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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

La domesticación de la alegría

viernes 22 de octubre de 2021
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Rubén Blades y Willie Colón
Rubén Blades y Willie Colón marcaron una época en la música latina.

Con esta crónica, el escritor José Gregorio Correa ganó el tercer premio del II Concurso Literario de Cuento, Crónica y Poesía Guido Acuña, que convocan en la ciudad de Guatire, Miranda (Venezuela) el Centro de Educación Artística Andrés Eloy Blanco y las fundaciones Auristela de Rondón y Tere Tere, en conjunto con la familia Acuña. El certamen, de periodicidad bienal, rinde homenaje a la memoria del escritor guatireño (1919-1996).

A Rafael “Kalembe” Guzmán, Azacoalba y Lil Rodríguez

Pasa que en algún tiempo en la vida de los humanos alguna o por lo menos una idea se cruza en la mente y no abandona ese latir hasta ser expresada con la mayor de las claridades. Esa idea mientras da muestras de vivir incubada toma sus debidas pretensiones de mostrarse en modo de canción, poema, texto dramático, cuento, novela, ensayo, artículo periodístico, etc. Ciertas veces quisiera inmortalizarse en obra de arte, crónica o algo parecido.

Cuando he decidido darle el sitial que se merece, viene a mi memoria y hace que en un viejo álbum de afectos aparezca el nombre de Azacoalba, hasta ahora, y sin consultar en la red informática, es como se nombra a un pueblo de Honduras, en algún lugar de nuestra América. Azacoalba, que seguramente tiene parentela con la cosmovisión maya, fue una agrupación experimental de música latina fundada por un tipo ya desconocido que atendía al nombre de Ángel Campos y quien, junto a Jorge Herrera, Alexis Gómez, Rafaelito Mejías, Atahualpa Rodríguez, Emilio Carruido, Goyito Rojas, Chicho Guarenas, Richard Peraza y Félix Campos, animó por los finales de la década de los setenta en San Sebastián de los Reyes cuanto sarao o bembé se concretase.

Azacoalba cada vez que se presentaba tocaba sus piezas bandera que era como decir su grito y estandarte de pelea: “Compañero de cantos y labores, compañeros de la libertad / esta es mi imagen latina, este es mi nuevo cantar / dame mi caña completa / fango, fango, fango pa’ ti, pa’ ti / calabó y bambú, bambú y calabó, corran, corran y métanse debajo de las piedras que viene, que viene la luz”. Y así, entre temas del Grupo Madera, Mango, Rodrigo Mendoza y Goyo Correa, no dejaba nadie de bailar ni de pensar, pensar en el sentido de elevar la conciencia, respirar identidad, pertenencia y pertinencia a una heredad.

Cuenta la leyenda que el larga duración Siembra, facturado por Rubén Blades, Willie Colón y otros geniales, es el álbum más vendido en todos los tiempos de la historia de la salsa.

Desde los orígenes del son, la guaracha, la plena, incluso el jazz y el guaguancó, ya venía implícita en las composiciones, temas que contaban, y aún cuentan, situaciones atinentes a la resistencia cultural, a los sabores y penas bailables de la conciencia ligada a nuestro modo de vida. Vida que expresaba al barrio, la fiesta, la anécdota, la crónica, la noticia, el anuncio de lo porvenir, la faena, el trabajo, el saoco, la filosofía, la reflexión, el idilio, el amor, el jolgorio.

Cuenta la leyenda que el larga duración Siembra, facturado por Rubén Blades, Willie Colón y otros geniales, es el álbum más vendido en todos los tiempos de la historia de la salsa. Sus temas son motivo para la reflexión de la idea que desea expresarse.

