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En la casa natal de Goya

martes 30 de abril de 2024
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Al llegar a Fuendetodos, lo primero que vimos fue el letrero que anunciaba la casa natal de uno de los pintores más estremecedores e impactantes en el arte de Occidente.

Francisco de Goya y Lucientes nos esperaba en esa casa donde un 31 de marzo de 1746 había llegado a este mundo. El pueblo, con sus callecitas estrechas y casas que resisten el paso del tiempo, tiene una pequeña plaza donde vive el nombre de Goya, y no está mal, puesto que para sus habitantes es un orgullo que semejante antorcha pictórica haya visto la luz por primera vez en este escondido pueblo aragonés.

Como siempre que llego a un sitio amado y buscado en mi geografía emocional y poética, hice el ritual de saludar a Francisco de Goya, a su familia del siglo XVIII. Me detuve frente a su humilde casa, ahora convertida en museo. Saludé con mucho respeto sus muros, puertas y pequeños ventanales; me incliné ante los Goya para darles mi agradecimiento por haberme permitido conocer su morada. Claro, no faltaron las instantáneas bajo el cielo de octubre, la foto de postal de aquel hermoso pueblo con sus casas de piedra; rodeado de colinas, tierras duras y secas en la provincia de Zaragoza.

Su padre fue dorador de estatuas en las iglesias, como también de libros viejos en las bibliotecas de los ricos; la madre, hija de una familia noble de Zaragoza, pero en decadencia. La casa de piedra resiste el paso de los casi tres siglos y aún se ve transitar el espíritu de Francisco entre esas estrechas callejuelas. Sí. Se le ve salir del pueblo hacia Madrid en 1763 para presentarse a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Lo vemos fracasar al no ser aceptado, incluso en su segundo intento tres años después; también realizando un viaje de aprendizaje estético a Italia en 1770, y a su retorno, comenzar su intensa y genial vida de artista como pintor de cartones para tapices, pintor de la Corte y de cámara del Rey.

He aquí el testigo de la decadencia de la monarquía española; el retratista tanto de nobles como de las costumbres del pueblo; el liberal, defensor de la razón ilustrada, el escéptico y crítico irónico de su tiempo; pintor del bello cuerpo desnudo de su idolatrada duquesa de Alba, doña María Cayetana, a quien también pintó con aquella ropa de tela insinuante, sensual, casi transparente; duquesa que, al decir de Ramón Gómez de la Serna, fue la primera mujer moderna de España y, según el marqués de Langle, cronista francés, no tenía un solo cabello que no inspirara deseos. “Nada en el mundo es tan hermoso como ella”, decía.

Vaya pintor que fue Goya. Sordo por una extraña enfermedad contraída desde 1792 en su viaje a Cádiz, en casa de su amigo Sebastián Martínez. Desde ese momento los sueños de su lucidez comenzaron a producir aquellos monstruos y fantasmas interiores, pintados con frenesí, furiosa energía, espontaneidad y exaltante imaginación. Allí están los ochenta grabados de Los caprichos de 1799, con su crítica irónica al moralismo, a los vicios, a las costumbres de fanatismo religioso de la España monárquica. La Inquisición no los aprobó y los condenó. Así comenzaba para Goya una larga vida de censuras por el Santo Oficio.

Un año después dio otra estocada en la llaga de la monarquía: aquella sátira en el retrato de la familia de Carlos IV, tan veraz en su visión, con la imagen, casi caricaturesca, de la reina María Luisa y de toda su pléyade pomposa, pero decadente.

Más tarde los horrores de la invasión napoleónica, la abdicación vergonzosa de la dinastía borbónica; la resistencia del pueblo de Madrid a los ejércitos de José Bonaparte, apodado por borracho “Pepe Botellas”, y con ello la sensibilidad crítica y visionaria del genio dando testimonio de los fusilamientos en aquella madrugada terrible del 3 de mayo de 1808 y de los desastres que deja la guerra con su barbarie y crueldad.

He aquí que las angustias, los miedos, las pesadillas, la muerte, van poblando desde 1820 su Quinta del Sordo a orillas del Manzanares en Madrid: aquelarres, delirios, locuras, brujerías, perturbaciones, exorcismos fantasmales, como indagando en las entrañas del inconsciente de su España semifeudal y retrógrada.

Desde su casa natal veo a un Goya perseguido, acusado por la Inquisición por sus dos cuadros eróticos de la Maja, por los grabados de Los caprichos y por su espíritu libertario, irónico, constitucionalista, precursor del expresionismo, del impresionismo, incluso de lo onírico surreal. Lo veo marcharse, desterrado por el despotismo de Fernando VII quien, a su retorno al poder, restableció la Inquisición, clausuró universidades, prohibió los libros de la Ilustración, cerró bibliotecas, encarceló, fusiló a las mentes liberales y antimonárquicas y que, sin embargo, le perdonó la vida al genial pintor, concediéndole el destierro a Francia.

En septiembre de 1824 Goya se instala en Burdeos. Allí tiene todavía fuerzas para iluminar con su trabajo el mundo de la pintura: descubre la técnica de la litografía y con ella realiza la serie Los toros de Burdeos; además, pinta la famosa Lechera de Burdeos. El martes 15 de abril de 1828, a los 82 años, muere en esa ciudad rodeado de Leocadia Zorrilla, su último amor, de la adolescente Rosarito, su probable hija, y de su nieto Mariano, mientras a su querida patria se la devoran los fanáticos y vengativos inquisidores.

De repente me retiré un poco para ver de nuevo la placa en su casa natal y me despedí de su bello pueblo de piedra, con sus duras tierras y secas colinas, llevando en la memoria la imagen de aquel que pintó a un país de toros, juegos, pesadillas, rezos, monarcas, Inquisición y monstruos; al que se desgarró con las visiones terroríficas de la guerra; que amó a su duquesa, siendo perseguido y expulsado de una España católica y contrarreformista, para ir a morir en el exilio, añorando quizás sus tierras aragonesas, la casa natal, su sol de patio.

Carlos Fajardo Fajardo
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