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Boda después de la cuarentena

jueves 28 de mayo de 2020
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Boda después de la cuarentena, por Karlemis Morales
Me asomo a la ventana, sólo escucho aplausos, miles de aplausos, un torrencial de ellos. Y son para nosotros, para el personal de salud.

Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario

En mi trabajo siempre me vi obligada a usar mascarillas, y desde mucho antes para ser precisa; desde estudiante, de hecho. Cuando eres personal de salud hay cosas que son cotidianas y haces parte de ti, pero esta vez todo era distinto: llevar mascarilla no era como lo habitual, era desconcertante para todos, más bien era aterrador. Cualquiera pudiera pensar que estoy exagerando y que después de diez años en el ejercicio de tu profesión pierdes el derecho a impresionarte, a sorprenderte. Pero en realidad esto es tenebroso. Nos estábamos enfrentando a un monstruo, sí, a un ¡horrible monstruo! Y lo peor de todo es que las armas de las cuales disponían los atacantes eran insuficientes e inapropiadas contra él.

Yo suelo llegar temprano a mi trabajo, antes de las 6:00 am, con tanta pulcritud y una bata sanitaria más blanca imposible, y no porque yo lo hiciera, pagaba para eso, pero aun así me hacía feliz.

Entro por las grandes puertas rotuladas con “Emergencia” tratando de mantener la calma, saludando a todos como de costumbre —algo en mí no quería preocuparse—, empezando con el señor Luis, el portero.

Me preocupó cuántas camas teníamos, ya lo sabía pero esta vez se convirtieron en pocas, eran insuficientes.

—Hola, señor Luis, ¿cómo le va? —dije.

—No tan bien como a usted, mi doctora —agregaba. Siempre era lo mismo.

Él llevaba tanto tiempo ahí, más de veinticinco años, esperando su jubilación, dentro de poco; ante esto deseaba que llegara pronto.

Al seguir me percaté más que nunca de cada pasillo, cada cubículo, cada losa en el piso, blancas tirando a gris; todo ahora contaba, todo tan frío, y de pronto el frío se siente más; me preocupó cuántas camas teníamos, ya lo sabía pero esta vez se convirtieron en pocas, eran insuficientes.

Se viene acercando a mí, tan ágil como siempre, María. Ella es una enfermera especialista en terapia intensiva y medicina de emergencia, la mejor de todas, decía yo; es un ángel hecho mujer. Trabaja en nuestro hospital por turnos, tiene dos hijas, una que sería su futura colega y la otra aún es adolescente.

A esa altura yo podía confiar a María hasta mi propia vida, con ella no había mucho de qué preocuparse en el servicio.

Ella cargaba su mascarilla, pero sus ojos reflejaban todo lo que necesitaba decir.

—Doctora —exclamó. Pero le hizo falta repetirlo dos veces más para que la oyera; me encontraba ensimismada, un poco letárgica tal vez.

—Te escucho, María —respondí calmadamente.

—Doctora, de los últimos casos a los que se les hicieron la prueba, diez arrojaron positivos y dos son ancianos, uno diabético y otro con enfermedad pulmonar obstructiva crónica de base, fumador de larga data.

Sentí un escalofrío literal, mis piernas se desvanecieron, pero gracias al cielo estaba sentada.

—Ok, María, prepara el equipo para entubar, tengamos todo listo, en el mejor de los casos puede que lo requieran. Igual hay que prepararse para lo peor y esperar lo mejor.

—Así mismo —afirmó María.

Yo nunca he tenido hijos, me dediqué tanto a estudiar mi carrera, y luego mi especialidad, que se me olvidó anotar eso en mi agenda. Pero María sí, y el señor Luis también, ya hasta se había convertido en abuelo.

Por eso me preguntaba qué pasaría si ellos se enfermaran.

Yo por lo menos no tenía nada que perder, nadie a quien dejar viudo o huérfano. Aun así no haría el esfuerzo siquiera por morir; después de todo, ¿quién quiere morir en manos de un extraño y amenazante virus?