Si mal no recuerdo, en dicho long-play aparece Plástico, sí, tema que cuenta de lo acomodaticio del material nombrado, pero atribuyéndole cualidades a humanos, obvio, plásticos. El tema se inicia con una introducción con aires del disco-music hasta ir ganando terreno la percusión de cueros afrolatinos, y zuás, “…ella era una chica plástica…”. ¡Ese Rubén Blades tan acostumbrado a plantear motivos dramático-teatrales en sus composiciones! Tiburón, canto antiimperialista, se inicia con un distractor que reproduce la ubicación o sintonización de un dial en esos radios tan escuchados por el pueblo: “Ruge la mar embravecida…”.

En la misma década de los ochenta, su hermano Roberto Blades y la Orquesta Inmensidad, al menos por el ámbito venezolano, le hicieron resistencia al fenómeno del video-tema Thriller, de un desenfadado muchacho negro que quiso ser blanco, Michael Jackson: “Lágrimas brotan de mis ojos, al leer tu carta de despedida…”. Y por ahí se desataba la rebelión latina en oposición al pop de los que manejaban al ídolo.

Cuando Rubén, que no Darío, lanzaba a los oídos: “usa tu conciencia latino, no dejes que se te duerma”, había que usarla y ponerla a echar un pie. En fin, aunque Blades merezca un episodio especial en torno a esta idea ya asomándose, ya casi nos entendemos.

Por mi lar nativo, desde los sesenta hasta los noventa pasaron y sonaron tantísimas identidades musicales de la afrolatinidad. En los setenta, en cada fiesta patronal, y en carnavales o el aniversario de Acción Democrática, rumbeábamos con Los Dementes, La Renovación, La Dimensión Latina, Oscar D’ León, La Salsa Mayor, La Banda, Federico y su Combo, La Quinta Galaxia, La Orquesta Ideal, Innovación 2000, La Corte Joven, Tabaco y sus Metales, Fascinación, Los Satélites, etc. Y vale decirlo, aunque escuchábamos música y temas en lengua extraña, acudíamos con la debida espiritualidad al llamado de aquellos exquisitos y demás solos de timbales, bongó, tumbadoras, bajo, piano y metales, y vacilábamos el mambo para volver a lo arreglado de esos temas que podían durar un cuarto de hora o más.

Lo ut supra viene al caso para evidenciar cómo los sellos disqueros de la world music, de la música y el negocio globalizado, comenzaron a eliminar los solos de instrumentos genuinos a la salsa de sus acabados productos musicales. El rey mercado imponía sus edictos en materia de la duración de los temas. Máximo legal, tres minutos y no más. Se dio al traste con la individualidad de cantantes e instrumentistas y se levantó el reino de los “arreglistas”, y batacum, limítense la inspiración, la improvisación y la descarga.

En un tiempo del cual no quiero acordarme comenzaron a radiar ese sonido “mongo”, flojo, aguado, blando, que es más balada salseada que pura salsa, y lamentablemente muchos buenos salseros cayeron en esa trampa tan sólo por asegurarse permanencia en la industria del disco y de las trivialidades mediáticas de la farándula y los canales de televisión. Ellos saben quiénes son. El más emblemático por más sonado fue Eddie Santiago. Muchos han reflexionado y tratado de justificar a la llamada “salsa erótica” haciéndonos pensar que la misma le garantizó permanencia al género ante la arremetida del pop, la bachata, la balada, el merengue “educado”, etc.

Todos los temas resultaron ser baladas salseadas o salsa baladeada. Claro, tenían un sabor, un swing, un guateque sabroso para bailar.

El mercado se apoderó de la identidad cultural e impuso que para surgir como cantante había que ser un tanto bien parecido, aparentar un modo fashion de ser, aparecer, parecer, no-ser.

La vieja mafia de Masucci dio paso a otros que aprendieron lo más terrible del oficio y olvidaron lo hermoso. Si alguno de ustedes me está oyendo y ha escuchado a Gilberto Santa Rosa me dirá que es exquisito, que es buen sonero y cuanto quiera agregarle, pero no me negará que cuando interpreta temas que le permiten mayor soltura e improvisación su valor se agiganta y entonces no posee mayor sentido oír los temas que “rellenan” su trabajo.

