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La venganza de Pushkin

martes 17 de febrero de 2026
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Alexander Pushkin
Pushkin falleció, a los 37 años de edad, después de varios días de agonía, tras recibir un balazo en el abdomen. Murió infeliz y frustrado al no poder castigar a su rival, a quien sólo había herido levemente. 📷 Retrato de Alexander Pushkin (1827) • Vasily Tropinin

La mayor calamidad que le puede suceder a un escritor es perder la vida siendo aún muy joven, y no poder continuar con su creación literaria. Así le sucedió a John Keats, quien, sin quererlo ni desearlo, murió tosiendo, agobiado por la tisis al igual que La dama de las camelias, y a Christopher Marlowe, quien falleció apuñalado, en medio de un penetrante olor a cerveza, durante una violenta y veloz bronca de salón.

Por dicha razón siempre me ha conmovido la historia de Aleksander Pushkin. Innumerables veces he meditado sobre su muerte prematura e invariablemente he llegado a la misma conclusión. No se le permitió seguir viviendo para concluir su obra artística.

Se sabe que el barón Georges d’Anthès, un erotómano exiliado al servicio del ejército ruso imperial, como lo fue Rodolfo Boulanger, el acaudalado amante de Madame Bovary, se obsesionó con la idea de seducir a la esposa de Pushkin. La asedió durante mucho tiempo con sus emanaciones de agua florida, sus poses militares y sus versos de Ronsard. Luego de conseguirlo, se enfrentó más al poeta, insultándolo de la peor manera, y no dejó otra alternativa que reparar la injuria mediante un duelo a muerte.

Puedo imaginarme lo que habría pasado por la mente atormentada de Pushkin en esos momentos. Estoy convencido de que le habría deleitado mucho quitarle la vida a su contrincante, pero el ofensor terminó eliminándolo a él. Y Pushkin falleció, a los 37 años de edad, después de varios días de agonía, tras recibir un balazo en el abdomen. Murió infeliz y frustrado al no poder castigar a su rival, a quien sólo había herido levemente.

Cuando vi el chaleco negro, con su hilera de botoncitos brillantes, que llevaba puesto al ser abaleado por d’Anthès, el sofá castaño sobre el que lo recostaron ya inconsciente y con la frente sudorosa y fría, el antiguo reloj de números romanos cuyas manecillas se detuvieron en el momento de su muerte y el sketch a carbón que le hizo Fiódor Bruni una vez que ya estaba acomodado dentro de su ataúd, me pareció ver la imagen de un hermano caído, víctima de una gran injusticia. Entonces comprendí que debió de haberse llevado un gran sentimiento de frustración al no poder vengar la ofensa que la lujuriosa obsesión de d’Anthès le había ocasionado.

En ese momento pude intuir lo que Pushkin sentía. Fue como si su dolor personal se hubiese transferido a mi mente, como si su espíritu se hubiese posesionado de mí gradualmente. Todo sucedió lenta y pausadamente. Primero sentí un gran deseo de conocer su obra. Fueron muchos los días que pasé en la biblioteca leyendo Eugene Onegin, Boris Godunov y sus innumerables cuentos y poemas. Luego me interesé por su vida; leí sus biografías, vi los retratos al óleo que le pintaron cuando residía en Moscú y me enteré de todo lo que le había ocurrido. Entonces vino la indignación inmensa, como si lo que le había pasado a él me hubiese acontecido a mí. Ahora tengo sus emociones, sus celos, sus pensamientos y sus inclinaciones. Tengo también su odio, que a primera vista parecería ser inexplicable, pero siento un inmenso desprecio por el barón d’Anthès. Si lo pudiese ver me acordaría del chaleco negro de Pushkin y le vaciaría en el pecho todas las balas de mi revólver de bolsillo antes de que él se diese cuenta, pero un caballero no puede actuar de ese modo y más bien tiene que hallar la solución de sus conflictos en la magnanimidad de un duelo. Por esa razón lo busco.

