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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Las ideas que Borges mete en la cabeza

martes 26 de mayo de 2020
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Las ideas que Borges mete en la cabeza, por Juan Pablo Goñi Capurro
La cruz está terminada, el fin está cerca.

Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario

Abril lleva tres días sin hablarme. Siete mil millones de personas en el mundo, ella es la única autorizada para hablarme, y no lo hace. Sin celular, sin Internet, sin servicio de balsa para salir de la isla, me tengo que conformar con escuchar los programas obsoletos de la AM. Los locutores no pueden completar una frase sin decir coronavirus. Alternan dos contenidos: los informes dramáticos de los muertos en las calles y los enfermos sin atender en recónditas ciudades del planeta, o arengas patrioteras que hablan de guerra, argentinidad y chauvinismos varios. Ni hablar de la música que pasan, un pastiche indescifrable, un cuadro de Picasso es más digerible que la mezcla absurda que escogen para martirizarnos. Poco duro escuchándola, pero cuando pasan dos horas sin oír una voz humana, vuelvo a encenderla por unos diez minutos. Me canso, la apago, y así.

Entre tanto, Abril se ha vuelto devota. Ha colocado una imagen de la Virgen en la sala, ha puesto velas sobre la mesa ratona y la alfombra que teníamos abajo del escritorio está allí también, para arrodillarse a rezar sin romperse las rodillas contra el piso áspero. Me invitó a acompañarla, hace tres días; fue lo último que dijo antes de su voto de silencio. Silencio que viene con extras, el kit completo digamos. Se cocina sólo para ella y ahora duerme en la habitación de Manuel. Justo el pibe vino a estar en Córdoba cuando nos agarró esto, hubiera sido una compañía. Podría conseguir el permiso pero de nada le sirve sin la balsa, nos miraría desde la orilla con largavistas, nada más.

Abril está golpeando. Clavos. ¿Se le da por el bricolaje, ahora? La cuarentena le trastocó la psiquis.

Doce días llevamos aislados. Me conozco cada centímetro de la isla, les he puesto nombres a los cuatro hormigueros gigantes que descubrí: Dowton Antz, el que está más cerca de la casa, Antz Beach al más próximo al río, de paso me sirve también para nombrar la costa barrosa, Antz Hill al que está en la lomita donde se halla el ombú y Gregory Antz al que hallé entre medio del bosquecito de fresnos. Gregory por Gregorio Samsa, el de Kafka; ya sé que no era una hormiga sino un escarabajo pero igual quise ponerle su nombre, para recordar el único libro que tenemos. Está la Biblia, pero ese es de uso exclusivo de Abril. Cuando no reza, está leyendo la Biblia. Y cuando me descuido, usurpa la radio y sintoniza Radio María; ¡sí!, la única FM que sintoniza el aparato es la religiosa. Ella diría que es una señal. Mejor que está callada, me llega a decir eso y le respondo que es una señal de lo loca que está.

Ahí pasa, rumbo al cobertizo. Ignoro qué hace allí, hace tres días que se encierra por horas con la radio y le pone candado cuando se va. La veo arrastrando un tronco, era ella entonces la que taló un par de arbolitos en el norte de la isla. Yo creía que el ruido de la motosierra a la hora de la siesta provenía de otro lado. Como casi no circulan lanchas, se escucha hasta el pedo que se tira el gordo del islote Huero, a unos dos kilómetros de distancia. Ni me mira. Abril, digo, el gordo no sé, desde acá no puedo ver lo que hace, mi vista no es tan sensible como mi oído, ni siquiera el islote distingo en la masa que hay al sur. Pasado mañana pasa el lanchón de los víveres; el pelado Correa se viene vestido de astronauta, te tira las cosas desde dos metros de distancia. Ni se te ocurra pedir vino que no sea en tetra brick.

