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Entre París y Buenos Aires no todo está escrito

domingo 22 de septiembre de 2019
Julio Cortázar
Cortázar se ríe de las vanas preocupaciones del hombre por atrapar y administrar el tiempo.

De hombros encogidos y rostro de preocupación, anunciando la cerrazón mental en que fácilmente se cae ante el gran desafío impuesto de adentrarse en los terrenos trillados del coloso argentino del boom, Julio Cortázar, de quien ya se ha escrito todo por decir en este mundo y en los venideros; océanos biobliográficos impresos nos ahogan de datos y referencias suyas; cronopios, famas y esperanzas pululan en las noches más oscuras de la literatura cortazariana, y por entre los resquicios de cualquier calle bonaerense o parisina asoman de pronto espectrales imágenes escapadas del tártaro de sus entrañas. De su agigantada alma de niño revolucionario, pendían siempre dos graciosas branquias rosadas de axolotl, palpitantes entre el archipiélago nicaragüense de cuadritos coloridos y prístinas pinturas primitivistas de Solentiname y la dulce Cuba de caña, ron y tabaco del Che Guevara.

Sus primeros años en el sur del continente transcurren calzados en zapatos de docente, mientras su alma se recrea entre notas de jazz, bandoneones arrabaleros y rines de boxeo que tanto le apasionan.

Como mi bloqueo psíquico cortazariano aún subsiste; empezaré abordando el tema por las ramas. Nada mejor, entonces, que principiar con algunas descripciones grafopéyicas o físicas, para continuar después con las de orden psicológico o etopéyicas referentes al gran Cronopio Universal. Julio Cortázar, de grandes zancadas, simétricas con su espigado cuerpo, pretendiendo así abarcar con ellas el alma latinoamericana; barba cerrada dominando un rostro conspicuo, denunciante y abanderado ante la barbarie de regímenes asesinos de hombres y acalladores de ideas. Aluzaban su faz un par de ojos verdes militantes intelectuales, revolucionarios en las artes de la escritura, no equidistantes como el que advertimos en el común de la gente, por la sencilla razón de que con uno de ellos vigilaba utópicamente los abusos de las dictaduras florecientes en el nuevo continente, bajo una especie de caleidoscopio con lentes templados en el realismo social. Mientras, con el otro, recorría a pie los caminos trasegados de la literatura que lo apasionaban.

1914, un año profético y trascendental en los anales de la humanidad y también en los de la literatura universal. Nace Cortázar paradójicamente lejos de su entrañable Argentina; en Bélgica, país europeo colindante con su segunda patria, Francia. Donde, gracias a una beca otorgada por el Gobierno galo, llevó a cabo su mayor producción artística e intelectual. Coincide su época con la de aquellos afamados escritores que juntos van a cerrar el exclusivo círculo del boom latinoamericano, de laureles en el codiciado pedestal del Nobel. Sus primeros años en el sur del continente transcurren calzados en zapatos de docente, mientras su alma se recrea entre notas de jazz, bandoneones arrabaleros y rines de boxeo que tanto le apasionan.

Su piel de escritor ya descollaba por entre escritos de poesía, ensayos y cuentos cortos; entretanto su tiza aguzada dibujaba en el horizonte trazos de rayuela, su célebre novela que lo catapultara entre los escritores del boom. De donde se le asocia con el realismo mágico presente en sus obras de pretenciosa verosimilitud; hilvanadas entre lo fantástico e irreal, surgidas en ambientes cotidianos que, valiéndose de portales corrientes, transforman y quiebran la realidad. Son mundos que se traslapan ante la mirada atónita e incrédula del lector, suscitando ocasionalmente aturdimiento mental; dislocación de la realidad que, a pulso de maestría del oficio, nos arrincona contra callejones de letras sin salida.

En el microrrelato “Continuidad de los parques”, por ejemplo, apenas advertimos dichos portales surrealistas de transformación y transportación a mundos mágicos, fusionados con elementos tan cotidianos y, por ende, desapercibidos, como un parque de robles, donde misteriosa se mece la agónica tarde; la sórdida cabaña de los amantes encubriendo entre sus tupidos follajes y senderos furtivos de hojas secas las ceremonias de una pasión secreta; el alto sillón verde aterciopelado, de espaldas a la única entrada y salida del averno, ahora flanqueada por su virtual asesino emergido de las profundidades pasionales de la novela, por cuyas páginas fluye un diálogo anhelante como un arroyo de serpientes, “que línea a línea va desgajando” el absorto lector, mientras macabra y tardíamente descubre que él bien encaja en ese “otro cuerpo que es necesario destruir”; y así se lo confirman los cómplices canes que “no debían ladrar, y no ladraron, y el ausente mayordomo”; en ese último haz de sobriedad que se cuela por entre “la cabeza del hombre recostada en el sillón, leyendo una novela”, justo antes del fatal desenlace.