—Hola, señor Daniel, ¿cómo se siente? Soy la doctora Patricia a cargo de su caso.

Me interrumpe.

—Hija, me voy a morir con este cornovirus.

—Coronavirus —le increpo—. No, no diga eso, de ninguna manera. Se ve mejor que yo —digo.

Ya él había dejado de tolerar aire ambiente, se encontraba tosiendo de forma intermitente. Y se notaba la disnea, un tanto leve, diría yo.

—Señor Daniel, debido a su enfermedad de base necesitaremos hacerle unas radiografías y otras pruebas más. Mientras, necesitamos contactar a sus familiares y las personas con quienes tuvo contacto cercano.

—Sí, búsquenlos, no quiero que mueran —decía, repetidas veces.

Hasta que lo seguí escuchando en mi memoria.

Mientras esperaba sus resultados siguen llegando más pacientes, lo cual nos hace correr de allá para acá. No paramos de hacer una y mil cosas. Tratando de organizar el área de aislamientos, pues debido a la premura de la llegada del virus no contábamos con hospitales exclusivos para pacientes infectados, como los había en China. Así que las personas que llegaban tanto con una apendicitis como con una fractura estaban en cierto punto expuestos al área.

A dos de mis compañeros y a mí nos llamaron para grabar un vídeo preventivo, una especie de advertencia para mantener la cuarentena en casa.

A estas alturas te das cuenta de que no es un juego, no es un invento ni un capricho. Es terrible.

Antes de terminar recibo una llamada telefónica. Es María. Contesto:

—Hola, María, dime, ¿qué sucede?

—Doctora, el señor Daniel se complicó —e hizo silencio. Luego agregó—. El doctor Jorge realizó la intubación, pero entró igual en paro respiratorio, acaba de fallecer.

—Oh, María, qué lástima siento. Termino aquí y voy para allá, dame un minuto más.

A estas alturas te das cuenta de que no es un juego, no es un invento ni un capricho. Es terrible.

Entra otra llamada. Esta vez no sé si contestar o dejar que colapse el teléfono de tantas malas noticias.

—Hola, hija, ¿me escuchas?

—Sí, mamá, te escucho —respondo.

—Acabo de ver las noticias, dicen que hay varios muertos en el hospital donde tú estás.

Hago silencio, no sé si afirmar y preocuparla o qué hacer, igual ya lo sabe.

—Estoy bien, mamá, y todo estará bien. Por favor no salgas de casa, si necesitas algo pídelo a domicilio. No quiero que te enfermes.

—Hija y yo no quiero perderte, no por esto… Por favor, Patricia, vente a casa.

—No puedo, sabes que no puedo. Estoy bien. Te amo.

Me doy cuenta de que el señor Daniel pudo ser mi padre, mi hermano, mi tío, o cualquiera, y ya no sólo tenemos nueve casos ni treinta, ya son miles, y en este hospital, el segundo en capacidad, hay trescientos cincuenta y muchos graves, y las salas de cuidados intensivos no dan abasto para más.

Y siento que cada vez que suena mi móvil es para aumentar las cifras.

De este día ya son las 7:00 pm según mi reloj, y me doy cuenta de que olvidé ir a orinar e inhibí todo el día la necesidad de defecar como si mi cuerpo se hubiera detenido.

Ahora me dirijo al cuarto de médicos, sin antes pasar por la sala previa de desinfección; ya esto es como una película de terror, en el camino entra el camillero con un hombre con mal aspecto, se dejaba ver. Éste hace el esfuerzo de tomarme por el brazo. Y dice:

—Ayúdeme, doctora, no me quiero morir.

Se mantiene bien agitado mientras es retirado.

Y yo me detengo. Maritza, una colega, me toca, e intento seguir.

Llego a la habitación, cojo la llave de mi bolsillo. Abro la puerta, me cambio y desinfecto nuevamente, y me acuesto un segundo sobre la cama y justo ahí siento dolor en mi pelvis, mi vejiga como un globo vesical a punto de explotar y mi colon dilatado. Lo recuerdo y ¡oh! Por favor, todo el día sin ir al baño.