Si yo hubiese estado en San Petersburgo después de su fallecimiento, habría intentado lograr lo que Pushkin no pudo. Hubiese rastreado al barón d’Anthès por toda la ciudad hasta encontrarlo y retarlo. No tengo la menor duda de que lo habría hallado en alguna reunión de la gran sociedad rusa, en algún salón de baile lleno de candelabros y de mucamos con bandejas de plata repletas de copas. En medio de las damas de la aristocracia y de las parejas que bailaban, me acerqué a él; hice todo lo posible por aproximarme a su oído y le susurré, con la mayor calma posible, el peor de los insultos. Entonces el barón d’Anthès, completamente ruborizado, con el cuello cerrado de su casaca militar y sus charreteras doradas, me abofeteó haciendo salpicar el champagne burbujeante de mi copa y cayó en la trampa. Nos llevamos las manos a las armas. Se produjo una gran conmoción y las damas con sus vestidos de seda se llevaron los pañuelitos perfumados a las bocas soltando exclamaciones de angustia. Yo, muy ofendido, le dije al barón que eso no podía quedarse así y que tendríamos que arreglarlo en un duelo. Con mi guante blanco le golpeé el rostro.

Estoy convencido de que el lascivo injuriador parpadeó, empalideció y no cupo en sí de furia. Me miró con sus ojos azules llenos de un odio incontenible. Pero no salimos de esa reunión sin asegurarnos uno al otro que en pocas horas nos volveríamos a encontrar para batirnos.

A continuación, fui al encuentro de Natalya Nicolayevna Goncharova, la esposa de Pushkin, hermosísima mujer, aunque todavía adolescente, quien, pálida y aterrada, se encontraba entre los demás invitados, mirándome llorosa, sin poder comprender lo que estaba ocurriendo. Tal vez la imaginé en los brazos de d’Anthès y una amargura me hizo temblar un labio. Haciéndole una profunda reverencia, le di mis más sinceros parabienes y me despedí. Ella se quedó mirándome, desconcertada, como si hiciese esfuerzos por reconocer a alguien. La dejé murmurando suavemente: “¿Aleksander? ¿Aleksander?”.

Me fui muy contento al ver que mi plan estaba funcionando tal como lo había concebido desde el principio y muy feliz al saber que mis intenciones estaban muy próximas a cumplirse.

Luego me dirigí a la casa de mi padrino. Tras percibir en su habitación el fuerte olor a bálsamo de eucalipto y a otros linimentos, lo desperté con un candelero en la mano y lo saqué de la cama, soñoliento, con su cabellera canosa y desordenada. Le conté lo sucedido y le supliqué que se encargase de los detalles de la ceremonia. Como era su costumbre, se puso sus espejuelos brillantes y mirándome fijamente por encima de ellos y bostezando, me preguntó por la clase de duelo que me gustaría pelear.

“Un duelo a muerte”, le repliqué con excitación. “A pie firme y disparando a voluntad. A veinticinco pasos”.

“¡Ese es el más peligroso!”, me respondió él abriendo los ojos con gran preocupación. “Lo pueden matar...”.

“Hágalo así, mi querido amigo. Pushkin no lo hubiera preferido de otro modo. Además, perder la vida hoy en día no tiene mucha importancia”.

Me retiré a mi domicilio muy contento. Después de beber una copa de brandy me senté a leer, bajo la luz amarillenta de un candelabro, mi capítulo favorito de La guerra y la paz y lo leí con el mayor gusto, con el placer de quien sabe que va a morir, porque no hay nada que pueda dar mayor satisfacción que el conocer que se va a cumplir con una misión aunque en su ejecución se tenga que llegar al sacrificio máximo.

Tras darle el vistazo final a la página que estaba leyendo, miré al antiguo reloj de la sala y escuché por primera vez su estrepitoso tic-tac. Me erguí y me desperecé, empezando a sentir, a pesar del cansancio de quien no ha dormido, el peso de la responsabilidad de tener que cumplir con una misión irrevocable.

Luego de refrescarme con el agua fría de un lavatorio me vestí con mi pantalón crema recién entregado por el sastre y mi camisa blanca con chorreras. Me miré en el gran espejo de mi cómoda, con mis ojos pardos y penetrantes, y pasé mis dedos sobre las patillas negras y abundantes de mi rostro pálido. Sin demora, metí mi mano entre mis cabellos, varias veces, hasta desordenarlos más. Me puse mi gabán pardo oscuro, y mi sombrero de copa negro. Con mi bastón de marfil de la India bajo el brazo salí de mi vivienda entonando el fragmento de una aria muy conocida:

Una furtiva lagrima... negli occhi suoi spuntò...”.