Abril está golpeando. Clavos. ¿Se le da por el bricolaje, ahora? La cuarentena le trastocó la psiquis, podría aprovechar para culminar la novela que debe entregar en dos meses, libre de las clases y del tiempo perdido en los traslados hasta la ciudad. Pero no, la señora reza. Quizá la abuela Antonia se ha apoderado de su alma. No la llegué a conocer, pero no había foto en que no estuviera vestida de negro, con mantilla y un rosario en las manos. Abril la quiso mucho, murió cuando ella tenía doce años, justo después de la confirmación. Extraño como nos marcan los hitos religiosos: el bautismo, la comunión, la confirmación. La boda, en nuestro caso. Se la nota entusiasmada con el golpeteo, ojalá consiga hacer lo que está intentando, tal vez se ponga eufórica y me lo cuente. Por las dudas, me voy para la loma, cosa que si le falla no me eche la culpa.

Antz Hill está calmo, la hilera de hormigas estará descansando. ¿Tienen turnos de trabajo las hormigas? Buen tema para investigar, después salgo y publico una tesis sobre la organización del trabajo en los hormigueros. No sé si Dios existe, pero si fue él el creador, lo mejor que hizo fue el ombú. Cuando se vuelven inmensos como este, tienen un sofá incluido en el centro. Daría lo que fuera por tener a mano un libro que no sea La metamorfosis, creo que ya puedo recitarlo sin temor a errar una coma. Maldito hábito de tener la biblioteca en el estudio de la ciudad. ¿Por qué acepté cuando Abril me propuso a última hora venirnos a pasar la cuarentena a la isla? Podría gritarle a los vecinos por el balcón, salir de compras, hablar con el chino… bueno, eso ni con el coronavirus. Sonó tan tentador escucharla hablar del aire libre, del inicio del otoño, de las caminatas, que accedí sin dudarlo. Salimos tan rápido para llegar antes del cierre de servicio de la balsa, que no traje más que algo de ropa y la portátil.

Admito que me gustó la idea de vivir una segunda idea de miel en plena naturaleza, sin testigos. Pero Abril decidió que no. Cuando terminamos de acomodar la casa, poner en funcionamiento el generador, acumular leña para cuando refrescara, decidió convertirse en monja trapense con voto de silencio. Digamos que desde que no me habla, en vez de vivir una luna de miel, vivo una película: la de Tom Hanks, el náufrago que le hablaba a la pelota de básquet. Bueno, lo admito, con algunas comodidades y provisiones que el otro no tenía, pero en la misma soledad, que es lo importante de la película según me explicó Abril —yo dormité bastante cuando la vimos, cabeceé más que un nueve inglés de la vieja escuela.

Me pregunto qué la llevó a declararse muda, de mudez absoluta, sin concesiones. Calculo que el miedo tiene que ver con esa onda religiosa adoptada de golpe, pero el silencio no consigo explicarlo, ¿una promesa a san Expedito? Ayer, por ejemplo, para provocarla, meé sobre la tabla del inodoro; ningún regaño, buscó detergente y un trapo y la limpió. En vez de conseguir que me gritara de todo como hace en casa, conseguí sentirme avergonzado por la chiquilinada cometida. He decidido no repetir esos intentos, voy a buscarla por el lado de la seducción; para hoy tengo planeado cocinar una carne con papas al horno, poner la mesa con velas y, portátil mediante, un poco de música lenta. Será Kenny G., no tengo más opciones cargadas en la máquina. Me pregunto por qué un día se me ocurrió descargar ese disco si yo no soporto mucho más de un tema del saxofonista meloso. El otro disco que tengo cargado es de la banda de un amigo de la secundaria; él mismo lo puso en la máquina una vez que cayó de visita. Punk-metal; hay gente que no madura más. A menos que seas famoso y hagas dinero con eso, no podés tener una banda de punk metal cuando se te vienen los cuarenta.

Lo mejor será tomar unos mates. Hasta en eso cumplimos la prohibición; desde hace tres días, por cierto, antes no había problema en matear juntos.

El ombú no resulta tan cómodo pasadas las dos horas. ¿Qué puedo inspeccionar? Falta tiempo para poner la carne al horno o vamos a cenar de día. Rellenar las horas de inactividad es una tarea extenuante, prefiero estar resolviendo los problemas de los clientes urgidos que recuerdan al último minuto los trámites que debieron efectuar quince días antes. Todos a la vez, a la misma hora, con el mismo margen estrecho puesto como límite por una agencia gubernamental que no entiende que los humanos no podemos procesar veinte solicitudes en simultáneo. Las máquinas se creen que interactúan con otras de su especie, no nos tienen en cuenta.

