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Tres poemas de Elvira Alejandra Quintero

miércoles 27 de mayo de 2020
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Elvira Alejandra Quintero
Los poemas de la colombiana Elvira Alejandra Quintero nos ponen en contacto con los paisajes que diariamente transitamos. Su imaginario está despojado de las falsas vestiduras del lenguaje. Fotografía de la autora: El Alacrán Literario
“La noche en borrador”, de Elvira Alejandra Quintero
La noche en borrador, de Elvira Alejandra Quintero (Alcaldía de Chiquinquirá, 2000), ganó el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Chiquinquirá (1999) y fue finalista en el Premio Nacional de Poesía Ministerio de Cultura (1998).

Un poema es siempre mucho más de lo que dice. El pensamiento que retiene su forma no sólo responde a la sensibilidad del poeta, sino también a quienes estén dispuestos a impregnarse de lo que contiene. El mundo que contiene revelará, en mayor o menor grado, la presencia del autor —aunque algunos críticos modernos quieran otorgarle al yo una independencia total. No necesitamos saber las razones del poeta o el asunto que lo motivó a escribir. Cuando leemos un poema nos impresiona si nos identificamos con la emoción y situaciones que plantea. Es decir, leemos un poema y sentimos algo que ignorábamos, una sensación que nos revela la intimidad de un mundo secreto muy parecido al nuestro. Los poemas de la colombiana Elvira Alejandra Quintero (Cali, 1960) nos ponen en contacto con los paisajes que diariamente transitamos. Su imaginario está despojado de las falsas vestiduras del lenguaje. Sus experiencias, gratificantes y humildes, nos revelan una conciencia que retiene una reflexión sobre las cosas que dignifican la vida. Una visión real o imaginaria que proyecta una forma auténtica de comunicarnos las experiencias y recuerdos que integran el mundo que a diario vivimos.

Presento aquí tres poemas que abordan diferentes situaciones. Un modo de contemplar la vida y de situarse frente al tiempo. Una visión poética que proyecta, como en una pantalla, los gestos del hablante poético y de su interioridad.1

 

Poema I

Amanecer

Acércate a la ventana y sosiega tus voces con la bruma que emerge de los andenes.
Recuerda otros amaneceres cifrados por el descubrimiento de una verdad, en medio del licor y el entusiasmo compartido con las almas amigas.
Y deja que sea solamente un recuerdo.
Sin llorarlo mira hacia afuera, hacia el otro lugar que tu ahora se esfuerza por volver real y posible.
Allí el sueño de anoche, sus voces, sus oleadas de persecución y sus breves fragmentos de calma. Su humedad, su martirizante dicha.
La insana, loca pregunta.

Nos situamos en el poema. Sin duda queremos saber cuál es la escena que nos presenta. Lo que ocurre sucede fuera, en la distancia, en un paisaje traspasado por la bruma. Reconocemos que alguien habla, alguien contempla desde una ventana y, a nuestro juicio, esa persona puede ser el poeta. Una poeta que contempla un amanecer y nos invita a acompañarla. Sin duda, la voz de quien habla está traspasada de soledad al escribir este poema. No es un poema alegre, no es un poema irónico, es un poema que mezcla los recuerdos con la contemplación del amanecer. El sujeto del poema recobrará a través de la contemplación otros amaneceres, memorias que reviven frente al paisaje y traen consigo voces de otros tiempos. Lo que ha estado golpeando el corazón de la poeta durante la noche, será evocado en una visión que renace y se esfuma en el tiempo. La mirada traspasada por la bruma del amanecer nos transmite un sentimiento: el pasado está lleno de experiencias que se cierran sobre la vida como un círculo infinito. Voces que se filtran en el tiempo recordándonos un pasado que siempre está presente, como un mar que se agita hasta regresarnos a la misma orilla: “Y deja que sea solamente un recuerdo. Sin llorarlo mira hacia afuera, hacia el otro lugar que tu ahora se esfuerza por volver real y posible”. La nostalgia está presente en el poema, el amor está presente en el poema, la soledad está presente en el poema: imágenes que fijan un instante en el tiempo. La pasión y la soledad recrean un mundo de lejanas vivencias: “Allí el sueño de anoche, sus voces, sus oleadas de persecución y sus breves fragmentos de calma. Su humedad, su martirizante dicha”. ¿A quién pertenece el amor cuando escapa en vertiginoso vuelo? ¿Qué acontece cuando desaparece? “Amanecer” no es un poema festivo, no es un poema satírico, no es poema indiferente de la vida. Veamos. Estamos en una habitación y alguien contempla…

