XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

País fantasma (engordado)

domingo 17 de marzo de 2024
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Los bárbaros nos fueron tomando de a poco. Nadie reportó el inicio de la invasión, pero las crónicas señalan una pequeña fisura en las antiguas murallas de nuestra consciencia por la cual, quizás, se fueron colando sin que lo notásemos. Sospecho, sin embargo, que en realidad nos habitaban en silencio desde hace mucho, preparándolo todo para el momento propicio: Una dentellada precisa, una manada de lobos moviéndose entre las sombras, los Demonios de Dostoyevski viviendo entre nosotros. Al principio su presencia era casi imperceptible; parecían una nota al pie de una página olvidada, un ruido insignificante en la distancia, un mal sueño. La Casa fue Tomada de manera lenta y sistemática con la ayuda de los Mondragones y las Gulas.

Nos fueron ocupando sin que pudiéramos enfrentar su fuerza irresistible. Asaltaban las habitaciones, obligándonos a abandonarlas. A veces, simplemente, derrumbaban las paredes para hacernos salir de entre los escombros. Se trataba de una jauría hambrienta recorriendo un país convertido en montonera. Un viaje de regreso al tiempo brutal de los cuchillos y el machetazo. Una historia en la que El Miedo termina tragándose a Santos Luzardo en medio de la desolación de las Casas Muertas. Se trataba, en fin, de un Mensaje condenado a no llegar nunca a su Destino en un País Portátil que tiene a El Falke como buque insignia.

En Maiquetía se cerró la última puerta. Allí tiré las llaves y lo abandoné todo a Rajatabla. Yo había resistido todo lo posible antes de que las amenazas empezaran a quebrarme al alma. En nuestra realidad kafkiana no existe el derecho al pataleo. Fue así como inicié, pasaporte en mano, un viaje largo; una búsqueda en movimiento que se asemeja a la armonía cinética de ese lienzo multiforme en el que los trazos coloridos de Cruz-Diez se confunden con las despedidas. Abracé a mi madre entre los restos de un país fantasma, que intento armar como si de un rompecabezas se tratase. Al fin pude escapar del laberinto; el hilo que Ariadna había tejido para mí, me condujo ─sin pasar por “go” ni cobrar los doscientos bolívares— directo al aeropuerto. He dejado atrás una tierra que ahora me cuesta reconocer y a la cual no sé cómo regresar. Invento los Días sentado a las orillas del Elba. Mastico un idioma extraño en el cual poco a poco empiezo a reconocerme. Allí, a espaldas de la ciudad imperial, me encuentro con el Hombre que voy Siendo, converso con él; juntos añoramos la Vuelta a la Patria. Entre ambos recordamos cuando Amanecíamos de Bala en la UCV, bajo la sombra del Reloj y los murales de Vigas; las tardes en los Próceres, las excursiones al Ávila y los viajes a la playa para visitar a Juanita Sentada Descansando. Sufrimos el desarraigo que alimenta la distancia y los dolores lumbares que dejaron los golpes en aquella oscura sala de interrogatorio de Inteligencia Militar donde El Palo iba y venía sobre nuestras Costillas, mientras aquellos Pequeños Seres nos acusaban de traidores a la patria y amenazaban con defenestrarnos desde los Platos del Diablo.

Construyo Crónicas de la Decadencia sobre un Pizarrón de Papel. Uno Escribe y Algo Queda. A veces me siento en un café y, mientras veo a los transeúntes pasar, escribo historias en mis Cuadernos del Destierro. Las hojas amarillas del otoño van cubriendo las nostalgias que se arrebolan sobre un río que no es el Guaire. Me persiguen los paseos por Sabana Grande, un Parque del Este, sin Sádicos Ilustrados, donde el crimen se limitaba al robo fugaz de aquellos besos que nunca olvidaré; un museo donde la Reina era Sofía y una ciudad donde apostábamos a ser felices —sin que hubiese Sumarios de por medio y justo antes de que nos alcanzaran los Zapatazos característicos de aquella Hora Menguada de nuestra Decadencia. Me la paso Inventando los Días mientras me atormenta la imagen de un hombre que juega a acariciarse con la lengua un Diente Roto.

Entre el Humor y el Amor cruzo los trescientos años del Augustusbrücke y antes de que Vuelvan los Fantasmas me pierdo entre las calles de la Neu Städt. Camino con la nostalgia a cuestas en medio de la lentitud de un día Feriado. Me pierdo en una vieja Tienda de Muñecos sin atreverme a jugar con ellos. Ya no me quedan Angelitos Negros, ha muerto El Mono Aullador de los Manglares y se han quebrado mis Lanzas Coloradas. Jamás sabré qué pasará El Día que me Quiera. Atesoro mis recuerdos entre la memoria de Mamá Blanca y El Diario del Enano. Intento resguardarme Un Tiempo Más Bajo los Árboles mientras me enfrento al Oscuro Corazón del Cielo. Me reconozco entre las sombras incorporadas a las líneas cinéticas del mural infinito de las ausencias que habitan en Mi Otra Isla.

Miguel Ángel Latouche
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