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Mínimo tratado de la insistencia

lunes 25 de mayo de 2026
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Mínimo tratado de la insistencia, por Daniel Ricardo Jiménez Bejarano
Soy todo lo que duele, / la muela del juicio del mundo, / el esguince en el tobillo de la noche, / la migraña del alba, / el ojo morado de la verdad. / Así me armo para el poema. 📷 Esra Korkmaz • Pexels
“Ética y escritura”, edición especial por los 30 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2026 en su 30º aniversario

I

Escribo, la lengua pegada al paladar
de un asombro ajeno desde siempre.
Rozo el teclado, toco uno de tus cuerpos,
el que no recuerda su nombre.
Nombro con íntimas imágenes
la belleza posible:
la jeringa exacta sobre la vena del poema,
el gozo frágil de esa palabra que arde todavía.
Corto, sable de sílaba,
la sombra de los cuchillos junto al fuego.
Escribo, todo abecedario es desarraigo,
las letras escupen un barro negro y dulce,
mis pupilas, albañales
donde la luna se pudre lentamente.
Escribo. Toda página es fosa común,
y yo, perro que husmea entre los escombros
la osamenta del tiempo.
Es esto lo posible: posar un élitro arcoíris
en la fisura que dejó la última página
de ese libro que ya contenía todos los libros.

 

II

Todo leído. Cada nuevo poema es el fantasma
de otro que ya escribí con la mano prestada
de un muerto que aún dicta desde su fosa común.
Nada hay en lo no leído: sólo el bucle eterno,
el canon girando como una brújula en el lavabo.
El llamado es entonces esta gota
que cae en el mismo charco desde hace siglos
creyéndose lluvia. Sigo leyendo, inutilidad de gota,
escribiendo con la ira inane
del insecto que golpea la bombilla ciega
de una cocina donde ya nadie canta.
Derrota sabia: este bucle que elijo
contra el bucle victorioso del mundo,
resplandor y baba,
página en blanco, perfecta en su vacío de anuncio.
Sin tiempo, sin nostalgia,
gesto apenas de pasar la lengua
por el filo de este poema
donde sangra nadie.
De mi boca doy de beber al instante,
insecto luminoso entre los párpados:
sé que se irá, sé que su verde linfa
germinará en el tiempo cotidiano
que todo lo sepulta con su baba de ceniza.

 

III

Inicio así la singladura del poema.
Parto de su ciénaga y entro,
desaparecido cuyo nombre sólo existe
en el afiche que la lluvia borra.
Así navego rumbo al poema.
Busco las venas de la página
y soy el prostituto sidoso
cuyo único cliente es un verso adicto,
el lápiz, preservativo usado
flotando en el dique del lenguaje.
Me enfrento así al poema.
Busco la acera propicia,
puta famélica, herrumbrosa vulva,
inaugurando los placeres de nadie,
las palabras, clientes que pagan
con monedas de saliva.
Así atravieso los estrechos del poema.
Soy todo lo que duele,
la muela del juicio del mundo,
el esguince en el tobillo de la noche,
la migraña del alba,
el ojo morado de la verdad.
Así me armo para el poema.

 

IV

Espacio de la escritura,
esta mesa, este cuarto cerrado,
estas cuatro paredes que me separan
del espacio de la masacre.
Pero la masacre no tiene paredes,
la masacre respira en mis pulmones,
la masacre es el aire que no quiero respirar
y que respiro mientras escribo.
Tiempo de escritura, adentro,
afuera, tiempo de inquisidores.
Mido el espacio en adjetivos
y el tiempo en crematorios clandestinos.
Mido el espacio en pausas y cesuras
y el tiempo en cuerpos fallidos.
Adentro las palabras son
otra cosa: una venda, una pausa,
un gesto que no mata.
Afuera, el ruido del tiempo,
la negación de todo espacio,
bajo cada palabra, noche y niebla.

Daniel Ricardo Jiménez Bejarano
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