 

Julio Cortázar, como escritor ‘patafísico, escudriñaba intersticios intuitivos, recogidos de la cotidianidad, que lo catapultaban a órbitas imaginarias.

‘Patafísica, la ciencia de lo absurdo o de las soluciones imaginarias

La ‘patafísica, movimiento de origen francés que, al igual que el movimiento neofantástico, persigue la incursión del elemento insólito dentro de la cotidianidad experiencial como un portal abierto hacia nuevas realidades, permitiéndole al individuo huir, así, de la crisis existencial o absurda que suele asaltar al hombre durante su supervivencia terrenal. La ‘patafísica parte desde una actitud interior y diferencial del individuo, pretendiendo a la vez ser vista como una disciplina, una ciencia de la curiosidad, del humor, y un arte excepcional a las propias leyes de lo verosímil; donde, además, cada individuo es amo y dueño de su propia verdad. Esta nueva realidad o verosimilitud de entender la vida ha sido también transcrita a la literatura y al arte por célebres autores. Empezando por su propio inventor, Alfred Jarry (Gestas y opiniones del doctor Faustroll, patafísico); Kafka, Dalí, Duchamp, Miró, los hermanos Marx y hasta Cortázar mismo fue un ‘patafísico declarado.

Julio Cortázar, como escritor ‘patafísico, escudriñaba intersticios intuitivos, recogidos de la cotidianidad, que lo catapultaban a órbitas imaginarias. Jugaba todo el tiempo a atravesar la otra orilla de las cosas; tan sólo una mirada escrutadora de su creatividad bastaba para estar inmerso al otro lado de la realidad. En palabras del mismo Cortázar, “esos agujeros o sistemas de líneas de fuga”, plasmados por todos sus escritos, le permitían dislocar la realidad: espejos, cámaras fotográficas que bajo exposición de sus rollos revelan atrocidades de torturas y ejecuciones extrajudiciales; cualquier recoveco, un puente; un parque, un atardecer, un pasaje, una ventana, misivas de tinta viva que alteran el tiempo. Elementos comunes y corrientes que esconden su otra verdad soterrada bajo lo cotidiano; negando a develarse ante los ojos ciegos y mundanales de la vulgar existencia.

Por otra parte, el humor ‘patafísico de Cortázar suele fluir en Historias de cronopios y de famas, como en el microrrelato “Relojes”:

Un fama tenía un reloj de pared y todas las semanas le daba cuerda CON GRAN CUIDADO. Pasó un cronopio y al verlo se puso a reír, fue a su casa e inventó el reloj-alcachofa a alcaucil, que de una y otra manera puede y debe decirse. (…).

Con sarcástico entusiasmo, Cortázar se ríe de las vanas preocupaciones del hombre por atrapar y administrar el tiempo, bestia indomable para los mortales, que a fin de cuentas terminan su corta existencia esclavos y rendidos a sus pies. Entonces, sucede tal y como lo prevé el doctor en filosofía Carlos Montemayor en su disertación “Cortázar: la continuidad de la conciencia y del tiempo”:

La infinita rosa violeta del centro es la conciencia, siempre continua consigo misma. El tiempo son las hojas ilusorias que cubren a la alcachofa de nuestra existencia. De acuerdo con la metáfora de la alcachofa, las horas de nuestra vida lineal decoran y distraen. Pero en lugar de proteger la infinita continuidad de la conciencia, las horas de nuestras vidas lineales nos obsesionan y persiguen. Nos hacen olvidar el centro violeta de nuestras vidas. Son, en pocas palabras, decoraciones que nos atormentan (Montemayor, 2014).

Finalmente, tras la breve semblanza y descripción grafopéyica y etopéyica del gran cronopio gaucho con alma parisina, sólo hemos vislumbrado una pequeña arista más en la corriente estética del realismo mágico y socialista, aunada a esa pasión ‘patafísica de Cortázar por la ciencia de lo absurdo. Por otro lado, el cúmulo interminable de ríos de letras que siempre están fluyendo en torno a su obra nos acerca a críticos, ensayistas y expertos literatos que elogian y otorgan reconocimientos post mortem alabando su grandeza y genio literario. Entre París y Buenos Aires, una vez más se demuestra que no todo está escrito en materia cortazariana. Sus inquietos cronopios van ahora mismo por el maravilloso mundo literario, saltando de página en página, atravesando las mentes de famas y esperanzas, dislocándoles a flor de cuello la fatal realidad de la brevedad de la vida, por otra que ríe hasta la saciedad, aun por entre los resquicios descuidados que va dejando la fatal existencia en su alocado afán por pasar.

 

Referencias bibliográficas

John James Galvis Patiño
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