Recibe 2020 con 20% de descuento en corrección de textos y corrección de estilo
Saltar al contenido

Poemas de Ivonne Ponce Naranjo

viernes 29 de mayo de 2020
¡Compártelo en tus redes!
Poemas de Ivonne Ponce Naranjo
Esto no es el fin. / Este desgarre doloroso / Suma agua turbia al charco desbordado / Por la suciedad de la voz y la ceguera infinita.

Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario

Crónica

Perdimos los pies
el día que se prohibieron las mareas
y nos adentramos en la temida cicatriz interior.

Aprendimos a contar en el calendario
para olvidar lo que perdura
y para hacer conciencia
de que hemos sobrevivido.

Esta sacudida ha desvestido
los guijarros nacidos
luego de tantas adoraciones pasadas.

Se dibuja el futuro
A manera de una lejanía regulada que envejecerá.

Hemos tenido que dejar crecer a la hierba
mientras asidos a una curva
buscamos caer al suelo.

Esperamos que florezca un día
donde la muerte,
como algo conocido,
nos permita el rito
y nos deje un llorar compartido.

 

Plegarias mudas

Para hablarte, prepararía mi voz.
A ti no se llega con el sonido desarreglado, con el aliento pobre.
Pero no puedo hablarte, aunque tengo el tono preparado
y más que las palabras, el deseo puesto
como el vestido verde.

Quiero decir algo, aunque no creo que importe
si te lo digo a ti o a la ventana.
Solamente esta necesidad de mostrar que hablo.

¿Te das cuenta?
Cuando dejas de ser importante revelo mi ausencia
con mi voz escrita
y mi diafragma ahogado.

¿Qué es lo importante?
¿El vaso de agua que bebo con furia?
¿El jabón que lava mis manos?
Mi cintura encaja
entre lo que debo y lo que espero,
o mejor dicho,
entre mis deudas y mis anhelos.

Ahora me vuelvo común
como el hambre,
como el lamento incontenible de las ambulancias que no paran.
Y común, sigo deseando…

 

Toque de queda

Pasadas las 14.00
Tú y yo aún sabemos caminar, pero somos ilegales afuera.

Suena una potente alarma
Que me atemoriza
Y a ti te acelera.
Yo acallo el tormento
Con pastel de banana
Y detergente de manzana
Tú no te has enterado
De que la limpieza
Huele a fruta y es urgente.

Los que hacen las galletas de avena
Dicen que el sufrimiento nos hace iguales.
Los aduladores de lo ajeno
Dicen que estamos en el inicio prometido.

Temo decirte
que la industria que me alimenta
Y la legión que me motiva
Son falsas,
como sus declaraciones.

Esto no es el fin.
Este desgarre doloroso
Suma agua turbia al charco desbordado
Por la suciedad de la voz y la ceguera infinita.

Tú y yo corremos desesperados,
pretendemos llegar a la puerta, antes de que se cierre.
Nos rasgamos por dentro para conservar el aire
Y dormir de noche.
Gritamos con la garganta pegada al pecho
Sin darnos cuenta
De que llevamos la desnudez en las entrañas.

 

Verdades

La verdad se presenta en los festivales cancelados
Ataviada con trajes impecables.

La verdad es una teoría que inspira a la biomedicina
Y niega que el eucalipto sea más fuerte que los datos.

Un ejército de defensores de la privación
grita en los balcones a los incautos de las calles.

A muchos se nos ha ocurrido
escribir, pintar, dibujar, cantar y leer.

Las manos que aplauden buscan a sus héroes
En los hospitales, en los mercados
y en el guardia que vigila la entrada.

La verdad asusta a los dichosos y a los miserables.
La verdad es democrática, aunque no la vemos en las urnas
ni en los noticieros.

Millones de rostros y cuerpos se convierten en productos
buscando atención para deshacerse del tiempo que los mata.

Miles de cabezas saltan en las almohadas,
como si una picazón insoportable
estuviese apoderada de ellas.

Diez mil rutinas
Prometen fitness y paz
mientras maquillan las pieles opacas
Y esconden los muslos temblorosos.

La verdad se vende sin patentes
sin salvoconducto
se envasa ligera y quien abre una pantalla
puede beberla.

 

Foto de trinitaria

Conozco esta gran sombrilla de colores.
El conductor del autobús
No quería guardarla en el maletero
la última semana de febrero
cuando fuimos los últimos en embarcar
con rumbo a la playa.

Creía que mi hijo no sabía escribir
pero aquí encima tengo un cartel
con letra imprenta.
Una cartulina que él ha escrito
pidiendo auxilio.

El número de emergencia no se puede descifrar.
Está suspendido en los anuncios de televisión
que no me devuelve los impuestos
ni alivia la temperatura.

Me ahogo dentro de las bolsas gigantes
y los adhesivos que me aprisionan.
No importa ya.
Mis pulmones están helados
Y el parasol ahora me acompaña.

Ya no escucho el mar
ni el grito de la vendedora en la arena.
Dejo de percibir el caos que despierta
mi ocupación del espacio público.

Mi inexistencia incómoda
ha dejado de preocuparme.

