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James Joyce y el río Liffey

martes 17 de diciembre de 2024
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Río Liffey, Dublín (Irlanda)
Estábamos allí en Dublín y el río Liffey iba muy crecido. Y lo recorríamos desde el barrio de tabernas Temple Bar hasta el Barrio de los Muelles. Y ese río significaba toda la vitalidad de Irlanda y de la literatura. 📷 Consuelo de Arco

El río Liffey iba con fuerza en Dublín. Para Joyce era una mujer, Anna Livia Plurabelle, Ana Pluralmente Bella. Así la presenta en su última obra, o intento de obra, El despertar de Finnegan, una mujer torrencial llena de vida tal como la evocan las lavadoras charlando en el río.

Reconozco que sólo he leído algún fragmento de esa obra, y poca gente habrá hecho algo más. Pero la idea me parece fascinante. El albañil Finnegan se cae de un andamio y se despierta en su entierro y quiere marcharse, pero sus amigos lo encierran otra vez y clavetean con más fuerza el ataúd para que no dé más la lata y tenga formalidad al menos en su entierro.

El albañil vuelve a salir y se convierte en el tabernero borracho que al final del día se bebe las sobras de los clientes. Y se esfuerza en la cama con su mujer y se pierde en sueños y fantasías. Lo condenan por actos obscenos en el parque Phoenix, pero él declara como atenuante que ama a Livia, el río Liffey. Y aparece una carta de ella que lo reivindica.

Mientras tanto sus dos hijos se pelean por el amor de su hermana Isolda, parecen Caín y Abel o Tristán con Isolda, pero uno seduce a todas las mujeres de Dublín y otro aparece como un profeta salvador de la humanidad. Es una desmesura y un alucine. Y un desbordamiento del río del lenguaje. Con todos los significados posibles de las palabras y de las palabras que se parecen. Una riada del lenguaje como creación humana con todas sus reminiscencias.

Para mí la obra de Joyce terminó en unos fuegos de artificio, en un chisporroteo con más humo que llama. Pero es meritorio el intento. Con toda la libertad y la audacia que siempre tuvo Joyce, a pesar de todo y de todos. Profundo muchas veces y lenguaraz otras veces, como su modelo Shakespeare, al que ataca en el Ulises, pero en el cual se inspira sin cesar. No siempre logrado, pero siempre atrevido, hasta el final.

En este caso, en mi opinión, el delirio final no es una revelación, es una borrachera ruidosa. Pero antes de eso escribió cosas culminantes.

Consuelo y yo entramos en el pub Davy Byrne, en una callejuela lateral a Grafton Street, y encontramos a Joyce por todas partes. Había fotos de él en las paredes y, en la parte de atrás, con luces sugestivas, vibraban bustos y recortes de prensa. Un camarero de Mongolia nos atendió con elegancia y simpatía. Otro camarero de nombre italiano me enseñó a apreciar el whisky Tullamore, a mí que iba detrás del Jameson, y desde entonces ya pedí siempre Tullamore. Me parecía más exquisito y sutil, parecido a los whiskies inolvidables de Escocia. A propósito para apreciar todas las sutilezas de Joyce.

Cuando decidí visitar el Davy Byrne me leí otra vez el capítulo 8 del Ulises. Cuando Leopold Bloom entra en ese pub y pide un vaso de vino de Borgoña con queso Gorgonzola. Su mente vaga en todas direcciones como en todo el libro. En un momento va al baño y entonces se disparan las voces de los otros clientes y del dueño del pub, el señor Byrne. Comentan que no sacará mucho buscando anuncios para el Irish Times. Pero que pertenece a la masonería y ésta lo ayudará. Y es un secreto indicio de que tal vez Joyce fuera masón, asomado al secreto de los constructores.

Pero sobre todo en el capítulo se ve la libertad y la audacia del libro, esa gloria de celebrar la literatura, y todos los vuelos sin cortapisa, la literatura como una fiesta sin represiones de la indagación de la vida.

El Ulises sí lo leí entero, y en eso me parezco a Marilyn Monroe (a la que respeto mucho y me parece mucho más que una cara bonita; cuando recuerdo su actuación llena de matices profundos en Vidas rebeldes, cuando pienso que Arthur Miller quedó fascinado por esa mujer solitaria). Y aunque a ratos me pareció pesado, sentí un glorioso entusiasmo por todo lo que podía hacer la literatura, cuando se entrega a sí misma, cuando se lanza por todas sus posibilidades, y se vuelca en el monólogo interior intenso, la parodia, el pastiche profundo, el desafío, el sarcasmo, la exaltación.

Me siento mejor lector por haber leído el Ulises. Y allí estaba en el Davy Byrne, evocando los recovecos del Ulises, sintiéndome parte de una religión libre sin doctrina. Y le hablé a Consuelo del Bloomsday, cuando personas del mundo entero llegan a Dublín con el Ulises y se miran unos a otros y se leen fragmentos.

Y Consuelo se tomó un vino francés para hacer como Leopold Bloom. Y yo me tomé mi Tullamore con calma. Y nos hicimos fotos. Y celebramos la literatura.

Estaba Joyce por todo Dublín. Estaba lleno de vida en una estatua al comienzo de la calle que lleva desde la avenida O’Connell a la estación de tren Connolly. Consuelo lo fotografió en un contrapicado que lo exalta en mitad del espacio.

Detrás estaba una chorrada tecnológica con que la gente saludaba en una pantalla a gente de otros países. Pero yo no hice ni caso, me centré en Joyce y en la liberación por la literatura. No me llaman los sensacionalismos tecnológicos, mientras no inventen algo contra el cáncer o contra la estupidez. Mientras sólo se perpetúen mecanismos para enriquecer a los fabricantes y sacarte dinero sin fin y esclavizarte a la técnica.

