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Apuntes alrededor de Vargas Llosa
(en el 90º aniversario de su nacimiento y primer año de su muerte)

martes 24 de marzo de 2026
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Mario Vargas Llosa
Vargas Llosa es, tal vez, el escritor que más exposición pública ha tenido en el ámbito de las letras de Hispanoamérica. 📷 Asale

Apunte I
De ida y vuelta

Nació el 28 de marzo de 1936, en Arequipa, una antiquísima ciudad del sur del Perú, cuya señal proviene del imperio incaico. Murió el 13 de abril de 2025. Mario Vargas Llosa apareció en escena con una historia milenaria a cuestas que se expandió más allá de su región natal hasta constituir un universo propio alrededor del cual gravita su obra novelística. Bien merece un recuerdo el escritor que nos regaló un Premio Nobel de Literatura, el ensayista insigne, el político frustrado y el intelectual de capa y espada que recorrió el mundo dictando conferencias sobre lo divino y lo humano, y a las que no escaparon sus remembranzas más profundas, en ocasiones descarnadas.

Vargas Llosa fue un caso de precocidad literaria que ganó a pulso la esquiva gloria. Un seguimiento a su vida nos conduce por caminos insospechados en los que los astros, perfectamente alineados, se desplazaron a su favor. Algunos lo califican de genio y alaban su portentosa inteligencia, que paseó por los más encumbrados salones en medio de expresiones lúcidas y argumentos contundentes matizados con referencias, citas y recuerdos antiguos y recientes. Polémico, eso sí, pero más en materia política, en cuya arena incursionó sin éxito. Sólo prevalecen sus expresiones en defensa de la libertad, su actitud antidictatorial, su condena al totalitarismo, su estruendosa derrota electoral y un inexplicable rechazo al progresismo mundial. Otros afirman que Vargas Llosa fue sólo un producto de la disciplina de hierro y de la dedicación sacerdotal en la que el altar literario fue su consagración. En ese sentido, es aplicable la famosa frase atribuida a Thomas Edison: “El genio es 1% inspiración y 99% transpiración”.

A semejanza de su insoslayable referente, García Márquez, cuyo final se conoce gracias al libro que escribió su hijo Rodrigo García Barcha, en el que revela los detalles de aquella gloriosa muerte hasta “la imagen del cuerpo de mi padre entrando al horno crematorio...”,1 hoy se conocen también los breves tiempos que precedieron su muerte. Se sabe que celebró sus 89 años —junto a sus hijos Álvaro, Gonzalo y Morgana, y rodeado por su esposa Patricia Llosa—, el 28 de marzo de 2025, dieciséis días antes de morir. Había dicho que ojalá la muerte lo sorprendiera escribiendo, pero se apagó en su lecho de enfermo, lentamente, en su casa de Lima. Álvaro y Morgana refirieron en su momento, mediante cartas abiertas y fotografías, los detalles últimos que culminaron con una ceremonia íntima de cremación de sus restos. En octubre de 2023 había publicado su última novela,2 cuya dedicatoria fue a Patricia, la madre de sus tres hijos, que lo recibió en su regazo después de un recorrido circular de cola mordida.

Vargas Llosa es, tal vez, el escritor que más exposición pública ha tenido en el ámbito de las letras de Hispanoamérica. Un vistazo a las redes sociales y a las plataformas digitales nos guía por sus innumerables presentaciones en las que fungió siempre de conferencista magistral. Casi todas sus veinte novelas y sus catorce textos de ensayos se acompañaron con una disertación en espacios académicos, literarios, universitarios, o en el marco de muchas ferias de libros. Además, fue un asiduo visitante de programas especializados, y de otros no tanto, en los que se explayó sobre las vicisitudes de su existencia o en profundas reflexiones sobre el quehacer literario, la filosofía, el arte, la política, otros escritores, el amor y la vida. Sin incluir el número de novelas y ensayos ya citados, Vargas Llosa publicó obras de teatro, libros de cuentos, crónicas, memorias, biografías, autobiografías y notas periodísticas. En total, el balance es de cincuenta libros publicados que lo ubican como uno de los autores más prolíficos de la lengua española. Sólo la poesía le fue esquiva, aunque fue un admirador rendido de la poesía de Octavio Paz, Jorge Luis Borges y Pablo Neruda, entre otros.

