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Albert Camus, René Char: una lección de amistad

martes 20 de agosto de 2024
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Albert Camus y René Char
Camus y Char en L’Isle-sur-la-Sorgue. “Mis recuerdos para usted, querido René. Y en breve el relato de mis aventuras. Fraternalmente, Albert Camus”.

En una carta del 30 de junio de 1947, Albert Camus le escribe al poeta René Char: “Es que es usted el mismo poeta que se atreve hoy a defender la belleza, que lo hace sin ambages, y que encima demuestra que es posible luchar por ella sin renunciar a hacerlo también por el pan de cada día” (Camus, Char, 2019, 29). Así, defendía Camus la poesía, el arte, la literatura. Así también la vida y la amistad. “Con usted —le confirma Camus a Char el 21 de septiembre del 48— el poema se vuelve valentía y orgullo, algo que al fin ayuda a vivir” (p. 44).

Esta correspondencia entre Camus y el poeta René Char se inicia en 1946 y se mantendrá hasta diciembre de 1959, días antes del accidente que llevaría a la muerte a Camus el 4 de enero de 1960. El intercambio de cartas es un ejemplo de solidaridad, complicidad vital en todos los órdenes, de reflexiones estéticas y poéticas, salvando ante cualquier obstáculo y perjuicio a la amistad como bien supremo existencial. He aquí una admiración mutua, sincera, despojada de falsos compromisos egoístas, hipócritas y competitivos. La transparencia sobre todo dignifica estas cartas; una constante alabanza a la solidaridad solitaria compartida desde las obras y con la vida, solidaridad sobre las publicaciones, los trabajos comunes en varias revistas, al lado de los sucesos cotidianos con sus respectivos problemas de salud, caseros, matrimoniales, familiares y de viajes.1

“La soledad absoluta y las ganas de acabar con esto me hacen pasar diez horas seguidas encadenado al escritorio”, le escribe Camus a Char desde Cabris el 25 de febrero de 1951 cuando escribía El hombre rebelde. En la misma carta reflexiona: “De las obras que nos enamoran es imposible guardarse, no podemos inventar otro lenguaje para ellas. Son grandes precisamente porque han sabido crear su propio lenguaje, es una manera de mostrarnos que son incapaces de hablar y de ser de otra manera” (p. 96).2

“Correspondencia 1946-1959”, de Albert Camus y René Char
Correspondencia 1946-1959, de Albert Camus y René Char (Alfabeto, 2019). Disponible en Amazon

Correspondencia 1946-1959
Albert Camus y René Char
Traducción: Ana Nuño
Epistolario
Alfabeto Editorial
Barcelona (España), 2019
ISBN: 978-84-949942-1-0
328 páginas

Por su parte, René Char, desde una obstinada pasión y con un furor permanente, le confiesa a Camus su gran emoción al terminar de leer dicho libro, que para este poeta estaba lleno de inteligencia, rigor, movimiento y riesgo: “Después de haber leído y releído su hombre rebelde me he preguntado quién y qué obra, en este tiempo y en ese orden —el más esencial—, tiene el poder de acercársele y de acercarse a ella (...). La respuesta es nadie y ninguna. Y créame que esto se lo digo con comedido entusiasmo (...). ¡Qué generoso coraje! ¡Y cuánta inteligencia, potente e irrefutable, emana todo el libro! (...). Su libro anuncia el inicio del combate, el gran combate interior y también exterior de los verdaderos y únicos argumentos: las acciones lícitas realizadas en beneficio del hombre, para su conservación en riesgo y movimiento” (pp. 104-105).

Se sabe que El hombre rebelde no tardó en ser criticado en un artículo escrito por Francis Jeanson publicado en Les Temps Modernes. Posterior a la respuesta de Camus, fue Jean Paul Sartre el que repuntó contra éste, en defensa de Jeanson. Tal agresividad afectó a Camus tanto física como moralmente, por lo que René Char estuvo siempre allí con su apoyo intelectual y ético: “Bien, podrá decirse de Sartre que ha entrado en la historia como Marat en su bañera (...)”, le escribe Char desde París en agosto del 52. Y en noviembre del mismo año, le comenta: “Un poco de escándalo creo que le colocaría la mirada en su sitio. Si no, dejarlo de ese tamaño, confiado en que tiene usted razón y que los próximos acontecimientos se encargarán de dársela” (p. 123).

Como dos solitarios que se abren paso con las palabras, pero también a codazos contra la indiferencia, la envidia, la exclusión y el ninguneo de las cuales son víctimas por los intelectuales y escritores de París, ambos ironizan tales actitudes pues, para Char, en la capital de Francia, “la vulgaridad de sus mentes inteligentes, la excesiva autocomplacencia”, da náuseas de sólo pensarlo. “Cada vez seremos un incordio para la frivolidad de los explotadores de nuestra época, para los selectos pregoneros de uno y otro bando”.

La amistad entre ambos se profundiza y se enriquece. Entonces, recuerdan su infancia. “Hay que volver al pasado y cubrirse con él, como con una sábana ligera”. Es la carta de René Char del jueves 29 de octubre de 1953, a la que Camus le responde el viernes 30 de ese mes: “Sí, es imposible renunciar a la infancia y, sin embargo, llega un día en que tenemos que separarnos de ella, al menos de manera ostensible (...). Últimamente pienso mucho en Argel y en mi infancia. Pero yo crecí entre calles polvorientas y playas sucias. La vida en casa era dura, pero casi siempre fui feliz” (p. 137).