Cuando aparece en el mercado, el “novedoso” y con aires no visibles de “oferta engañosa”, el material de Noche caliente, pensamos que el mundo iba a cambiar. Y el mundo cambió.

Todos los temas resultaron ser baladas salseadas o salsa baladeada. Claro, tenían un sabor, un swing, un guateque sabroso para bailar, y eso justificó cualquier bodrio que se asemejara a lo negociado de Ralph Mercado. Mejor apellido no pudo ser tan bien puesto, y vaya que Mercado hizo valiosísimos aportes en sus inicios. Tan buen negocio fue que se lanzaron Noche caliente II y las noches calientes enésimas siguieron con Raulín, Tito Rojas, Tito Nieves, Santa Rosa, un tal Maelo Ruiz, por mencionar algunos.

Se inicia un proceso de invisibilización, de asonoridad (sonoridad que acaso sea la unión de son con identidad), de negación de los ancestros, las raíces, el barrio, la esquina, la rumba, la movida, el drama y la comedia de la cotidianidad nuestra, la reflexión… “¿Por qué lo mataron?, diga usted la razón”. Y no escondemos la bemba. Esa no es razón.

Una expresión de paso musical, tan llena de agitación, de alegría, de identidad, de solidaridad, de reconocimiento sanguíneo en el epicentro del Caribe. Una expresión que “contaminó” Nueva York, el Bronx, Hollywood, el Paseo de las Estrellas. “Si te quieres divertir…”. Llámesele música afrocaribe, “salsa” (como la nombraron Ricardo Ray y Phidias Escalona). Dígasele género musical que logró “arrejuntar” casi todos los modos melódicos y rítmicos del Caribe continental y antillano. Expresión máxima de la summa de la resistencia cultural en cuanto a nombrar la cotidianidad de los pueblos, la permanencia de sus instrumentos, el idioma y más allá su habla, sus decires y sentires; si no búsquese en el Tite Curet, en Ismael Rivera, en Rubén Blades, en Willie Colón, en Ricardo Ray y Bobby Cruz, en Henry Fiol, en Ángel Canales, en Héctor Lavoe, en Ismael Miranda, en Adalberto Santiago y su tocayo Adalberto Álvarez, en Cheo Feliciano, en Oscar D’ León, en El Trabuco Venezolano, en Roberto Roena, en José Mangual Jr., en Marvin Santiago, en Carlos Quintana, en Orlando “Watussi” Castillo, en Rodrigo Mendoza, en Mongo Santamaría, en Celia Cruz, en el Experimental de Nueva York, en el Son Catorce, en Los Van Van, en Cortijo y su Combo, en el Sonero Clásico, en Héctor Casanova, en Junior González, en la Ponceña, el Gran Combo, en las Estrellas de Areito, y no sigo para no cansar ni atiborrar de cultores y expresiones genuinas de tan preciado testimonio metamusical, porque después de la música, porque antes de la música, todo es esencia de una cultura, una reflexión profunda, una vacuna contra lo ajeno, lo foráneo, lo inservible.

Al decir de Rubén en el salsa-drama-trágico Maestra vida: la música acaso sea un pretexto para mostrar lo verdadero. Palabras más.

Es que cuando se dice “salsa” se dice más, se nombra lo plenos que hemos sido. Cuando digo “salsa” digo bembé, guateque, calle, barrio, esquina, afinque, ternura, familia, raíces, ancestros, saber, sabor, constancia, ideas, defensa, armas, baile, protección, risa, alegría, evocación, ron, trabajo, tierra, humor, síntesis, bulevar, templete, trasnocho, aurora, radio, tocadiscos, alimento, espiritualidad, cadencia, entrega, convidar, memoria, afectos y sigues tú.