Más allá de la aduana, junto al río, estaba el Monumento al Hambre. No tenía muchas ganas de verlo, pero me impresionó. Y en esas estatuas de seres famélicos que avanzan junto al río vi la vitalidad trágica de los irlandeses. Cuando los ingleses los desposeyeron de su propio territorio, cuando el fascista Cromwell (supuestamente “progresista”) les quitó sus tierras y sus derechos y los confinó en la pedregosa Connemara. El brutal Cromwell que supuestamente acabó con una tiranía, pero fue más tirano que nadie y masacró Irlanda.

Pero los irlandeses mostraron su vitalidad sin fin, y participaron de modo fundamental en el nacimiento de Estados Unidos, llevaron sus baladas tradicionales para originar el country, inspiraron las películas del Oeste del irlandés John Ford. Y sobrevivieron con su vitalidad y su arrojo sin fin, a pesar de las hambrunas, comiendo patatas o escapando en barcos de la muerte. Cerca del Monumento al Hambre estaba fondeado el barco ataúd, donde viajeros fantasma, espectros vivos a pesar de todo, iban a buscar el aire a otras latitudes. No quise visitarlo.

Pero vi en esos espectros esa misma vida invencible que está en los libros de Joyce, que tanto criticó a su Irlanda pero tanto la amó, y tan bien la representó. Él fue la audacia de Irlanda y la resistencia de Irlanda. Y sobrevivió como pudo en Trieste hasta que una editora visionaria aceptó publicar su libro innombrable y atrevido, desaforado y lleno de intenciones.

El río iba crecido en Dublín y a mí me recordaba la vitalidad de la literatura, cuando rompe todas las cortapisas, y de Joyce, que fue una especie de Whitman con aspecto de profesor frágil, o un gamberro del puerto vestido con traje y sombrero. Con aspecto modosito como Leopold Bloom buscando anuncios por los negocios para el Irish Times, pero como él con la mente desaforada lanzada en todas las direcciones y los significados. Un tipo vestido con traje y sombrero, con aspecto algo debilucho o tímido, pero uno de los más hazañosos héroes malditos de la literatura.

Y me acordé de su Dublineses, para mí su mejor libro. Con ese relato escalofriante, “Los muertos”, donde toda la nostalgia reveladora se une con la tragedia y la resistencia de ese pueblo fantasmal en la nieve. A la que pretendieron despojar de todo pero que vio su personalidad y la plenitud en las tierras del Oeste bajo la nieve. John Huston reflejó muy bien esa atmósfera en su película Dublineses.

O también en ese otro relato donde un tipo puritano y amargado amarga con su sequedad la vida de una mujer que al final se suicida. Tienen algunas citas, la mujer de vida frustrada siente un impulso de ilusión y le coge la mano, pero el hombre la corta y dejan de verse. Y al final se entera por el periódico de que la mujer se ha matado. Y no puede perdonarse cómo cercenó con su sequedad puritana la ilusión de vida de esa mujer.

Porque Joyce sabía de eso, cómo cortaba el puritanismo, y en su caso señalaba al puritanismo del lado católico, a esas rigideces católicas que también forman parte de Irlanda. La que al mismo tiempo tiene los caballos en Connemara y las baladas entusiastas contra la opresión inglesa en los pubs.

Recordé el Retrato del artista adolescente. Con su insistencia en la pesadez de los jesuitas al hablar de las penas del infierno a sus estudiantes, acaba resultando él mismo muy pesado. Me parece mucho más sugestivo el Retrato del artista cachorro de Dylan Thomas, con su retrato de los anuncios y las posibilidades que asoman en los cachorros un poco gamberros de Gales.

Pero estábamos allí en Dublín y el río Liffey iba muy crecido. Y lo recorríamos desde el barrio de tabernas Temple Bar hasta el Barrio de los Muelles. Y ese río significaba toda la vitalidad de Irlanda y de la literatura. Y ese río era una mujer, era Livia, que se parecía a la mujer de Italo Svevo (otro valiente solitario de la literatura), al que Joyce daba clases de inglés en Trieste. Eran dos solitarios que liberaban la literatura. El uno sin casi saberlo, el otro audaz dentro de su aspecto de profesor frágil o de buscador de anuncios para un periódico. Y bebía whisky Tullamore y me sentía muy bien acompañado por Joyce.

Y entramos en el edificio de Correos y nos acordamos de la insurrección de 1916 contra el yugo inglés que cuenta Liam O’Flaherty. Insurrección fracasada y trágica, al final de la cual todos los líderes fueron fusilados. Incluso uno que no se tenía de pie y lo sentaron para fusilarlo. Consuelo tenía fresco ese libro y quería ir por los callejones laterales por donde se escapaban los insurrectos. Entre los cuales había un poeta que muere captando todas las acuidades de la poesía, y un joven al que su madre persigue sin cesar para darle ropa interior.

Nos hicimos fotos en Correos y recordamos con los empleados esa gesta de la libertad de Irlanda, que también es la libertad de la literatura frente a los programadores y los cuadriculados. Después pasamos muchas veces delante de Correos y siempre nos exaltaba pensar en aquella insurrección llena de ilusiones. Como insurrección perpetró Joyce al abrir tantas puertas a la literatura.

Y en los pubs tomaba whisky Tullamore y saboreaba también indirectamente todas las sutilezas de Joyce.

Antonio Costa Gómez
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