
Quien se cree inmune a la duda
renuncia al derecho de cuestionar la verdad absoluta.
No creo en un Dios lejano, oculto tras montañas de niebla. Lo divino no reside en lo distante, sino en lo cercano, en el vapor suspendido de la eternidad, perceptible en cada momento. Busco lo tangible: el lento paso de la hormiga sobre una piedra, cuyo eco viaja a través de la selva, transformándose en luz. No en templos ni sermones; en la tierra, el agua, el aire. En la esencia misma del ser, hallada en la conexión con nosotros mismos y nuestro entorno. El existencialismo fluye como un río impetuoso, mientras la nada golpea como viento sobre una roca indescifrable. La afirmación de lo eterno y la negación de lo infinito enfrentan materia e idea en un duelo perpetúo.
¿Tiene sentido invocar a Dios si, en la práctica, llevamos el legado del odio y la hipocresía? El entorno es mi tabernáculo. Mi veneración reside en el flujo constante de la vida: el canto de los pájaros, la brisa en las hojas, los hilos invisibles de la conexión existencial. No hay voces dominantes ni intereses egoístas. Sólo energía pura, como la savia en la vastedad del verde. Contemplo cómo el universo, con su lógica intrínseca, abre puertas a la vida y la muerte, para disolverse en un abismo infinito. Este cosmos no necesita santuarios; se esculpe a sí mismo, salpica el acontecer con destellos de eras antiguas.
Silencio. Polvo y agua, sombra y palabra: todo se manifiesta en el contexto objetivo. Las gotas, ya sea del grifo o del río, forman océanos para quienes aprecian la vida tal como es: libre de artificio, cargada de significados esenciales. La génesis de la creación es un misterio rotundo. Materialismo e idealismo lanzan dardos al centro sin alcanzar el objetivo. Cada filosofía se proclama dueña de lo absoluto, mientras la duda persiste. En el trayecto de la flecha racionalista, la incertidumbre no sólo sobrevive: impacta en el blanco. ¿Es el origen de la vida obra de un ser providencial o una paradoja física? Muchos aceptan la idea de un ser único y omnisciente sin reflexionar, tratándola como un dogma incuestionable, y la difunden de forma automática, mientras otros la tergiversan para someter a lo demás. Estas contradicciones erosionan la comprensión de lo divino, reduciéndolo a una figura moldeada por ambiciones personales. En ese espacio, la palabra sagrada se convierte en un instrumento de simulación, un medio calculado para fines mezquinos.
No me dejo atrapar por falsas expectativas ni por una esperanza codiciosa, vestida de espiritualismo y convertida en politiquería metafísica. Actúo con rectitud, consciente de mis defectos, sin buscar recompensas ni anhelar un cielo paradisíaco.
La lógica de la vida no está en esas paredes, sino en la raíz de la naturaleza. Desde lo más profundo de la tierra germina la pregunta sobre el origen, sin importar quién intervino en la semilla. Algunos lo llaman Dios; otros, absurdo. No obstante, la respuesta no se encuentra en retóricas vacías, sino en la vinculación directa con nuestro alrededor.
Jiddu Krishnamurti, filósofo y maestro espiritual indio, sostenía una perspectiva única sobre la realidad trascendente. Para él, Dios representaba una ilusión creada por la mente, incapaz de comprender o experimentar desde un pensamiento condicionado. La búsqueda de la verdad debía ser una experiencia personal. Para liberarse de las creencias impuestas, las personas requerían una comprensión más profunda de su conciencia.
La imaginación, preludio de afirmaciones y negaciones sobre un ser omnipotente, contrasta con la indiferencia de quienes esperan, inmóviles, una deducción categórica. Entretanto, el tiempo avanza, se evapora como agua de rocío, mientras la humanidad permanece atrapada, sin acción, sin practicar sus pensamientos.
Abro las ventanas de mi aposento a la eternidad. Una hoja seca, con alas de vapor, se eleva hacia el amanecer, testigo del todo y la nada. En ese abismo, donde las certezas vacilan, cada uno descubre su visión interior. Si el entorno es el único tabernáculo, ¿cómo negar el soplo sagrado del viento? La auténtica fuerza no reside en altares humanos; palpita en la esencia misma de nuestra conexión universal.
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