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Alfredo Padrón
El venezolano que retrató la Rumania comunista

domingo 30 de agosto de 2020
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Alfredo Padrón
Alfredo Padrón: “La fotografía es una botella de oxígeno que me rescató de una época confusa de mi vida en la que no sabía qué hacer y le dio sentido a mi existencia”.

Literalmente, cualquier persona puede pasar todo el día mirando una fotografía de las que realiza Alfredo Padrón. Sus ojos y su sensibilidad lo llevaron a eso, a lograr unas fotografías que resultan hipnóticas, vehementes, y a veces enigmáticas. Sus atmósferas dan la sensación de que lo retratado se ha ido a otra dimensión. Es un arte de visiones emocionantes: no ha estado solo el espíritu que ha mirado a través de la cámara.

Los Padrón le han dado a Venezuela mucha creación artística y los Buonaffina también. Alfredo Padrón Buonaffina es uno de ellos.

Se crio en haciendas familiares donde fabricaban ron, azúcar y papelón. En esa enorme familia unos hijos eran escogidos para estudiar y otros para trabajar en las haciendas. Su padre, Armando Padrón, figuró entre los que debían trabajar, pero se dedicó en sus tiempos libres a leer fervorosamente hasta reunir una gran biblioteca. Bajo el influjo de esos libros, Alfredo también se convirtió en un lector persistente: la biblioteca estaba en su habitación.

Julián, Rafael y Carlos fueron los Padrón que la familia envió a la universidad. Se graduaron y destacaron en sus profesiones. Julián figura entre los novelistas venezolanos importantes. Fue uno de los primeros presidentes de la Asociación de Escritores de Venezuela, muy amigo de Arturo Uslar Pietri.

Alfredo explica:

—Julián es el padre de mi primo Antonio Padrón Toro, investigador de la historia de la fotografía en Venezuela. El tío Rafael es el padre de mi primo Leonardo Padrón, poeta y escritor de éxito en la radio y la televisión venezolanas.

—¿Tu familia materna era de Italia?

—Mi madre Elba, oriunda del mismo entorno rural que mi padre, fue desde muy joven maestra y alfabetizadora y una mujer de gran temple para enfrentar las adversidades y salir airosa. Aún vive, a la edad de 98 años. Su bisabuelo, Michele Buonaffina, llegó de Italia procedente de un pueblito del sur llamado Casalbuono, donde quedan las ruinas de un castillo familiar, Il Castello Buonafina (el apellido adquirió su segunda efe en algún registro del oriente venezolano). El castillo espera por algún familiar que quiera reclamarlo y pagar la fortuna en impuestos, que arrastra después de tantos años de abandono. Doris Buonaffina, mejor conocida por su nombre artístico, Doris Wells, es prima hermana de mi madre. El tío Ramón fue fundador y secretario de la Universidad de Oriente (UDO); el tío Hugo, el primer fotógrafo de la familia, es ingeniero civil y constructor de importantes obras viales y aeroportuarias en el estado Nueva Esparta, y el tío Gustavo es el gran introductor de la cultura del café en la zona de Caripe, en el estado Monagas.

 

Rumania de mis sueños, fotografías de Alfredo Padrón
En 1977, Alfredo Padrón saltó desde Cumaná, en el oriente venezolano, a la Rumania comunista para estudiar fotografía.

De Cumaná a Rumania

Alfredo Padrón es cineasta y fotógrafo. Fue director de fotografía en varios capítulos de la recordada serie Expedición que transmitía la desaparecida —expropiada— Radio Caracas Televisión.

Ha sido retratista de artistas del mundo del entretenimiento y especialista en técnicas fotográficas de investigación para restauración de obras de arte y monumentos públicos.

Alfredo Padrón es uno de los fotógrafos venezolanos más destacados. Su estilo es de una calidad que puede figurar al lado de los grandes fotógrafos.

La poética Cumaná siempre parece inspirar saltos universales. Alfredo Padrón saltó desde esa provincia oriental venezolana a la Rumania comunista para estudiar fotografía. Eso ocurrió en 1977. Nicolae Ceauşescu gobernaba desde hacía veintinueve años.

