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El fruto de Salinger

jueves 9 de julio de 2020
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J. D. Salinger
Salinger —quien murió hace diez años— es objeto de culto en la literatura de Estados Unidos.

Cuando incursioné en el cuento “Un día perfecto para el pez plátano” se me antojó pensar que caminaba hacia lo desconocido. Pese a la lectura que hice años atrás de una de las novelas de J. D. Salinger, la primera que llegaba a mis manos, Franny y Zooey (hablando, manoteando, negándose y acercándose, con su lenguaje provocador, todo junto en un movimiento de diálogos sorprendentes), aparecían en ella con la dimensión que un naciente estilo le daba a esas narraciones norteamericanas en 1961. Quiero decir que ya estaban Ginsberg y sus amigos en el aire —y el aire que aspiraban era tremendamente narcótico—, y de manos de este nuevo autor empezaban a surgir modalidades diferentes en la novelística y en la poesía que habrían de señalar un sendero propicio para los cambios literarios que esa década estaba exigiendo, en especial en Europa, en torno a la rebeldía de los adolescentes.

Salinger siempre quiso ser ignorado, abominó de la publicidad y en cambio mantuvo una enorme distancia con los medios.

El cuento del pez banana ya estaba pues en mi derrotero de intereses por aquel periodo y debo decir, de entrada, que desde las primeras líneas me hallaba atrapado. El encadenamiento narrativo es un largo diálogo de los personajes con la misma sencillez como se habla en la vida cotidiana. Cada frase está pegada a la siguiente de modo inexorable y cada interjección es parte del acento rítmico que el relato demanda. Llevar ese diálogo por páginas y páginas parecía una tarea casi imposible y fue inevitable recordar el magistral cuento “Los asesinos”, que iluminó la cuentística de Hemingway y que, en esa materia de pláticas, sólo tuvo dos sucesores en cabeza de sus paisanos Raymond Carver y Sam Shepard.

Salinger —quien murió hace diez años— es objeto de culto en la literatura de Estados Unidos. Si me preguntan por qué, es difícil dar una respuesta sin conocer del todo el ámbito de aquella cultura que adora a este autor no obstante sus pocos libros. El guardián en el centeno, su obra principal de las pocas que firmó, ejerció influencia en la juventud de posguerra, pero en especial en aquella que participó de la guerra de Vietnam. Trabajar en los servicios de contrainteligencia de su país por mucho tiempo, como lo hizo Salinger, le dio algunas bases para ocuparse del tema bélico, pero es insuficiente para explicar su pasado judío y su conducta familiar que no le dio muchas satisfacciones a pesar de que vivió hasta los noventa años.

Salinger siempre quiso ser ignorado, abominó de la publicidad y en cambio mantuvo una enorme distancia con los medios para que no se ocuparan de él y menos de sus libros. Pero Muriel, la protagonista del cuento del pez plátano, y Seymour su contraparte, nos dicen mucho más del Salinger de los cincuenta cuando el novelista corre la cortina para ilustrar el carácter alocado de sus personajes, pues ellos simbolizan una época como nadie pudo dibujarla con acierto como muestra de la juventud de la época —del mismo modo que El gran Gatsby reveló las alucinaciones de los años veinte. Fragmentos de sus obras, las de F. Scott Fitzgerald y J. D. Salinger, han sido llevados al cine con desigual conformidad y aplauso, pero ellos son los pioneros literarios de estos dos períodos históricos.

Jaime Lopera
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