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Yoyiana Ahumada Licea
“El confinamiento existe desde hace dos décadas”

viernes 19 de junio de 2020
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Yoyiana Ahumada Licea
Ahumada Licea: “Soy hija de dos exilios”.

La poeta Marina Tsvietáieva escribió un original libro sobre poesía, El poetay el tiempo, y de allí surge este fragmento:

Igualdad del don del alma y la palabra: eso es el poeta. Por eso no hay poetas que no escriban, ni poetas que no sientan. Sientes pero no escribes, no eres poeta (¿dónde está la palabra?); escribes pero no sientes, no eres poeta (¿dónde está el alma?).

Meditarlo basta y sobra para entender por qué se piensa en los misterios de la poesía cuando se tienen noticias sobre Yoyiana Ahumada Licea. Ella es una persona completamente poseída por la necesidad de escribir. Nada puede impedir que escriba todo lo interesante que la vida ponga ante sus ojos. Y siempre lo hace sintiendo en profundidad lo que interpreta, lo que describe, lo que comunica.

Yoyiana es una caraqueña que usa la escritura como instrumento para mejorar la acción, la experiencia, el oficio. Es una mujer que avanza como una tromba y va dejando su marca personal en sus hechuras.

Esta poeta caraqueña inmersa en el teatro ha dirigido y escrito varios espectáculos sobre José Ignacio Cabrujas; la lectura dramatizada de Penélope, de Ida Gramcko; escribe crónicas, es docente universitaria y ciudadana sin reposo. No es una profesora universitaria común y corriente: ella, como otras mujeres de su calibre, es una presencia comprometida con un ideal cada vez más definido y admirable: no permitir el deterioro que amenaza a la ciudad y al ciudadano.

 

Yoyiana trabaja para el espíritu, emprende tareas exigentes para que la ciudad reconozca la importancia regeneradora de la cultura.

En fin: la urbe

Si alguien quiere conocer la historia de Caracas, su nacimiento y su momento actual, puede buscar lo que escribieron sus cronistas: Enrique Bernardo Núñez, Mario Briceño Iragorry, Guillermo Meneses, Guillermo José Schael y Juan Ernesto Montenegro.

Aunque estaría incompleto el panorama si no se conoce la carismática y auténtica escritura que definió a dos inolvidables creadores, únicos en su especie: Arístides Rojas y José Ignacio Cabrujas.

También es perentorio conocer de un modo específico el paisaje humano, los ciudadanos especiales y bien afinados que genera Caracas, porque los tiene y en última instancia son dignos representantes de lo mejor que la ciudad aspira y sueña.

Yoyiana Ahumada Licea es uno de esos ciudadanos que actúan positivamente insertados en el acontecer de la urbe.

Yoyiana trabaja para el espíritu, emprende tareas exigentes para que la ciudad reconozca la importancia regeneradora de la cultura.

Ella quiere que la ciudad vea, porque estando ciega la ciudad renuncia a su fisonomía y a su sentido de la belleza. Que Caracas lea y escuche, porque si no lo hace puede enmudecer y perder su tono de ciudad que da ejemplo.

Ella aspira a que la ciudad no pierda de vista su propio drama histórico y entienda que ser capital de un país no es fácil. Menos en estos tiempos.

 

Con Yoyiana

—¿Qué determinó en tu infancia el camino que seguirías?

—A estas alturas de mi vida creo y siento que hay un destino —no un fatum— que traemos los seres humanos y que, inscrito en nuestra alma, es el verdadero camino a descubrir. No viene dado por añadidura, hay que internarse muy adentro, bajar al averno, una y otra vez, para encontrar la canción de Orfeo, y quizá más que la canción la partitura. Hacer alma es contra natura, decía Carl Gustav Jung. Creo fielmente en ello. Somos hechura de otros, de nuestro árbol genealógico, de nuestra historia política y colectiva, de la cultura. Respondemos durante un largo trecho a un mandato a veces muy lejano a nuestra alma. Encontrar qué es lo que queremos hacer de nuestra vida es un tránsito que lleva trabajo, el de esculpirse uno mismo.

