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Sobre la necesidad de raspar ciertos muros

martes 26 de mayo de 2026
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Sobre la necesidad de raspar ciertos muros, por Miguel Ángel Latouche
Siempre me pareció una paradoja que en la llamada East Side Gallery de Berlín hayan convertido la parte de la muralla que aún queda en pie en una especie de galería de arte al aire libre. ¿No es terrible que se haya tapado con pintura todo el dolor asociado a la ciudad dividida? Uno visita el lugar y olvida que mucha gente murió tratando de escapar de la “cortina de hierro”. 📷 Freepenguin
“Ética y escritura”, edición especial por los 30 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2026 en su 30º aniversario

Cuando era chico, tenía la idea de que me había tocado en suerte vivir en lo que no dudaba en calificar como un tiempo aburrido, donde todas las cosas estaban más o menos en su lugar; a pesar de aquel siglo cambalache en cuyo final transcurrió casi un tercio de mi vida, los códigos eran más o menos reconocibles. Muchos de quienes vivían en aquel tiempo recordaban aún los horrores de la II Guerra Mundial y las heridas subsecuentes. El tiempo tiene la virtud de borrar la memoria o, por lo menos, de atenuarla. El miedo asociado a la reciente pandemia del Covid-19 de alguna manera demuestra que no estamos acostumbrados a vivir con el miedo. Allí donde los hombres del Medioevo aprendieron a convivir con las danzas macabras, nosotros lo hicimos con el refugio y el aislamiento. Aquella danza de máscaras, de vacunas incontables y de distanciamiento social, hizo tambalear el edificio de la seguridad que habíamos construido desde el fin de la Guerra Fría. La muerte fue siempre un espectro oscuro, pero nunca para los hombres y mujeres de nuestra generación había estado tan presente. La muerte dejó de ser un fenómeno individual para convertirse en un fenómeno colectivo. De alguna manera hemos sobrevivido al horror de los esqueletos danzantes, pero lo hemos hecho a través de la negación del mal más que enfrentándolo. Siempre resulta más fácil acomodarse, pasar agachado o simplemente guardar silencio ante el horror o la pena ajena.

Cuentan que durante la pandemia en Ecuador dejaban a la gente morir en las calles y que los cadáveres quedaban a la intemperie durante días sin que los deudos o las autoridades se dignaran a recogerlos; también que en Hart Island, el cementerio público de la ciudad de Nueva York, se contrataba a personas de comunidades vulnerables para enterrar a las víctimas de la pandemia. Les tocó a los pobres hacer el trabajo sucio; tampoco parece correcto restringir el acceso a medicinas por medio de sanciones o restricciones financieras. Lo dicho: un horror. La memoria es frágil. Siempre me pareció una paradoja que en la llamada East Side Gallery de Berlín hayan convertido la parte de la muralla que aún queda en pie en una especie de galería de arte al aire libre. No me lo tomen a mal, ciertamente allí hay un trabajo artístico que vale la pena ver, si no fuera más que eso; pero ¿acaso no es terrible que se haya tapado con pintura todo el dolor asociado a la ciudad dividida? Uno visita el lugar y olvida que mucha gente murió tratando de escapar de la “cortina de hierro”, que hubo un tiempo en el que la ideología era una distinción que podía costarnos la vida. Hasta hace poco habíamos tenido la posibilidad de olvidar sin pagar el costo de hacerlo. En realidad, el muro está pintado con sangre. Al escritor le corresponde hacer la raspadura y escribir sobre el muro desnudo.

A los escritores armados apenas con algunas ideas nos corresponde convencer, ya que, en general, no tenemos lo que hace falta para vencer, sobre todo si ese vencer implica, como generalmente lo hace, el atropello de los demás.