Estirar brazos y piernas me viene bien. El suelo de la isla es desparejo, no puedo caminar con rapidez. Lo mejor será tomar unos mates. Hasta en eso cumplimos la prohibición; desde hace tres días, por cierto, antes no había problema en matear juntos. Ahora ella me ha cedido el mate de calabaza y utiliza el plástico; eso sí, se quedó el termo, tengo que usar la pava. Me comunicó la decisión de una manera que podría calificar de expeditiva.

La encontré, después de la escena de la invitación al rezo que rechacé, sorbiendo en la cocina. Cuando acabó el mate, estiré la mano para que me diera el siguiente; se apartó y salió, para que pudiera ver que junto a las hornallas estaban el mate, la bombilla con el escudo de Independiente y el tarro con yerba.

La llama es floja, debe quedar poco gas en la garrafa; otro inconveniente de cocinar dos veces y calentar agua dos veces cada vez que tomamos mate u otra infusión. Espero que el pelado traiga garrafas. No recuerdo si queda una en el cuartucho. ¿Cómo se me pasó? He relevado la isla completa y aún no me he internado en el cuartucho. Hasta llamarlo cuartucho es una exageración, es más bien un placar grande abajo de la escalera. Me pregunto si será bueno estudiarlo ahora o si me conviene dejarlo para más adelante. ¿A quién engaño? Algo como ver piezas viejas apiladas es una excursión maravillosa en este mundo detenido, esta copia barata de la película de la marmota.

Polvo en la puerta, no hay; Abril estuvo por aquí. La excursión crece en interés, hay que frotarse las manos, es algo comparable a internarme en una pirámide para descubrir la momia de Tutankamón.

Al abrir no salta polvo, otra seña, Abril se me adelantó; siempre se adelanta, no veo por qué me sorprendo. Hay una garrafa llena, en efecto; buenas noticias. La caja de herramientas está liviana; falta el martillo, claro, lo está usando en el cobertizo. A ver qué más ha llevado. ¡Albricias! No es la caja de herramientas, es la caja de pesca, ¿cómo he olvidado que estaba aquí? Al fin una actividad. Odiosa, pero una alternativa diferente. Jamás me ha gustado pescar, la caja es de Manuel, al pibe lo inició el abuelo. Bueno, quizá sirva para enseñarme a ser paciente. Albricias, dije albricias ahora que lo pienso, ¿desde cuándo uso esas palabras? La caja, afuera entonces; basta encontrar un palo que haga de caña y a pescar. ¿Acaso Wilson no conseguía su alimento? Digo, Tom Hanks, Wilson era la pelota, tan muda como mi esposa.

Sigamos. Un ventilador, no va a hacer falta. El colchón inflable tampoco. Tres reposeras, podría utilizar una mientras se mantenga el clima templado. Eso es, a sacarla con cuidado, no sea cosa que se caigan esas cajas de cartón que vaya a saber qué contienen. Listo, una nueva opción para el recreo. ¡Maldición! Se cayó… un libro, ¡aleluya! tiene el mismo forro que la Biblia que lee mi mujer a toda hora. A ver de qué se trata. Borges. El informe de Brodie. Retiro el aleluya, lo he leído mil veces, es el que tiene “El Evangelio según Marcos”, cuentazo.

Epa, esto está recién leído. A ver dónde ha dejado el señalador mi mujer. En “El Evangelio según Marcos”, mirá vos, no sabía que le gustaba el mismo cuento. Está todo subrayado con lapicera roja. Abril no usa lapiceras rojas, ¿tenemos un fantasma lector en la casa? ¿Dónde vi una lapicera roja? Cierto, en los papeles donde escribimos los pedidos de víveres, la lapicera debió quedar de otra visita. Eso quiere decir que lo ha leído acá. Raro, a mi mujer no le gusta Borges, dice que es pomposo y aburrido, ella es más bien de Paulo Coelho y esas cosas. Libros útiles, los llama. ¿De dónde le ha venido leer a Borges? Del mismo lugar que el amor por la carpintería y por la religión. No, no puede ser. Me estoy enloqueciendo, no, es una analogía forzada, no puede estar sucediendo.

