
Advertencia: La Fura dels Baus ha desatado un estremecimiento mitocondrial generalizado en los espectadores de su Carmina Burana en Caracas. Pocos días después de las presentaciones en el Teatro Teresa Carreño, el pulso electrizante que inyectaron en sus cuerpos y mentes continúa. El efecto es contagioso.
Transgresores impecables, los artistas de este grupo de teatro español despertaron los sentidos de la audiencia por medio de un sonido envolvente, pulido; imágenes viscerales, primordiales; aromas primaverales; tacto sorpresivo..., todo lo que Carl Orff (1895-1982) y los monjes goliardos de la Edad Media hubiesen querido tener a mano para transmitir sus mensajes irreverentes y universales.
Recordemos que Carmina Burana es una cantata compuesta por Carl Orff entre 1935 y 1936, inspirada en poemas medievales escritos por monjes “vagabundos” donde se exalta la sensualidad, la sátira al statu quo, la brevedad de la vida, el prodigio de la naturaleza, el amor y la mitología grecorromana. Su ritmo trepidante y primitivo acompañado de frases melódicas sencillas y repetitivas la han convertido en una pieza valorada por todo tipo de público.
En esta presentación escénica, la compañía teatral incorporó una obertura en latín compuesta por César Belda, cuya lírica parece haber sido tomada de los Códex Buranus (conjunto de poemas medievales) con ritmo y melodías afines a la pieza de Carl Orff. El coro irrumpe en el espacio de los espectadores de modo que sus voces y miradas conmueven desde el inicio: una sorpresa bienaventurada donde los adoradores de Diana advierten que este mundo está loco y que es necesario aprovechar el momento.
Llama la atención el manejo del tiempo que hace La Fura en esta obra que estrenaron hace más de quince años. Se perciben épocas simultáneas y a la vez únicas que no conocen lapsos. Esta sensación se nutre de los rostros pintados de blanco del coro y de las bailarinas, que podrían trasladar a la audiencia hasta la antigua Grecia, cuando los actores recurrían a máscaras en sus representaciones. También en el vestuario, que abarca trajes para ninfas y sotanas medievales combinados con luces en las cabezas que convierten a los intérpretes en presencias interestelares, y claro, se subraya con trajes explícitamente futuristas. Este divertimento cronológico se agiganta con la proyección en un cilindro flexible de hermosas representaciones visuales de las estrellas y la luna, cascadas, animales marinos, aves, plantas, los signos del Zodíaco: es la rueda de la diosa Fortuna donde el tiempo es un juego.
Fortune rota volvitur:
descendo minoratus;
alter in altum tollitur;
nimis exaltatus
rex sedet in vertice
caveat ruinam
nam sub axe legimus
Hecubam reginam.
La rueda de la Fortuna gira;
un hombre es humillado por su caída
y otro elevado a las alturas.
Todos muy exaltados;
el rey se sienta en la cima,
permítanle evitar la rutina
ya que bajo la rueda leemos
que Hécuba es reina.
Cuantiosas “escenas” de esta Carmina Burana evidencian los efectos físicos y emocionales que hemos aludido en el inicio de esta reseña. Nos enfocaremos en un octógono transparente que surge del cilindro antes citado, donde se aprecia a una joven sumergida en agua con amplia sonrisa y ojos abiertos; luce como una sirena que disfruta la presencia del público, incluso les arroja algo del líquido como gesto lúdico y sensual. Las doncellas le agregan uvas y el agua se tiñe hasta alcanzar un rojo potente, vigoroso, que se crece cuando el barítono solista emerge para sustituir a la chica, como si se tratase del viaje de un feto desde la quietud del útero hasta una sala de parto. Las pupilas sorprendidas de la audiencia comienzan a vibrar al proyectarse imágenes alusivas a la sangre, sangre creadora que irriga un cráneo, se asocia a un arma, a la vida que gira en la rueda de Fortuna.

En lo sonoro, destacan el trabajo de ingeniería y dirección musical: el coro integrado por ocho voces masculinas y ocho femeninas que parece multiplicarse y acariciar los oídos desde el fondo del escenario hasta el lugar más remoto de la sala Ríos Reyna; la pequeña orquesta parcialmente oculta y su director, que se convierten en personajes gigantes; los solistas que son elevados por una grúa para sorprender y despertar emociones en los espectadores.
Las danzas comunican sutileza e inocencia en algunos segmentos musicales; en otros, transmiten sensualidad y fuerza; todas están ejecutadas con elegancia y dominio técnico (sobresalen los movimientos de manos y brazos y la inclusión de las melenas de las bailarinas, que agitan cual látigos). Como en otras presentaciones de La Fura dels Baus, la interacción con el público cautiva.
Apoyados en los textos en latín, alemán y francés antiguo de Carmina Burana, imágenes digitalizadas y danzas, recrean bosques en primavera, tabernas, situaciones hilarantes y absurdas como la del contratenor, cisne negro chamuscado, que aquí se lamenta ante un fuego que se siente, así como se captan el agua, el viento y la tierra de donde surge la uva.
Podríamos comentar muchos detalles de este delicioso montaje, pero no haremos el trabajo que les corresponde a Hécuba, Baco, Flora, el sol, la luna y particularmente a Fortuna, quienes en algún momento los conducirán hacia esta “experiencia delincuencial del arte” (frase extraída del Manifiesto canalla de La Fura dels Baus).

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