
Luis Cernuda no estaba tan triste en Glasgow. Cuando escribía Como quien espera el alba añoraba la luz del sur pero aprendía de las nieblas del norte. Aunque no lo reconociera en sus cartas.
Además era un solitario y un melancólico. Y la melancolía puede enseñar más, ya lo dijo Rilke en las Cartas a un joven poeta (y Durero en un famoso grabado), que la alegría estridente y conformista. Y entonces la niebla es mejor imagen.
A mí me encantó Glasgow. Me gustó mucho la tetería con celtismos dinámicos diseñada por Mackintosh ya que no pude ver su escuela de arte, que estaba en obras. Me encantó la catedral gótica ennegrecida y misteriosa. Me encantó aquel pub donde había un barril con ventana y encima un caballo. Me encantaron las pinturas callejeras como aquel coche levantado por globos. Me encantaron la creatividad y el aire travieso.
Luis Cernuda vivió allí en plena guerra mundial y dijo que no le gustaba nada. Dijo que añoraba los jazmines sensuales y la exuberancia de Andalucía. Sin embargo, él era callado y solitario y no tenía nada de exuberante. Su poesía es más pensativa que barroca y aprendió mucho de las brumas del norte.
Y curiosamente en Glasgow sintió tal inspiración que empezaba un poema antes de acabar el anterior, hasta que terminó Como quien espera el alba.
Pero incluso cuando escribe exaltando a Góngora lo hace de la manera más antibarroca, con un tono solitario y meditativo. Su Góngora se parece más a un Luis II de Baviera solitario y soñador que a un poeta barroco.
Y en el libro puso uno de sus más grandes poemas, “A un poeta futuro”, donde su soledad orgullosa, profunda y nostálgica, llega a lo más intenso. Se siente incomprendido por sus contemporáneos y se dirige a un poeta futuro que lo comprenda y lo viva.
Se siente incomunicado e imagina un flujo de comunicación inusitado: “Si el tiempo de los hombres y el tiempo de los dioses / fuera uno, esta nota que en mí inaugura el ritmo / unida con la tuya se acordaría en cadencia”.
Con toda su pasión callada vivía más en el presentimiento: “Ámame con nostalgia / como a una sombra, como yo he amado / la verdad del poeta bajo nombres ya idos”. Decía que añoraba el sol estridente del sur pero fue la lluvia del norte la que le inspiró sus versos más hondos.
No, Luis Cernuda no estaba tan triste en Escocia. Añoraba la luz del sur, pero aprendió mucho de las brumas del norte. Y los poemas de Como quien espera el alba son tan sugestivos como cuando estaba en su Sevilla o en la luz chirriante de México.
Tal vez fue allí a la fuerza, tenía nostalgia de Andalucía. Pero en el secreto de aquella bruma nórdica encontraba un secreto entusiasmo. Porque él no era tan simplista.
La gente va con prejuicios a un sitio, pero si es un grande y un ser abierto, como Luis Cernuda, después encuentra lo que no sospechaba. Igual que Lorca, quejándose de Nueva York, en algunos aspectos alucinaba con Nueva York.
Lorca no estaba tan triste en Glasgow, y escribió mejores poemas que nunca.
Y su poesía se hizo más meditativa y honda. Más profundamente entusiasta. No sólo porque sentía nostalgia, algo que siempre sintió, y no se entregaba sólo a lo evidente. Sino porque al no tener una luz tan evidente buscaba otras luces en la niebla del norte. Y las encontraba.
Hay un Cernuda de luz y hay un Cernuda de sombra. Pero me atrevo a decir que el Cernuda más genuino es el de sombra. El que habla del amor más allá del amor. El que habla de decir las cosas con el olvido. El que celebra a Luis II de Baviera y sus sueños de otro mundo.
El que dice: “No decía palabras, / acercaba tan sólo un cuerpo interrogante”. O el que dice: “El deseo es una pregunta cuya respuesta no existe”.
Ese es el Cernuda de la noche, que espera el alba, pero disfruta de la noche. Mientras el alba no llega aprovecha la noche. Y entonces sus palabras van más allá de ellas mismas. Como el cuerpo de un amante que al torcerse indica otra cosa dentro de sí mismo.
Tal vez Cernuda fue sin querer a Escocia y despotricó contra ella. Pero aprendió mucho de ella y se vio a sí mismo de mejor manera en ella. Igual que había descubierto en Toulouse Un río, un amor. El surrealismo torrencial y secreto.
En Escocia se le aparecieron los dioses pensativos y los genios que hablan con las mujeres en las chimeneas.
Les aseguro que al final Luis Cernuda (porque él era así, con las sienes de bruma) se encontró muy a gusto en Escocia.
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