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Una isla griega

martes 6 de febrero de 2024
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Santorini
Según la mitología griega, Cadmo, hijo del rey fenicio de Tiro, al buscar a su hermana Europa, que había sido raptada por Zeus, llegó a esta isla y fundó una colonia fenicia. Pixabay
Para Nubia, Laura Camila y Camilo.
Hemos aprendido a ver Grecia con los ojos interiores,
no como una colección de maltrechos vestigios
dejados por culturas hace tiempo abandonados,
sino como algo eternamente presente y renovado.
Lawrence Durrell

Cuando por primera vez vi las islas griegas, no pude detener la imagen de aquellos poetas que habían iluminado un día mi camino poético: Yorgos Seferis, Odiseas Elitis, Yannis Titsos, tan leídos, amados, asimilados, bebidos uno a uno en largas y bohemias noches con amigos. El Egeo se extendía con un azul profundo a medida que el buque-ferry lo atravesaba. Una que otra isla salía a nuestro encuentro; uno que otro asombro se acumulaba en nuestra memoria con sus leyendas y viejos mitos. Y allí comprendí el canto solar de estos tres poetas. Tanta historia, tanto mar, tanta epopeya dicha, tanta euforia de guerras en estas islas ancladas en un azul milenario y Seferis diciéndonos: “Asómate si puedes al mar oscuro… Escribe si puedes en tu última concha el día, el nombre, el lugar, y tírala al mar para que se hunda…”.

Fue cuando vimos la elevada y hermosa Santorini, danzando ante nuestros hechizados ojos, y recordamos de nuevo al poeta con sus versos dedicados a esta grandiosa ínsula: “Nos hemos hallado desnudos sobre la roca esponjosa, mirando las islas sumergidas, mirando las islas que se hunden en su sueño, en nuestro sueño…”. Y volvíamos a verla una y otra vez con sus blancas casas, encaramadas sobre los hombros de imponentes acantilados de trescientos metros de altura, iluminadas por el sol mediterráneo que todo lo sabe, que todo lo enciende y que nada oculta.

Según la mitología griega, Cadmo, hijo del rey fenicio de Tiro, al buscar a su hermana Europa, que había sido raptada por Zeus, llegó a esta isla y fundó una colonia fenicia. Kallisté le llamaron sus antiguos habitantes, que traducido quiere decir la más hermosa. Théra la nombraron los griegos y como Santorini la bautizó en el Medioevo el veneciano Giacomo Barozzi, nombre cristiano que hoy la hace visible ante nuestros párpados.

Fenicios, griegos, ptolemaicos egipcios, el Imperio romano y el bizantino, venecianos, turcos y griegos invadieron y ocuparon estas islas volcánicas.

Entonces caminamos lentos por las estrechas callecitas de Fira y Oia, donde turistas ignoran la importancia de sus montañas de pómez. Y nosotros, viajeros, recorriéndola, como lo hicieron hace más de tres mil quinientos años sus habitantes, quienes en el 1627 antes de nuestra era sintieron el atronador relámpago del encendido volcán que habita en sus entrañas, el mismo que causó el derrumbe de la civilización minoica en la bella Creta y que, según viejas leyendas, hundió a la próspera, a la sabia y buscada Atlántida, esa extraviada utopía.

Fenicios, griegos, ptolemaicos egipcios, el Imperio romano y el bizantino, venecianos, turcos y griegos invadieron y ocuparon estas islas volcánicas. Plenitud viviendo, amplitud de voces y de ecos en los desgarramientos de su historia.

Y allí estábamos con los asombros encendidos en la piel, la mente, la memoria. Y el Egeo diciéndonos: están en las islas donde surgieron historias de imperios y tragedias; donde se fecundó la ciencia, lo bello y el horror, filosofías y creencias, pensamientos y pasión; donde el hombre alzó vuelo junto a sus mundanos dioses, con el logos y el poderoso imago, fuente y alimento de los poetas.

Islas, islas, islas. El viento frío del océano chocando en los cuerpos, con su sonido antiguo allá en los peñascos. Islas de olivares y de viñas saliendo a nuestro paso. Toda la tradición de su cultura se levantó sobre estos vinos y estos olivos, con su variedad de aceites y sabores. Entre la música de buzukis, baglamas y liras; degustando la gastronomía griega, de exquisitas ensaladas con ricas aceitunas, queso feta y tomates cherri de increíble sabor, originarios de la isla, caminamos entre colinas, seducidos por su manantial de lenguajes secretos y comunitarios. Vaya cruce y mezcla de culturas mediterráneas, egipcias, árabes, turcas; sincretismo mágico y sonoro de varias religiones y ancestrales lenguas.

Allí se agita el mar verde y azul con todo su esplendor, y en la tarde el silencioso sol cayendo en la extensa línea del océano, anaranjado y rojo, como tibia concha guardada en el estuche del agua, tiñendo de sangre la curva del cielo, iluminando las blancas casas en sus misteriosas rocas. Y los turistas como locos fotografiando aquellos rayos y su descenso, y nosotros con las pupilas abiertas al borde del milagro, transformados en sueño. Ah, extraña y sublime belleza.

“La lengua me dieron griega en los arenales de Homero”, escribió Odiseas Elitis. Fue lo que recordamos al pasar por estos caminos donde las mulas y los mulos se hicieron dignos de un símbolo, de una postal, un monumento.

Así te vimos, isla de piedra pómez, elevada sobre el peligro del volcán que en cualquier año puede rugir de nuevo. Sin embargo, te sostienes terca, resistiendo a los trágicos presagios de los siglos, al embate de eufóricos turistas, y como dama de las viñas, al decir del poeta Ritsos, soportas tanto cielo, cuando “un delfín brillante corta el silencio del mar (…) y erguida y vigorosa en el centro del mundo, sosteniendo en tu mano izquierda la gran balanza y la santa espada en la derecha, eres la belleza y la gallardía, y eres Grecia”.

Carlos Fajardo Fajardo
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