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Los murciélagos no se posan

lunes 25 de mayo de 2020
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Los murciélagos no se posan, por María José Fra
Cuando el último mahomee murió los pájaros comenzaron a sufrir el vaticinio: el sol los enceguecía.

Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario

“Lo que tiene color será negro,
lo que es día será noche”.

(Antigua leyenda mahomee)

La tribu mahomee (fonéticamente: maomi) habitaba el Círculo de la isla Muarah Tehuen, al este de Borneo. Una zona boscosa, con un suelo calizo de leves hondonadas, sobre el que se ha ido formando, a lo largo de los años, un maravilloso encadenamiento de cuevas cubiertas con estalactitas de un rosado transparente.

En el Círculo mahomee, los pájaros volaban de rama en rama posándose en cada una para descansar de su nervioso vuelo. Los de pecho rojo eran codiciados por su carne divina, portadora de energía solar. Tenían por costumbre tirarse en picada desde la rama más alta hasta las flores bajas y cantar al sol. Para protegerse de los humanos, llevaban a cabo esta práctica sólo a la hora más brillante del amanecer. Si el día se presentaba gris o si llovía, permanecían en reconcentrado silencio.

Los mahomee, al igual que sus pájaros, amaban el sol. Se entiende entonces el origen de la práctica de ciertos rituales de esa tribu. Uno de sus ritos consistía en sacrificar siete pájaros cada vez que se producía un nacimiento.

En el caso de ser un varón, todos los hombres, no sólo el padre del recién nacido, los comían vivos para absorber la fuerza y transmitírsela al recién llegado. La sangre derramada de los pájaros era rociada sobre el bebé y su madre, esas pocas gotas que salían de sus cuerpecitos asegurarían felicidad y color en su vida futura. Si la recién nacida era una niña, cazaban siete pajarillos también. La hechicera, la más vieja, la más sabia de la tribu, los cocinaba a fuego lento. Apoyaba a la beba al lado del caldero para que absorbiera los humores de esa sagrada cocción. De esta manera, la tribu se aseguraba que esa niña al crecer siempre tendría comida y la sabiduría para cocinarla. Luego la hechicera la desnudaba y le frotaba todo el cuerpo con la carne cocida, aún tibia. Tras untarla, llevaba a la cría humana con su madre, la apoyaba sobre su cuerpo desnudo y ella, sin tocarla, le daba de mamar hasta que se dormía. La vieja sabia esperaba arrodillada sobre un almohadón de porcelana, a dos palmos de distancia, la envolvía en una seda azul y la retiraba del regazo materno, con cuidado de no despertarla.

Al no tener protección de los pájaros, cada vez nacían menos niños. La tribu se fue extinguiendo lenta y sigilosamente.

La madre, ya sola, esperaba con las piernas juntas, las manos en el pubis, como señal de seducción y resistencia, para que el jefe de la tribu tuviera que ganarla. Él, al entrar, daba dos pasos, luego la miraba en quietud absoluta, hasta comenzar a desnudarse ante ella. Se le acercaba lentamente sin dejar de comerla con la vista y sin hablar. Tenían prohibida, por toda esa noche, la palabra. Con la boca, con la lengua, con las manos, le recorría todo el cuerpo. Se detenía a mamarle lo que quedaba de leche. Ofrecía su sexo para que ella también lo mamara. Debía hacerle el amor sin penetración para cuidarle el canal de la vida y continuar así, lento y constante hasta que ella gritara como lo hacían los pajarillos al morir.

Poco a poco estas pequeñas aves descubrieron que cuanto más alto planearan, más posibilidades tenían de salvar su vida. Así comenzaron a volar como saetas. Para evitar ser cazados y quemados, desarrollaron muchísima velocidad en el vuelo y unos ágiles reflejos en los giros. Sólo de noche eran libres, descansaban en las ramas relajadamente para recuperar fuerzas para el día siguiente.

Los dioses mahomee se enteraron de esta artimaña y nada hicieron. El pueblo comenzó a sufrir cuanta peste anduviera por allí. Al no tener protección de los pájaros, cada vez nacían menos niños. La tribu se fue extinguiendo lenta y sigilosamente. El último sabio escribió la profecía de los dioses:

“los pájaros de pecho rojo
serán condenados a volar por todos los tiempos
sin jamás posarse nuevamente
ni ver la luz del sol”

Cuando el último mahomee murió los pájaros comenzaron a sufrir el vaticinio: el sol los enceguecía. Fueron perdiendo sus hermosos plumajes, su canto fue haciéndose chirrido, sus alas se desarrollaron desproporcionadamente y su cuerpo se volvió negro como la noche. Los primeros tiempos se sintieron muy desamparados, no conocían la oscuridad ni sus habitantes y no comprendían los códigos ni sus trampas. Luego de siglos de recorrida nocturna, amaron la penumbra. Aquello que fue castigo para sus antepasados se transformó en libertad para las nuevas generaciones: vagar sin ser vistos, sin temor a ser cazados, sin riesgo de esposas. Sin pensar.

María José Fra
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