Me dirijo al baño, trato de relajarme. Luego me baño, y lloro, lloro tanto y tan fuerte como lo necesitaba, trato de detenerme pero mi mente no quiere parar.

Vuelve a sonar el teléfono, esta vez era la número mil.

Es Maritza.

—Amiga… Amiga… Si estás en la habitación, asómate a la ventana.

La habitación estaba en el tercer piso.

Le respondo muy preocupada:

—Maritza, ¿qué pasa?

Me pregunto si puede ser peor la situación.

Me asomo a la ventana, sólo escucho aplausos, miles de aplausos, un torrencial de ellos. Y son para nosotros, me dice, para el personal de salud.

Esto me llena, me da fuerzas, vuelvo a llorar pero esta vez de emoción, trato de comer algo, reposar un poco antes de volver.

—¡Amiga! —exclama—. ¡Amiga! —repite. Es Maritza tratando de levantarme.

Entre dormida respondo:

—¿Dime? Me he quedado dormida.

Hay personas acudiendo al hospital alegando que hace más de seis meses visitaron Asia, o que su vecino es chino y quieren saber si están contagiados.

—Oh, no, lo siento tanto, amiga. Amiga, necesito de tu ayuda, hay que realizar un procedimiento de inmediato y necesito de tu ayuda.

—No puede ser, esto no nos puede estar pasando, las personas se están contagiando por segundo será…

Maritza es la médico más preocupada que existe. Nunca la vi dormir en una guardia de residente, daría su vida por sus pacientes.

Me incorporo de inmediato. Veo la hora, son las 2:35 am.

Me doy cuenta de que el pánico se ha instalado en muchos. Hay personas acudiendo al hospital alegando que hace más de seis meses visitaron Asia, o que su vecino es chino y quieren saber si están contagiados.

A la mañana siguiente:

Primero, saludos al señor Luis.

Luego me encuentro a la enfermera María.

—Buenos días, María —digo al cruzar la puerta del área de cuidados.

—Buenos días, doctora —responde.

—¿Qué sucede, por qué esa cara de aflicción?

—¿Se fija en el paciente de la cama 15?

Hago un ademán de incertidumbre.

—¡Es mi padre! —me explica.

—¡Oh, no, María!, ¿cómo pudo suceder esto? Estará bien, ya verás —la abrazo fuerte y ella me contiene. En ese punto sabía que no había palabras de consuelo, ni trataría de decirle lo contrario. Ella ya sabía el panorama y lo que se podía esperar.

—Si da positivo, o aún peor, muere, en realidad yo no podría seguir, no podría. Él es mi todo. Además tiene una cardiopatía de base —agrega.

No podía mentirle.

—Déjame verificar su corazón en este momento, hacer pruebas, mientras esperamos los resultados con respecto al virus. Está algo agitado, será mejor que le coloquemos oxígeno lo antes posible.

Al ver a los padres de María automáticamente pienso en los míos, les hice énfasis en mantenerse en casa, pero no se sabe qué puede suceder si llegaran a salir. Mis padres tienen 60 y 64 años, ambos hipertensos, y eso ha sido suficiente para ellos.

No me preocupo tanto por mí en este momento, es el camino que elegí, entiendo que estoy expuesta y en riesgo, pero ellos, ¡ellos no! Son mi vida literalmente, por eso entendí las palabras de mi querida María.

Otra vez sonó el teléfono.

—Hola, mi vida, ¿cómo estás? Estoy preocupado por ti, las noticias son desfavorables con respecto al virus.

Ese mensaje era de Marcelo, mi prometido. Sé que dije que no tenía a quien dejar viudo, y literalmente es así. Llevamos juntos más de un año, y ahora estamos separados por la pandemia, vive prácticamente al otro lado de la ciudad y necesitaba verme tanto como yo a él.

