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El mito de las estatuas griegas blancas

martes 27 de julio de 2021
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El mito de las estatuas griegas blancas, por Luis Eduardo Cortés Riera
La mente griega tenía una cara oculta que nuestro arrogante racionalismo no ha querido aceptar, pues entra en conflicto con la idea estereotipada de la Grecia clásica racional, democrática, lógica y científica. Dioniso recostado (circa 447-433 a. C.). Museo Británico. Fotografía: Marie-Lan Nguyen
Para Ender Colina

Hace algunos años, el británico Martin Bernal publicó un libro muy polémico titulado Atenea negra: las raíces afroasiáticas de la civilización clásica. Sostiene este autor que la antigua civilización griega tiene una gran deuda cultural con los egipcios de la antigüedad y también con los fenicios. Esta tesis está seriamente enfrentada al llamado “modelo ario”, que fue una invención del siglo XIX para justificar la superioridad de la cultura europea, como sostiene el antropólogo británico Jack Goody, el autor de otro muy polémico libro intitulado El robo de la historia. Hoy en día somos mucho más tolerantes y aceptamos la influencia semítica sobre el “genio griego”, que se creía ajeno a toda mezcla racial y cultural, algo así como dándole razón a las odiosas tesis de sir Arthur Gobineau, padre del racismo moderno.

Esta “revisión del modelo antiguo” no es nueva ni debe sorprendernos. E. R. Dodds, en su obra Los griegos y lo irracional, sostiene que nuestra “muy racional” Grecia antigua tenía arraigadas creencias de pueblos bárbaros vecinos, como los escitas o los tracios, tales como la noción de espíritu o “pneuma” como un soplo, es decir la idea del alma como una realidad diferente del cuerpo y separable de éste. Una gota de sangre extranjera en el cuerpo de la “cultura griega”. Esta curiosa y discordante idea la asumen Empédocles y el genial Pitágoras y desde allí llega hasta Platón, y desde Platón, en un largo y sinuoso trayecto que se confunde con la historia cultural de Occidente, llega hasta nosotros, nos aclara el mexicano Octavio Paz.

Quedó como establecido que la ausencia de color y la falta de ornamentos era señal de sofisticación cultural.

La mente griega tenía una cara oculta que nuestro arrogante racionalismo no ha querido aceptar, pues entra en conflicto con la idea estereotipada de la Grecia clásica racional, democrática, lógica y científica. En 1951 publica el filólogo socialista irlandés E. R. Dodds su libro Los griegos y lo irracional, extraordinaria investigación que nos muestra las fuerzas mentales irracionales que actuaban en la Hélade: bendiciones de la locura, chamanismo, onirismo, menadismo o desvarío báquico, teúrgia o magia para invocar dioses ultraterrenos. Los griegos estuvieron a un paso de dominar la irracionalidad y crear una sociedad abierta, pero no lo lograron. Hoy en día estamos enfrentados al mismo dilema, al mismo precipicio al que debemos saltar o retroceder. Dodds piensa que esta vez nos va a ir mejor pues contamos con mejores herramientas que antes para entender nuestro lado irracional y vencer.

La problemática con los griegos, que son base de nuestra cultura de Occidente, no se queda ahí. Dice la BBC de Londres que en tiempos recientes se ha descubierto que las estatuas griegas no eran tan blancas como se había establecido desde tiempos del Renacimiento y de la Ilustración europea, movimientos culturales que querían distanciarse del colorido arte religioso de la Edad Media, al que veían como vulgar y atrasado. Querían estos hombres zafarse de la opresión de la Iglesia y crearon el mito del arte blanco. Mito que reforzó el poeta y científico alemán Goethe en su Teoría de los colores (1810) al decir que los hombres sofisticados evitan los colores brillantes en su ropa y en el ambiente que los rodea, generalmente tratando de alejarse de ellos.

