Muerte a mamá
Supe que era mi mamá cuando cumplí quince años y aún esperaba que el sol no apareciera más en lo alto ni que la luna caminara lentamente como las tortugas que vivían en el patio de mi casa. Papá me lo confesó en voz baja, casi en susurros, y con temblor en los labios. “Ella es tu madre”, dijo, y señaló con su mano alargada a la mujer que acababa de llegar. La miré y me hizo recordar los fantasmas que rondaban las páginas de mi viejo álbum de cuentos. Cuando sonrió, vi el reflejo de una mueca que se transformaba en gruñido de perro bravo. Vestía una blusa negra que no encajaba en la falda gris, cuya largura cubría sus rodillas. Las zapatillas las había visto en los relatos de princesas que mi abuelo me regalaba en las navidades, y el cabello lo tenía extendido en la espalda, negro y frágil ante la brisa fresca de la tarde. Me detuve en su rostro: ojos saltones y negros, parecidos a los de la gata de la vecina; frente amplia, agrietada por líneas horizontales que aparecían y desaparecían al vaivén de sus risas, y una nariz aguileña de pájaro grande que yo también veía cada vez que me espejeaba en la sala. En ese instante no pensé matarla. La idea surgiría al regresar de aquel pueblo habitado por ánimas. En realidad, nunca se quitó la máscara al bailar en mi duermevela. Entonces supe que tenía una mamá que vagaba mientras yo dormitaba intranquilo, sudoroso, angustiado por su ausencia. La buscaba cada mañana en los intersticios de las puertas; indagaba por ella al ver que mi abuelo bajaba su mirada; trataba de encontrarla en los monólogos perdidos de mi padre ebrio. El primer encuentro cambió mi vida. Fueron sólo dos días de convivencia, pues volvió pronto al lugar de donde había venido, un pueblo que, según me dijo la primera noche, estaba ubicado a la orilla de un río y a pocos metros de una montaña de árboles gigantes y de espesura extendida. Se llamaba Comala. El pueblo, agregó, estaba habitado por espectros que se recogían al final de las tardes y resucitaban al nacer las mañanas pletóricas de sol y de brisa tenue. Tres años después de su partida, volvió. Dijo que me llevaría, que me sentiría bien conversando con los muertos y que viviría tranquilo en una tumba grande rodeada de crisantemos y adornada con una cruz gigante construida en madera fina. Regresó sin anunciar. Era un alma en pena que venía a extinguir sus pasos y los míos, porque papá y abuelo estaban convertidos en cenizas. Ni las tortugas del patio existían, pues perecieron en la alberca de al lado. Acepté acompañarla al pueblo, pero decidí que allá la mataría. Las pocas casas estaban desperdigadas al final de varios senderos que, vistos desde arriba, conformaban un breve laberinto. Las construcciones, destartaladas y centenarias, aparecieron de pronto en el camino que se abrió en un playón inhóspito y árido, atravesado por silbidos nocturnos y oleadas de viento y polvo. Al llegar a mi nueva casa germinó un punto rojo en la pared que sonreía sin cesar. Más allá, un agujero sangriento. El punto se multiplicaba en la habitación; entonces, iban y regresaban más rojos aún. Al pie de la escalera subían y bajaban junto al vértigo que me consumía. Se ampliaban, se reproducían, saltaban y avanzaban desubicados, atolondrados por una alegría que recorría las paredes exultantes por el tamaño de mis carcajadas. Y más puntos que volvían a juntarse: cubrían todo, no había resquicios, los blancos cedían, la oscuridad, tapiz rojo. La voz sangrante de mamá flotaba en el aposento. Yo escuchaba un sollozo largo que huía por las ventanas y moría después en las profundidades de las ruinas invisibles del pueblo.
El tigre asesino
Aquel tigre era blanco y vivía en el sur de la India. Sus ojos, fijos, miraban a través de un azul cielo, inconfundibles por la marca del iris en la mitad. Sus antepasados habían muerto de cansancio después de recorrer el mundo enjaulados en un circo hindú que los exhibía como únicos en su especie. Además, aquel tigre prefería la soledad, pues le permitía cazar sus presas que, hasta ese momento, habían sido ciervos, cabras y jabalíes. Lo hacía de noche, cuando la oscuridad avanzaba rauda, ocultando la claridad; no había riesgos de que fuera delatado por el color de su piel. Merodeaba siempre cerca de los acantilados y se le veía dar vueltas alrededor de un pequeño lago de aguas verdes, a trescientos metros de la hacienda de Amisha. Era salvaje, como los de Bengala y los siberianos, pero Shashi, la única hija de Amisha, no podía saberlo, pues era una niña de cinco años que solía caminar por los jardines y senderos cortos de su hacienda con las precauciones que su madre le había enseñado. Pero una noche de luna llena, Shashi dio unos pasos más allá y el tigre la oteó. Entonces, corrió hacia ella y, en el último salto, clavó una dentellada a la que siguieron las garras sangrientas que la llevaron al borde de la boca; luego, el trote: una caminata rápida hacia el último acantilado cuya pendiente fue el camino final por donde rodó el cuerpo.
El gol y la horca
Intentó adornarse en la penúltima jugada: balanceó la pierna izquierda para acomodar el golpe al balón y dio la media vuelta que faltaba. Pero el travesaño del arco se cruzó en su destino, pues allí fue el impacto que apagó el grito de miles de gargantas ansiosas. El juego continuó: gambetas cortas y largas, zigzagueos inútiles, retrocesos, avances, roces de cuerpos y gritos en las tribunas... Otra vez quiso premiar su freno con un taquito efímero y rematar en diagonal, pero una pierna bloqueó su propósito mientras el estallido de coros se diseminaba hacia el norte. Faltaban pocos minutos para la culminación del partido que definiría al campeón. Nunca un título se había logrado en aquella ciudad de pasiones encontradas por el fútbol. Las calles estaban vacías y al interior de las casas, familias y amigos, luciendo camisetas del equipo local, estaban listos para la fiesta del siglo. Y las esperanzas estaban puestas en “Zicinho”, un hábil adolescente de origen carioca, a quien pensaban coronar como el nuevo rey. Pero las dos jugadas fallidas incomodaron a los seguidores, que comenzaron a dibujar la horca con sus manos. El delantero miró los estrados y sintió miedo. Bajó la cabeza y esperó el pitazo final. Los minutos restantes sólo sirvieron para acentuar su terror a la espera de que el nudo apretara su cuello.
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