Tomé un coche de cuatro caballos, de esos que recorren las calles de San Petersburgo de día y de noche, y una vez dentro, al ver los asientos de cuero, me pregunté con obsesión si en uno de esos vehículos no habrían viajado abrazados Natalya y el barón d’Anthès en una escapada romántica. La señora Pushkin con su vestido de seda y la cabeza apoyada sobre el hombro de él. A las cinco de la madrugada, bajo el latigueo persistente y las exclamaciones del cochero, proseguí mi viaje hacia el lugar del encuentro.

Llegué temprano, muy feliz de poder realizar lo que me había prometido a mí mismo y lo que sé que le habría gustado a Pushkin. En el lugar convenido me encontré con mi padrino, quien ya había colocado sobre una mesa un antiguo estuche de forro verde con dos pistolas de duelo.

Casi sin ser notados, mi rival, o mejor dicho el rival de Aleksander Pushkin, arribó con su padrino y muy serios se abocaron a discutir los detalles de la ceremonia. Como ya se había acordado, sería un duelo a pie firme y disparando a voluntad.

Mientras se deliberaba sobre los pormenores del ritual, di unos pasos para desperezarme y hacer desvanecer el cansancio que se siente cuando no se ha dormido durante toda la noche. Mirando a la arboleda de la lejanía, percibí el olor de los cedros, como quien trata de gozar del placer causado por el paisaje antes de dar inicio a la tragedia.

En ese instante me puse a pensar en Natalya Nikolayevna Goncharova. Su rostro precioso y la perfección de sus cejas y de sus pestañas; sus ojos negros mirándome fijamente como si quisiera preguntarme algo o pedirme algo y sus labios suculentos; el escote de su pecho mostrando sus generosos senos tras su vestido rosado con numerosos listones. Qué admirable y apetecible la encontré. Qué fresca y tierna. Tan perfecta y tan joven, con un rostro pequeño y redondo, como el de una adolescente. Un poco cargada de espaldas tal vez, solamente un poco, pero magnífica en todo lo demás. Tan admirable que habría hecho pecar de pensamiento y obra a cualquiera. Es tan deslumbrante, tan fuerte de carácter, que domina con la mirada a todos en la corte. Los varones la rodean y escuchan lo que Natalya tiene que decir como si sus palabras proviniesen de un gran personaje. Sus deseos son órdenes. Lo que pide se cumple. No necesita látigos ni fustas. Le basta con extender su mano para que se la besen y cincuenta varones a su alrededor caen en una rodilla, casi al mismo tiempo, listos a hacerlo. Ese es su poder. Qué mujer tan bella en todo. En su sonrisa y en sus ademanes, en su manera de hablar y en su forma de mirarme que me hace desearla inmediatamente y me cautiva poderosamente. Con sus mejillas tersas y sonrosadas y sus dos aretes de diamantes. Cuando se aparece, vestida de negro y enjoyada, mirando con la inmensa fuerza de su personalidad, todos se inclinan ante ella, desde un simple oficial de caballería hasta el zar en persona, para confesarle su sumisión. En ese momento se encuentran bajo el poder de su voluntad. Podría tener mil amantes a la vez si lo quisiese y los haría pelear entre sí, uno contra el otro, como soldaditos de juguete. Por esa razón, Pushkin perdió la cabeza tan pronto la vio. Cualquiera se deslumbraría con una mujer así. Por lo menos a mí me atrae tanto que si no me contengo y si no me refreno creo que hasta podría enamorarme de ella y pronto estaría pensando en su imagen de día y de noche. Si alguien se atreviese a hablarle se apoderarían de mí unos celos irremediables y una ira incontrolable e instintivamente mi mano buscaría la empuñadura de mi revólver. Es algo animal. Algo primigenio y salvaje. Es simplemente así. Luego tendría que batirme a duelo con Aleksander Pushkin para ver quién se quedaría con ella, lo cual no es mi intención ni lo será nunca. Dios aparte estas ideas de mi mente. Pero, sin lugar a dudas, una hermosura así le habría garantizado a su esposo una muerte segura desde el momento en que la conoció y la cortejó. Es necesario admitir que ya en estos momentos Pushkin se ha apoderado con mucha intensidad de mi mente que hasta tengo los mismos sentimientos y los mismos apasionamientos... Ah, Natalya, Natalya... Hermosísima Natalya Goncharova...