Es un empresario, en industrias químicas. Me ha rogado para casarme con él desde que me conoció. Le dije el 31 de diciembre del año pasado que este año 2020 era prometedor, que nos casaríamos en agosto. Pero ahora sólo nos vemos a través de una videollamada cuando puedo, esos escasos minutos que tengo para respirar, si estamos vivos para ese entonces quizás.

Siguió escribiendo:

—Te extraño —dijo—. Necesito verte, Pati.

—Yo también, Marcelo, esto es tan agobiante en todo sentido.

—¿Puedo ir al hospital a verte?

—No creo que sea buena idea, no quiero que enfermes, moriría si te ocurre algo.

—Ya estoy muriendo —me dijo—, sólo que esta vez quiero que sea por una buena causa.

—¿Cuál? —pregunté.

Me siento tan miserable, tan incapaz porque, después de tanta formación, te das cuenta de que hay cosas que no dicen los libros.

—Verte a ti.

Hubo silencio. Luego respondí:

—Sabes que ni en un millón de años dejaría que hicieras eso.

—Entonces me enfermaré para que tengas que atenderme.

—No juegues conmigo, sabes que no podría vivir con eso.

—Pero yo te vería y eso es suficiente para mí. Además con todo esto he perdido mucho dinero en mi empresa, ya no sé qué puede ser peor. Tener que verte sólo a través de una pantalla duele, esa distancia mata.

—Marcelo, sabes que daría cualquier cosa por cambiar esto, pero no puedo, me siento tan miserable, tan incapaz porque, después de tanta formación, te das cuenta de que hay cosas que no dicen los libros, cosas que no esperabas y que no estabas preparado para enfrentar, que no puedes detener, y te das cuenta de que la vida se te escapa en un suspiro y que realmente eres vulnerable y frágil. Tocan la puerta, debo cortar. ¡Te amo!

—Doctora Patricia, le comunica el doctor Jorge que debe hacer presencia en la sala tres, por favor, dos pacientes en malas condiciones. Y los resultados del paciente familiar de la enfermera María arrojaron positivo.

Esto se veía venir, como le digo a María. Aunque ya a esta altura debió saberlo.

Me dirijo a la habitación donde está el padre de María. Ella está justo a su lado, veo sus ojos de dolor. Creo que contiene sus lágrimas. La saca de la habitación; su padre amerita más cuidados.

Se deja caer en mis brazos, entre sollozos.

—María, tu padre nos necesita, tienes que ser fuerte. Podemos con esto, María.

—No puedo —repite—. ¡No puedo!, esto no me lo esperaba. ¿Acaso no es suficiente con ayudar a tantos y ver morir a muchos? ¿Por qué a mí? ¿Por qué?

Son respuestas que no sabes emitir.

A la mañana siguiente noto que el papá de María luce en condiciones estables.

—La fe mueve montañas, doctora —me dice el enfermero—. María ha estado en vela rogando a Dios por él.

—Es así —afirmo.

Pasan las horas, ya es la 1:45 am de quién sabe qué día de marzo y de la cuarentena. Ya es tarde, pero no había tenido tiempo de escribirle a Marcelo. Ya en esta situación nada es tarde, nada es fuera de tiempo. Quién sabe cuántos nos queda, es mejor no reservar nada para después.

—Hola, mi amor, disculpa la hora. Estoy en el hospital. Justo ahora voy a ducharme. Quería decirte que al pasar esto estaremos juntos otra vez. Y sin importar qué día sea para entonces acepto casarme contigo. No sé si será mañana o dentro de un mes. Pero la vida es tan efímera y los tiempos tan cortos que no hay nada que perder. Hasta más ahora, te amo.

Y después de todo me pregunto por qué reservarnos la felicidad, por qué postergar los deseos. Qué es lo que vamos a esperar. Al estar en un hospital, pero no desde mi caso, sino como paciente, es cuando te das cuenta de lo que hiciste con tu tiempo y de lo que quisieras hacer, pero a veces es tarde…

Mientras, miles están en casa enfrentado sus más grandes miedos, ellos mismos. Encontrándose con su ser perdido.

Seguiré aquí esperando las 8:00 pm.

Karlemis Morales
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