
La ejecución y la muerte de Jesús son hechos históricos plenamente aceptados por los historiadores Flavio Josefo y Cornelio Tácito. Igualmente, fueron discutidos por santo Tomás de Aquino en la Suma teológica (Tertia Pars, 50.)
Lo que hasta ahora no estuvo dilucidado fue la causa de la muerte de Jesús. Por dos milenios, la razón del fallecimiento del Nazareno, el mecanismo de acción que lo hizo expirar, permaneció en el misterio.
Para hacer un análisis justo de este enigma tenemos que empezar con la información irrefutable que nos dio san Juan en los evangelios, porque fue el único que atestiguó y escribió sobre lo que aconteció en esos momentos (Jn 19:32-34):
Los soldados se acercaron y les quebraron las piernas a los dos hombres crucificados con Jesús. Cuando se acercaron a Él se dieron cuenta de que ya estaba muerto y no le quebraron las piernas. Pero uno de los soldados, con una lanza, le atravesó la pleura e inmediatamente sangre y agua manaron de la herida.
Este es el único documento real y auténtico que relata lo que sucedió en el Gólgota. Es la única premisa verdadera con la que podemos iniciar este raciocinio.
En este párrafo muy manifiestamente se describe que el soldado romano le metió la lanza en la pleura, que significa el costado del pecho o del tórax. Al retirar la lanza, la sangre y el agua manaron inmediatamente. Esta descripción de por sí hace el diagnóstico con precisión y certeza y resuelve el misterio sin permitir la presencia de ninguna otra posibilidad. Si se hinca o se punza el pecho y sale sangre y agua es que allí hay sangre acumulada, vale decir que ahí existe un hemotórax. En la antigüedad el que lo tenía fallecía infaliblemente.
Después de la crucifixión, los miembros del Sanedrín concluyeron que los cuerpos no debían permanecer clavados en las cruces como se acostumbraba hacer con otros condenados para que fuesen abandonados, sin comer ni beber, esperando a morir lentamente de cansancio o de agotamiento o devorados por las fieras y los buitres. Le suplicaron muy compasivamente al procurador Pilatos que les rompiesen las piernas a palazos para que expirasen cuanto antes. Así podrían descender y enterrar los cuerpos sin que subsistiese ningún indicio de violencia. El sábado transcurriría en completa paz y tranquilidad, lo que incitaría al recogimiento y a la oración porque, después de todo, aún se estaba celebrando el festival del pan ácimo.
Expirar en la cruz podía durar varios días dependiendo de la fuerza física y la vitalidad del ejecutado. Al final sucumbían ya fuera por cansancio y debilidad o porque eran abandonados, como ordenó el rey Creón que hiciesen con su hermano Polinices, para que lo devorasen las fieras o los buitres.
La única manera de quitarles la vida a los sentenciados con prontitud era dejando que se asfixiasen. Esto se conseguía valiéndose del gran conocimiento de ingeniería que los romanos aprendieron de los egipcios. Un incidente mecánico conducía al siguiente y la muerte se lograba rompiéndoles las rodillas. Cuando éstas quedaban inservibles el condenado no podía mantenerse erecto apoyándose en sus pies, y quedaba colgando de las extremidades clavadas, hasta que se asfixiaba. Tal como lo suplicaron los fariseos, murieron los dos ladrones. Cuando le llegó el turno a Jesús, los soldados se dieron cuenta de que ya se encontraba sin vida. Para confirmarlo, uno de los legionarios romanos, Longino de Cesárea, le asestó una rápida lanzada que penetró suavemente en la cavidad pleural. Al retirar el arma cortante inmediatamente salió por la herida una gran cantidad de sangre seguida por otra porción de agua. Esto diagnostica y confirma que, dentro del pecho de Jesús, quien después se aparecería a los Apóstoles en el camino a Emaús, había y sólo podía haber un sangrado. Si después de muerto se le hubiese metido un lanzazo en el pecho al mal ladrón, no hubiese manado nada de su herida.