 

Apunte II
El demonio político

Acudiendo a uno de sus más celebrados recursos, que explica la estructuración y formación del escritor, tanto como en el demonio cultural, Vargas Llosa no escapa a la impronta del demonio político, una influencia que se remonta a sus antepasados inmediatos, abuelos y tíos maternos, y que habría de marcarlo desde la entrada a la adolescencia hasta el final de sus días. Incluso, parte de su obra novelística está cruzada de lado a lado por ese pequeño universo de la política; sobre todo, en Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo y La fiesta del chivo. Sin embargo, su primera novela, La ciudad y los perros, es vista por algunos críticos y especialistas como una historia con tintes antimilitaristas, de espaldas al autoritarismo y con llamados sutiles a la libertad política que, al ser publicada, provocó censura en la España franquista de la época y quema de ejemplares en su natal Perú, “un escándalo vergonzoso que tuvo alcance internacional y ayudó a disparar más las ediciones y las ventas del libro, pero sobre todo fue un acto de totalitarismo absurdo y salvaje, que institucionalmente no se desmintió y que reveló la incultura democrática del momento, algo con lo que Vargas Llosa ha tenido que lidiar a lo largo de su vida”.3

El primer contacto serio de Vargas Llosa con la política ocurrió en 1953, año en el que ingresó a la Universidad de San Marcos a estudiar Letras. A sus diecisiete años ya era consciente de las convulsiones sociales que sacudían a su país, y de los estragos de la mano férrea que ejercía el dictador Odría. Así, se asomó a la educación superior con enorme curiosidad y un hábito insaciable por la lectura que traspasaba las delicias de Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo y Los miserables, y se acercaba con temor a los artículos, textos literarios y razonamientos filosóficos que publicaba Jean-Paul Sartre en Les Temps Modernes.

“No había pasado un mes desde que entramos a la universidad y ya estábamos en un círculo de estudios, la primera etapa que debían seguir los militantes de Cahide, nombre con el que trataba de reconstruirse en la clandestinidad el Partido Comunista, al que la represión y las deserciones y divisiones internas habían casi desaparecido en los años anteriores”,4 escribió Vargas Llosa.

Esa célula del Partido Comunista sería su bautizo político. En el año y medio que se mantuvo activo fue simpatizante, categoría anterior a la de militante, de acuerdo con la estructura de las organizaciones revolucionarias de la época. Sus movimientos se circunscribieron a la protesta invisible contra el régimen dictatorial imperante, al enfrentamiento y la resistencia conceptual de la doctrina trotskista que se abría paso en las universidades de América Latina, y a la redacción de boletines clandestinos aprovechando su incursión temprana en el periodismo a través de diarios informativos. Simultáneamente, asumió el oficio de escritor mediante la escritura de cuentos cortos, poesías y obras de teatro.

Posterior a sus tímidas incursiones en la célula comunista, Vargas Llosa ingresó a la Democracia Cristiana, una organización en agonía, pero cargada de historia. Por ese entonces había cumplido diecinueve años, estudiaba la carrera de Derecho en la Universidad de San Marcos, en Lima, y comenzaba su noviazgo con Julia Urquidi, su prima lejana, quien sería la protagonista de la novela La tía Julia y el escribidor. Sin embargo, aún profesaba simpatías intelectuales con el marxismo. La obtención de un premio en un concurso de cuentos,5 promovido por una revista cultural de Francia, le permitió viajar a París, donde permaneció un mes. Luego, ganó una beca en Lima para realizar estudios posgraduales en la Universidad Complutense de España, donde, a la par del estudio, inició la escritura de La ciudad y los perros, novela que habría de catapultarlo a la fama literaria.