—Tu padre ¿te orientó?

—Padre soltó mi mano cuando apenas comenzaba a dar mi primer paso en la vida. Esa ausencia es una herida, que, aún convertida en cicatriz, siempre deja ese espacio en el que agitas los brazos y encuentras aire. Una plegaria que no tiene respuesta. Un lugar donde buscas su voz, aunque no escribas sobre él. Ese vacío late. Me asalta muchas veces. Se convierte en un manto que lo cubre todo. La orfandad y sus múltiples expresiones, es una de mis obsesiones. Pero es que a este “extrañamiento” que produce la orfandad se une el de mi origen. Soy la única venezolana, nacida en esta tierra, de mi familia que viene por el lado paterno de Chile y por el materno de Cuba.

—Tu madre ¿te ha dado ese ánimo fervoroso?

—Mi infancia estuvo llena del amor de mi madre, quien siendo muy joven quedó viuda sin poder volver a su Cuba natal. Su amor por Venezuela cubrió todos los flancos abiertos de nuestra mínima unidad familiar. Mi imaginario fue bordado y sembrado de palmas y de sinsontes, pero tenía muy claro el sentido de ser tránsfuga, y se cobijó en la belleza de este país extraordinario. Pronto tuvimos una familia elegida, pilar de mi vida. Madre se encargó de cubrir mis sueños con devoción, de criarme libre y feliz, de mantener viva la figura de mi padre, de poblarme los días de unicornios, hadas, personajes fantásticos, junto a la música, la pintura, la historia y la política. En cuanto me descubrió fantasiosa, creativa y soñadora, se afincó en abrirme todas las puertas de la creatividad para llenar mi inquieto espíritu. Comencé a darle forma a la necesidad de movimiento e hice danza desde los ocho años hasta que llegué al teatro y la actuación me tomó. Más tarde vendría la escritura en televisión y el teatro, hasta hoy en día donde conviven en mi espíritu de performance. Mi necesidad expresiva me pide animar todo lo que hago, incluso alterar la naturaleza quieta del poema. Mi afán de aventura me lleva a amar el proceso de aprender y estudiar, a escudriñar el alma humana.

—¿Cuál es tu sueño más preciado en este tiempo?

—Ver a mi país libre. Llegar a ver la reconstrucción de una nación devastada y poner mis dos manos allí. Ver la cosecha de lo que he sembrado. Me haría muy feliz ver a mi hijo elegido con todas las posibilidades de realización y construcción de una vida plena y repleta de oportunidades. Escuchar las suelas de los zapatos de mis alumnos en la Escuela de Idiomas Modernos, resbalando en el suelo del escenario del Aula Magna (siempre pasa, uno resbala el día del acto de graduación). Ese sonido se me parece a la esperanza.

La poesía me permite transitar un camino hacia lo sagrado al que no podría acceder desde otro lugar de la escritura.

—¿Cuándo sentiste que eras poeta?

—Desde que me recuerdo escribo. Llevé un diario hasta hace poco y en esa interrelación aparecen atisbos poéticos. Siempre me pareció que llegar allí a escribir un poema era una cúspide de la creación. Creo que mi primer poema aparece cuando pude hablar de mi padre muerto. En mi pulsión poética habitan voces fundamentales de un momento de la poesía venezolana del siglo XX. En primer lugar, la poeta Cecilia Ortiz, con quien me une un profundo afecto y admiración. No recuerdo por qué extraña razón, después de leer algún texto mío, me ofreció un taller de introducción a la poesía. Ella me fue introduciendo en autores y lecturas que afinaron mi sentido de intuición poética. Mas adelante hice un taller con Edda Armas, poeta y editora, maestra como Cecilia, que te conduce al encuentro con tu voz, a comprender silencios y musicalidades. Y por último, entré en los talleres con otra llama de las letras: Armando Rojas Guardia, un rayo de hondura y belleza de la creación y el pensamiento venezolanos. En mi autorreconocimiento como poeta jugaron un papel fundamental los jammings poéticos que organizaban las poetas Jacqueline Goldberg, Kira Kariakin y Keyla Vall de la Ville en el Ateneo de Caracas. Una experiencia de poesía en comunión inolvidable.

