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Jacobo Fijman, poeta maldito

domingo 2 de octubre de 2022
Jacobo Fijman
Jacobo Fijman (1898-1970), evidentemente, se consideraba a sí mismo un elegido, un iluminado, cuya admirable profesión de fe (la demencia) lo diferenciaba del resto de los hombres.
Tres gritos me elevaron sus puñales.
Paisaje de tres gritos
Largos de asombro.
Jacobo Fijman

Si, como dice Francisco Umbral, las tres condiciones necesarias para ser un poeta maldito son el arraigo estético en los poderes demoníacos, la heterodoxia sexual y el haber sufrido una muerte trágica y prematura,1 entonces Jacobo Fijman, definitivamente, es un poeta maldito. La marginalidad de este “raro”, de acuerdo con la expresión de Rubén Darío, sería un elemento que podemos destacar antes de ratificar los tres mencionados más arriba. La marginalidad en Fijman, recordemos, está atravesada por la locura.

Molino rojo, su primer libro, quiere tomar la locura no ya como un simple tópico, sino como un resumen experiencial y metafísico. De la locura se desprende lo demoníaco, fuerzas disolventes ambas, estados en permanente ebullición que combaten la pacífica sencillez de la razón (entendida aquí como sujeción a las normas de la moral burguesa). En este poemario encontraremos el conocido “Canto del cisne”, texto que nos desafía desde los primeros versos:

Demencia:
el camino más alto y más desierto.

Oficio de las máscaras absurdas; pero tan humanas.

Fijman, evidentemente, se consideraba a sí mismo un elegido, un iluminado, cuya admirable profesión de fe (la demencia) lo diferenciaba del resto de los hombres, a la vez que lo volvía más humano, demasiado humano. ¿Habrá leído acaso a Nietzsche este poeta?

 

Siendo judío de origen, Fijman se convierte al cristianismo en un arrebato místico, al parecer, inevitable. La castidad, símbolo de pura entrega, tan propia de ciertos fundamentalismos religiosos, no deja de ser una forma avalada de la “asexualidad”, heterodoxia sexual por excelencia, aunque sería mejor decir aberración. La muestra más cabal de esta tendencia puede verse en su tercer y último libro, Estrella del mañana. En el siguiente fragmento podremos apreciar un homenaje a san Juan de la Cruz y su “Noche oscura del alma”:

Vuelvo mis ojos sobre mis ojos mansos;
vuelvo mis ojos contra la noche oscura.

Su segundo libro, Hecho de estampas, es la transición de lo demoníaco demencial a lo místico asexuado. Como buen miembro de la Generación del 22, generación situada en medio de una sobredimensionada antinomia entre los grupos de Florida y de Boedo, Fijman supo manejar la imagen a la perfección, sin que sus textos cayeran en nulos artificios. Por sus amistades, pero también por su poética, estaba menos emparentado con la estética de Boedo que con la de Florida. El mismísimo Marechal lo incluye como personaje en su célebre Adán Buenosayres, y no olvidemos que la novela de Marechal es un alegato a favor de la revista Martín Fierro en tono de parodia.2

 

Toda muerte es prematura, toda muerte es trágica, me atrevería a decirle a Francisco Umbral. Jacobo Fijman murió en Buenos Aires en 1970, en el Hospicio de las Mercedes, el que fue su hogar por casi treinta años. Algún tiempo después, Daniel Camels declaraba lo siguiente: “Fue preso de un triple destino de exclusión y olvido”.3

Tres, como intentamos demostrar, son las condiciones necesarias para ser un poeta maldito. Tres, también, los volúmenes que conforman la obra del poeta que evocamos.

Flavio Crescenzi
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Notas

  1. Véase Francisco Umbral. Lorca, poeta maldito, Madrid, Editorial Planeta, 1998.
  2. En efecto, el personaje de Samuel Tesler está inspirado en Jacobo Fijman, pero esta no sería la única vez que Fijman aparecería en una novela. En El que tiene sed, de Abelardo Castillo, lo hace nuevamente pero, en esta ocasión, con el nombre de Jacobo Fiksler.
  3. Jacobo Fijman. Poesía completa, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2005.