Alfredo Padrón es uno de los fotógrafos venezolanos más destacados. Su estilo es de una calidad que puede figurar al lado de los grandes fotógrafos. Sin embargo, Alfredo actúa como un solitario. Como un artista carismático un tanto marginal.

Cierto día escribió sobre la ilusión de ser entrevistado alguna vez por Milagros Socorro, a quien admira (¿quién no sueña algo así?). En cuanto a ser entrevistado por su primo Leonardo Padrón, el de Los imposibles, ha dicho, a manera de chiste: “A Leo le bastaría con levantar el teléfono y llamarme sin que medie ningún esfuerzo de producción para encontrarme, por lo tanto, no soy un imposible, con lo cual quedo automáticamente excluido de su target”.

Este diálogo de hoy viene a ser una antesala merecida para que sus sueños se materialicen y un día cualquiera el teléfono le diga, con divina voz: “Hola, Alfredo: te llamo para proponerte una entrevista…”.

 

Iniciando el diálogo

—¿Cuándo comenzaste a sentir pasión por la imagen fotográfica?

—En la casa de mis abuelos maternos, en Cumaná, había negativos fotográficos, producto de una afición un poco desordenada de mi tío Hugo Buonaffina, quien hacía fotografías de buena calidad; con el tiempo mi hermano Alejandro, a quien reconozco una gran influencia y orientación hacia mi vocación, rescató esos negativos y en complicidad con la familia le hicimos una exposición de sorpresa al tío Hugo en el Colegio de Ingenieros de Nueva Esparta, para la celebración de sus sesenta años. Mi hermano César se entusiasmó por un tiempo con la fotografía y puso una ampliadora en el depósito de los trastos de mi casa en Cumaná.

—En alguna parte leí que comenzaste haciendo cine…

—A raíz de la fundación del cine club universitario en la UDO, que David Suárez logró con el apoyo de Rodolfo Izaguirre, comenzamos a ver películas y a organizar cineforos, lo que coincidió con la llegada, al Centro de Tecnología Educativa, de un personaje alucinado y fuera de lo común proveniente de Maracaibo, Ezequiel García Bríñez, quien dictó un curso introductorio de cinematografía. Para la época, mi hermano Alejandro era miembro activo de ACA y Venca, dos organizaciones de cine amateur, y había participado en concursos y obtenido premios. En su casa de La Pedregosa, en Mérida, inoculó en mí el virus del cine. Ahí en La Pedregosa conocí a unos amigos que hoy seguimos queriendo y apreciando: los hermanos Szinetar Gabaldón, entre ellos a Vasco, quien había estado en la escuela de cine de Lodz, en Polonia, y también en Inglaterra. Alejandro me facilitó los recursos para comprar una Super 8, una Bauer, con la cual rodé ese primer corto que determinó, en última instancia, mi decisión de estudiar cine, pero con la firme convicción de que la parte del cine que me interesaba era la dirección de fotografía.

—¿Recuerdas tu primera cámara? ¿Era réflex?

—Por supuesto, la adquirí con el apoyo de mi padre, quien a regañadientes había aceptado mi decisión de viajar a Rumania a estudiar cine, y la compré en Foto Cine Tamar, en la avenida Bermúdez de Cumaná, la famosa calle larga en la que se batieron a tiros los invasores del Falke con las fuerzas gomecistas que los esperaban para masacrarlos. Era una Pentax réflex KX de cuerpo negro. Réflex, para los que no lo saben, es que se ve por el visor lo mismo que obtendremos como imagen. Con el tiempo entendí que lo importante no es la cámara, sino el ojo; la educación visual, la cultura general, las lecturas de los clásicos y los nuevos autores, la poesía y los viajes, visitar los museos, ver la obra de grandes autores de fotografía y estudiarlos, ir al cine, todo eso y no la cámara es lo que puede marcar la diferencia entre una obra interesante y una mediocre, aunque la cámara es sin duda un elemento importante para lograrlo.