—¿Cómo te ha ayudado la poesía?

—La poesía me permite transitar un camino hacia lo sagrado al que no podría acceder desde otro lugar de la escritura. Me contiene. Depura lo superfluo y me invita a que, como dice el maestro Rafael Cadenas, “cada palabra lleve lo que dice”. Yo me postro ante la poesía y su estruendo de río. Sólo en el poema logro fundirme con la totalidad.

—¿Qué parte de la vida no puedes explicar?, ¿qué se te escapa?

—Hay tantas. Soy un ser sumamente racional. Soy doble aire: en mi signo solar y ascendente. Todo pasa por la máquina de mi cerebro y a veces ese permanente análisis atenta contra la fluidez y el milagro. Y a la vez soy un océano de latidos. Un ser muy poroso al entorno y a los otros. Se me escapa cómo no traicionar mi vulnerabilidad amarrando a la amazona que me habita. Se me escapa comprender el apego del hombre por el poder. Se me escapa que muchas veces no basta el amor, se me escapa y busco revelarlo en todo lo que hago, en procurar descubrir el sentido sagrado de la vida; vivirla como una experiencia espiritual, se me escapa que los seres humanos no sepamos ser agradecidos y estar verdaderamente vivos. Me abisma el resentimiento y me horroriza la imposibilidad de justicia, todas las formas de violencia, la indefensión de cantidad de seres humanos vulnerables a situaciones de extrema precariedad y ver al ser humano en situación de vasallaje y servilismo.

—¿Cuál es tu gran pasión?

—Crear. En todos los órdenes. Ahora mismo esta entrevista me provoca imágenes. Me invita a responder con fragmentos de poemas, con personajes. Bailar, romper lo estático como dijo la maestra Sonia Sanoja. El teatro es un espacio de comunión y de apasionamiento para mí. Enseñar, adoro la docencia. Adoro ir llevando al alumno a que elabore su reflexión, a descubrir sus dones, a convertirse en embajador de su idioma. Ser partera en los procesos de revelación del otro, eso me produce emoción, eso sucede en el teatro. Nos revelamos para ser en el otro. Mis pasiones se concatenan y se hacen una. Definitivamente. Mi gran pasión es traer a manifestación. Ejercer la poiesis en todo acto de mi vida. También me apasiona sentir que algunos de mis trabajos tienen un sentido social, de ayuda a los otros, de denuncia.

—¿Estás muy cerca de ti o te mueves como si estuvieras en un lugar que no te corresponde?

—Es una pregunta magnífica. Que me produce temblor. Me ha costado acercarme. Siempre que me atisbaba salía huyendo de mí. El teatro me permitía esconderme, y a la vez exorcizar grandes sombras y demonios. La escritura al principio se me presentó hermética. Y de pronto todo ha empezado a encajar. Estoy cerca de allegarme.

—¿Qué haces?

—Escribo. Soy redactora freelance en algunos portales. Doy clases en la Universidad Central de Venezuela en la Escuela de Idiomas Modernos en las cátedras de Lengua Española I y II desde hace un año. Hago parte del equipo del programa de radio Librería Sónica en RCR 750 AM, formo parte de la Asociación Venezolana de Crítica Teatral y del Círculo de Escritores de Venezuela.

—¿Hacia dónde conduces tu poesía?

—Ella me lleva a mí. Me sorprende escribiendo sobre el mal, otras veces los temas son la familia y los ausentes; otras el país. Una constante quizá: la mujer y el desamor. Han dicho otros que hay un juego de tiempos, música y movimientos en una estructura teatral. No por casualidad mi primera pieza escrita y montada cabalga un género al que llamé poedrama.

Ejerzo la esperanza activa, la saco de la caja de Pandora y la pongo a bailar.

—¿Cómo ha cambiado dentro de ti la ciudadanía, en un país que ha cambiado tanto?