En “El Evangelio según Marcos”, el protagonista queda atrapado en plena inundación con una familia rústica. Encuentra una Biblia y les lee la Biblia; empieza por el evangelio de san Marcos y a ellos les encanta la pasión. Le hacen repetir la historia donde Cristo se crucifica para salvar a la humanidad. El cuento termina cuando lo conducen a una cruz recién levantada. ¿Acaso mi mujer está armando una cruz para clavarme? Todo apunta a eso, va a sacrificarme para salvar a la humanidad. Debo penetrar en ese cobertizo, forzar el candado y ver qué está haciendo. Le resultaría fácil dormirme, tiene cientos de somníferos acopiados en su botiquín, al que también le ha puesto llave —lo comprobé ayer cuando buscaba un Tafirol porque me dolía un poco la cabeza. Le bastaría con disolver unas cápsulas en el agua de la pava o en las botellas de jugo para tenerme a su merced.

¿Cómo hago para resistir? ¡Tiene todas las armas! Martillos, destornilladores, motosierra, hacha, todo está en el cobertizo. El arsenal completo de la biblioteca de películas de terror está en sus manos. ¿Con qué me voy a defender?, ¿con los cuchillos serrucho? Falta la cuchilla grande también. Una escena para un director tétrico onda Wes Craven: ella con la motosierra sonando como en las películas de Leatherface y yo haciéndole frente con el sacacorchos. Mm, da más para Mel Brooks.

Ni siquiera leyó bien el cuento de Borges, el tipo no era uno de ellos, era un extraño venido de afuera, ¡hace veinte años que estamos juntos!

Es de locos, estoy atrapado en una isla con una mujer que planea crucificarme para detener una pandemia, ¡estoy en cuarentena con una loca! ¿Qué puedo usar? Nada, la única defensa que puedo emplear es anticiparme, pescarla en un descuido; necesito disimular el miedo y actuar como siempre, hasta tenerla con la guardia baja.

Tal vez exagero, primero debo comprobar lo que está haciendo. ¿Cómo voy a hacer saltar el candado si ella tiene todos los elementos que se pueden usar? Robarle la llave lo veo difícil, ni siquiera la he visto, seguro la guarda en el corpiño; o abajo. Debe estar por venir a la casa, es la hora de la misa diaria, no trabaja cuando está la misa. Mejor pelo las papas, como si siguiera firme la cena de seducción. Más vale que me tranquilice, si no dejo de temblar me voy a cortar un dedo. Lo dicho, llega. Derecho al oratorio ese, ahí escucho el encendedor, está prendiendo las velas. No creo que la provisión dure toda la cuarentena. Igual, me cago en las velas. Tengo que ir a ver el cobertizo. Meto las cosas en el horno y voy, tengo cuarenta minutos para estar a cubierto. Un poco menos, como no hay gente comulgando, la misa dura menos.

Ni se ha percatado de mi salida. Bien. El candado está firme. Las maderas, no. Si doy la vuelta, puedo desclavar algunas. A ver si desde la ventana… ¡Hija de puta! ¡Hizo una cruz de verdad! ¡Es inmensa! Ah, el pecho. Ah, duele. Me quiere matar, mi esposa me quiere matar, mi esposa enloqueció y me quiere clavar para salvar a la humanidad. Ni siquiera leyó bien el cuento de Borges, el tipo no era uno de ellos, era un extraño venido de afuera, ¡hace veinte años que estamos juntos!, ¡no puede confundirme con Cristo!, ¡no puede hacerme esto! Que no me vea llorando. No traje pañuelo, tengo que entrar mientras sigue concentrada y pasar al baño; si sospecha, estoy listo. La cruz está terminada, el fin está cerca. ¡Mañana es domingo! ¿Y si espera hasta el Viernes Santo? No puedo arriesgarme, no hubiera trabajado tan apurada si pensaba esperar.

