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La literatura del año de la peste

jueves 21 de mayo de 2020
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La literatura del año de la peste, por Hadrian Bagration
Pocos recordarán que la literatura ha sido, hasta algún ayer, una de las formas del arte.

Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario

The people showed a great concern at this, and began to be alarmed all over the town.
Daniel Defoe: Journal of the Plague Year

El futuro, aquel espejo en el que el pasado, con resoluta timidez, a veces se mide, reservará seguramente un lugar a la literatura menor para que ésta describa, con torpeza más o menos elaborada, a la enfermedad que hoy espanta. La ciencia del pronóstico es ajena al escritor, la prodigiosa predicción le es esquiva, pero nos abruman tantos libros pretéritos e inútiles, que como olvidados maestros acechan, que es verosímil conjeturar que la gula de fama y emolumentos no se amedrentará y empujará a tantas manos ociosas a la redacción de una obra que querrá ser aclamada e ilustre. Pocos recordarán que la literatura ha sido, hasta algún ayer, una de las formas del arte.

Desconsideremos en principio la vasta gama de volúmenes insoportables, saturados de aventuras galantes, confidencias, combates, incendios, innúmeras pociones y monstruosidades, remedos de entristecidos remedos de los vetustos libros de caballería que enloquecieran al viejo Quijano. Existirán, irremediablemente, y nuestro antídoto no pasará de ser una mezcla de resignación, paciencia e indiferencia.

No hay hombre que no haya vivido, al menos una vez, en el universo predicho por Orwell.

El género más extenso, proponemos, consistirá en aquello que quizás sea dado en llamarse la literatura de la bondad: dilatadas descripciones que exaltarán la solidaridad de los sanos para con los enfermos, la gratitud de éstos para con aquéllos, la munificencia de gobernantes para con gobernados, la espontánea obediencia de los súbditos, el callado sufrimiento de la plebe, el estoico liderazgo de la autoridad. La filosofía de cordel sugerirá avanzar unos pasos más en dirección al prójimo y declarará la necesidad inconsolable de bonhomía universal. Desoirá, así, el consejo de su hermana, la historia (como quería el viejo Quijano, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir). Con pudibundez o con osadía, dará igual, proclamará el socialismo, y todos fingirán comprender, cuando es sabido que sólo lo comprenden quienes lo han sufrido y han logrado sobrevivirlo; guardan consigo su terrible secreto aquellos que lo han sufrido y han madurado su sabiduría en sus tumbas. El júbilo que despertará la proeza colectiva de la humanidad, sobrevivir para caer en la servidumbre, acallará esas voces. En otras geografías la legislación de la benevolencia compulsiva se limitará a recomendar dádivas y diezmos. Sea como fuere, la riqueza fluirá de muchas manos a muy pocas.

Ni la esperanza, ni la generosidad, ni el renunciamiento serán temas únicos: no faltarán autores que rememoren el algo herrumbrado conjunto de las distopías. No hay hombre que no haya vivido, al menos una vez, en el universo predicho por Orwell. Menos creíble y más posible es habitar un mundo que permita la cópula entre la mendicidad y la exageración: fatales invasiones, contagios masivos, monarquías despóticas y ridículas, uniformes siniestros, cleros diabólicos, mitologías asombrosas y absurdas que celebraran a Poe o a Lovecraft (y, por qué no, a Robert Howard, cuya literatura menor es a medias hija de una epidemia de hambre). La distopía se nutre de la hipérbole y de la credulidad del lector. Poco más será necesario para proceder a la publicación de textos veloces.

Una variante minúscula de la distopía pandémica será aquella que sea escrita en tono de tragedia pero cuyo devenir festejará la catástrofe. Aquellos que hayan hallado convencimiento en la creencia de que el ser humano merece el patíbulo ecológico se ufanarán en el gozo de la destrucción total, en el retorno al edén original, ausentes las perturbaciones del humano. Quizás alguna privilegiada secta reinicie el ciclo, cargada de severas advertencias acerca del pecado de abandonar la edad de la piedra. Más generalmente, la supervivencia estará reservada a océanos, aves, peces, bestias y prados. Ese solitario final feliz no garantizará demasiadas ventas.

La banalidad será obsequio para el estudioso que en la generación que nos seguirá hallará enseñanza en nuestros hábitos en tiempos de peligro.

A medio camino entre la pavorosa imaginación y la predica comunitarista encontraremos a la debilitada literatura policial, esta vez en un escenario pestilente. Una ciudad vacía, una población que se esconde, un asesino que oculta su trabajo entre los cuerpos que la naturaleza elige extinguir, un investigador atolondrado pero valeroso (probablemente una heroína), el final que siempre se calcula imprevisto. Si el pesquisa satisface las simpatías del público es seguro que los casos (y las epidemias) se multipliquen. Será recomendable sazonar su carácter con alguna desventaja que lo torne a un tiempo débil y querible, que la audiencia lo adopte como a un campeón y a un hijo: alcoholismo, ceguera, una pierna más corta o una mano amputada. El noir pandémico será una tentación irresistible: la niebla de la cuarentena obligatoria confundirá las voluntades de asesino, detective y víctimas; quizás alguna de éstas mereció su ejecución, quizás el asesino actúe por justa venganza, quizás el policía sea engreído y corrupto. Las posibilidades son harto finitas pero siempre efectivas frente a la avidez editorial.

Hombres enormes o grises suelen llevar cuidadoso registro de sus actos cotidianos; llamamos diario a ese género que oscila entre la Pharsalia y la llegada de una nueva mascota al hogar. Borges lo redactó: la vida es corta, pero las horas son tan largas; nada mejor, entonces, que poblarlas de detalles ínfimos, anotaciones al margen, crepúsculos en familia. La banalidad será obsequio para el estudioso que en la generación que nos seguirá hallará enseñanza en nuestros hábitos en tiempos de peligro. Aun cuando de la miríada de entradas, fechas, acontecimientos y escatologías sólo queden notas al pie y menciones pasajeras, no pocos autores disfrutarán de la gloria de la inclusión en algún diccionario.

El último de los géneros será tal vez el más raro, el menos extenso, el que sin dudas pasará inadvertido, será olvidado, encontrará muy tarde a lector que lo justifique. Como a Gylfi, que descubre que es objeto de burla de los dioses, que su sueño decorado de ingenio y detalles es un engaño, que ha sido derrotado por la alucinación, el protagonista de (nuestra) historia despierta y se percata de que la enfermedad a la que tanto teme es sólo una de las múltiples formas de la muerte, ni más terrible ni más indeseable que las otras, que finalmente todo será aniquilado, y que su única obligación es, en medio de la decadencia y caída, encarnar la soledad que imponen el escepticismo, la razón, la cordura. Fracasará, pero su esfuerzo habrá demorado, por unos días o unos siglos, la barbarie. Si el azar quiere que ese libro exista, será escrito.

Hadrian Bagration
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