“...y, confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse: porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma”.
Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.
Desde un escenario pluridimensional, tres voces femeninas y un guitarrista se desgarran en cante jondo mientras la silueta de una mujer que proviene de un tiempo y lugar misteriosos se desplaza hacia el centro. Ha surgido de la niebla y la luz que una puerta ocultaban. Ella es toda sensualidad con su traje vino y chal negro, con su dominio del baile flamenco. Es la Macarena del Mundo quien estrena, junto a los músicos, las constantes del montaje: mezcla de épocas, espacios, humor y la fuerza de lo femenil.
Cuatro funciones de El hombre de la Mancha en el Teatro Municipal de Caracas, que culminaron el 31 de agosto, recargaron las baterías de los citadinos: audiencia engalanada y motivada a “creer en un sueño imposible”.
Decía en un conversatorio Djamil Jassir, quien es director, productor ejecutivo e intérprete de este musical de Broadway, que buscando el sitio donde se presentaría esta séptima temporada de la pieza, alcanzó un estado en el que simplemente confió en que todo fluiría para llevarlo al espacio ideal. Así fue como se concretó que el montaje, con talento y producción venezolanos, floreciera en el Municipal.

Sabemos que este teatro es una extravagancia, una máquina del tiempo. Estupendamente conservado, su estructura ovalada con frontón triangular (hasta 1949 la fachada remataba en un pórtico semicircular arquitectónicamente más armonioso), ha vibrado con la energía de músicos, actores y público desde 1881. Es una delicia presenciar un espectáculo allí porque su interior es suntuoso y cálido. Sólo recordemos la refinada lámpara de cristal que cuelga del techo de madera, traída por Guzmán Blanco desde París, las columnas jónicas y el telón, que se mantiene a pesar de su antigüedad, misma que es delatada por algunas debilidades en la tela, que deja pasar un poco de la luz del escenario.
Pero volvamos al inicio. Aunque El hombre de la Mancha no es una recreación de la novela Don Quijote de la Mancha, está inspirada en ella. Por eso es inevitable conectarlas, ver una escena y viajar al texto, donde la sensualidad y lo femenino no son evidentes. El amor del caballero don Quijote por Dulcinea es platónico; apenas algunas mujeres creadas por Cervantes muestran picardía carnal, por usar una denominación divertida, mientras que en el montaje que disfrutamos el último día de agosto, las damas y los caballeros exudan feromonas sexuales.
Ya nos referimos a Diana Patricia (la Macarena), quien lo demuestra en cada aparición, pero también está en Dora Mazzone, con quien el público conecta inmediatamente por su fuerza actoral, presencia escénica y el humor que extrae de su personaje Aldonza. Por cierto, algo en su gestual nos hizo recordar a Lucy Carmichael. El público respondió con carcajadas a sus chistes llanos y universales.
La participación de Luigi Sciamanna, Camacho/Sancho Panza, destaca por su maravillosa energía y afabilidad, apoyado en micrófonos como todos los artistas de este espectáculo; no se aproxima al Sancho “interesado” de la novela. Con frases como “Yo lo quiero, es mi amigo”, refiriéndose a su señor, consiguió una ovación de pie muy merecida. Cervantes/Don Quijote, recreados por Djamil Jassir, mantuvieron la atención del público y ganaron su simpatía por los mensajes optimistas que verbalizó. La representación de estos personajes frente a los icónicos molinos de viento, “monstruos gigantes”, en el delirio del caballero andante, dejó en evidencia su complicidad y trabajo previo al espectáculo. Gaspar Colón interpretó al gobernador y al posadero, con elegancia y humor; nos llamó la atención por la potencia de su voz y las inflexiones con las que finaliza las frases musicales.
La “Orquesta de La Mancha” es en verdad una banda compuesta por instrumentos de viento madera, metales, percusión y guitarra; introduce a la audiencia en la historia y la acompaña en un viaje histórico y geográfico. Trajo hasta el teatro a Sevilla, La Mancha, Andalucía y Broadway, y se paseó por los siglos XV y XX. Nos ganó un oboe cuyo sonido se extiende para prolongar el drama de una escena sensible.
Algo que caracteriza a este musical es el conjunto de temas que por su sencillez y significado llegan directo a los espectadores. “Yo soy yo, don Quijote, señor de La Mancha”, interpretado por Djamil Jassir en ritmo andante, instó al público a acompañarlo en su cabalgata y se tejió fácilmente en su memoria auditiva con las tres notas (do, re, mi, do) que sostuvieron tiernamente el nombre de Dulcinea, este leitmotiv, junto con la canción con la que se unieron vocalmente a los artistas; seguramente aún es tarareado en sus hogares.
Soñar, lo imposible soñar
Vencer al invicto rival
Sufrir el dolor imposible
Morir por un noble ideal...
Los arrieros, contenidos ante Aldonza, la invitaron con un “Ruiseñor, ruiseñor...” a un contacto íntimo que se desbocó en una violación masiva bastante perturbadora que limita la edad de quienes pueden ver la obra.
Levy Páez y Kelvin Ortiz (Rocinante y burro) cautivaron con sus movimientos, los cascos en sus pies, las colas agitadas por sus manos, su gestual... en una palabra: brillaron.
Apretando ideas e intentando ser justos, queremos destacar que la iluminación logró crear atmósferas dramáticas y motivadoras; los puentes, con los sonidos que acompañaban sus movilizaciones; los espejos de aparición súbita y, por supuesto, el despliegue de actores por el escenario con sus acrobacias, danzas y cantos, alcanzaron un espectáculo divertido y de fácil deglución. Podríamos afirmar que Verónica Arellano, Catalina Lozada, Mateo Cestari, Marilín Viloria, repuntaron, mas la verdad es que el grupo actuó de manera bastante compacta.
El espectáculo nos agradó, lo percibimos como un bienmesabe de coco con ron, y es que no se nos ocurre un postre venezolano más híbrido que este para denotar las voces, el acento, la combinación del sabor criollo con las notas andaluzas que lo caracterizaron.
Uno de sus mensajes centrales: “Y mi lema será defender la virtud”, estaba interiorizado al menos en parte del equipo; ejemplo de ello es Carlos Scoffio, productor, quien se esmeró en demostrarlo dando la bienvenida a algún asistente con trastornos motores para lograr que lo disfrutara y aplaudiese aún con sus manos espásticas.
Por una octava temporada: ¡Salud!
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