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Leer para la dicha, para la libertad

domingo 13 de octubre de 2019
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Ricardo Martínez-Conde
Martínez-Conde: “El olvidar el ejercicio de la lectura significa, creo, olvidar el interés por el origen como individuos”.

Ricardo Martínez-Conde acaba de ofrecernos de imprenta un libro que considero relevante y, por su contenido e intención, necesario. Un nuevo libro sobre las virtudes que encierra el ejercicio de la lectura y que es una manera de mantener encendidas las luces de la razón y de la imaginación, una manera de entender y cultivar la libertad.

En principio el título resulta muy sugerente, y recoge en esencia lo que es, o pretende ser, la intención de este blog: avivar, potenciar el ánimo por la lectura. Es así que, no en vano (o por razón de ello), el autor ha venido siendo desde el principio uno de nuestros colaboradores regulares más fieles.

Como lector considero que el libro que acaba de aparecer (por cierto, con un esmerado cuidado en su presentación: el papel, los márgenes —siempre necesarios para un buen lector—, el tipo de letra…) es muy original dentro de nuestro panorama literario por diversas razones: porque reúne, como contenido, exclusivamente reseñas literarias (él pretende definirlos como “invitación a la lectura”); porque predomina un tipo de lectura que no es frecuente ver en nuestras reseñas: ensayo, novela europea, el arte y la estética como tema recurrente, como reflexión… La poesía siempre, como la primigenia manifestación expresiva del hombre.

 

“Al calor de la lectura”, de Ricardo Martínez-Conde

¿Cuál es, a grandes rasgos, su contenido? ¿A qué libros alude?

El contenido del libro, en sustancia, lo constituyen reseñas de lectura que he venido publicando —las de este libro concreto— en la prensa escrita. Eso supone atenerse a un espacio definido, no muy amplio, donde se recogen lo que a mí más me ha seducido (y seduce aún o interesa) como temas de lectura. Aquella narrativa próxima al ensayo, a la filosofía como una cultura de actitud, de observación ética y estética, si acaso un tanto marginal o, cuando menos, no bajo el dictado de los cánones académicos, que pudieran resultar más cerrados o definidos. Cultura como curiosidad del hombre que observa y siente y piensa dentro de ese escenario que es el vivir cotidiano. También, desde luego, la poesía: al fin, el arte primigenio en la expresión del hombre como actitud trascendente y como observación estética. Y es cierto lo que usted señala: el contenido del libro ha sido elaborado bajo la intención de “invitación a”, de resaltar el valor del libro, esto es, reparar en aquel discurso que, porque no es lo común, puede aportar una enseñanza más amplia de apertura, de comprensión. En cuanto a la extensión breve, sencillamente se trataba de ceñirse a unas medidas dictadas por la página, por el medio escrito.

 

Hay, pues, en el libro, una intención más o menos expresa de una cierta didáctica.

La lectura es una práctica, creo, en desuso. Por eso merece la pena su defensa y protección. El caso es que ella encierra muchos y variados bienes para nuestro formación, para nuestro desarrollo como individuos críticos, conscientes. El olvidar el ejercicio de la lectura significa, creo, olvidar el interés por el origen como individuos, implica un olvido de la curiosidad a la que nos impelía Platón como enriquecimiento personal; implica olvidar la duda, la pregunta necesaria como seres ontológicos, dotados de un sentido trascendente… Y constituye ese grave olvido, al fin, que sería conocer, sentir por sí propio el sentido y el valor de la libertad: de pensamiento, de acción.

Quien no lee, de algún modo se desmerece como ser humano y desmerece, indirectamente, el entusiasmo, la inteligencia y los valores de cada autor que, en su ejercicio diario, nos ayuda (o pretende ayudarnos, como diría Machado) a ser mejores, más ricos de un modo ético y cívico, y serlo también, por extensión, hacia los demás como promesa, como interlocutor.

 

Alguien ha dicho que el bien y el mal están dentro, no afuera; miremos, pues, hacia adentro.

¿Responde a una serie? ¿Piensa continuar con este tipo de publicaciones?

Le diría que el título genérico de Al calor de la lectura (este libro constituye la tercera entrega de estas características) no es en vano: calor como compañía, incluso como intercambio: calor de enseñanza que aporta el libro, y calor de aceptación y amistad que aporta el lector.

En parte por esa razón, es probable que, si no una serie, sí sea un proyecto a largo plazo donde se recoja la labor que, desde hace más de treinta años y en distintos medios, he ido acumulando con la única pretensión de, en efecto, incitar a la lectura, de hacer caso de aquella invitación que un griego ilustre nos hizo un día: conócete a ti mismo. Es una invitación consciente, filosófica, que considero merece la pena para aprovechar el ejercicio de vivir de un modo más fecundo, abierto y comprensivo. Alguien ha dicho que el bien y el mal están dentro, no afuera; miremos, pues, hacia adentro, a nuestro propio interior o “contenido” a través o con ayuda del libro, de la lectura, antes de desasirnos de la culpa para cargarla en el otro, el que fuere.

Por cierto, a propósito de esta consideración, permítame que le transmita el comentario, en clave de humor (el humor siempre como un alimento necesario), que no hace mucho un viajero en el autobús le hacía a otro. “¿Te imaginas”, decía, “que hoy alguien le diga a un joven: ‘Conócete a ti mismo’? Ahí se funda, como sabes, uno de los nacimientos de la filosofía como pensamiento, como actitud humana; uno de los fundamentos de la cultura occidental. Pues bien, me temo que mirándole entre extrañado y confuso el interpelado podría responderle: ¿Y con eso qué quieres decir? ¡Pues búscalo en Google!”.

En fin, es una diatriba terrible hacia el aparente milagro que supone Internet, claro está, pero como reflejo de una posible realidad me parece muy gráfico. Terriblemente gráfico, y de lo terrible, de la tragedia humana, también sabían los griegos.

El libro recoge reseñas de libros de lo más variado y distinto: desde los Ensayos de Montaigne a El Danubio de Claudio Magris; desde El hermano Jacob de George Eliot a Amor de Toni Morrison; desde Hilos de tiempo de Peter Brook a Café Julián de Powell o los Poemas póstumos de Celan. También se ocupa de obras de Alain de Botton, de Virginia Woolf o de Gil-Albert. Todo ello en una medida breve (repito, es “una invitación a”) y con predominancia, es cierto, de literatura extranjera. La española considero que está muy bien recogida en las reseñas habituales que ofrecen nuestros medios.

Javier Velasco Oliaga
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