
La casa ahora es un café restaurante en el corazón del barrio La Candelaria en Bogotá. Calle del Volcán de San Vicente. Diagonal a ella, una casa colonial azul, que hace esquina con la calle de San Miguel del Príncipe, exhibe reproducciones intervenidas de pintores impresionistas y de vanguardia del siglo XX. Estas son algunas de las coordenadas de la casa que nos interesa. Hoy los paseantes apenas se detienen a leer la placa que la identifica: “En esta casa nació el 23 de junio de 1860 José María Vargas Vila, autor de Aura o las violetas”.
Como siempre, me detengo a tomar la respectiva foto, tratando de que algunos transeúntes, por curiosidad, vean lo que ahí se anuncia. Pero nadie detiene sus pasos, todos caminan ignorando al que en ella se nombra, incluso rechazan mi invitación a que observen por un instante aquella placa. ¡Vaya destino de este hombre!, me digo. En vida fue vilipendiado, calumniado, rechazado, perseguido, exiliado por las mentalidades puritanas y moralistas del país, pero también leído en clandestinos lugares y en pasadizos secretos por las mentes libertarias en medio de una Colombia tomada por las ideas católicas de la Regeneración Conservadora.
En un momento entablo conversación con el joven que atiende el café. En la noche, me dice, se ve una sombra que deambula por la casa, se escucha que abren puertas y grifos, pasa como un habitante más del cual nos hemos acostumbrado, comenta. Es el espíritu de Vargas Vila, asegura de la manera más tranquila y serena. Ese fantasma en vida fustigó, con sus diatribas y panegíricos mordaces, a los jefecillos autoritarios con mentalidad medieval que arrasaban a la nación y la metían en guerras cívico-religiosas en contra del pensamiento liberal radical y de las ideas libertarias de la época.
“El Divino Vargas Vila”, como le llamaron sus copartidarios y seguidores, lanzaba lúcidos dardos contra un Estado confesional, eclesiástico, de políticos filólogos, latinistas, ultracatólicos y gramáticos. Sus obras fueron ubicadas en el Index librorum prohibitorum, el índice de libros prohibidos por la Iglesia. La llamada Regeneración de finales del XIX se constituyó en un paradigma de conservación de los preceptos de la Iglesia católica y de la educación conservadora, doctrinas e ideologías impuestas de forma autoritaria. Las instituciones asumían el orden y la defensa de la moral propuesta desde Roma por los papas Pío IX y León XIII. Así que el dominio de la Iglesia se registró en todos los campos de la cotidianidad, de la cultura y la política, manteniendo su poder en los estamentos gubernamentales y educativos. A la vez, se condenaba y expulsaba todo pensamiento de índole liberal y socialista, toda vanguardia estética que se hiciera presente en el país. Para ello, la Iglesia y el Estado conservador se propusieron controlar la edición de los textos escolares y filosóficos, la organización del pensum académico y la educación moralizante de los docentes. Así, la represión de las ideas foráneas por la Iglesia fue el diario vivir en los ámbitos de la cultura colombiana.
El miedo a las corrientes vanguardistas europeas y latinoamericanas, y el apego a la ideología hispanista, se manifestó, bajo la hegemonía conservadora, en la gran mayoría de intelectuales colombianos que asumieron la literatura española como modelo a seguir y paradigma estético político. Al no tener autonomía crítica, la modernidad para el intelectual colombiano estaba todavía por construirse. Distanciarse de la Iglesia, de la moral y del conservatismo significaba impulsar la crisis de la nación y del Estado, la disolución de la verdad y entrar a la caótica situación del libertino. Con estos argumentos se asumió que la libertad estética era pecado y el artista e intelectual polemista un culpable por ser corruptor de costumbres y sensibilidades. La idea del artista bohemio, sensualista, libertario, de vanguardia, fue considerada causa de expulsión del país y de excomunión.

Vargas Vila peleó y escribió a la intemperie de los poderes retrógrados y tradicionalistas. Lo consignó en su libro Pretéritas (“principiado en la guerra, concluido en la derrota y publicado en el destierro”): “La Regeneración no es un principio sino la negación de todos los principios (...). Es la orgía del despotismo. En uno de esos momentos de seria ferocidad nos arrojó al rostro su Constitución de 1886, (la cual) vista de lejos tiene el aspecto de un castillo feudal en la sombra (...). De lejos inspira horror, de cerca risa (...). Aparición del siglo XVII en pleno siglo XIX, es un fenómeno”. Y remata diciendo: “Cuando en un país la libertad ha muerto, no queda ya una Nación sino una ruina. Hoy Colombia es una tumba, sobre la cual ondea la bandera ensangrentada de los conservadores, agitada por todos los vendavales, desde el huracán de la ambición, hasta el huracán de la miseria”.
Así vivió este libertario polemista que combatió en la Guerra de 1885 contra el presidente Rafael Núñez. Aventurero, asediado, exiliado perpetuo tanto espiritual como políticamente, y que, en 1900, escribió en su diario desde París: “Mi corazón está poseído por el amor a la libertad; no ha conocido otro; él ha devorado mi vida, y no ha permitido que ningún otro nazca, al lado suyo, para serle competencia (...). La libertad fue mi culto y mi lema”.
Creador de geniales aforismos, crítico reflexivo, escéptico, antisistema y anticlerical, con vida de poeta, hundía la aguja en la llaga de las convenciones petrificadas en un país parroquial de siervos y señores donde la vida es mera quimera y fracaso, estremeciéndolo con sus visiones de no creyente. Frente a su casa natal pienso en aquel que en vida fuera amado, odiado, admirado por tantos, pero repudiado por muchos en un terruño que produce “criminales sin responsabilidad, retrocediendo a un estado primitivo”.
Viajó por Venezuela, Nueva York, París, Madrid, Venecia, Roma y por algunas ciudades de Latinoamérica, hasta detener su navío vital en Barcelona, donde el martes 23 de mayo de 1933, a tan sólo un mes de cumplir 73 años, moría desterrado, solitario entre solitarios.
Entonces vuelvo a mirar aquella casa colonial con su placa que en realidad no le hace justicia, pues en ella se consigna sólo una de sus obras “permitidas” por la mentalidad conventual, como deseando que los paseantes nunca sepan de los estremecedores y proscritos pensamientos de un fecundo provocador, apasionado, incendiario espiritual que dejó escritas en 1933 en su diario estas palabras de fuego: “Hay seres que nacen fuera de toda sociedad; yo he sido uno de esos”.
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