En París, adonde arribó años después, asumió con mayor fervor su compromiso con la literatura, pero sin olvidar las ideas socialistas que aún rondaban sus reflexiones políticas. Ello explica su adhesión a la revolución cubana y su participación en defensa de las iniciativas culturales de la isla. Así, viajó seis veces a Cuba y se desempeñó en varias ocasiones como jurado del Casa de las Américas; asimismo, escribió columnas en favor del nuevo régimen e hizo gala de gestos simbólicos como alojar en su apartamento en París, con cualquier pretexto, a Celia Serna, la esposa del Che Guevara.

La actitud incondicional de Vargas Llosa se prolongó más allá de 1967, año en el que ganó el premio Rómulo Gallegos con su novela La casa verde. Es un año en el que todavía se declara devoto del socialismo y partidario de la irrupción de nuevos vientos revolucionarios en América Latina; es decir, aún mantiene la firmeza de los marxistas convencidos, y sigue creyendo, con fidelidad absoluta, en la máxima sartreana del compromiso revolucionario del escritor: la rebelión política por encima de la literatura. Su discurso de aceptación del premio Rómulo Gallegos, a través del tema La literatura es fuego, es casi un llamado a la insurrección del escritor, y una defensa velada de la revolución cubana:

Pero dentro de diez, veinte o cincuenta años habrá llegado a todos nuestros países, como ahora a Cuba, la hora de la justicia social, y América Latina entera se habrá emancipado del imperio que la saquea, de las castas que la explotan, de las fuerzas que hoy la ofenden y reprimen. Yo quiero que esa hora llegue cuanto antes y que América Latina ingrese de una vez por todas en la dignidad y en la vida moderna, que el socialismo nos libere de nuestro anacronismo y nuestro horror.6

¿Qué ocurrió después? ¿Cómo fue ese proceso de transformación que produjo un giro desde la izquierda hacia posiciones abiertamente conservadoras que muchos críticos califican de derechistas? Fue un proceso gradual, sin duda; además, legítimo. ¿Susceptible de cuestionamientos? Tal vez, dependiendo de la ideologización de los juicios, pero ajeno a su producción literaria, la cual debe juzgarse a partir de su calidad artística. Los cambios comenzaron en 1968, luego de la invasión a Checoslovaquia por parte de la Unión Soviética. El hecho produjo una fuerte reacción de Vargas Llosa que quedó consignada en su artículo El socialismo y los tanques,7 fechado en Londres. El artículo comienza de la siguiente manera: “La intervención militar de la Unión Soviética y de sus cuatro aliados del pacto de Varsovia contra Checoslovaquia es, pura y simplemente, una agresión de carácter imperial que constituye una deshonra para la patria de Lenin, una estupidez política de dimensiones vertiginosas y un daño irreparable para la causa del socialismo en el mundo”. Y más adelante, al final del artículo, señala: “Resulta lastimoso ver reaccionar a Fidel de la misma manera condicionada y refleja que los mediocres dirigentes de los partidos comunistas latinoamericanos que se precipitaron a justificar la intervención soviética”.

He aquí, pues, el punto de quiebre de Vargas Llosa, el cual se desarrolló con el famoso caso del poeta cubano Heberto Padilla, cuya detención en La Habana en 1971 produjo un gran revuelo y la indignación de muchos intelectuales y escritores latinoamericanos, entre ellos el prosista peruano, quien asumió el hecho como una causa relevante que provocó, de su parte, rechazo público e innumerables protestas, entre ellas una carta abierta a Fidel Castro que también fue firmada por otros intelectuales y escritores: Octavio Paz, Susan Sontag, Juan Goytisolo, Jean Paul Sartre, Julio Cortázar y Simone de Beauvoir. Padilla salió de Cuba en 1980 y murió en 2000, en Estados Unidos.