Acércate a la ventana y sosiega tus voces con la bruma que emerge de los andenes (…).

 

Poema II

Que empiece a hablar el fuego

Dejemos que la luz se meta y acose hasta develar los secretos guardados.
Es lo que hace falta.
Están allí estorbando desde la vez que los aceptamos como aliados.
Sólo después volveremos a pisar la tierra con los pies descalzos y descifraremos el mensaje.
Que empiece a hablar el fuego y escoja lo que crea conveniente. Que no dude en borrar.
Tal vez después bebamos a plenitud las aguas claras y bañemos en ellas nuestros cuerpos sin miedo al torrente.
Y que el viento se lo lleve todo y no nos diga el nombre de la otra ciudad.
Así no nos asaltará la tentación de repetirnos.

Volvamos nuestra mirada al poema. ¿Qué intenta decirnos, qué evoca, qué refiere su historia? Estamos ante un poema de secretos y alianzas. La plenitud de las aguas y el viento intercede llevándose todo a su paso: cosas transcendentales, intimidades de una realidad que ignoramos. No sabemos quiénes hablan, pero la acción verbal dejemos, aceptamos, volveremos, bebamos… nos da una clave. Desde el primer momento nos topamos con seres cuyos cuerpos han escapado del pasado, el mundo amoroso ha quedado atrás. No bastan las palabras para decir lo que estos protagonistas sienten. Lo que sienten ordena los límites del poema, y los planos que se interceptan sostenidos por un sentimiento que ha dejado una huella profunda. Recuerdos que no han desaparecido y “Están allí estorbando desde la vez que los aceptamos como aliados”, dice el hablante. Parece que la luz, no la real sino de la razón, permitirá entonces que el fuego, símbolo del amor, señale un paisaje amoroso contemplado desde el presente. Un paisaje anexado a un mensaje descifrable por quienes lo han vivido en carne propia, y asimismo de un tiempo que determinará otro rumbo desconocido de la vida.

Lo que importa no es lo placentero, lo que importa no son estas experiencias consumidas por el fuego.

La frase “que empiece a hablar el fuego” nos introduce a un segundo nivel en el poema. Un momento oportuno para aclarar una historia que acabará borrándose. Esta realidad la sugiere el verso “Que no dude en borrar”. Es decir, cuando entre el olvido no dudes (tú) en borrar nuestra presencia en el tiempo. ¿Acaso el amor y la vida no están condicionados por el tiempo? Caminos que contienen sus propias referencias, caminos donde el amor y el desamor trazan sus límites: uno que permite escoger los caminos interiores de la agonía, otro que no demanda nada de la vida, otro que se borra en su propia imagen. El amor deja su huella y el tiempo la borra. ¿Adónde queda el final? ¿Adónde la soberanía del amor? Por supuesto, se trata más bien de expresar lo que desconocemos y debería suceder. Por eso el tono del poema nos conduce hasta la pequeña inmensa realidad del amor. El poema responde al encuentro de esas voces que configuran un paréntesis en el tiempo para dejar que el fuego ilumine y convierta en cenizas lo que aún persiste y causa dolor.