 

Ático

Cuando vivir en un desván se convirtió en lujo
alguien empezó a cuestionarse
¿Qué importancia tiene el espacio?
Yo no sabía de esa importancia
y acepté esta cuadrícula extrema
sin ventanas y sin balcón
como válvula de escape.
Consumido por el encargo permanente de hacer algo
en diez lugares distintos. Cada día, todos los días.
Con tanta exterioridad
mi buhardilla de diseño era suficiente para huir
de los tramos incontenibles.

Tengo el cuello paralizado
contemplando la escasa luz que atraviesa mi único contacto con el afuera.
Una claraboya es mi oportunidad para ver el cielo
y arrepentirme de mi aislamiento inoportuno y adelantado.

Soy de los más débiles.
Los que han perdido ese batallón de defensa interna
y se acercan al adiós con rapidez.
Mis paredes coloridas, los libros de pasta dura
y los estantes blancos se han convertido en mi fortaleza.

Fingiré una vez más entrar por la puerta
como si llegases a algún sitio.
Engulliré el último pedazo de queso
Beberé todo el jugo de naranja
Y comeré esa chocolatina de la Bélgica
que espera hace un año.

Luego de estos pequeños placeres,
saldré a la calle forrado de papel y plástico.

Me queda este gran cuarto oscuro
de incienso y café
para acoger lo que quede de mí.

 

Todos juntos

Encarcelados. Moribundos.
La remota esperanza de que la catástrofe
caduque al amanecer.

Aglomerados. Contagiados.
El inútil aviso del informe epidemiológico
en lenguajes extraños.

Temerosos. Sórdidos.
El largo recorrido
Por un olor nuevo
Que no sea el de la muerte.

Engañados. Decepcionados.
El procedimiento no acaba,
incluso cuando no hay quien lo cumpla.

 

Asuntos de clase

Fin de mes con sueldo,
débitos automáticos
para la fibra óptica: ventana al mundo.
y para la tarjeta de crédito: salvadora de alacenas.

Latas azules de galletas agotadas,
licores y cigarrillos no disponibles en la compra en línea.
Leche sin lactosa y de almendras para recetas.
El antojo es un invento de la clase media.

 

Clasificados y titulares

“Memes” gratis para minimizar el miedo.
Intercambio malestar por víveres.
Vendo tacones, compro pijamas.
Tiempo para hornear
¿la canela y la vainilla son sucedáneos?
Camioneros de reparto piden aplausos.
Se busca camarógrafo para trasmitir misa en vivo.
Se pospone insurrección por venta de mascarillas.

 

A domicilio

El hombre transporta su soledad y su resentimiento.
Quisiera quedarse en casa, pero no puede comprar descanso.
Se ha quedado en las calles para complacer tu antojo.

El hombre de la moto lleva envases descartables
en los que brincan las sopas, arroces y aderezos.

El hombre de la moto come lo que alguien rechaza.
Alguien lo graba y un tropel de mensajes hirientes
lo acusan: abusivo, ladrón..
El hambre nos pertenece a todos.

 

Al horno

El humo funciona como sedante, amilana la mirada que lo contempla.
El poder despedir la bruma está en los colores inventados.

La fusión del polvo y el líquido
hacen de las manos una obra de arte
con música suave, prolongada.

La cocina y sus puertas cerradas
albergan esa quietud que se deja saborear con pasas.

Donamos el movimiento inquieto de la pierna derecha
al fuego creador del horno.

La mantequilla derretida nos devuelve los olores del césped verde.
La sagrada unión de la canela, el chocolate y la avena
desborda estas ganas de obviar.
Cuando las galletas doradas yacen en la parrilla
Sabemos que algo de este inmenso hueco
Se remienda con migajitas dulces.

 

Teleproductividad

La singularidad del tiempo es una afrenta para su comercialización.

La reclusión del cuerpo no equivale a un espíritu paralizado
tampoco a una mano hambrienta de escritura
o a unas articulaciones fuertes
que se estiran y contraen sin cesar.

La fracción del movimiento es la ilusión de tocar las aceras,
de saludar con besos.
Mirar por la ventana es como suponer que la risa ocurre
mientras caen lágrimas en el teclado
buscando una carta que no se tipea sola.

El momento de las habilidades y de los grandes ingenios
parece ser la exigencia ruidosa
tras la afirmación de que un tiempo como este
es el ideal para “hacer”.

Las noticias generan el mismo interés
que los consejos que nunca se han pedido,
son como los reproches inútiles
que se lanzan para llenar la habitación.

Aquí, la mandíbula se cierra por las noches
y presiona tanto, que amenaza con destrozar los dientes.
Aquí, no se consigue contar nada sin llorar.
Aquí, el cuerpo está tan perturbado
que sólo puede imaginar lo que hace
y sufrir por lo que no consigue.

No vengan,
no intenten venderme los días
para que yo haga de ellos manualidades y competencias
que no me sirven para pagar la luz.

Aquí no se trabaja,
aquí se duerme, se llora
y se produce ansiedad presencial.

Ivonne Ponce Naranjo
Últimas entradas de Ivonne Ponce Naranjo (ver todo)

¡Compártelo en tus redes!
Recibe 2020 con 20% de descuento en corrección de textos y corrección de estilo