En la Rumania de Ceauşescu un extranjero era considerado como un potencial espía de los enemigos reales o ficticios que se inventa siempre el comunismo; un extranjero con una cámara era doblemente peligroso.

—¿Tu padre quería que estudiaras una carrera o que te quedaras en la hacienda?

—Mi padre no estaba cómodo con mi decisión, porque avizoraba para mí un futuro como ingeniero petrolero. Fui feliz, cuando, persuadido por insistencia de mi hermano Alejandro y en su compañía, acudió a mi encuentro en el Festival Internacional de Cine de Cortometraje de Lille, en Pas de Calais, en Francia, a ver mi película La muñeca ahorcada, que había sido seleccionada por Atahualpa Lichy, director del festival, en su visita a nuestra escuela en Bucarest. Cuando vio mi nombre a todo tamaño en una pantalla de cine, con público en la sala, se emocionó hasta las lágrimas y me invitó luego a cenar para decirme que nunca se imaginó que lo de estudiar para cineasta fuera algo tan serio, y que de ahí en adelante contaría con su apoyo sin restricciones.

—¿La primera fotografía que te impresionó?

—La primera fotografía de la historia, hecha por Joseph Nicéphore Niépce, a través de su ventana, luego de haber resuelto el problema de cómo fijar la imagen sin que se ennegreciera progresivamente hasta desaparecer. Hay algo de rito iniciático en la rudeza de aquellos contrastes violentos, como de descubrimiento del origen del mundo.

—El libro de Rumania, ¿cómo fue el proceso?

—Te agradezco mucho que lo consideres desde ya como un libro; la palabra es poderosa y antes de concretar cualquier proyecto, primero hay que soñarlo y luego hay que pronunciarlo; tú lo haces ahora y de esta manera lo decretas. Las fotografías, como diré en un texto del libro cuando se haga realidad, han formado parte de mi equipaje, en las múltiples mudanzas de país, de ciudad y de urbanización que me he visto forzado a realizar en los últimos cuarenta años. Primero fue tomarlas, lo cual no resultó nada fácil. En la Rumania de Ceauşescu un extranjero era considerado como un potencial espía de los enemigos reales o ficticios que se inventa siempre el comunismo; un extranjero con una cámara era doblemente peligroso. Con frecuencia la policía, la temible militia, te detenía, te interrogaba, te pedía identificación y en el proceso te hacía perder una cantidad de tiempo apreciable.

—¿Qué te atraía en ese ambiente?

—Fotografiaba, asombrado, todo aquello que me era ajeno y que quería guardar en mis archivos. La gente vestía diferente por razones climáticas, las calles eran distintas y también lo era la arquitectura. Los automóviles eran de escasos modelos y en algunos casos pesados y poco aerodinámicos, sobre todo los de fabricación soviética, aunque había el ensamblaje de automóviles Renault, fabricados en el país bajo licencia, así como el clásico Trabant de fabricación alemana oriental, que sonaba como cafetera. En la Rumania de entonces hasta para comprar leche había que hacer largas colas, no porque hubiese escasez del producto, sino por la mala gestión de una economía centralizada. Todo esto, o casi todo, trataba de registrarlo, sólo con la intención de mostrárselo a mi gente después. No tenía entonces plena conciencia de que estaba registrando un valioso documento sobre un universo que habría de desaparecer tal como lo estaba conociendo en aquel momento y que poca gente se atrevía a fotografiar, por temor a represalias.

—¿Qué pasó después?