Una década después del caso Padilla, Vargas Llosa volvió a ser protagonista de situaciones estrictamente políticas. Fue en 1985, luego del triunfo de Alan García, el joven político peruano que asumió la presidencia de su país en medio de una oleada terrorista encabezada por el grupo Sendero Luminoso. A lo largo del quinquenio de García, el escritor mantuvo una posición opositora que poco a poco fue delineando su candidatura presidencial, cuyo momento cumbre fue la contienda electoral de 1990 en la que enfrentó a Alberto Fujimori, quien lo derrotó en segunda vuelta. De ahí en adelante su activismo político se centró en artículos de opinión y expresiones públicas en medios de comunicación. Había retomado el sendero de la literatura.

El sustento intelectual de la vida política de Vargas Llosa está registrado en un extenso ensayo que intenta explicar sus vicisitudes ideológicas y políticas:

... se trata de un libro autobiográfico. Describe mi propia historia intelectual y política, el recorrido que me fue llevando, desde mi juventud impregnada de marxismo y existencialismo sartreano, al liberalismo de mi madurez, pasando por la revalorización de la democracia a la que me ayudaron las lecturas de escritores como Albert Camus, George Orwell y Artur Koestler. Me fueron empujando luego, hacia el liberalismo, ciertas experiencias políticas y, sobre todo, las ideas de los siete autores a los que están dedicadas estas páginas: Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich von Hayek, Karl Popper, Isaiah Berlin, Raymond Aron y Jean-François Revel.8

 

Apunte III
El demonio cultural

En este punto se trata de un registro de las posibles influencias culturales que moldearon la identidad literaria de Vargas Llosa. Es, digamos, una mención comentada de las principales obras y escritores que jugaron un papel determinante en su conocido oficio. Él mismo teorizó sobre ello en su largo estudio acerca de los demonios que se entronizan en el creador literario para luego ser exorcizados mediante la invención de universos propios, pero relativamente autónomos en tanto subyacen influencias de distinta naturaleza. En el ámbito cultural, señaló el autor de La casa verde: “...es una utopía pensar que existe una originalidad químicamente pura: la originalidad ‘formal’ es el producto de impurezas, préstamos y saqueos tan abundantes y fatales como la originalidad ‘temática’...”.9

En su caso, ¿cuáles fueron los préstamos más significativos que hizo en su etapa formativa de escritor? Un ligero rastreo por su vida, su obra y sus testimonios diversos nos conducen a un novelista que admiró hasta los límites de la adoración: Flaubert, el gran fabulista francés que descubrió en París cuando aún era un imberbe soñador. El deslumbramiento fue de tal magnitud que lo citó siempre a lo largo de su dilatada vida de escritor. Y, después de haberlo descubierto, se ocupó de su existencia con una minuciosidad de relojero experto. Producto de ese seguimiento fue su ensayo La orgía perpetua, subtitulado Flaubert y Madame Bovary. En la primera parte del libro, señala:

En el verano de 1959 llegué a París con poco dinero y la promesa de una beca. Una de las primeras cosas que hice fue comprar, en una librería del barrio latino, un ejemplar de Madame Bovary en la edición de clásicos Garnier. Comencé a leerlo esa misma tarde, en un cuartito del hotel Wetter, en las inmediaciones del museo Cluny. Ahí empieza de verdad mi historia. Desde las primeras líneas el poder de persuasión del libro operó sobre mí de manera fulminante, como un hechizo poderosísimo.10

El mismo escritor y varios de sus críticos coinciden en que la ascendencia de este particular demonio es notoria en la multiplicidad del punto de vista del narrador (La ciudad y los perros y Conversación en La Catedral, entre otras) y en la estructura general del relato. Pero, a mi juicio, hay un hechizo mayor que ejerce Flaubert sobre Vargas Llosa: la consagración a la escritura, la obsesión por la estética de la historia; es decir, la búsqueda insaciable por la prosa encantadora y limpia.