En ese momento, mi padrino me interrumpió para decirme que todo ya estaba listo. Muy parsimoniosamente, me quité el gabán y se lo entregué a un sirviente que estaba cerca. Me quedé con mi chaleco dorado y me recogí las mangas de mi camisa blanca como el cirujano que se alista para hacer una amputación en el campo de batalla. Mirando fríamente a mi contrincante, me acerqué a la mesa y empuñé una de las pistolas. Levanté mi arma y la balanceé hasta dominar su peso. Observé el brillo metálico de su cañón y palpé la aspereza de su empuñadura curva de nogal. Era una pistola antigua con rasguñaduras y marcas, obviamente usada decenas de veces. Me asombré al pensar en las vidas que habrían sido segadas con ella en desafíos anteriores.

Mi adversario, el erotómano, también se despojó de su chaqueta militar azul verdosa con charreteras. Recién me di cuenta de que era un individuo alto, gallardo y enérgico; bastante apuesto, con un bigotillo rubio que le temblaba cada vez que hablaba y una cabellera abundante. Era un inmenso soldado. Se quedó con su camisa blanca de mangas largas. Puso su arma delante de su pecho, apuntando al cielo, y me miró con desprecio.

Nunca he visto a nadie mirarme con tanto odio, pero ojalá sepa que esos sentimientos son recíprocos. Porque cada vez que lo veo, la ira y los celos me dominan de modo inevitable. Son más poderosos que los míos. Nunca he sentido un odio tan grande por otro ser como el que sentí en ese momento. Fue tan intenso que, por esos momentos, pareció exquisito.

Tal vez fue porque me recordaba a Álvaro Mesía, el villano semental de La regenta. Un mediocre que, en otros aspectos de la vida, no pudo brillar. Un enamorador que sedujo a una mujer casada simplemente por satisfacer sus bajos instintos, por entretenerse o por darse gusto en hacer una conquista para sobajear su vanidad sin importarle los sufrimientos que podría causar al cónyuge, a la familia o a la mujer misma.

El juez nos ordenó que nos volviéramos de espaldas. Nosotros lo hicimos así y nos quedamos mirando en direcciones opuestas. En ese momento yo le dije:

“¿Barón d’Anthès? Supongo que ya sabrá que he venido a vengar a Pushkin”.

Mirando hacia el otro lado, él mantuvo un grave silencio, aunque yo sabía que su bigotillo rubio le estaba temblando.

“¿Me ha escuchado, barón d’Anthès?”, le pregunté suavemente.

“Sí. Le he escuchado”.

“Supongo que todavía estará interesado en Natalya, ¿verdad?”.

Él continuó manteniéndose callado. Yo volví a indagar:

“Supongo que le gustaría saber si todavía es virgen. ¿No es así?”.

En ese instante, probablemente para evitar que nos volteásemos y disparásemos a quemarropa uno contra el otro, el juez nos dio la señal y empezamos a caminar los veinticinco pasos señalados, lo que yo hice con mucha serenidad. Al dar el último, me detuve y me di media vuelta.

Me concentré en sostener firmemente la pistola colocándola en línea con el pecho blanco de mi adversario. Él estaba con un pie delante, poniendo su cuerpo en diagonal y apuntándome con la suya. Me tembló un poco la mano; para mi sorpresa sólo fue ligeramente. Y es que esta mano que alguna vez empuñó la pluma para escribir Voces del silencio y Tremebundas, apretaba en ese momento un arma tratando de vengar una afrenta.

Disparamos casi al unísono. Vi humo alrededor de mi pistola y sentí de inmediato un dolor agudo, muy cerca del hombro, que me quitó el aliento y me impidió respirar.

