mí. Mamá había escuchado todo y tocó la puerta. Por supuesto que le abrí y me lancé a llorar a su pecho como nunca antes había llorado. Y ella, toda una flor, toda belleza, me decía: ya pasará, ya pasará. Y ahí me veo llorando. ¿Puede ser un padre, al mismo tiempo, un asesino? Me lo he preguntado esta tarde mientras escribo esta carta. Te escribo al filo de un volcán a punto de erupcionar. Tal vez no la respondas, pero sé que la estás leyendo.

Escríbeme la vida.

Ponme un título.

O enséñame a escribir.

¿Cuándo vienes por estas tierras para dorarnos al sol?

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