—Si te refieres a la pertenencia a la ciudad, procuro que la relación de amor-odio tenga más de amor que de odio. Caracas me apasiona, procuro quererla y darle lo mejor de mí: arte y reflexión, participo en organizaciones vecinales. La ciudadanía es un valor importante. Fui formada políticamente, como habitante de la polis. Con relación a hacer manifiesto mi sentido de la justicia, mi indignación frente al autoritarismo, la corrupción, la mentira y la neolengua, el repudio a la vesania, la crueldad, la sociopatía y la perversión del poder que rige los destinos de mi país, no he bajado los brazos. Soy ciudadana, demócrata cabal y no renuncio a ello. Hemos luchado una y otra vez. En estos días hacíamos un recuento de nuestra vida en la calle durante estos veintiún años. Hay tanto dolor aún no manifiesto. Ha sido feroz esta lucha, en el camino han quedado muchos, estamos exhaustos.

—¿Cómo se ejerce la ciudadanía?

—La ciudadanía se ejerce haciéndose presente en acciones de solidaridad, asociándose a organizaciones que procuran apoyar a otros, desde el alimento hasta los derechos y la defensa, desde la solidaridad y los lazos, la discusión acerca de mejorar los mecanismos de participación. Soy activa. Ejerzo la esperanza activa, la saco de la caja de Pandora y la pongo a bailar. Como profesora universitaria en mis cátedras de Lengua Española pretendo convertir a los alumnos en embajadores del idioma, eso es un gesto de construcción de ciudadanía. Como comunicadora, también orquesto mi dimensión ciudadana. Cuando en Librería Sónica tenemos un invitado escritor, o investigador, un poeta, un ensayista, un editor, y enarbolamos la lengua de Cervantes, su obra, una publicación, un conocimiento, el idioma aletea y le saca la lengua al nepotismo, cuyo primer gesto de destrucción es simbólico. Defender la lengua es un acto ético y civilizatorio, político.

—¿Se ha dispersado la familia?

—Yo soy hija de dos exilios. Mis padres extranjeros eligieron este país para hacer obra y vida en y desde la Universidad Central de Venezuela. Mi familia elegida, la venezolana, aún está aquí, parte de ellos en un trance de vida muy duro en el interior: los constantes apagones, la falta de agua, gas, una nula calidad de vida. Mi otro grupo de la tribu del corazón, mis amigos, unos no están aquí, otros sí. Mi familia inmediata son mi madre y un precioso muchacho de quince años que la vida me puso en el camino para darme un sentido de trascendencia extraño, y mis dos gatos. Siendo el animal de raro pelaje que soy, la extrañeza se me hace conocida. Tengo afectos entrañables que me atan al país. La familia teatral se hace lazo y abrazo, la familia de los poetas ha sido un cálido puerto de llegada.

—¿Qué te ha hecho sentir la cuarentena?

—Yo me sentía desesperada y exhausta por el vértigo en el que he vivido desde hace mucho ya. Una sensación de estar en muchos lugares, pero no presente. De vivir como un saltamontes sin la alegría de este precioso insecto. Triste y frustrada. Hacía y hacía cosas, mis clases, mis trabajos, recitales, performances, pero eran celajes de mí. No sabía a ciencia cierta dónde estaba yo. Era correr contra el tiempo. Atropellar la vida.

—La sobrevivencia es como un ritmo difícil de bailar…

—Las condiciones de catástrofe civilizatoria en las que se vive en Venezuela acentúan esa sensación de anomia. Recuerdo que una de las veces que fui a La Habana escuché a los cubanos una y otra vez viviendo en función de “resolver”. Me dije: “La vida aquí se conjuga en el verbo resolver”. Y resolver no es vivir. Aquí estamos en lo mismo: se hace necesario vivir en función de la llegada de la hora en que te ponen el agua —quienes somos bendecidos por la presencia del vital líquido; hay gente que no ve agua desde hace más de tres años—, resolver las medicinas, la comida…. Ese sin vivir te va produciendo una sensación de inexistencia, de la imposibilidad de estar presente en tu propia vida.