Quedó como establecido que la ausencia de color y la falta de ornamentos era señal de sofisticación cultural, y en este sentido Europa se distinguía mejor que otros pueblos atrasados. El exceso de ornamentos de la escultura hindú o el vivo colorido de la pintura japonesa eran vistos como manifestaciones de atraso y barbarie. El eurocentrismo se nutría de la supuesta blanquitud de la escultura griega de la Antigüedad, que era tomada como epítome de civilización y de cultura. Los escultores de la Antigüedad Praxíteles y Fidias representaban la educación visual y condicionaron en Occidente la idea de cómo debía ser representado el cuerpo humano en tercera dimensión.

Las estatuas griegas estaban talladas en mármol blanco pero profusamente coloreadas y adornadas, sigue diciendo la BBC de Londres, lo que es clara evidencia de las influencias mediterráneas y asiáticas que recibió la Grecia antigua y que podemos observar, por ejemplo, en la Artemisa de Pompeya, descubierta en esa ciudad de Italia en 1760. Esta grácil dama tiene el pelo completamente rojo adornado con un bello cintillo multicolor. Los frescos de Pompeya que se salvaron de la erupción del Vesubio también muestran gran colorido. Pero se negaban a creer aquello, pues estaban firmemente anclados a una estética incolora. Bajo esta falaz perspectiva, fueron torpemente pulidas piezas de mármol de la Acrópolis de Atenas en el muy respetable Museo Británico en 1938, hasta dejarlas blancas y brillantes. Una verdadera distorsión histórica.

Supriman el color y la ornamentación para tener una sociedad moderna, se decía a principios de la centuria pasada en Europa. El arquitecto alemán Adolf Loos, teórico de la arquitectura moderna, dio una conferencia en 1913 donde asoció los ornamentos con inmoralidad y degeneración, el ornamento es delito. Años después el fascismo europeo asume esta estética incolora que desprecia los detalles, ornamentos y el uso de colores diferentes. Una figura a color refleja mejor las emociones individuales, pero en un solo color, con preferencia en blanco, es posible proyectar cualquier ideología.

A Stalin no le simpatizaba para nada la pintura de Picasso, a pesar de que le dijeron al dictador que el genial pintor español era comunista.

Para los nazis la falta de color reflejaba a un hombre más moderno. Desde allí se monta el mito de la superioridad de la raza aria. Adolfo Hitler, pintor frustrado, estaba obsesionado con la famosa estatua griega del Discóbolo, obra maestra del escultor Mirón. Asociaba el dictador esta escultura, de la que compra una réplica, con la armonía, la belleza y el vigor atlético. Por ello despreciaban los nazis el arte que llamaron despectivamente “degenerado”, de maestros como Manet, Monet, Renoir, Gauguin, Van Gogh, Cézanne, Picasso, Modigliani, Chirico, Chagall, Matisse, Klee o Kandinsky, entre otros. Ordena Hitler a Goebbels montar una exposición de “arte degenerado” en Múnich en 1937. El subjetivismo de este arte, que privilegiaba al individuo, iba en contra del ideal colectivo de los regímenes totalitarios.

En la extinta Unión Soviética sucede de igual modo una repulsa de la pintura de vanguardia. Kandinsky abandona el país de los soviets por desacuerdos con los criterios estéticos del régimen estalinista. En la década de 1930 se impone el llamado “realismo socialista” y se prohíben el arte abstracto y los formalismos. A Stalin no le simpatizaba para nada la pintura de Picasso, a pesar de que le dijeron al dictador que el genial pintor español era comunista.

Pero grandísima paradoja es que la censura o la destrucción de una obra de arte le otorga más poder, ya que su valor económico y artístico se multiplica. Es un capital simbólico (Pierre Bourdieu) que no cesa de agrandarse y expandirse con gran fuerza y vigor. En 1863 Napoleón III ordena crear en París el Salón des Refusés o Salón de los Rechazados por la acartonada cultura del régimen. Entre los rechazados estaban Courbet, Manet y Cézanne. Inmensa ironía.

Luis Eduardo Cortés Riera
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