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La lectura y su impronta

domingo 23 de mayo de 2021
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La lectura y su impronta, por José Gregorio Correa
Hasta que un día tuve mi propio libro de lecturas imaginarias que me regalaron en un plan vacacional y se titulaba Páginas para imaginar. Fotografía: Gonzalo Jiménez

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

Una vez leí que Borges dijo que se jactaba de los libros leídos y que cuando apenas tenia seis años ya había escrito su primer cuento. Digamos que fue afortunado. Y digo todo esto porque mi acercamiento a la lectura y los libros ocurrió con mucha distancia a la de los grandes escritores, entre ellos Borges. Con apenas seis años, mi maestra Felicia León, maestra de la Escuela Graduada Nº 92, nos repartía en clases un libro que contaba la historia de un señor campesino llamado Juan Camejo, recuerdo que se titulaba Abajo cadenas, y con esas lecturas inicié mi periplo por el fascinante, mágico y maravilloso mundo de descifrar la otra realidad. Al salir de aquella pequeña aula no había cartel o letrero en las calles o bodegas de mi pueblo que no me interesara saber qué iluminación era capaz de darme. Esas iluminaciones acabaron por conectarme con el mundo concreto de los envases y envoltorios de los alimentos, golosinas y otros productos hasta llegar a lo sublime de las tiras cómicas y los suplementos.

Trucutú, Periquita, Anita la huerfanita, El Príncipe Valiente, Benitín y Eneas, Educando a papá, Lorenzo y Pepita, El Fantasma, Henry, Aunque usted no lo crea, eran un modo de ir apropiándome de ficciones. Puede que olvide algunas historietas de estas que venían encartadas en los diarios de circulación nacional, que no eran adquiridos en mi hogar sino que podía hallarlos en la barbería, las boticas o el basurero. Todavía iniciando los años setenta del pasado siglo en mi pueblo no existía biblioteca pública, allí sólo abundaban botiquines y bodegas, así que mi primer contacto con un libro de esos de literatura fue en una colección de libros muy pequeños con títulos de narrativa venezolana e hispanoamericana; si mal no recuerdo, eran de color rojo, verde, azul, no sé si negro, las tapas y los nombres eran en letras doradas, y todos ellos venían como en una bibliotequita portátil. Estaban destinados más para adornar que para ser leídos. De ellos tuve entre mis pequeñas manos la novela Pobre negro de Gallegos. Apenas pude hojearlo, a escondidas, puesto que semejante cosa no podía estar en las manos de un muchacho, y menos sino era pariente de la casa donde habían traído la bibliotequita ambulante. Hasta que un día tuve mi propio libro de lecturas imaginarias que me regalaron en un plan vacacional y se titulaba Páginas para imaginar y de cuyas lecturas sólo recuerdo, no sin tristeza, “La mata de centavos”. Rondaba ya los once años.

En 1976, inauguran en el pueblo la primera y única biblioteca pública con el epónimo de una poetisa y también maestra, Elina Cabrera Sosa. Allí comenzó mi fiesta por leer.

A falta de libros, suplementos. Sé que es una aclaración innecesaria, tenía cercanía a libros de textos escolares provenientes de mis condiscípulos y ya en secundaria algunos propios. Ahora, mis primeras lecturas estaban mas próximas a las historietas y suplementos. En muchas casas había alguien que leía o coleccionaba suplementos, eso me permitió leer variedad de historias de ficción. Dígame, en una casa la madre de un condiscípulo me puso a disposición horas y más horas de lecturas. Tenían allí unos suplementos gruesísimos con historietas de El Santo, el Enmascarado de Plata, y de Blue Demon. Esa casa era una especie, para mí, de biblioteca de tiras cómicas. Abundaban suplementos de Kalimán, Arandú, El Monje Loco, Tarzán, Red Ryder, Hopalong Cassidy, El Llanero Solitario, Chanoc, Hermelinda Linda, Memín Pingüín, Daniel Boone, El Conejo de la Suerte, etc. Era la casa de Ana Gutiérrez.

En otras casas y otras circunstancias encontraba Tico y Tuco, las urracas parlanchinas, El Pato Donald, Mickey Mouse, Rico Mac Pato, Daniel El Travieso, Juan Sin Miedo, El Valiente, Popeye, Chip y Dale, Búfalo Bill, El Pájaro Loco, Los Picapiedras, Mandrake, etc. Aquí recuerdo que en la calle Bolívar vivió un parapléjico, sentado en una carruchita, y casi siempre me necesitaba para algún mandado o algún otro menester y su modo de agradecerme era regalándome o prestándome un suplemento. Le decían el manco de las Rangel y se llamaba José. Él fue quien me alentó a superar las imágenes con globos y pasar a la historia o ficción con puro texto. Y di el gran salto hacia las novelitas de vaqueros, policiales y de misterio, en algunos casos. Ahora Marcial Lafuente, Keigh Luger y Silver Kane fueron mis autores de cabecera. Y con juicio crítico hoy puedo afirmar que Silver Kane era genial.