Que esté de espaldas, que esté de espaldas, que esté de espaldas. Gracias, santa Rita. Sí, santa Rita, no uso a san Expedito porque a esta altura debe estar en la confabulación. Agua, agua. Me duele el pecho, me va a matar del susto, se va ahorrar el trabajo de dormirme para clavarme a los maderos. ¡Carpintería creí que hacía! Me va a convertir a mí en el carpintero, que no es lo mismo. La carne, importante que salga bien. Las piezas no tienen llave, no puedo encerrarme a dormir. ¿Y si la enveneno? Le pongo el veneno para ratas; a mi porción le pongo ajo, que ella no tolera, para asegurarme. ¡Los venenos están en el cobertizo! Maldita sea, me tiene bien cogido.

La mesa, a poner la mesa. El mantel rojo, único detalle, no tenemos más servilletas que las de papel ni más vasos que estos ordinarios. ¿Cómo consigo dominarla antes que ejecute el plan que tiene en la cabeza? Los dos platos, cubiertos. Ni el dedo me puedo cortar con estos cuchillos, están más gastados que la palabra amor. Necesito dominar los temblores. Podría inflar el colchón ese del cuartucho y largarme al río, usarlo como balsa. No, tiene mucha correntada, se me daría vuelta y me ahogaría. Dicen que la muerte por ahogo es la peor de las muertes. ¿Entrará la crucifixión en la comparación? Podemos ir en paz, la misa ha terminado. El cura puede irse en paz, que no tiene una mujer esperando para asesinarlo al estilo judío año cero. Ahí viene.

—¿Te gusta? Creo que debemos darnos noches especiales, recordar que somos una pareja que se ama.

¿Qué hace?, ¿un sobre de sopa instantánea?, ¿me va a despreciar la cena?

—¿No vas a comer conmigo, Abril?, ¿pensás que te voy a envenenar?

Rio. La espalda se le movió, se rio de mí. Qué más pruebas necesito. Está calentando agua, de verdad va a cenar una de esas sopas de mierda cuando me gasté cocinando y pelando papas.

—Basta, Abril, es mucho. ¿En serio no vas a comer conmigo?

No, se va al cuarto. La radio. Necesito volumen para… ¿para qué?, ¿para cargar un cañón? Decime que hay algo de música, aunque suene chillón. Calamaro; podría ser peor, podría ser reggaetón. ¡No, no podía ser peor! Flaca no me claves tus puñales por la espalda… ¡fuera Calamaro! Uh, esto es viejo, Pagliaro. Que quede. Baño. A ver, sigue encerrada, ¿le pondrá llave a su puerta? La cara no está mal, no parezco una víctima sufriente, puedo engañarla, ella sabe que no la estoy pasando bien con el encierro. Se lo dije antes de la transformación. Ya que estoy, cambio la bolsa con la basura y la junto con la otra. ¿Qué son estos frascos? Frascos vacíos, les sacó las etiquetas. ¡Los tranquilizantes! ¡Me va a dopar! O ya me está dopando de a poco. Voy a despertar colgando de una cruz, con una loca clavándome un palo puntudo en un costado. ¿Dónde disolvió las pastillas? La carne. No, no es carne picada, debí beber pastillas estos tres días, ¿cuánto duraré sin desmayarme?

Ya está, las papas están doradas, a apagar el horno. Ni ganas de comer me quedaron. Por las dudas, a buscar agua a la bomba. No es del todo potable pero prefiero una diarrea de esas que no te dejan levantarte del inodoro, antes de dormirme y ser presa fácil de una maniática. ¿Qué le hizo perder la razón? Y yo, ¿qué hago perdiendo el tiempo con preguntas sin respuestas?; la bomba necesita aceite, está dura. De acá no puedo ver lo que hace, seguro está armando el preparado final para dejarme knock out. Por lo menos no trajo la motosierra a la casa, debe dejarla para un caso extremo, Cristo murió en la cruz, no le serrucharon la cabeza. ¿Había serruchos en esa época? Se ve poco ahora, pero me parece que el agua sale turbia, lo comprobaré adentro.

Si no hubiera encontrado el libro de Borges, esta sería mi última cena.

