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Duelo de ases

martes 16 de agosto de 2022

a Leonardo Maicán, Eleazar Marín y Javier Pedrá.

Cuando Eleazar Marín, un joven poeta arraigado en una antigua ciudad, no tan vetusta como Roma o Cafarnaúm ni Éfeso ni Nínive, oyó por primera vez “A las seis es la cita” o “Cita a las seis” en el pegajoso y almibarado ambiente del bar Veracruz, tuve una premonición.

Suele sucederme, no siempre, que a cada indicio de vaticinio las adivinaciones se cruzan, se bifurcan a jardines con senderos equívocos que pueden acabar en alucinaciones o ilusiones.

Me acordé de Bobby Vinton con Please Love Me Forever, un disco que era tumbado de la rocola cada vez que lo marcaba porque los lugareños no entendían ni cantaban en lengua extraña.

Se me vino a la mente el tío afectivo, José Vásquez, indicándome cómo limpiar la gallera. Mi tía Zoraida Morgado de Vásquez, una prima hermana de mi madre, a quien le pregonaba sus quesos de mano por las calles de mi pueblo. Su exquisita y sabrosa, ya redundando, comida de las seis de la tarde, cuando concluía mi periplo de ofrecer uno de los mejores manjares inventados por el ser humano.

La imagen de Caruto apostándome a que se comía dos o tres chireles morados a cambio de una cerveza.

Claro, como una película nunca olvidada, la imagen de Caruto apostándome a que se comía dos o tres chireles morados a cambio de una cerveza. Y yo decirle que no lo hiciera, que eso picaba fuerte, que fui al baño y los arranqué de la mata y al orinar y tocarme los genitales tuve que lavarme por el gran ardor en piel tan membranosa. No, no, Caruto, no lo hagas, y qué va, ver sus ojos como saliéndose de sus órbitas, la expansión del universo, chorros de lágrimas, las fauces nasales dilatándose y afluentes de mocos mezclándose con las babas de su boca, y tratando de mitigar la picazón con los restos de cervezas de la mesa.

No sé en cuál momento de la canción, si es con las dramáticas trompetas que darán pie a una radionovela, o cuando suenan las seis campanadas, que se aparece Javier Pedrá Morgado, quien pudiera estar emparentado con una hermana de mi tía Zoraida, Armenia Morgado, quien residió por muchos años en Maracay, como una pedrada a una campana dando un la natural por su infinita inclinación a estar tocando corpiños, cinturas y nalgas de guitarra un día por aquí, otro por Burdeos, y como es panaburda nos convoca a mí y al joven Eleazar al centro de la gallera del bar Veracruz. Allí comienza un duelo que duele tanto como la noche en el pueblo, esa que después de las seis de la tarde hace que todos los gatos sean pardos y todos los gallos sean zambos.

Los acudientes al recinto hacen sus apuestas. El vocerío y la gallera se instala. Levantan la jaula. Eleazar se consigue conmigo cara a cara, pico a pico. Detallo sus espuelas, recuerdo las mías, y bueno se inicia el coliseo. Borges si hubiese vivido en estos predios tendría cuentos magistrales para elogio de la gallardía.

Aquí viene lo inesperado, ya lo sabía yo, yo que adivino hasta un punto en que sé todo, pero al final se trastoca todo y de cada campanada surgen seis pollas en el patio y por instinto Eleazar y yo dejamos de estar pico y espuela, dejamos la riña y nos ocupamos de cortejar a las pollas mientras se arma un despelote y una guirisapa en la gallera lo más parecido a un sueño de esos que al levantarse uno dice: seis pollas, dos gallos, ¡carajo, sesentaidós, ese es el número!

Ahorita mismo, escuchando a Panchito Riset, estoy llamando a Eleazar para que se juegue el 62 para la lotería del mediodía y avisándole a Javier que como el 2 es un número bien derecho, tome la guitarra y se arranque con un seis por derecho bien bordoneao para que el joropo nacional siga marcando lo más hondo del compás.

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