Fue un ardor muy intenso que paralizó mi brazo en la posición de apuntar. Y en medio del humo y del olor a pólvora vi al enorme cuerpo de mi rival, al inmenso soldado lujurioso, cayendo lentamente de rodillas, con la cabeza gacha y una gran mancha de sangre en el pecho; luego lo vi desplomarse sobre el suelo. Ahora dígame, barón d’Anthès, ¿de qué le sirven sus besos apasionados, sus miradas tiernas, sus palabras seductoras, su admirable incontinencia, su inmensa e irreprimible concupiscencia? ¿Puede desear ahora a la bellísima Natalya Goncharova con esa bala en el pecho? ¿Puede? ¿Tiene todavía ganas de unirse carnalmente con Natalya, la adolescente de mejillas sonrosadas, para comprobar que aún es virgen?

Increíblemente, aunque débil, yo todavía tenía fuerzas suficientes para permanecer de pie y dar un paso y luego otro, bamboleándome, como si una debilidad inmensa se hubiese apoderado de todo mi cuerpo mientras mil ideas pasaban por mi mente.

Asustado, vi correr a mi padrino hacia mí, pálido, con sus patillas blancas y el sombrero de copa todavía puesto, con la bufanda cubriéndole el mentón, llamándome por mi nombre y preguntándome si estaba bien.

Mientras tanto, yo vi al padrino de mi rival con su capa negra, arrodillado en el suelo, moviéndole la quijada al caído y dándole palmaditas en el rostro a alguien que ya no le podría responder.

Sentí un miedo inexplicable. Se me nubló la vista a pesar de mis esfuerzos por permanecer despierto y mantenerme de pie. No podía respirar. La sangre se acumulaba en mi pecho. Me ahogaba. Yo le dije al derribado:

“¡Dispénseme, d’Anthès...! Se lo ruego... No fue mi intención”.

Mi brazo descendió y dejé caer mi pistola sobre la tierra.

“¡Levántese, d’Anthès...! Perdóneme por lo que le he hecho... ¿De dónde salió este odio? ¿Quién inició este rumor? ¿Quién dio comienzo a esta trama? ¡Antitramador! ¿Dónde está el antitramador? Que venga aquí, al campo de honor, a desenredar lo que el tramador cruelmente ha enmarañado... ¿Quién? ¿Quién odia a quién? ¡Antitramador!”.

Traté de dar otro paso más hacia mi contrincante para pedirle que me absolviera. Mi padrino, asustado, me abrazó haciendo esfuerzos por sostenerme. Yo continué:

“Baron d’Anthès, deme su clemencia... Se lo suplico...”.

Me tembló la cara. Mis piernas perdieron fuerza. Ya no pude caminar. Me horroricé. Hubo una gran debilidad. Un zumbido enorme.

En ese instante vi en mi frente a Natalya Goncharova, llorando, abrazándome y pidiéndome que no me muriese:

“Aleksander... Perdóname... No te mueras, mi amor... No fue mi culpa... Nunca hubo nada entre d’Anthès y yo... ¿No te das cuenta?”.

Y ella me besó el pecho, la frente, las manos, humedeciéndome con sus lágrimas. Con gran dificultad y con voz de moribundo, yo traté de hacerle entender levantando el tono de mi voz:

“No soy Aleksander..., ¡madame! No soy Pushkin”.

No obstante, ella, sollozando, con su hermoso rostro sonrosado, fuera de sí misma, sin poder comprenderme, continuó besándome en los labios y en las manos.

Con mis últimas fuerzas, con voz casi apagada, le volví a rectificar:

Madame... No soy Pushkin...”.

Pero ella no me hizo caso. Más bien continuó diciéndome:

“No fue mi culpa, mi amor... No fue mi culpa... No te vayas... Aleksander... ¡No me dejes!”.

En ese punto tuve mi última visión. Vi el rostro risueño de Aleksander Pushkin, con una sonrisa serena, casi imperceptible, pero con una expresión de satisfacción. Lo vi risueño y muy contento. Entonces la vista se me oscureció por completo y yo caí al suelo con un sonido seco.

Mis brazos y piernas se aflojaron y se acomodaron sobre el terreno. Mis ojos permanecieron abiertos, pero ya no pudieron ver nada nunca más.

Manuel Lasso
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