Ahí sale, ¿qué hace? No me ve, debe pensar que estoy mirando el río. ¿Qué lleva? ¡La pala! ¿De dónde la sacó?, ¿qué miré cuando revisé la casa? No, no revisé la casa, revisé el cuartucho. ¿Para qué mete la pala en el cobertizo? ¡Me va a enterrar! Me va a crucificar y después a enterrarme, nunca me van a encontrar, el pibe ni siquiera se va a poder despedir de mi cuerpo. ¿O se piensa que voy a resucitar del tercer día? ¡Está completamente loca! ¿Por qué tarda tanto, qué está pergeñando? Al fin sale. Vuelve; a esconderme, que no se caiga el agua de la jarra, me quedo sin brazos si tengo que volver a manejar esta maldita bomba. Listo, le doy un minuto y voy a la casa.

Marrón, no puedo tomar esto. No voy a beber y listo, si como despacio y no me atoro, puedo sobrevivir a una noche sin tomar líquido. Porque tiene que ser esta noche, no puedo dejar pasar más. Ahora que veo las cosas mejor, tengo dos opciones, puedo golpearla en la cabeza hasta matarla o ahogarla con la almohada. Las dos tienen el mismo problema, ¿cómo me acerco? ¿Y si saca el martillo de entre las ropas? Va a tener que ser el sartén, puedo vencer a un martillo con el sartén, con la almohada no. Ya que volvió a encerrarse, puedo aprovechar para comer. La carne está buena, tengo que acordarme de masticarla bien. A las papas les falta sal; claro, las hice para ella, que las come así. No, mejor no le pongo, me va a dar sed. Si no hubiera encontrado el libro de Borges, esta sería mi última cena. Papas sosas con carne, sin tomar siquiera agua. No, si no supiera lo que está preparando para mí, estaría tomando vino.

¡El vino! Seguro que puso ahí las pastillas, para potenciar los efectos. Idiota, puedo sacar agua del grifo y pasarla por el purificador. Seguro que no imagina que la he descubierto, debe estar confiada, atenta a los ruidos para saber cuándo me voy a acostar. O cuándo me caigo desmayado por la mezcla de alcohol con narcóticos. Increíble. Tantos años para que esta sea nuestra última noche juntos, sin hablar, cada uno pensando en matar primero al otro. Lo mío es defensa propia, pero lo de ella es locura. Si tuviera la opción de internarla en un siquiátrico, lo haría. Es horrible estar en una encrucijada entre su vida y mi vida. La puerta. Viene a investigar.

—Queda mucho, Abril, está calentito.

Ni siquiera mira la comida, espero haber sonado convincente. Está agachada, lavando el jarro. Es la ocasión que necesitaba. La sartén es pesada, va a funcionar. En la nuca, ya. No la quiero escuchar, más, más, más. Ah, recobrar el aire. Hay sangre. La voy a tener que enterrar. Si es que está muerta. Sí, está muerta, no tiene pulso en el cuello, en el pecho tampoco. Se le cayó el llavero, esa es la del candado. Hasta me da miedo ir a ver lo que tenía preparado para mí. Linterna, tengo linterna. Dios, si la mano no deja de moverse no voy a acertar nunca la llave. Abrió, al fin. No me animo a entrar, no sé si quiero ver lo que me esperaba.

La pala, a mano la dejó; terminó haciéndome un favor. ¿Cuánto deberé cavar? La tierra es blanda, y no tengo otra cosa que hacer, puedo llegar hasta la China si es necesario. Ojo, a moverse con cuidado, me puedo chocar una lanza acá adentro. ¿Por qué cubrió la cruz con ropas viejas?, ¿estaba practicando mis medidas? Y esta cosa horrible, una cabeza de paja parece, ¿hizo un espantapájaros para ensayar?; qué más. ¿Y esto? Semillas, la mesa llena de bolsas de semillas. ¡Qué bien lo pensó! Me iba a enterrar y arriba de mi cadáver iba a plantar una huerta, el disimulo perfecto.

Pobre Abril, si hubiera sospechado que la iba a enloquecer tanto la cuarentena, nunca hubiera venido a esta isla, en Buenos Aires hubiéramos tenido asistencia siquiátrica a mano. Y ella nunca hubiera encontrado el maldito libro de Borges que le llenó la cabeza de ideas locas.

Juan Pablo Goñi Capurro
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