El hemotórax es la acumulación de una gran cantidad de sangre dentro de la cavidad pleural, vale decir, en el espacio que existe entre la parrilla costal y el pulmón que se repliega y empequeñece. El volumen de este sangrado puede variar entre quinientos y mil quinientos centímetros cúbicos. Aunque esto no lo sabían los ancianos del Concilio, la verdad es que esta sangre roja espesa se sedimenta por gravedad o por hipostasis en la parte inferior de la cavidad pleural y encima, en la parte superior, queda flotando el suero que, de tan claro que es, parece ser agua.
Un hemotórax puede ser causado por un trauma externo como por el puñetazo de un guardia del Sanedrín asestado con la crueldad de un rufián abusivo. O más probablemente por la salvaje y cruel flagelación (Lc 23:16) a la que fue sometido, aplicada con gran brutalidad y placer, y con los deseos de causar el mayor daño posible. El flagrum de cuero, que tenía trozos metálicos en las puntas, no sólo podía arrancar trozos de piel y de carne, sino que también podía romper costillas.
Es posible que los terribles azotes a los que fue sometido por los soldados romanos hayan causado una o varias fracturas de sus costillas (Mt 27:26, Mc 15:15). Esto pudo provocar un sangrado interno que se almacenó dentro de la cavidad pleural. Si Poncio Pilatos hubiese sabido lo que le había ocurrido a Jesús, tal vez habría sido más clemente durante sus interrogatorios.
Esto explicaría, durante la segunda entrevista con el procurador de Judea, luego de la brutal e impiadosa flagelación, la razón por la que Jesús respiraba con dificultad, caminaba tambaleándose y permanecía inmóvil y callado. Cuando existe una fractura de costilla la víctima trata de no mover el tórax porque todo movimiento causa dolor y adopta por respirar superficial y rápidamente. El pronunciar palabras se vuelve difícil.
Hablaba muy poco, además, porque su respiración superficial no le permitía hablar más alto. Cuando Pilatos le increpó con voz ruda por su silencio (Jn 19:10-11): “¿No me vas a responder? ¿No sabes que yo tengo el poder de liberarte o de hacerte crucificar?”, él levantó la mirada lentamente y con dificultad, casi susurrante, con los labios resecos, le contestó: “No tendrías ningún poder sobre mí si es que éste no viniese desde arriba”.
Además, esto esclarece la falta de fuerzas para caminar los quinientos metros de la Vía Dolorosa. Mientras que los ladrones cargaban sus cruces con holgura, Jesucristo con la colección de la sangre dentro de su pecho ya no tenía las fuerzas para llevar sobre sus hombros un madero de ciento diez libras de peso, y se cayó tres veces. De modo que hubo necesidad de llamar a Simón de Cirene para que lo asistiese.
Por dicha razón, ya en la cruz, con las extremidades atravesadas con clavos, se encontraba muy débil. La posición en el madero es de por sí asfixiante y con el acopio de sangre dentro de su pecho, con cada instante que transcurría empeoraban la debilidad y la confusión. Cuando existe una acumulación de mil quinientos centímetros cúbicos aparecen los signos del choque y de la pobre perfusión cerebral. La víctima puede estar muy desfallecida y su pensamiento puede estar nebuloso, con momentos de claridad e instantes de confusión. Por dicha razón no podía hablar mucho y sólo expresaba ideas con mucho cuidado y gran esfuerzo, mientras que los ladrones hablaban y dialogaban con mucho desahogo.
Es posible que, en esa posición, con su corona de espinas largas y delgadas, se hubiese encontrado bastante pálido con la sangre ya seca que le había caído desde la frente. Se le habría visto muy débil, con los ojos moribundos y una sudoración fría cubriéndole todo el cuerpo, con gran dificultad para hablar y la respiración rápida y superficial; muy cercano a su muerte, prácticamente agonizante. En ese instante tan difícil y peligroso para Jesús, sus adversarios se le acercaron para humillarlo y mofarse.
