
Leí muchísimo en mi juventud a Rabindranath Tagore. Pájaros perdidos, El rey del salón oscuro, Luna nueva. Algunos lo consideran sin fuerza, delicuescente, facilón. Pero yo amé su vitalidad, su misticismo libertario, su crítica de las doctrinas fanáticas.
Xu Xhimo propició en China, al hilo de una visita de Tagore, el movimiento Luna Nueva, que llevaba un romanticismo liberador contra las tradiciones anquilosadas. Me llenaba de ilusiones y de interés por vivir y eso no es nada trivial. Le llamaron el Shelley idealista bengalí y las ideas siempre son más liberadoras que las doctrinas.
Fui dos veces al Taj Mahal. Una vez, por incitación de un amigo gilipollas, hice una foto prohibida en la cámara secreta y me saltaron encima unos treinta policías. Ese amigo y yo discutíamos a menudo en aquel viaje, pero en esa ocasión no le protesté nada, fui imprevisible. A veces el silencio lo es todo.
La segunda vez el motocarro (de esos que hay por todas partes en la India) me llevaba por otro lado; empecé a sospechar, le dije al conductor que se detuviese y él no se detenía, salté de golpe y casi me rompo las manos en el suelo. Al final no era nada, el hombre me estaba llevando por otra entrada donde había menos cola.
El Taj Mahal es un jardín enorme con torres en las esquinas y en medio está el monumento que el emperador Shah Jahan le dedicó a Muntaz.
Debió de aparcar en un delirio el poder y volcarse en la pasión más delicada. Yo estaba sentado en una esquina mirando el vértigo de los jardines y me vinieron a hablar unos gurúes, pero prefería que viniera Tagore.
Tagore incluyó en Ocas salvajes un poema titulado “Balaka” dedicado al Taj Mahal. Porque el emperador en una intimidad loca se convirtió en una oca salvaje. Y al final le dedicó sin querer ese edificio a todos los amantes.
Le dice al emperador que el palacio es su nueva nube mensajera. Alude a La nube mensajera, de Kalidasa, en que un semidiós se comunica con su amada a través de una nube. Y la amante la recibe en su soledad y melancolía.
Tan solitaria, tan ella misma, como él la amaba. “Y la gracia sin cuerpo y la voluptuosidad del jazmín / se extendió por la luna llena / más allá de la palidez de las palabras”.
Yo también me vi lleno de gracia, convertido en otra cosa en aquellos momentos en el Taj Mahal. Merecedor yo también de un poema de Tagore.
Se me acercaron tres hindúes jóvenes con vestidos brillantes y se empeñaron en hablar conmigo, me preguntaban no sé qué. Yo no entendía nada y no podía hablarles. Ellos no concebían que no pudiera entenderles, les parecía insólito que alguien no hablara su idioma. También mi soledad alucinada allí junto al parapeto mirando la inmensidad del jardín debió de asombrarles.
Y se reían con simpatía y yo no sé qué demonios querían.
Quiso hacer un palacio tan pálido que respondiera con pasión a la delicadeza solitaria de ella. Y la persigue a través del tiempo como una lágrima.
Me extrañó que aquella obra tan literaria no inspirase más literatura. Yo sobre el Taj Mahal sólo conocía el poema de Tagore. Había más literatura sobre la Cocina del Infierno en Nueva York.
Decían que Tagore era un cursi, pero yo aprendí a verle su intensidad y su sombra. Sobre todo en aquella obra de teatro El rey del salón oscuro. Y en aquellos poemas de Pájaros perdidos los pájaros no estaban tan perdidos y entraban como balas en nosotros.
No, Tagore no era tan cursi, y los que ponían mirada burlona al hablar de él se equivocaban y se perdían algo. Como yo me he perdido muchas veces algo por burlarme de lo que no conozco bien.
Para mí, lo digo de verdad, Tagore se compagina con Bukowski. Lo digo yo, que aparte de leer con fascinación a Tagore pasé unos años metiéndome cada noche en la cama con una botella de vino y La máquina de follar de Bukowski. Y en el fondo el vitalismo sin fin de Bukowski tiene tanta ingenuidad como los pájaros de Tagore.
Y si una vez dijo: “Si lloras ten cuidado de que tus lágrimas no te dejen ver las estrellas” (o algo así), antes de reírnos deberíamos pensar bien lo que dice: que somos gilipollas y no nos enteramos de la inmensidad de la vida y sus riquezas. También Tammsaare, un poeta de Estonia, escribió un poema sobre un tipo que se pasaba la vida queriendo cazar mariposas y mientras lo hacía (lo descubrió al final) estaba aplastando flores intensas en el suelo. Que sí estaban a su alcance, coño.
También el Taj Mahal podía ser una gigantesca cursilería o una sublime injusticia. Pero qué sería de la humanidad si para igualar a todos sólo estuviese permitido lo cutre. Y de todos modos la entrada era carísima pero una vez en la vida podía entrar allí cualquier mortal.
Incluso yo, un poeta gallego vagabundo sin apenas dinero.
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