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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Breve acercamiento a la obra de Yolvi Efraín Cauro Méndez

• Jueves 6 de septiembre de 2018

Yolvi Cauro

Mis vidas de color resplandeciente,
pintadas de alegrías y festejos
se esconden allá lejos, allá lejos,
en un pozo olvidado de mi mente.

(Primer cuarteto del Soneto VII).

Hasta qué punto pueden confluir cosas tan distintas como lo más moderno y lo más clásico, hasta qué punto el virtuosismo y las inquietudes de hoy convergen con el presente y nos hablan con la misma actualidad en los clásicos y en los modernos que, a su modo, también quieren ser clásicos. Hoy me toca hablar de esas “vidas de color resplandeciente” en el marco de un quehacer poético incomparable, el del autor de estos sonetos que, sin embargo, ya era conocido como hombre pródigo en el manejo de la glosa y como artista en el campo de la espinela. ¿Será que la gente de la época dorada no se ha extinguido? ¿Llega a nosotros la llama viva heredada de los autores barrocos españoles y de poetisas como sor Juana? Tal vez sí, pero tal vez no. Algunos sonetos del libro que vamos a abordar recuerdan a los de Blas de Otero:

Le he clamado al Señor por su divina
presencia redentora, y me he dormido
en los brazos de su amor como un bandido
que busca su refugio en la neblina.

(Soneto VIII).

Y, sin embargo, lo abrupto de los encabalgamientos no es algo que nos lleve a discutir el virtuosismo y buen hacer del poeta. La evolución natural de las formas clásicas, desde su comienzo, en la obra de Yolvi Efraín Cauro Méndez, apunta más al servicio de las convenciones consabidas, pero sin detrimento de la originalidad, porque el poeta de Araure, que ya goza de difusión internacional con sobrado éxito, nunca deja, en su modernidad, capaz de conmovernos como hombres del presente, de tener en cuenta a los viejos maestros, precisamente esos que siempre debieron ser tenidos en cuenta.

A Cauro Méndez lo conocemos por sus espinelas, que suelen glosar las redondillas de otros poetas, repitiendo en orden los versos del mote en cada una de las espinelas, al final, como último verso.

Pero a los ya conocidos moldes (soneto, octava, espinela, silva, estancia, romance…) heredados de un siglo, el de Garcilaso, que se enredó en el siguiente en la mayor y más ambiciosa locura estética que nunca hubo (Góngora y Quevedo), debemos comentar elementos entonces inexistentes. Es el viejo problema de discutir lo que en Beethoven era clásico o romántico, pues haber metido un coro en alguna sinfonía o juntar los últimos movimientos de otras en algún caso no le resta un alto respeto a las estructuras creadas antes por papá Haydn. Y, pese a todo, en Yolvi hay mucha modernidad.

Creo que una buena manera de difundir esta obra, leída con emoción y con cierta envidia sana (lo noble es tenerla), es esta reseña en la que apunto claramente en dos direcciones, que, si bien pueden parecer opuestas, son una sola (hablamos del poeta de Araure, claro, y esto sólo podría ser de este modo): por un lado resaltar su virtuosismo (lo que para los Médici era supervivencia es en el terreno del arte lo que también podríamos llamar un alarde técnico) y por el otro su capacidad de asimilación. Porque a Cauro Méndez lo conocemos por sus espinelas, que suelen glosar las redondillas de otros poetas, repitiendo en orden los versos del mote en cada una de las espinelas, al final, como último verso. Y esta acrobacia es sólo digna de alguien que puede componer sonetos, tema sobre el que ya se ha derramado bastante tinta. Quien no conozca la dificultad que entraña el soneto bueno, que lo intente (los malos no interesan, evidentemente). Pero el tema de la métrica es algo sobre lo que ya ha corrido mucha tinta: en primer lugar, el soneto se consagró en el Renacimiento y se hizo una estructura de exhibición en época barroca, porque el poeta de los romancillos y letrillas, sobre todo, se demuestra poeta, sin mengua de lo demás, en el arte del soneto. Dos palabras lo dicen todo para el entendido: emparejamiento y cerrazón (el soneto no es soneto sólo con su estructura de soneto, se logra con estos ingredientes).

Centrémonos en lo más original del poeta: unir el virtuosismo explicado a otros aspectos que, realmente, nunca son del todo nuevos, pero que son sabiamente renovados. Me explico: es imposible que la poesía no se nutra temáticamente de algunos de los temas de siempre (la vida, la muerte, el amor, el desamor, la misma poesía, el destino…). En lo más esencial, incluso cuando los géneros líricos no son ya los mismos que antes, la temática es inamovible. Y por eso el poeta debe indagar, hoy día, la forma de remozar lo que es tradición irrenunciable. (Alguno se preguntará esto último: ¿por qué irrenunciable? No es el conservadurismo por el conservadurismo, pero los poetas clásicos nos dan una tradición sólida, algo en lo que el poeta se inserta como participante en una cultura y en un ser, que es el de una herencia. No en vano nuestro poeta ha escrito con éxito también en versícula en alguna de las ocasiones, algo que ni lo hace parricida ni extraño a lo nuestro, como ya sucedió con la generación de Lorca, además de otros que llegaron más tarde). El poeta es poeta por su capacidad de asimilación y el lector es lector por ser capaz de descubrir aspectos que quizás el autor ni siquiera sospecha. En este sentido, en “La muerte constante” se aprecia, como queda dicho ya, una serie de aspectos tradicionales que se reflejan a lo largo de los veinticuatro sonetos que dan forma a la obra.

Cauro Méndez comenzó joven a inquietarse por la literatura, demostrando cultura y haciéndose atractivo a algunas revistas regionales que pronto publicaron sus obras.

Pero está lo que lo distingue, asimilación de ideas anteriores, sí, pero llevada a cabo de una manera personalísima, permitiendo esto que la obra sea accesible al lector, que necesita claves para comprender, y que no pierda su poder sorpresivo: de una parte, hay una tendencia muy hispanizante que arranca de Quevedo y toma cosas de Otero y, de la otra, la influencia de dos grandes que se relacionan de una manera extraña: Nietzsche y Anacreonte. De hecho, quiero mencionar a Anacreonte como hombre de una línea que aquí se ha superado claramente, en parte por el malditismo del alcohol y en parte por cierto decadentismo que uno percibe y que, si el autor lo consiente, permite explorar lo apolíneo y lo dionisíaco. Este último elemento aparece en esa copa de vino de la portada, que es decir bastante.

Como amigo personal del autor, nada me parece más honrosamente grato que escribir estas líneas de presentación a su obra y, cómo no, del personaje: para el que no conozca a Yolvi, repasaremos rápidamente la escasa materia biográfica de un hombre que, sin dejar de ser joven, empieza ya a ser conocido. Nacido en Araure (Venezuela), el poeta Cauro Méndez comenzó joven a inquietarse por la literatura, demostrando cultura y haciéndose atractivo a algunas revistas regionales que pronto publicaron sus obras. Pero es también un autor que ha sido considerado por el Liceo Poético de Benidorm, siendo parte de la sección “Voces en azul” en la IV antología de dicha institución, además de tener participación en la III antología poética Poemas de amor de la Editorial Marblaz. Ha publicado en la editorial El perro y la rana un poemario titulado Letra concreta. También destaca su papel colaborador en la revista Letralia, como corresponde a todo buen venezolano.

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José Ramón Muñiz Álvarez

Escritor español (Gijón, Asturias, 1974). Licenciado en filología hispánica y especialista en asturiano. Es profesor de lengua castellana y literatura en Castilla y León.
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