El hemotórax dilucida la razón por la que falleció tan expeditivamente. Su muerte precoz sorprendió a los ancianos del Sanedrín y hasta a Poncio Pilatos (Mc 15:44), mientras que los dos ladrones que estaban a su lado permanecieron sudorosos y sucios, pero todavía con vida.
La salida de la sangre y del agua del costado se ha tratado de explicar en varias maneras que desafortunadamente no han podido resistir la fuerza del análisis lógico ni el peso de las evidencias.
Se ha apremiado que Jesús habría sufrido un ataque al corazón con ruptura de pared ventricular. Pero convenir con este diagnóstico no es muy factible, porque el Galileo era un hombre joven de 33 años, un carpintero en buen estado físico y mental, que caminaba grandes distancias diariamente y que se alimentaba templadamente de frutas, de pescados y de una cantidad mínima de vino. No era en esos momentos un candidato ejemplar para sufrir una enfermedad coronaria o una ateroesclerosis. No importa qué intensa haya sido su aflicción, se puede admitir que haya sudado sangre (hematohidrosis), pero no se puede concordar con la idea de un ataque cardíaco. Esta dolencia parecería ser más adecuada para Caifás, el de la cofia negra y las barbas canas, porque era de más edad, llevaba una vida sedentaria y parecía ser de los que gustaban comer, con los labios grasosos, los corderos mejor cebados.
Se ha dicho así mismo que la punta de la lanza penetró en el corazón y en la cavidad del pericardio. Un lanzazo en un corazón muerto no puede provocar un derramamiento de gran volumen de sangre como lo describió san Juan porque este órgano ya está exangüe. Cuando se hace la autopsia del corazón en un cadáver se encuentra que es un órgano flácido y pálido en cuyas cavidades se hallan algunos coágulos pequeños, suaves y resbaladizos, débilmente adheridos al endocardio y tal vez una pequeña cantidad, unos diez centímetros cúbicos, de líquido sanguinolento que se mueve de un lado a otro como si estuviese en un recipiente vacío. Todo corazón inerte es prácticamente un órgano seco porque la circulación sanguínea ya ha cesado. Ningún corazón muerto puede producir el derramamiento de una gran cantidad de sangre.
Se ha hecho hincapié además en que el lanzazo pudo haber penetrado por la boca del estómago, pero esta premisa es indefendible. Como hemos leído en el pasaje bíblico que san Juan escribió en griego, la lanza hirió la pleura, vale decir el pecho, y no el estómago, el abdomen o ninguna otra región anatómica. Por lo tanto, la verosimilitud de la entrada abdominal queda descartada.
La causa de la muerte de Jesús ya está esclarecida. Lo enigmático es que haya tenido que transcurrir un lapso tan prolongado para llegarse a esta conclusión. Tal vez esto se deba a que el conocimiento científico avanza lentamente debido en parte al carácter dogmático de la mentalidad científica, que siempre insiste en quedarse con lo que es conocido y se resiste a aceptar los nuevos cambios y descubrimientos, sobre todo los que son revolucionarios.
La fisiología y la anatomía humanas no pudieron comprenderse bien hasta que Leonardo da Vinci nos entregara las primeras visiones del interior del corazón humano en sus dibujos anatómicos, y hasta que Andrés Vesalio nos explicara los detalles de la anatomía del cuerpo humano, tal como la conocemos ahora, en su De humani corporis fabrica. Igualmente, en medio de la feroz e indignada oposición de los médicos de su tiempo, William Harvey, no sin poco temor, recién pudo explicar los mecanismos de la circulación sanguínea a comienzos del siglo XVII.
La lanzada descrita por san Juan hizo el diagnóstico de la causa de la muerte de Jesús. Lo que allí existió, como consecuencia del castigo y de la flagelación a los que fue sometido el Hijo del Hombre, fue un hemotórax. Si esto sucedió, entonces esto le segó la existencia.
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