Esta correspondencia de ideas, pasiones y destinos se va a complementar con la concepción que los dos escritores tenían de la poesía, de la literatura y del arte. Ambos son rebeldes, insumisos, críticos y marginales, cargando sus exilios interiores y exteriores, alejados, según Char, de aquel “pudridero intelectual” y llevando a cuestas su “condición de quijotes, náufragos que insisten en levantar velas”; náufragos en una Francia que, en palabras de Camus, “ha olvidado que la justicia es, ante todo, una potencia, que la inteligencia, si no es rigurosa, no es nada” (p. 169).

El día que anuncian el premio Nobel para Camus, René Char le escribe con verdadero entusiasmo: “Mi querido Albert, gracias a esta creencia en la prensa, hoy me permito alegrarme sin reservas y proclamar que este jueves 17 de octubre de 1957 es para mí el mejor, el más luminoso, sí, el mejor día que me ha tocado vivir en todo este tiempo, tan pródigo en días desesperanzados” (p. 199).3 Y el 15 de diciembre, desde el Grand Hotel de Estocolmo, le llega a René Char esta postal: “Mis recuerdos para usted, querido René. Y en breve el relato de mis aventuras. Fraternalmente, Albert Camus” (p. 201).

En septiembre de 1958, Camus por fin puede comprar una casa después de estar de alquiler en alquiler, de un sitio a otro, de una región a otra. “He comprado una casa en Lourmarin, es linda, también es tu casa”, le comunica a Char el 23 de septiembre. Era su deseo, “quiero vivir aquí. Encontrar la casa que necesito, echar raíces un poco, por fin” (p. 208). Y será en esa casa donde iniciará la escritura de su última novela inconclusa, El primer hombre, y será allí donde recibirá la selección de poemas de Char traducidos al alemán, para el cual escribió un prefacio, y es allí donde concluye los ensayos sobre Los poseídos, y es de donde parte, el 4 de enero de 1960, hacia Villeblevin con destino a París en un auto Facel Vega conducido por su amigo Michel Gallimard, acompañado por la mujer y la hija de éste. De repente uno de los neumáticos revienta y el auto va a estrellarse contra un árbol. Eran las 13:55. El violento choque partió el auto en tres. Camus, que iba a la derecha del conductor, murió al instante. Gallimard quedó gravemente herido. Murió cinco días después en el hospital. Sus acompañantes sobrevivieron. En el auto se encontraba un maletín negro con los manuscritos de El primer hombre. Camus tenía 47 años.

Dos días antes, René Char y su amiga Tina Jolas se habían reunido con Camus. El 17 de enero le escribe a Ciska Grillet: “¿Cómo hago para vivir?, por otra parte, no tengo idea. He venido aquí para —¡después de haber pasado aquel día con él!— enterrar a Camus. Extraño mundo. Presencia ausencia, reino del relámpago y la pena” (p. 223).

“René, pase lo que pase encárguese de que nuestro libro exista”, le había dicho Camus a Char en dicha reunión. Se trataba de mantener vivo el viejo y soñado proyecto de publicar el libro titulado La posteridad del sol con fotos de la joven fotógrafa Henriette Grindat sobre el paisaje del Vaucluse en la Provenza, y textos de ambos escritores; libro que, planeado desde 1951, después de muchos inconvenientes vio la luz en 1965, y que sería reeditado veinte años después, en 1986.

Queda esta correspondencia como una lección de amistad, de complicidad y admiración recíproca, lo que llevó a Albert Camus a confesarle el sábado 21 de julio de 1956 a su destinatario: “En el camino por el que avanza el artista, la noche se hace cada vez más oscura. Hasta que, por último, muere ciego. Sólo tengo fe en que hay una luz que lo habita, una luz que lleva adentro y que no puede ver, pero que brilla a pesar de todo. Pero cómo estar seguro. Por eso hay que apoyarse en el amigo que sabe y comprende, y que avanza al mismo paso” (p. 178).

Carlos Fajardo Fajardo
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Notas

  1. Sobre Albert Camus, René Char en su texto de 1960 “Nacimiento y albor de una amistad” escribe: “Había leído alguno de sus artículos en Combat. Me gustaba de ellos el timbre preciso y la honradez. Eso era todo lo que sabía de él (…). Lo terrible nos había sido cotidiano” (págs. 264, 266).
  2. El 7 de marzo del 51 Camus acaba la primera versión de El hombre rebelde. Ese día escribe en sus Carnets: “Acabada la primera redacción de El hombre rebelde. Con este libro concluyen los dos primeros ciclos. 37 años. Y ¿ahora qué? / ¿Una creación libre? Toda consumación es una nueva servidumbre. Obliga a apuntar más alto”.
  3. Ese día Camus anota en sus Carnets: “Nobel. Extraña sensación de agobio y melancolía. Con veinte años, pobre, despojado, supe lo que es la verdadera gloria, mi madre”.
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