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Sumisión, rebeldía y tolondrones

martes 28 de marzo de 2023
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Sumisión, rebeldía y tolondrones, por Ivanna Zambrano Ayala
Los comentarios misóginos andan en boga. Las mujeres siguen cosificadas y consideradas subalternas.

Cuando estudiaba en la secundaria, unos profesores opinaban que las mujeres no debían pensar en exceso, que generaban atrasos, etcétera. Varias de esas frases, más que ofenderme, me causaban gracia. Por lo tanto, creaba mis versiones y, con malicia, se las decía a los hombres de mi familia. Ésta siempre ha sido gobernada por un orden tan patriarcal que dejaría locos a Platón y Aristóteles.

En pocas palabras, los comentarios misóginos andan en boga. Las mujeres siguen cosificadas y consideradas subalternas. Sin duda, algunas piensan que son lo segundo. Por tal motivo, heredan ese tipo de creencias a las nuevas generaciones.

En la Grecia antigua la situación era peor. Las señoras estaban destinadas a ser valoradas como objetos para la procreación y administración del hogar. En el Siglo de Oro se encontraba de moda que una joven forzada recobrara su virtud si se casaba con la bestia que se la arrebató. El escenario no cambió demasiado en el XIX. Las damas y señoritas se hallaban sometidas por un mundo mojigato y machista. Cuando una mujer no mostraba obediencia ante los designios de sus padres, hermanos o el cónyuge, recibía el diagnóstico de histérica. En Historias del continente oscuro (2007), Ana Teresa Torres afirma que “la histeria y la moral victoriana tuvieron una íntima relación. La mujer (…) representaba un ideal de (…) orden y serenidad. Debía ser gentil, sumisa, ingenua (…) y decorosa. Frente a esas pautas (…) desarrollaron defensas estratégicas para manifestar con el cuerpo los sentimientos de rabia que la sociedad no les permitía decir” (p. 22). En consecuencia, unas cuantas fueron confinadas al manicomio al no responder a los roles de hijas, esposas y madres dóciles. En el siglo XX se produjeron avances importantes. Las mujeres lograron gozar de más derechos civiles y jurídicos gracias a sus luchas, pero no los suficientes. Y del XXI para qué hablar más.

En Memorias de Mamá Blanca (1929), de Teresa de la Parra, el orden patriarcal se evidencia mediante la distancia entre el padre y sus hijas.

En tal sentido, existen obras literarias en las que observo estas desigualdades de género. Los ejemplos que juzgo apropiados son los siguientes: Novelas ejemplares (1613), de Miguel de Cervantes. Este libro aborda la violencia contra la mujer en el Siglo de Oro español. En “El celoso extremeño”, por ejemplo, el autor critica la sociedad y la doble moral de la época a través de Leonora, una criatura de trece años, y su matrimonio arreglado con un anciano lujurioso.

En Memorias de Mamá Blanca (1929), de Teresa de la Parra, el orden patriarcal se evidencia mediante la distancia entre el padre y sus hijas. Además, se nota cuando la madre se convierte en la casamentera de la servidumbre. A las esposas que se lamentan por la decisión, les sugiere que se conformen: “Mamá, muy condolida, entre suspiros y levantar de ojos al cielo, aconsejaba la dulzura y la resignación” (p. 92). Este pasaje ilustra la situación de las mujeres en ese momento y una visión transgresora por la ironía que refleja la escritora a través de la narradora.

En Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores (1935), de Federico García Lorca, hallamos el escarnio que tolera la protagonista por no buscar pareja luego de la despedida de su prometido. En este drama se exteriorizan los prejuicios sobre las mujeres virginales. Por desgracia, esto permanece, de cierta forma, igual en el presente. Algunos juran que una mujer está completa si posee descendencia y una media naranja. El amor romántico, lo carnal y la maternidad ante todo.

En Nochebuena negra (1943), de Juan Pablo Sojo, se habla sobre las injusticias que sufren los sirvientes, producto de la inflexibilidad del amo, pero también del machismo y las humillaciones que padecen los personajes femeninos. La historia de Pura, una jovencita capturada por la lascivia de su novio, y la violación de Coínta, una niña de quince años, son muestras de ello.

Adicionalmente, Doña Inés contra el olvido (1992), de Ana Teresa Torres, es una novela narrada por una mantuana1 que, a través de sus recorridos fantasmagóricos, reconstruye el pasado de Venezuela. Retrata contextos, critica a los gobiernos y a la sociedad mediante la ironía. Subrayo que las mantuanas deben ir a la iglesia —acompañadas por sus esclavas—, multiplicar la especie y soportar el adulterio. En efecto, las sirvientas son agraviadas tanto en el día como en la noche: “¿Conocía la madre de Juan del Rosario [una de sus criadas] tus deseos, Alejandro?, ¿o era sólo el dominio de disponer su cuerpo para el placer, como disponías de sus manos para el trabajo?” (p. 75). Este fragmento despliega la reflexión de Inés. Se percata de las circunstancias que enfrenta la amante de su esposo después de muerta.

Por lo anterior, estos libros son espejos de una realidad: la misoginia. En la actualidad, la imposición de sumisión se manifiesta de manera velada (y, en ocasiones, no tanto) en el mundo; las opiniones disímiles de muchas se castigan, a veces, con tolondrones de censura (de modo virtual o no). En fin, aún recuerdo los comentarios de los profesores en la secundaria, en pleno siglo XXI, y me pregunto: ¿cuántas habrán sido influenciadas?

Ivanna Zambrano Ayala
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Notas

  1. Los mantuanos fueron hijos de españoles que pertenecieron a la aristocracia en Venezuela en el período colonial.
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