El verso “pisar la tierra con los pies descalzos” conduce a una postura de la vida. Este verso ha anunciado el primer movimiento para precisar el concepto del fuego, de la purificación de un lenguaje capaz de recrear, si existiera un motivo, otra dimensión amorosa. Lo que importa, sin embargo, no es lo doloroso. Lo que importa no es lo placentero, lo que importa no son estas experiencias consumidas por el fuego. Lo que importa es la percepción de ese “tal vez”, otra imagen que introduce el concepto del tiempo. Un segundo plano de expectaciones no realizadas, ilusorias representaciones de cuerpos que juegan sumergidos en las insondables aguas del amor. Un mundo de insinuaciones, una imagen visual de emotivas evocaciones: plenitud, aguas claras, y cuerpos que otra vez nos hacen pensar en las profundidades del amor. Seres anónimos que al alejarse parecen acercarse para armonizar un mundo donde lo impresionante no es lo que ha sucedido sino lo que aparentemente va por otros caminos, lo que se aleja en el viento y flota como el canto de un pájaro por ciudades desconocidas: “Y que el viento se lo lleve todo y no nos diga el nombre de la otra ciudad”. No sabremos nunca cuál es el nombre de esa ciudad real o imaginaria. Tampoco sería justo conocerla. Es seguro que sea una forma de soledad, un espacio donde los cuerpos reinventan por última vez la proximidad del amor, una frágil esperanza amortiguadora de la soledad, mientras la ciudad desaparece como una nube cuyo secreto acaba disolviéndose en el viento y evadiendo la tentación de repetirnos.

 

Poema III

Nombres

Los nombres de las cosas que amo son los nombres de las cosas que anhelo.
Sin embargo la vida me obliga a usar otras palabras por las que el mundo está regido como si se negara, incorruptible, a establecer un orden contrario.
Así los redondos días del trópico, toda su luz y la fuerza que ignora el desamparo.
Antes que alimentar la materia de mis huesos, se niegan a ser metáfora de los actos que dan cuenta de mi deambular en ellos.

Deambulo.
Entonces no camino.
Y no me baño en las aguas claras como quisiera, sin un porqué y una vergüenza que deba ser lavada.
Y no logro mirar a la noche como la tierra del descanso prometido
El lugar de la fiesta
Sino con el horror de repetir la pesadilla.

Las cosas que amo luchan sin sosiego para no ser apartadas de sus nombres.
Inventan una nueva fe y salen como huracán a barrer calles
Y transigen
Y tramitan, desesperadas, la posibilidad de comenzar a ser, desde ahora, parte con voz y voto en el mundo de afuera.
Y yo miro su ingenuidad y la comparto.

Hay en este poema un anhelo de eternizar las cosas en el lenguaje que les da vida y las sostiene insuflándoles independencia propia. Entramos al poema hasta que el poema mismo nos permita comprender lo que ha plasmado. Lo que sugiere una frase, lo que retiene una imagen, lo que recoge el oleaje lúcido de las palabras matizará la estructurará que se enseñorea del texto. ¿Qué dice el poema cuando nombra? ¿Qué nombra cuando escribimos? ¿Qué refiere cuando lo que nombra se desvanece en la palabra? Vamos a recorrer el paisaje de este poema, vamos a acercarnos a su historia, a la experiencia y circunstancias que nos sitúan cerca del autor. Vamos a señalar posibilidades, nada es definitivo. ¿Hay algo definitivo, hay algo categórico en un poema? Este poema tiene como tema el acto creativo. Las palabras crean una imagen, expresan una emoción, se desligan del entorno para adelantar otro paisaje espiritual. El primer verso nombra lo que el hablante anhela, y el próximo justifica su pérdida. El primer verso sintetiza una imagen y el segundo la contradice. Las cosas que en virtud de la pasión fluyen en el poema, se deshacen en la intrincada realidad de la voz que las nombra para sustituir otra realidad existencial. La poesía arroja sus fichas y el destino las cambia. ¿Son estas palabras las que reclaman otra realidad? “(…) la vida me obliga a usar otras palabras por las que el mundo está regido como si se negara, incorruptible, a establecer un orden contrario”. La vida impone sus condiciones pero las circunstancias determinan otras. El escritor escoge las palabras. Las palabras recrean una metáfora de la vida. Las palabras albergaban la magia. La voluntad exige un camino, y el deseo otro. El peso de las palabras transfiere lo que es inminente, lo que atañe al mundo interior de la poeta, el camino que rechaza las influencias o los excesos de la tradición.