Otros escritores que ejercieron notable influencia en este deicida peruano —admitidas en su libro de memorias El pez en el agua— fueron Jean Paul Sartre, William Faulkner, Ernest Hemingway, Pablo Neruda y Jorge Luis Borges. Tales autores fueron estudiados con devoción por el joven aspirante a novelista gracias a su mejor amigo, Luis Loayza, quien le apodó El sartrecillo valiente, debido al fervor que profesaba por el autor de La náusea. Los tres primeros los descubrió Vargas Llosa en su etapa temprana, cuando andaba en la búsqueda de una identidad literaria. En ese sentido, los aprendizajes fueron diversos. De Sartre arraigó la idea del escritor comprometido capaz de anclarse en la lucha transformadora por encima del ejercicio literario. Pero la marca más visible fue el modelo del intelectual obligado a ejercer el debate público.

No obstante, al igual que Flaubert, otra influencia notable fue la de William Faulkner, quien, según sus propias palabras, le enseñó técnicas narrativas, desarrollo de estructuras y manejo del tiempo. En sus dos primeras novelas, La ciudad y los perros y La casa verde, son evidentes las múltiples historias no lineales y los distintos puntos de vista propios del autor de El sonido y la furia. Vargas Llosa afirmó en varias ocasiones que Faulkner fue uno de sus grandes maestros de quien aprendió, sobre todo, que una novela es una construcción arquitectónica. Así mismo, es imposible ignorar a Hemingway, cuyo aporte en la magia de los diálogos en la novela constituye un aspecto sobresaliente en la formación integral del escritor peruano. Sus lecturas del autor de El viejo y el mar fueron también en su primera etapa, tal como lo reconoce en sus epístolas a un aspirante a escritor.11

De Neruda y Borges la posible influencia sería de otra naturaleza, pues ya al contacto con estos escritores Vargas Llosa había transitado muchos caminos de la literatura, que contribuyeron a su formación. En ese sentido, hay que destacar El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, novela que mencionó en muchas ocasiones, al igual que las obras de caballería de viejos siglos que sirvieron de base para los estudios críticos que realizó sobre escritores contemporáneos. Es muy probable que de Neruda y Borges haya aprisionado sus aciertos poéticos, sus figuras literarias y, sobre todo, sus metáforas deslumbrantes.

 

Apunte IV
La muerte

Mario Vargas Llosa dirigió mensajes a la muerte, esa siempreviva que arrasa sin misericordia al cuerpo inerte. El escritor peruano no fue ajeno a un tema que preocupa al ser humano universal y que la mayoría de los escritores y artistas tratan de alguna forma en sus obras y en el transcurso de su vida. Eso sí: no ahondó en ello, pues no formó parte de sus preocupaciones centrales ni como hilo conductor de sus novelas ni como parte de sus reflexiones cotidianas. Hasta el final de sus días, le interesó más la vida. Sólo una minuciosa búsqueda permitió vislumbrar el rostro de la muerte en su obra y en su vida. En esa última etapa, concedió una entrevista en la que afirmó lo siguiente: “La lectura sigue siendo para mí el placer supremo, y lo que más me angustiaría no es la muerte sino la ceguera. Perder, por ejemplo, la capacidad de leer, me angustia terriblemente. Y eso para mí es un signo de vejez...”.

No obstante, hubo otras referencias más directas sobre la temible parca:

Si fuéramos eternos sería espantoso. Creo que la vida es tan maravillosa, precisamente porque tiene un fin. Y lo que me parece más importante es tratar esa vida, de aprovecharla, de no desperdiciar las ocasiones, las oportunidades. Quizás lo que más me entristece en una persona es que se muera en vida: que pierda la curiosidad, las ilusiones; que se ponga a esperar la muerte. Yo creo que una persona que se pone a esperar la muerte ya está muerta...

En otra ocasión, señaló:

Yo creo que uno debe mantenerse vivo, que lo ideal es que la muerte sea un accidente, que venga a interrumpir de una manera accidental una vida que está en plena efervescencia. Ese sería mi ideal: que la vida a mí me encuentre escribiendo. Yo escribo todavía a mano, con tinta, en cuadernos, como empecé a escribir. Y lo que me gustaría es que a mí la muerte me hallara trabajando, escribiendo; o sea, haber vivido la vida hasta el final, como un accidente. Y, sobre todo, no haberme muerto en vida, que es para mí el espectáculo más triste para un ser humano.

