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La poesía, esa dama que nos somete

martes 13 de mayo de 2025
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La poesía, esa dama que nos somete, por Aníbal Fernando Bonilla
Con el poema ocurre que el autor expande sus horizontes hacia la reconfiguración de otros mundos posibles.

¿Podemos generar emociones a través del poema? Esta interrogante, tan obvia, nos remite a repensar sobre este oficio apasionante, a propósito del 21 de marzo, día dedicado a la poesía en el orbe por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), desde 1999. En tal línea reflexiva, cabría decir si los poemas deben ser entendidos, como tal, o al contrario, su prestancia no requiere interpretación lógica. Esto implica que su lectura va más allá de las explicaciones habituales. Por tanto, las palabras se deslizan en el poema con variedad connotativa; asumen alteraciones y efectos semánticos que modifican la rutina, junto a un acoplamiento rítmico de tonalidad persuasiva para el oído receptor, ávido de aprehender alguna significación. El sonido es un aliado connatural del verso. Es elemento integrante para la consumación del producto poético.

Si bien hay un ejercicio iniciático que parte de lo conceptual, de ideas primarias que rondan de manera insistente para la elaboración de la obra creativa, no es menos cierto que el acopio poético supera el entendimiento cotidiano. El significado de las palabras se percibe recreado/alterado a través de figuras retóricas. O como lo advirtió Octavio Paz: “La palabra, al fin en libertad, muestra todas sus entrañas, todos sus sentidos y alusiones, como un fruto maduro o como un cohete en el momento de estallar en el cielo. El poeta pone en libertad su materia”. Se decodifica el mensaje más allá de la estructura comunicativa tradicional, ya que el poema no es sólo un medio que transmite sensaciones, sino que conjuga la noción de las cosas con la puesta artística del lenguaje. Desde la realidad asume o reinventa otras realidades (tal cual la literatura en su generalidad). ¿Cómo decimos amor sin hacer uso de este último término? ¿Cómo definimos las olas del mar en condición de versos? ¿Cómo catalogamos a la montaña, al hijo, al llanto, al beso, a la desgracia en un compendio estrófico?

A partir de la invención que permiten las grafías, el poema emerge con total singularidad, imposible de asumir calco cualquiera.

Entonces, llega el momento de las afecciones. El poeta se conmueve con lo que observa, con lo que atestigua, con lo que mira. Hay una transposición de los hechos o aconteceres que modifican el ritmo normal del texto, que ya no es únicamente informativo, sino que alcanza los niveles eximios de la estética (o al menos pretende alcanzarlos). Pero ¿cuándo se detecta que estamos en dicho instante o circunstancia? Esto sólo queda en el corazón y la intuición del poeta. Muy alejado del raciocinio. Lo que sí se establece con precisión es que, a partir de la invención que permiten las grafías, el poema emerge con total singularidad, imposible de asumir calco cualquiera. Lo suyo es la determinación genuina de una existencia propia. Siempre con la matriz del exhorto figurado. Del delirio en la expresión metafórica. Con el poema ocurre que el autor expande sus horizontes hacia la reconfiguración de otros mundos posibles. Es la ventana que se abre hacia la experimentación de la urdimbre escrita, más allá del tiempo y del espacio. Hay una transformación simbólica delineada por el bardo desde el vientre particular de sus designios. Letra a letra se entrelaza el habla refinada, ya sea con la pureza o lo barroco que distingue el contenido del mensaje artístico.

Vuelvo a la pregunta que abre el artículo: ¿hay una carga de emociones en el poema? Lo afirmativo es más que evidente. Sin embargo, también hay la certeza de que no es sólo eso lo que nutre al producto lírico. Los sentires se entremezclan, se funden y confunden, se cimentan en imagen viva. El poema debe contener disrupción lingüística. Apropiación alegórica. Que sacuda. Que estremezca. Y cuya exposición/explosión persiga una enorme fuerza textual. Según lo afirmado por Paz: “El poema no es una forma literaria sino el lugar de encuentro entre la poesía y el hombre”.

Aníbal Fernando Bonilla
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