Hay que nombrar, saber nombrar para sintetizar la peculiar realidad que proyecta la pasión y fragilidad de la vida.

Las palabras ordenan el mundo, lo rigen. La poeta busca escapar de la tradición. Busca una nueva relación con las fuerzas que funden su universo poético. Un universo de armonías y desacuerdos como apuntan los versos: “Así los redondos días del trópico, toda su luz y la fuerza que ignora el desamparo. / Antes que alimentar la materia de mis huesos, se niegan a ser metáfora de los actos que dan cuenta de mi deambular en ellos”. Y es que el cuerpo del amor y el de la poesía trazan la relación del mundo circundante, desafían los pasos del poeta sobre la tierra. Su deambular capta el tiempo y la época que le ha tocado vivir. Pero ese vivir conlleva, en resumidas cuentas, una acción llena de asombros y contradicciones. Un enfrentamiento, una vivencia que lleva a la poeta a cuestionar su relación con la tradición, su independencia respecto al lenguaje. Porque lo que nombra terminará convirtiéndose en el punto de referencia de su obra. Sabe, sin embargo, que los caminos que recorre no son exclusivos del poeta. Reconoce que los rasgos que proyecta su deambular por la tierra definen, quiéralo o no, su historia personal: “Deambulo. / Entonces no camino. / Y no me baño en las aguas claras como quisiera, sin un porqué y una vergüenza que deba ser lavada”. Por un momento nos parece que la poesía revela la incertidumbre de aquello que a primera vista parecía real. ¿Qué retiene la palabra cuando lo que nombra pierde su inicial lucidez? ¿Hay algo más que sugiere la palabra cuando se borran los contornos que la definen?: “Y no logro mirar a la noche como a la tierra del descanso prometido / El lugar de la fiesta / Sino con el horror de repetir la pesadilla”.

Puede que no podamos explicar de un modo total lo que encierra el poema “Nombres”; pero ciertamente compartimos la postura del hablante en cuanto a sus vivencias, y en cuanto a lo que caracteriza su visión de mundo. En otras palabras, la realidad en que se apoya, la que sustenta su lenguaje, vive en pugna con su mundo. Este sentido rige las palabras y, por iluminadoras que sean, solamente serán un reflejo de lo que la poeta quería nombrar. Una aproximación que retiene una vivencia temporal. Por eso el título del poema, “Nombres”, contiene una serie de insinuaciones que presentan diferentes perspectivas. Una simple palabra puede adquirir múltiples resonancias, o encadenar diferentes contextos poéticos: “Las cosas que amo luchan sin sosiego para no ser apartadas de sus nombres. / Inventan una nueva fe y salen como huracán a barrer calles (…)”. Estos versos resumen lo que ya se nos advertía al comienzo. Parece que la imaginación se desplaza hacia la búsqueda de un decir poético desconocido, ese que queda fuera de nuestra inmediata realidad, el que reniega ser apresado en la voluble red del poema. Por eso hay que nombrar, saber nombrar para sintetizar la peculiar realidad que proyecta la pasión y fragilidad de la vida. Lo que cruza y deja una chispa temblorosa como el zigzagueo de una libélula en un bosque sombrío. En el paisaje que revela la visión poética de estos poemas Elvira Alejandra Quintero nos recuerda que los nombres iluminan también nuestro paso, configuran la grandeza del mundo para poder decir desde la inagotable esencia de la palabra: “Yo miro su ingenuidad y la comparto”.

David Cortés Cabán
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Notas

  1. Los poemas aquí comentados pertenecen a La noche en borrador.