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Tibisay Vargas Rojas, la poeta de San Juan de los Morros
La Venezuela que se gesta en Tibisay

lunes 25 de enero de 2021
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Tibisay Vargas Rojas
Tibisay Vargas Rojas: “Me traduzco en mi escritura”.

Hace 800 millones de años los morros de San Juan no eran de San Juan porque ningún santo había nacido todavía y ni siquiera eran morros. Pero el asunto es que estaban creciendo bajo las aguas de un mar que lo cubría todo. Esos morros se fueron formando con huesos, sal, caracoles y todo lo que en el fondo de ese mundo se junta para construir montañas. Ahora son unas visibles y hermosas moles llenas de aves y monos aulladores, que a veces se cubren de neblina y de nostalgia.

¿Cómo haces para no sucumbir bajo el influjo de la poesía, si abres los ojos y ves un paisaje que antes estaba sumergido en profundidades de sirena, en abismos de narval y de ballena?

¿Cómo haces para no rendirte ante la evidencia de la poesía si lees o escuchas a Tibisay Vargas Rojas? Ella es tan nueva en relación con ese lugar y sin embargo comprende todo el proceso y lo traduce hasta que su escritura se asemeja a una geografía que produce vuelos, cantos, fragancias y leyendas.

Tibisay Vargas Rojas evoca con su escritura un pedazo de los suelos y los cielos donde nací y crecí. Ella trae un esbozo, un rasgo, unos olores, unas costumbres.

Los morros se han quedado paralizados extrañando el mar, ese olvido que debe haber cumplido 800 millones de años.

Y mientras eso ocurre, día tras día, Tibisay Vargas Rojas escribe y por si fuera poco organiza lo diminuto, distribuye lo bello y elabora quesillos, conservas de coco, arroz con leche, guarapos espirituales y creo que ha sido capaz de hacer golfeados de la más alta y desesperante añoranza.

Tibisay es una poeta completamente propietaria del misterio y la belleza que emana de los morros; podría decirse que hay un diálogo permanente entre ella y ese paisaje y las resonancias de tal conversación llegan a varios lugares del mundo, como visitas deliciosas, como mensajes amorosos. Ella comparte su visión y su voz y hace que uno mire hacia cualquier parte y vea las gibas portentosas de esa especie de isla poética.

Un poema de Tibisay sobre los morros de San Juan puede servir para explicar un poco la cuestión:

Salgo a menudo
a recoger guijarros
en esta playa cenozoica
abro mi lectura
sobre cada espiral petrificado
cada concha
preservó el aliento
de tiempos inocentes
bajo un cielo amarillo
ajeno a lo humano
su mirada
sobre esta isla de la ciudad
descansa con la suficiencia
de lo eterno
motas de polvo al viento
todos pasamos.

(Casi todos los días, en este conglomerado de las redes sociales, Tibisay Vargas Rojas evoca con su escritura un pedazo de los suelos y los cielos donde nací y crecí. Ella trae un esbozo, un rasgo, unos olores, unas costumbres. Es como una ventana por donde miro los paisajes y los sentimientos que me corresponden. Sólo tenía que subirme a un autobús y en poco tiempo estaba en San Juan de los Morros, en los baños termales, conversando y paseando con los amigos sanjuaneros. Tenía que entrevistarla. Agradecer sus regalos poéticos. Y así ocurrió esto).

 

Tibisay Vargas Rojas y Jeroh Juan Montilla
Tibisay Vargas Rojas: “Vivo con mi compañero ‘de toda la vida’, Jeroh Juan Montilla. Treinta y un años es ya una forma de eternidad que agradezco infinitamente”.

Soy lo que veo, lo que siento…

—Hay en tu escritura una búsqueda muy propia, cierta tendencia a entender unos orígenes… ¿Es lo que sientes más importante?

—Creo que eso nos define humanos, esa necesidad de explicarnos, de comprender nuestra existencia, y en torno a esa interrogante nos vamos construyendo, y deconstruyendo. Los sentimientos van haciéndose palabras, y la interacción con los demás añade o quita, transforma. Compararnos es la primera reacción cuando iniciamos la socialización, escuchamos al otro, lo contemplamos, y a la par nos colocamos a su lado sacándole punta a contrastes, afinidades o rechazos, y allí el lenguaje traduciendo. Sí, definitivamente es la inacabada tarea de nuestra existencia, la más importante, aun cuando no la tengamos definida como tal.

—Tu poesía eres tú. ¿Cuándo comenzaste a detallarte, a analizarte, a sentirte que escribías y vivías poesía? ¿Qué marcó en tu infancia el destino poético?

—A los tres años sabía leer, y a los cuatro asistía a mi primer grado. Mamá pensó que era lo propio. Leer fue la gran revelación. En casa siempre hubo biblioteca, y en esa puerta abierta afiné gustos y preferencias. Los mitos, libros de origen, fabulas, leyendas, poesía e historia me entregaron muy pronto la ensoñación y el deseo de traducir el mundo por escrito. En labios de mamá, y de mi abuela materna, versos y rimas, eran cotidianos. Papá y mi tía materna Nieves, maestros normalistas, eran grandes lectores. A mi tía debo la revelación de la lectura, ya que desde bebé me sentaba en su regazo y leía subrayando con el dedo sobre el libro, y papá llegó a abrir una librería (Minerva de nombre) en su pueblo natal, San Sebastián de los Reyes.