—Luego los negativos comenzaron a reposar en mis archivos y a tomar distancia del lugar y momentos históricos; de vez en cuando los revisaba, hacía una que otra copia y volvían a someterse a la criba del tiempo. Hasta que tuve acceso por primera vez a un escáner de negativos, por la generosidad de un maestro y amigo, quien me enseñó además a revelar mi primera copia fotográfica en blanco y negro, antes incluso de viajar a Rumania; me refiero a Vasco Szinetar. Con el escáner en mi poder comencé, con calma y paciencia, a poner en orden mi archivo de Rumania, entonces publiqué algunas imágenes en la red, hasta que recibí la invitación de Andrei Birsan, quien me escribió por Facebook, interesado en mi material, para que subiera mis fotos en una página de su creación, que formaba parte de una organización que presidía, la Asociación Civil Bucurestiul Meu Drag (Mi Bucarest Querido). El señor Birsan reconocía la existencia de un cuerpo de trabajo consistente en calidad y de gran valor documental para la memoria de la ciudad. Subí algunas fotos elegidas a la página y al poco tiempo fui invitado a participar como huésped de honor en la exposición “Bucarest en blanco y negro”, donde varias de mis imágenes tuvieron un sitial de honor en la muestra.

—Se interesaron en Rumania por esas fotografías…

—Dicen que nadie es profeta en su tierra. Varios medios digitales de Bucarest me entrevistaron y mi trabajo comenzó a tener un reconocimiento que me dio otra perspectiva de lo que había hecho. A principios de este año, la pandemia nos agarró a todos fuera de base y pronto nos vimos confinados en nuestras casas en contra de nuestra voluntad. Contrario a lo que podría pensarse, el confinamiento me brindó una oportunidad impensable para la creación, como ha sucedido con miles de artistas alrededor del mundo.

Todo cuanto hago se resume en la poesía contenida en la luz expresada en mis obras.

—Pudiste concentrarte…

—Desempolvé mis archivos digitales y me di a la tarea de revisarlos con un criterio editorial, seleccionar, clasificar, poner a dialogar las imágenes entre ellas, diseñar, maquetar, hasta llegar al resultado que has visto. Mi esposa Dalila y mi hija Valeria, que fueron testigos de esta última parte del proceso, me dijeron que lo hice con sorprendente rapidez. Les respondí: “No es así: es un trabajo que inicié hace más de cuarenta años”. Si alguien me pide cuantificar el tiempo que invertí para realizar el libro, esa es la respuesta: 42 años y lo que falta hasta que sea una realidad impresa en manos de un lector.

—¿Cuál es la cualidad mínima que le exiges a una imagen?

—Que te conmueva, que te desafíe, que te arranque una sonrisa o una reflexión, que te mueva a la duda o que, en última instancia, en ausencia de todo lo anterior, te sumerja en el goce contemplativo de la belleza.

—Para ser más que excelente, increíble, ¿qué crees que te exigiría la imagen como fotógrafo, si pudiera hablarte?

—Me diría, ten humildad, soy sólo una parte de algo mayor que no eres capaz de abarcar en su totalidad, puesto que no soy la verdad, tampoco tu foto lo será; haz tu parte en silencio y confórmate con emitir la más intrascendente de las opiniones.

—¿Te gusta más la figura que el entorno?

—Te responderé con mi declaración de artista: “Me inspiran la gente y la naturaleza; el retrato y el paisaje son pilares de mi trabajo. La fotografía de pinturas y monumentos públicos ha sido una manera de respirar el gran arte y la gran arquitectura. Mi tendencia fotográfica es clásica, pero me agrada experimentar con nuevas técnicas. Busco instintivamente la belleza. Todo cuanto hago se resume en la poesía contenida en la luz expresada en mis obras. Me apasiona enseñar lo que sé y seguir aprendiendo mientras lo hago”.

—¿En qué aspecto de la imagen enfatizas la complejidad? ¿Qué deseas destacar?

—Mi elección es la más compleja de todas; yo opto por la simplicidad, que es, en mi experiencia, una de las cosas más difíciles de conseguir en el arte. Es muy fácil complicarlo todo y construir un universo de símbolos inextricables susceptibles de comprensión sólo para iniciados. Lo que deseo destacar es la IDEA, en lo posible ligada en forma indisoluble a la belleza. Respeto a quienes eligen la estética de lo feo como rectora de su universo creativo, pero no es lo mío.

—¿Qué es en realidad para ti la fotografía?