Prohibido olvidar, parece gritar el teclado; ya nadie escribe a mano, supongo. El grito nace de las entrañas, pero no de la ideología. El oficio no responde a partidos, sino a la humanidad. “Venceréis, pero no convenceréis”, gritaba Unamuno; a los escritores armados apenas con algunas ideas nos corresponde convencer, ya que, en general, no tenemos lo que hace falta para vencer, sobre todo si ese vencer implica, como generalmente lo hace, el atropello de los demás. Por suerte, como decía aquel personaje genial de V de Vendetta, “las ideas son a prueba de balas”, lo que no quiere decir que el escritor lo sea. Pero, en todo caso, fueron las ideas las que le permitieron a Diógenes de Sinope decirle a Alejandro Magno que se apartara y le dejase tomar el sol. El perro había ladrado y el hombre más poderoso de su tiempo optó por la retirada. Así, la muerte pesa menos que la convicción. Cuando sus amigos fueron a pedirle a Sócrates que huyese, éste respondió diciendo que no podía hacerlo, no porque no existiese la posibilidad material de hacerlo, sino porque le hacía menos daño a Atenas muriendo que salvando su vida.

Eran otros tiempos, dirán algunos; pues claro, pero en estos tiempos donde todo es relativo, parece necesario tomarse en serio aquello de decir la verdad. Foucault rescata el tema en su curso del Collège de France de 1982-83. Allí usa el término griego parresía, el coraje de la verdad, el hablar con franqueza, aunque moleste a quienes ejercen el poder, pero además hacerlo a sabiendas de que siempre hay un precio que pagar, que la verdad tiene enemigos irreconciliables, quitar las capas de pintura para que la verdad se vea reluciente. Uno puede imaginarse la angustia de Antígona cuando le solicitó permiso a Creonte para enterrar a su hermano. Para los griegos, quien transitaba hacia la muerte sin cumplir con los rituales funerarios no podría cruzar el Estigia y estaría condenado a vagar por siempre sin poder entrar en el Hades. Pero más aún, uno puede imaginarse la angustia dolorosa con la que, en contra del mandato del tirano, decidió cumplir con su deber y enterrar a su hermano. Aquel desacato le costaría la vida. Uno diría que murió por sus convicciones.

El ejemplo es vital en este tiempo en el cual se valora ese “doblarse para no romperse”. Uno se pregunta, ¿de qué vale una vida vaciada de contenido? ¿Qué somos cuando hemos dejado de ser? En un capítulo de la cuarta temporada de Star Trek, Jean-Luc Picard cita a Aaron Satie, un juez de la ficción intergaláctica: “Con el primer eslabón se forja la cadena. La primera censura, el primer pensamiento prohibido, la primera libertad negada, nos encadena a todos de manera irrevocable”. Más que la vigilancia y el miedo el silencio es el verdadero antídoto de la libertad.

No existen verdades preconcebidas; la verdad es el resultado de la confluencia del encuentro que permite el diálogo. El 14 de marzo de 2026 murió el maestro Jürgen Habermas, a quien tuve la oportunidad de conocer en la que fue una de sus últimas conferencias en Normative Orders de la Universidad Goethe de Frankfurt. Yo ya había leído, sin entender del todo, su tesis sobre la acción comunicativa; nunca pensé que tendría la suerte de cruzármelo y darle la mano. Aquel anciano de mirada cansada y voz pausada era simplemente brillante. Su propuesta es compleja; tuvo una influencia crucial en la reconstrucción de Occidente después de la II Guerra Mundial, ponderaba lo público como un sitio de encuentro. Una sociedad se legitima desde el diálogo, no desde la imposición.

En su mirada se trata de un diálogo libre de interferencias que eviten la comunicación distorsionada. Desde esta visión, un escritor sólo puede serlo en tanto que guardián de la esfera pública. Al escritor le corresponde desnudar la mirada que está cargada de intereses privados. La verdad, así construida, es la que sostiene el edificio de lo humano; raspar los muros no es vandalismo literario, sino recuperar lo que subyace debajo del barniz; encontrar, incluso, lo que no se nos ha perdido.