Para comprender lo más hermoso, lo más grande y sublime de la música que nos hizo mover el piso y calentar la torre, basta imaginar lo serio y sinfónico de la música europea que tuvimos que asimilar con el triste asunto ese de la conquista y la colonización, verbigracia valses, sonatas, heroicas, moderatos, arias, operetas, himnos, etc. Las rígidas y encorsetadas escalas de do-fa y sol; y entonces con unas maracas, unos troncos de árboles huecos con cuero de chivo, una tapara con ranuras, unos palitos que marcaban la clave, unos aguardientes para aclarar la mente y resuello, agarramos trombones, trompetas, saxos, flautas, pianos, guitarras, cornos, órganos, etc., y les devolvimos a los europeos tanto mambo, melao, sensatez y divinura. Atolondrados quedaron, y en un ejercicio de intelecto se preguntaron: ¿y cómo hicieron eso? Sonido bestial, Richie Ray y Bobby Cruz. “Azuquita pa’l café, como le gusta a usted”. Melao de caña. Sangre africana, taína y caribe, y de la Europa. Dígaselo, para que aprendan. “Estos salvajes son divertidos”, concluyeron en sacra asamblea en un conservatorio de Viena. Mozart, Liszt, Beethoven y Bach se revuelcan en sus tumbas pero con ardor y ganas de bailar. Total, las tumbas son pa’ los muertos y de muertos no tienen na’. Maelo dixit.

Las transnacionales de las mercancías que compraban publicidad en las radios determinaron los puestos en el hit-parade.

Expresión e identidad proscrita en un ejercicio sistemático de invisibilizarla, dejarla de lado, asociarla al lumpemproletariado y a la marginalidad que el mismísimo modo de producción capitalista ha generado. Sirve si sólo sirve para bailarse en modalidad de lo que han llamado “salsa casino”. No sirve si es desarreglada en lo montuno, en la rueda que invita a mostrar los inspirados “pasos” o que aparezca en el centro mágico del circulo el bailarín marioneta alzado desde el cuello de su camisa. Jolgorio del pueblo y la alegría que le plena. Mamadera de gallo latina, india, negra y caucásica. Jodedera de fiesta casera y más.

Cuando la salsa inició su despliegue con la fábula de irrumpir en el mercado desde un Volkswagen donde Johnny Pacheco y Masucci vendían los discos que iban a continuar alimentando la resistencia cultural de los pueblos del patio trasero del gran hermano o gran tío Sam, al rey mercado se le ocurrió la idéntica originalísima idea de meterles estupefacientes a sus cantantes y músicos. Digo idéntica idea porque lo mismo le aplicaron al movimiento hippie. Consume, que la sociedad de consumo te garantiza sexo, drogas y música. Más lo segundo que lo otro. Allí se inicia el feroz combate con el objetivo de desacreditar lo mayormente genuino de muchos pueblos del Caribe. Las transnacionales de las mercancías que compraban publicidad en las radios determinaron los puestos en el hit-parade. Desempolvaron el racismo y sentenciaron que “esa música” era para negros y malandros de barrio, como si la negritud fuese pecado social y el errático arquetipo del malandro fuese creación cultural de un pueblo y no de la sociedad mass-media y su mercado de falsas ilusiones y precarias materialidades en su entorno.

Gracias a la vida, la salsa vive y se defiende. Sobran o, mejor dicho, son suficientes sus ejemplos. Acompaña nacionalismos, se solidariza intramundo, amanece soneándose. Ya no más Grammys a Rubén Blades y tantos más, ahora coge el paso de su primigenio andar, en algún lugar del Caribe lleva la clave. Y aunque los “intelectuales” muy poco le paran, no importa, la bailan. Los sinfónicos la estiman, y algunos huyen a sus brazos.

Quede claro, no hay nostalgia. La gran alegría adviene en sentar una idea en la calle del debate. Todo lo expuesto obedece a salirle al paso a los nuevos modos de colonización que emprende el capitalismo cultural con sus consabidas armas de invisibilizar y abortar la resistencia sonora de los pueblos a quienes domina. “A salsa con conciencia, letras idiotas. A salsa dura, salsa fofa. A conciencia pura, grammys que duerman”. Al pueblo latino de cualquier ciudad le ha llegado la hora de la unidad.

José Gregorio Correa
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