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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Barbijos

miércoles 27 de mayo de 2020
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Barbijos, por María José López Tavani
Es el desierto atravesado, disfrazado de alejamientos y barbijos. La mayoría son blancos. El mío es celeste. Algunos, coloridos, algunos con dibujos.

Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario

El mercado, a tres cuadras. La farmacia, cinco. Mi tabaco sólo con bajar del edificio. Lo usual, los víveres que definirán aún más la torre. Cerveza negra en intento de remediar algo, que no puedo. Sin voluntad marciana. Ocios para enloquecer. Siestas destacables; sin embargo, demasiado cortas. Biblioteca con desafío de leer mi vista en libros que nunca he leído. Y sé por qué.

La calle novedosa, punzante. Es la tarde, es el Sol dando cuarto a la Luna. Es el desierto atravesado, disfrazado de alejamientos y barbijos. La mayoría son blancos. El mío es celeste. Algunos, coloridos, algunos con dibujos. Dicen que los ojos y los dientes irradian. Visiones con jauría de miedo. Así las percibo. Y entonces, así me siento a mí mismo.

Siento. Veo. Una joven con barbijo de estrellas. Añorando a su amado y amador.

Cada barbijo, cada pañuelo conserva su historia. Igual que los árboles. No puedo abrazarlos ya. Camino con el miedo detrás. Camino con el miedo delante. Convertido, con la medicación psiquiátrica, en Zombie Nivel 5, se supone que nada podría sentir o ver. Aun así, siento, veo. No es mío. Contemplo los ojos, el paso. Es abierta la clave. Aquella que desafía cualquier salida de emergencia. Cada mirada la hallo en el centro de mi pecho. Parece hundirse, latir. Soy sin casco, sin carruaje, sin armadura.

Los pocos pasajeros de la tarde son para mi humor de esclavo. El miedo se apaga como una luz que no dará jamás calor. Tristeza de esqueleto blando en una mujer de barbijo negro. También mía su tristeza. Mis ojos grandes en cocción de agua turbulenta. Cada barbijo me otorga su historia. Imágenes para banquete. Devoran o agasajan. Al unísono de las emociones. Un abanico ocultando a la humanidad, que no hemos perdido. Un virus sin carne, al igual que un espíritu que pretende subyugar a su médium.

El corazón de un hombre, con barbijo verde, latiendo sin discreción. Lo recibo mientras veo a una familia, a un secreto que jamás se rendirá. Abanicos con los que no puedo luchar. Siento. Veo. Una joven con barbijo de estrellas. Añorando a su amado y amador. Hondura angustia, pues es abierta hacia un abrazo, un beso. Un anciano sin terror, andando a paso calmo. No recibo imágenes. Me ofrenda la fuerza de cien titanes. Dos policías, intentando arenas movedizas donde dejarse caer. Es el pánico. Ahora es mío mientras una a una los destellos, cumpleaños, casas de jardín noble. Relojes que suben y bajan con sueños de estructura leal.

Aquí y ahora extraño a los nenes, relatos para sacudirse entre juegos. Pantallas para la ternura. Que necesito. Que, quizá, guarde en mi fuente, para recordar que todo se crea, se sostiene y luego, se transforma. Deambulo en este horario. Más temprano, numerosas las máscaras, los barbijos, los pañuelos. Son más fuertes que la discriminación que pueda alcanzar. Lo que me pertenece y lo que no. Emociones y vidas. Siendo un Zombie Nivel 5. En fila, sin agregado alguno más que la tristeza de saberme allanado. Y el grito. El grito es mío.

Cada barbijo conserva su historia. Su esperanza.

María José López Tavani
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