En su obra novelística, en cambio, la muerte es un hecho marginal en medio de historias que ganan el escenario mediante otras presencias. Y lo anterior, pese a que grandes obras de escritores que influyeron en su vida tienen la muerte como protagonista, tal el caso de Albert Camus con El mito de Sísifo y La peste; Sartre con A puerta cerrada; Tolstoi con La muerte de Iván Illich; Borges, a través de sus poemas (“El reloj de arena” y otros); Neruda con Residencia en la tierra; Dostoyevski con Crimen y castigo, y García Márquez con Crónica de una muerte anunciada. Sin embargo, en sus novelas La guerra del fin del mundo, La fiesta del chivo, Lituma en los Andes y La ciudad y los perros hay una sutil presencia de la muerte, la misma que lo sorprendió en abril de 2025, no mientras escribía, sino en medio de una gloriosa agonía que lo llevó a la eternidad.

Jaime de la Hoz Simanca
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Notas

  1. Rodrigo García. Gabo y Mercedes: una despedida. Traducción de Marta Mesa. Random House, primera edición, mayo de 2021, p. 80.
  2. Mario Vargas Llosa. Le dedico mi silencio. Random House, primera edición, p. 8.
  3. Pedro Cateriano. Biografía política. Vargas Llosa, su otra gran pasión. Editorial Planeta. Primera edición colombiana, abril de 2025, p. 75. Nota: Esta denominada biografía política de Vargas Llosa es lo más reciente que se ha escrito sobre el escritor peruano. Hay anuncios de la próxima aparición, en junio de 2026, de la gigante biografía de Gerald Martin, el mismo biógrafo de García Márquez. En la contraportada del libro de Canteriano, compañero de aventuras políticas y literarias del Nobel, se lee lo siguiente: “Vargas Llosa, su otra gran pasión, es la primera biografía política sobre Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura y uno de los intelectuales más influyentes del mundo contemporáneo (...). Este testimonio apasionado (...) pasa revista, una a una, a las numerosas batallas libradas por el escritor contra dictaduras de todo signo, sus principales y más acaloradas polémicas y —obviamente— la ardorosa defensa de la cultura de la libertad como ciudadano del mundo librada hasta el día de hoy”.
  4. Mario Vargas Llosa. El pez en el agua. Memorias. Seix Barral. Biblioteca Breve, 1993, p. 239.
  5. Mario Vargas Llosa. En Los jefes - Los cachorros. Punto de Lectura, 2010, primera edición colombiana, p. 35. El relato se llama “El desafío” y apareció después en su primer y único libro de cuentos, Los jefes. El comienzo es el siguiente: “Estábamos bebiendo cerveza, como todos los sábados, cuando en la puerta del Río Bar apareció Leonidas; de inmediato notamos en su cara que algo ocurría”.
  6. Mario Vargas Llosa. Contra viento y marea (1962-1982). Editorial Seix Barral, segunda edición, 1985, p. 135.
  7. Mario Vargas Llosa. Ibid., p. 160-163. La columna de opinión fue publicada originalmente en la revista Caretas, en agosto de 1968.
  8. Mario Vargas Llosa. La llamada de la tribu. Alfaguara, 2018, segunda reimpresión, pp. 11-12.
  9. Mario Vargas Llosa. García Márquez. Historia de un deicidio. Barral Editores, 1971, p. 138.
  10. Mario Vargas Llosa. La orgía perpetua (Flaubert y Madame Bovary). Editorial Seix Barral, 1975, primera edición, p. 17.
  11. Mario Vargas Llosa. Cartas a un joven novelista. Editorial Planeta, 1997. En este libro hay varias afirmaciones reveladoras, entre ellas, “las de esos escritores que empezaba a instalar en mi panteón privado: Faulkner, Hemingway, Malraux, Dos Passos, Camus, Sartre”, p. 7.
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