En lo alto de una montaña, los grifos descansaban. Observaban a la manada de caballos que pastaba a lo lejos. Muchos le tenían envidia, otros una gran indiferencia.
Alida, que era miembro del clan de bestias, también veía a los equinos con aburrimiento. Estaba cansada de cuidar el oro, como el resto, que ningún humano lograría alcanzar.
Sin embargo, ocurrió algo que provocó que los grifos se sintieran desconcertados. Varios se levantaron con incredulidad e ira.
—¿Cómo es posible? —balbució uno de ellos.
—¡Qué atrevimiento! —rugió otra con el pelaje y las plumas doradas erizadas.
Alida apreció el objeto de tanto asombro. Se quedó con el pico abierto al darse cuenta de que era un caballo alado. No paró de verlo mientras él surcaba el cielo. Había un hombre sobre su lomo. Los dos se volvieron cada vez más pequeños por la distancia. Los grifos bajaron la guardia. Luego se fijaron en Alida, que miraba el horizonte con admiración.
—¡Está enamorada! —gritó una de sus allegadas.
La mayoría empezó a reír a carcajadas y Alida, ofendida, se dirigió a la cueva. Contempló el horizonte de nuevo para distinguir al magnífico caballo. Sólo notó que el atardecer se encontraba violáceo.
Transcurrieron los días. Todos olvidaron a la bestia y su jinete, menos Alida y Aetos, el grifo más viejo y cascarrabias del clan. Éste, al percibir la melancolía de su joven pariente, sabía que las cosas no iban a terminar bien. El amor entre grifos y caballos era imposible.
Pasó un mes. Alida se hartó de ver la tarde color naranja y decidió regresar a la cueva. No obstante, los grifos comenzaron a chillar.
—¡Allí está!
—Se vanagloria por tener alas.
Alida se acercó al borde del precipicio, donde antes se había echado, para ver al maravilloso Pegaso. El humano desapareció.
—¡Cierren el pico! ¡Duerman o custodien el oro! —bufó Aetos, cansado de escuchar la sorpresa e indignación general.
Los grifos lo miraron y volvieron a sentarse con hastío para observar a una nueva manada de caballos que pastaba a lo lejos. Algunos se percataron del entusiasmo de Alida. No se impresionaron. Sabían que se prendó de un ser que jamás podría tener.
Alida alzó sus alas. Estaba a punto de seguir al objeto de su amor. Sin embargo, la detuvo Aetos.
—Despierta. Te rechazará.
Ella no le hizo caso y siguió al caballo. Éste descendió en un claro en el bosque. Alida, para no asustarlo, aterrizó a las orillas de un lago que reflejaba los árboles y la tarde color naranja. Posteriormente, usó el agua como espejo. Apreció su pico de águila, las orejas puntiagudas, sus penetrantes ojos aceituna, las alas amplias y fuertes. Recordó las palabras del viejo, pero sacudió la cabeza.
Alida se adentró en el bosque. Halló a su amado en el claro en el que descendió. Él se alarmó al reparar en su presencia.
—¿Me has seguido desde la montaña, grifo?
—Mi nombre es Alida y... no deseo hacerte daño.
—Deja de acercarte. ¿Qué quieres de mí?
Alida se detuvo. Advirtió el temor y el asco en la mirada del equino. Y recordó las palabras de su pariente más longevo de nuevo. No pudo evitar hundirse. Bajó las orejas y la cabeza con vergüenza y resignación. Entonces, el caballo entendió y esbozó una sonrisa de burla. Antes de alzar sus alas y marcharse, dijo lo siguiente:
—Oh, ¿tu clan nunca te ha revelado que el amor entre grifos y caballos está prohibido?
Cuando se fue, cayó una grácil lluvia de plumas blancas.
Los grifos observaron a Alida regresar a lo alto de la montaña. Tenía una pluma en su pico. Luego aterrizó y se escondió en la cueva.
—Debió devorarlo... —gruñó una de ellos.
El resto nada comentó, ni siquiera la bestia más vieja y cascarrabias.
Pasó otro mes. Alida decidió salir de la cueva, algo que impresionó a algunos de sus parientes. Ya no tenía la nívea pluma en el pico. No se sorprendió cuando apareció Pegaso en el horizonte. Ella lo admiró por un momento y después observó con tedio a la nueva manada de caballos que pastaba a lo lejos, como los demás.
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