
Para Nubia C. y Violeta E.
Voy a morir de un deseo,
si un deseo vale la muerte.
Luis Cernuda.
Una tarde llegamos a Sevilla buscando la casa natal del poeta Luis Cernuda. Claro, en esa tierra de cante jondo, de bulerías, seguidillas, fandangos, rumbas flamencas, de intensos y sentidos tablaos, donde sevillanas y sevillanos dejan toda la existencia, el amor, el dolor, los desgarramientos en las palmas y en el zapateo lleno de vitalidad andaluza, en esa ciudad, digo, hay una calle, nada llamativa para el convencional turista, donde vislumbramos la placa tan anhelada en nuestra ansiosa búsqueda: “En esta casa # 6 D la antigua Calle Conde D Tojar, hoy Acetres, nació el 21 de septiembre D 1902 Luis Cernuda, el poeta ejemplar del amor, el dolor y el exilio”.
Como siempre, hice el ritual de respeto y agradecimiento, unos cuantos gestos de solidaridad con su vida, recordando su largo y doloroso exilio, la trasgresión a la moralidad puritana española, católica y franquista; su libertaria manera de asumir el amor, la poesía.
Ante la puerta de aquella deteriorada casa recordé su temprana muerte el martes 5 de noviembre de 1963, en Ciudad de México. Tenía 61 años. Cuántas veces leímos sus hondos y desgarrados poemas de amor, escritos por alguien que lo vivió con intensidad y altura:
Adiós dulces amantes invisibles, / siento no haber dormido en vuestros brazos. / Vine por esos besos solamente; / guardad los labios por si vuelvo.
Voy a morir de un deseo, si un deseo sutil vale la muerte.
Si el amor fuera un ala.
Quiero vivir cuando el amor muere; / muere pronto amor mío. / Abre como una cola la victoria purpúrea del deseo.
Sí, allí frente a su casa natal evoqué esa vida de poeta marginado y solitario; recordé su participación como difusor de la cultura en el gobierno de la República, visitando los pueblos más alejados de España, cargando reproducciones de obras del Museo del Prado y enseñando la importancia del arte. Lo vi en 1936, al inicio de la guerra civil, con fusil al hombro, en el Batallón Alpino, combatiendo en la Sierra de Guadarrama, y pensé en el exilio que comenzó hacia 1938 en Inglaterra, continuado en Estados Unidos y, por último, en el 52 en un México que le brindó amistades y apoyo. Sin embargo, llevaba marcado el sino de sufrir la terrible distancia entre la realidad y el deseo, aquella que nos deja sin aliento, como un Tántalo deseoso y frustrado ante los inalcanzables manjares.
Bien lo escribió en su bello poema “Desdicha”: “Un día comprendió cómo sus brazos eran solamente de nubes; imposible con nubes estrechar hasta el fondo un cuerpo, una fortuna”.
Desterrado y perpetuo solitario, escribiendo y añorando a su España aniquilada, expresó su dolor, la repugnancia hacia los inquisidores tiranos que le dejaron sin sol de patio, sin sus calles y jardines andaluces: “Ellos, los vencedores / caínes sempiternos / de todo me arrancaron / me dejan el destierro (...) Amargos son los días / de la vida viviendo / sólo una larga espera / a fuerza de recuerdos. / Un día, tú ya libre / de la mentira de ellos / me buscarás. Entonces / ¿qué ha de decir un muerto?”.
De un momento a otro volví a la realidad. Miré alrededor. Escuché el tronar furioso de un martillo que golpeaba en su casa originaria en remodelación, convertida ahora en una cristalería, y me dije: Vaya destino de poeta. ¡Ah, qué ironía!
De modo que me excusé con él por haberlo visitado tan inoportunamente y, con un gesto de admiración y agradecimiento, me despedí atravesando esa misma calle donde resplandeció su luz de infancia, origen de la poesía, del poema.
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