—La fotografía es una botella de oxígeno que me rescató de una época confusa de mi vida en la que no sabía qué hacer y le dio sentido a mi existencia. Es una forma de vida con la cual no he sido todo lo consecuente que me hubiese gustado ser, en el sentido de lo que afirmaba Armando Rojas Guardia respecto a la forma de vivir poéticamente; pues bien, me hubiese gustado vivir más fotográficamente, como Josef Kudelka, que vivió cada segundo de su aliento únicamente en función de su oficio, que atravesó países enteros sin importarle si dormía en el suelo o si no comía, con tal de hacer y lograr las fotografías que se había propuesto.

—He visto unas fotografías de personajes realizados en familia…

—Después de tantos años, la fotografía sigue siendo mi salvavidas. En esta locura colectiva desencadenada por la pandemia y su encierro forzoso, lo primero que me preocupó fue la estabilidad psíquica de mi pequeña de doce años, en quien había observado un especial talento por el maquillaje de caracterización. Se la pasaba dándonos “sustos” con la simulación de heridas muy realistas, usando los pocos recursos que guardábamos en casa. Y un día se maquilló media cara, como el personaje de La Catrina del Día de los Muertos popularizado por la tradición mexicana y por la película Coco de Disney. Entonces se me ocurrió que hiciéramos un núcleo creativo familiar para trabajar los tres en una serie fotográfica que representara, con sus maquillajes, personajes iconos de la literatura y el cine fantástico para niños.

—Da la impresión de que hicieron una obra completa.

—Los retratos requieren de una preproducción en la que interviene Dalila como diseñadora de utilería, vestuario y peluquería, Valeria con su talento para el maquillaje y yo como autor del retrato fotográfico y la posproducción. Los personajes los elegimos mediante consenso y han logrado despertar el entusiasmo de las más de cien personas que nos siguen con regularidad a través de las redes. Este ejercicio fotográfico serial ha tenido un efecto terapéutico invaluable, que nos ha permitido canalizar la angustia del encierro y la incertidumbre, al tener un proyecto y un propósito.

Cuando fotografías un árbol, tienes que hacerlo de tal manera que deje de ser un árbol para transmutarse en la idea de un árbol.

—En ese proceso de mirar y captar, ¿cuándo te sientes satisfecho?

—Nunca, puesto que después que hago y miro mi trabajo, siempre veo un detalle que hubiese podido mejorar, una aproximación más adecuada al tema o al sujeto, un punto de vista, que de haberlo adoptado hubiese dado como resultado la imagen perfecta. Me doy cuenta cuando ya nada se puede hacer, pero son conocimientos que sirven en las próximas experiencias.

—¿Qué significado es más importante para ti?

—El que resulta de expresar tu punto de vista; la fotografía arrastra el pesado fardo de la impresión de realidad, se le exige con frecuencia que sea un reflejo de la verdad, cosa que no se hace por ejemplo con la pintura. La fotografía no es la verdad, ella es sólo un fragmento ínfimo que pasa por el tamiz de la cultura, los prejuicios, la ideología y el interés particular de quien la hace. Siempre y cuando no se haga de mala fe, con el afán de perjudicar, otorgo al fotógrafo la libertad de transformar el tema fotografiado con todas las herramientas a su disposición, con la finalidad de expresar su opinión, su propuesta de cómo ve el mundo o una parte determinada; esto incluye la puesta en escena en situaciones determinadas en las que el tema es más débil que la idea que quieres trasmitir.

—El valor estético, para ti, ¿se consigue al descubrir la imagen que te interesa?, ¿al atraparla desde tu punto de vista?, ¿al expresar con ella algo que sería distinto a su naturaleza?

—Sin duda la última de tus opciones; concibo el arte y su valor estético como la consecuencia de una exageración. Cuando fotografías un árbol, tienes que hacerlo de tal manera que deje de ser un árbol para transmutarse en la idea de un árbol, exageradamente más grande o más pequeño; para que se convierta en un símbolo, capaz de representar a todos los árboles del mundo. Nos sobrecoge la escultura del David por su inmensidad que sabemos irreal: cuatro veces más grande que un hombre, pero es la representación perfecta del ideal de belleza masculina.

José Pulido

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