Pero la vida es larga y uno llega a eso de los quince años y se encuentra con una profesora de Castellano que te alienta a leer y escribir. En la semana del liceo organiza un concurso literario y participas y te ganas tu primer libro: El otoño del patriarca. Y para completar, en 1976, inauguran en el pueblo la primera y única biblioteca pública con el epónimo de una poetisa y también maestra, Elina Cabrera Sosa. Allí comenzó mi fiesta por leer, recuerdo que en vacaciones entraba a las ocho de la mañana y salía a las doce del mediodía. Luego abrían a las dos de la tarde y volvía a salir a eso de las seis de la tardecita. Era el mes de agosto y llovía, y me encantaba que lloviera porque las encargadas no podían irse a casa hasta que no escampara y así tenía más tiempo para leer.

En esa estantería me encontré con Cien años de soledad, Marianela, Cumboto, Nochebuena negra, El hombre de hierro, El sueño de un hombre ridículo, La metamorfosis, El hombre mediocre, La tregua, El fantasma de los Canterville, Cuentos grotescos, Cantaclaro, Adiós a las armas, etc. Y tuve la suerte de hallar un libro de un escritor nacido en el pueblo, Felipe Santiago Zerpa, quien había publicado Los escritores también se suicidan. Y por otro lado me había conseguido un poemario de Lucas Guillermo Castillo Lara de nombre Del agua mínima. Eso me sirvió para entender que los libros nada más no servían para leerse sino para escribirlos. También en esos espacios tuvo mi encuentro con leer poesía de Neruda, Andrés Eloy, Lorca, Machado, Otero Silva, Vallejo, Dario, Guillén, Mistral y poetas alemanes del siglo XX.

Paralelo a ese proceso de leer, escribir y hacer teatro, asunto que me obligaba a leer dramaturgia, llevaba una lectura casera fundamentada en la revista Selecciones del Reader’s Digest, las cuales las conseguía regaladas, prestadas y no muchas veces compradas. No era un voraz lector, pero leía con devoción, incluso después de acabar de comer. Cosa que mi abuela me observaba diciéndome de los riesgos de quedar loco como Balbino, un señor mendigo en la puerta de la iglesia y con dones quirománticos. Otras me decía que podía llegar a ser una lumbrera tal cual el poeta y maestro Miguel Ramón Utrera había llegado por obra y gracia de la lectura.

Ser un escritor y haberme iniciado con tiras cómicas, suplementos y novelitas de vaqueros creo que fue lo mejor que pudo pasarme.

Desde la llegada de la biblioteca pública al pueblo para mí todo cambió, el mundo, la realidad, mi entorno, tuvo otro sentido. En esa estantería reposaban cientos de libros esperando por mis ojos devotos. Después de los quince años en adelante vendrían nuevas oportunidades de encontrarme con libros y el disfrute de su lectura. Recuerdo que un día me regalaron un libro, Sobre mis nidos ciegos, y su autor también era sansebastianero. Lo había escrito Luis Álvarez y tenía un cuento, es un libro de cuentos, que tiene por contexto y ambiente una procesión de Semana Santa en las calles que uno andaba y caminaba. Fue fantástico a partir de allí poder imaginar la posibilidad de algún día escribir, también hacer lo mismo, colocar en páginas alguna fábula, alguna emoción, cualquier razón, cualquier ficción, pero esta vez con mi nombre. Faltaría mucho tiempo y para eso había que leer parte de ese gran libro andante, como una lumbrera según mi abuela, mentado Miguel Ramón Utrera, que podías conseguirlo sentado en un banco de la plaza o en su propia casa. Desde esa opción inicié otra historia.

Ser un escritor y haberme iniciado con tiras cómicas, suplementos y novelitas de vaqueros creo que fue lo mejor que pudo pasarme. Era el mundo que me rodeaba. Eran los signos del tiempo. Y uno termina leyendo no lo que tiene que leer sino lo que dispone el universo para uno. De repente hubiese tenido la biblioteca familiar de Borges, y es posible que abominara los libros. Pero, lo juro, no creo que hubiese escrito un cuento a los seis.

José Gregorio Correa
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