—Te crea una especie de impotencia…

—Cuando hice un recorrido por Italia en 2014 y por fin conocí el Estado del Vaticano y sobre todo la Capilla Sixtina, mi sensación de frustración no pudo ser teñida por el añil de Miguel Ángel. Una cantidad de turistas me arrinconó en un espacio donde, fugazmente, la visión de tamaña obra de arte me dejó con una inmensa sensación de tristeza y desolación. Había soñado tantas veces con estar allí y estando no tuve el tempo para que mi alma conectara con la obra maestra. Un tropel de gente me llevó por delante y cuando ya habían consumido el espectáculo, decidí echarme en el suelo para verla, ahora sí, en santa paz y trance. Emulaba la anécdota de mi madre cuando esperaba por mi llegada al mundo, y en su visita pudo tumbarse y deleitarse boca arriba con cada uno de los personajes del mosaico. Un carabinero acabó con mi ensoñación y me invitó a abandonar el recinto. La cuarentena me permitió descubrir que durante mucho tiempo había sido huésped de mi propio lar. La casa me invitaba a marcharme, no me sentía acogida. Sus espacios recargados me atormentaban sin yo saberlo. Eran recintos vacíos medio muertos que se llenaron de vida.

Me levanto sobre los escombros y me empeño en revelar belleza y un buen hacer en medio del horror.

—¿Qué has sacado como conclusión de esa experiencia?

—Recién ahora comienzo a sentir que mi casa soy yo. Que mis espacios se parecen a mis rincones y que nos comprendemos y necesitamos habitarnos. La cocina, el pequeño espacio verde, mis nuevos lugares que he podido construir porque la prisa se quedó en el olvido. Escuchando a Fernando Savater en un ciclo de charlas de la BBC, también confirmo que en este encierro el sentimiento de gratitud por mi casa se incrementó. Basta ver el gesto del aplauso que implementaron los ciudadanos para animar la entrega, el compromiso, el valor del personal médico y sanitario en Europa. Los regalos de los artistas en todos los órdenes: los miles de conciertos de las grandes orquestas del mundo, la ofrenda de los museos, el sector cinematográfico; la iniciativa de bailarines, de usuarios de redes, la cesión de los derechos de autor de los libros liberados durante la cuarentena, entre tantas muestras de belleza y esplendor del espíritu y la generosidad humanos. La virtualidad transformada en la plataforma de comunicación de acción de lo humano, en gesto de hermandad y de unidad. Esa resignificación de lo inmediato, de lo cercano, del gesto de mirar al otro, de atenderlo a riesgo de la propia vida, de ofrecer apoyo, de contar las historias sin saber quién está del otro lado de la pantalla, habría sido imposible sin esta pausa. Obviamente hablo desde la defensa de los jardines más íntimos. Asomarme a la ventana y ver a mis compatriotas desesperados desafiando al virus para tratar de llevar un plato de comida a la casa me duele, me hiere. Escuchar los gritos de un hombre en la calle de abajo clamando por algo para comer, el deterioro de lo que está afuera del encierro, es estremecedor. No hay perdón para tanto daño.

—¿Cómo vives este tiempo?

—Existencialmente en esta contención y en esta prisión llamada Venezuela, vivo mis días como si cada uno fuera el último. Es liberador. Es un reto ontológico, es desconcertante y a la vez modesto. Es la gratitud del plato en la mesa, de un nuevo día sano, de una mano abierta para sostener al otro. Es rendirse ante lo inefable. Aceptar que estás en un gigantesco cerco. Que el confinamiento existe desde hace dos décadas y que debes trabajar arduamente por continuar siendo libre. De no aceptar la tiranía dentro de ti. Porque la cuarentena en este país es un relato de incongruencias, de estadísticas que no se ven, de enfermos que se tragan los hospitales centinelas, de infectados que no tienen síntomas y del virus campeando quién sabe por cuáles rincones donde no hay tapabocas, ni guantes, ni distanciamiento social. Donde no llega el agua, donde la luz es un acontecimiento, no hay gas, ni mucho menos condiciones mínimas. Entonces me sé rehén, pero a la vez un ser libre dentro de su corazón, su alma y su intelecto. Me levanto sobre los escombros y me empeño en revelar belleza y un buen hacer en medio del horror.

José Pulido

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