La verdad es un acto de valentía y corresponde a los escritores ser valientes. Recuerdo ahora la historia de August Landmesser, un trabajador de los astilleros de Hamburgo que se negó de manera pública a hacer el saludo nazi en un acto de masas en el verano de 1936. Estaba enamorado de Irma Eckler, una mujer judía a la que se negó a traicionar. Sabía que la ley condenaba aquel sentimiento. No tuvo que gritar su desacuerdo; el simple gesto tuvo un valor que aún hoy recordamos como un gesto de dignidad en contra del poder. Fue acusado de “traicionar su raza” y condenado a trabajos forzados; se cree que murió prisionero en 1944. Su novia fue asesinada en un campo de concentración. Un escritor no puede darse el lujo de “sentarse en la sombra para evitar jalar escardilla bajo el sol”. A veces a uno le corresponde jugársela; a veces se paga con la cárcel, el exilio o la muerte. La voz, aunque nadie la escuche, permanece en la eternidad.

Dicen que las mujeres de la Grecia antigua colocaban velas en las ventanas para asegurarse de que sus hombres encontrasen el camino a casa. Una vela encendida amorosamente, al igual que una idea, puede convertirse en un faro de eternidad. Ulises regresa a casa porque sabe que Penélope lo espera. Cuando la España de finales del siglo XIX se encontraba al borde del colapso, fueron los hombres de la generación del 98 los que se encargaron de rescatarla. Aquella España invertebrada de la cual habló luego Ortega y Gasset se reconstruyó a partir de la labor de sus intelectuales. Aunque pocos lo recuerdan, tuvimos la suerte de tener entre nosotros a Manuel García Pelayo, quien no sólo fundó el Instituto de Estudios Políticos de la Universidad Central de Venezuela, sino que fue posteriormente presidente del Tribunal Constitucional de la España posfranquista. Un país que valora la inteligencia estará siempre más cerca del desarrollo y la paz que uno que no lo haga. Allí donde la inteligencia calla, el pueblo es pasto propicio para los aventureros y los tiranos.

Los venezolanos valoramos poco a nuestros intelectuales; es parte de una tradición que prefiere a los Mujiquitas y las doñas bárbaras antes que a los Santos Luzardo. Quiso la fortuna que durante la Primera y la Segunda repúblicas la cruenta guerra de Independencia se llevara consigo a nuestra incipiente clase intelectual, a quienes podían haber sido capaces de construir una república. En pie quedaron los hombres a caballo detrás de quienes se fueron los hijos de Luz Caraballo. Nuestros héroes civiles son pocos. Preferimos la charretera a la pluma. Quizás por eso no hemos podido construir con justicia la sociedad que merecemos. Entre nosotros, los intelectuales han sido utilizados como validadores de los discursos; son pocos los que, como Cabrujas, por nombrar sólo a uno, se negaron a rendirse ante el poder y sus veleidades. Siempre admiré a Castro Leiva; no fuimos amigos, pero me dio clases durante mi primer semestre en el Doctorado de Ciencias Políticas. Siguiendo la tradición de Mensaje sin destino, de Mario Briceño Iragorry, hizo el último gran discurso democrático del Congreso de la República; todo lo que vino después es tragicomedia, nos advirtió que habíamos equivocado la ruta, que íbamos por mal camino; nadie quiso escucharlo. Murió joven y lleno de angustia, y eso que no tuvo que lidiar con la lógica del Twitter, con la “netflixtización” de la inteligencia, ni con la inteligencia artificial, ni con todo lo que vino luego.

La ética del intelectual radica en detenernos a pensar y luego decir las cosas que hay que decir, aunque nadie escuche, aunque cause malestar, aunque paguemos el precio. Y, con todo, aun tener la voluntad de mandarlo todo al carajo.

Miguel Ángel Latouche
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