La familia es el primer universo que vivimos. De niños, todo inicia y termina en los límites del amor filial, en las experiencias adquiridas y compartidas.

”Tanto mis padres como mi tía fueron alumnos del sensible poeta sansebastianero don Miguel Ramón Utrera, quien siempre fue ejemplo para ellos de hombre instruido, sensible, y culto. Me recuerdo muy niña intentando escribir poesía, me sedujo enormemente el hecho de poder traducir en ese lenguaje mis impresiones. Cuando leía a Gerbasi o a Paz Castillo u otro poeta en la biblioteca de mi casa, me maravillaba de cómo en un breve escrito traducían un mundo. Ahí descubrí la magia de la metáfora, y sentí que así quería manifestarme: escribiendo poesía, pero fue a mis catorce años cuando conscientemente me inicié en la escritura poética, y todo a partir de un incidente.

”Iniciaba mi quinto año de bachillerato, y asistía a la clase de castellano y literatura que impartía el profesor Antonio Barragán Burgos, caballero culto e intachable. Siempre tuve mi asiento frente al escritorio de mis profesores por muchas razones: era la más joven y eso me brindaba seguridad; sufría miopía y necesitaba no perder detalle en la explicación de las clases.

”Lo cierto es que un día, garabateando en mi cuaderno algunas impresiones con intención poética mientras el profesor daba su clase magistral, una compañera me arrebató el cuaderno entregándolo al profesor y manifestándole que yo no le prestaba atención; nada más falso: me era imperioso escribir, y apelaba a mi cuaderno. Mientras yo pasaba pena y me consumía ante el temor de una citación a mis representantes, el profesor, ya sentado, leía mi cuaderno con mucho detenimiento. Al cabo de un rato se levantó, y entregándome el cuaderno me dijo: ‘Continúe haciéndolo Vargas, va muy bien’. Esa deferencia fue clave en mi intención de asumir la escritura poética como oficio.

”Unos meses más tarde, para el Día del Libro y el Idioma, el profesor Barragán me solicitó algunos poemas para la cartelera alusiva, así como los retratos al carboncillo de Cervantes y Shakespeare, ya que sabía que también dibujaba. Fue mi primera publicación, y el acicate definitivo para mejorar, leer más poesía, y continuar escribiendo”.

—Las tradiciones familiares, los detalles, la naturaleza son como un centro, un punto primordial en algunos de tus poemas. ¿Es así?

—Soy lo que veo, lo que siento, y precisamente las tradiciones y la naturaleza se cuentan dentro de mis preferencias en la temática de mi oficio escritural. Las imágenes alusivas a ellas son invaluables traductoras de mis sentimientos, recursos para la sublimación, a la par que les doy un sitial preferencial, un homenaje a su maravilla. La familia es el primer universo que vivimos. De niños, todo inicia y termina en los límites del amor filial, en las experiencias adquiridas y compartidas. Cuando expandimos ese universo al crecer y socializar, siempre echamos mano a aquel aprendizaje primordial, aun inconscientemente. Y con respecto a la naturaleza, para mí es imposible sustraerme de ella, es a la par la gran metáfora de cuanto siento, y origen de ensoñaciones. Soy amante de sus manifestaciones, una montaña, un río, un ave, siempre me maravillan y conmueven. El hombre es una mina inagotable, y una energía creadora imposible de obviar. Los celtas y pueblos originarios llevaban a cabo todas sus acciones a partir del dictado de la naturaleza, las estaciones y ciclos terminaron siendo germen de cosmogonías y religiones, y ese respeto, de alguna forma, continúa en nuestros genes, y, en mi caso, los traduzco en mi escritura poética, o me traduzco por medio de sus imágenes.

 

“Tema de miseria”, de Tibisay Vargas Rojas
Tema de miseria, de Tibisay Vargas Rojas (El Taller Blanco Editores, 2019).

Soy una soñadora

—Escribir, en el fondo de todo, ¿es encontrarte con cierta felicidad de ser tú?

—Definitivamente sí. Es innegable mi júbilo cuando escribo, y no necesariamente que obedezca a la felicidad como ésta se entiende. Me traduzco en mi escritura, y como el ser finito y vulnerable que soy, no obvio el dolor o desasosiego que muchas veces me acomete, así como tampoco la alegría y regocijo que pueda tomarme. Todo ello convoca la felicidad de ser yo, de poder manifestarme de esta forma, de hacer de la poesía mi traductora. Una vez dije a un amigo muy querido que escribir exorciza acciones, y aún lo sostengo, también de alguna forma y muchas veces, llevo en lo que escribo un mundo paralelo, una vida alternativa, un derrotero de anhelos.

Sigo en mí sintiendo, traduciendo aun el dolor por la pérdida, con la misma intensidad que pongo en sentir y traducir un beso, la tibieza del cuerpo de mi hija entre mis brazos, o el colibrí que liba frente a mis ojos.

—¿Cuál ha sido tu sueño más preciado?

—¡Oh!, qué difícil contestar en singular. Soy una soñadora impenitente, y si soñar es esta suma de anhelos que ha definido mi vida, ese sueño es mantener la lucidez para continuar engarzando la belleza. Cada instante es un tesoro único, la generosa dádiva del infinito que sólo se pliega a los corazones con bondad incomparable, y la única condición es estar atentos, latir al unísono, bien para el gozo íntimo, atesorar, o para compartir, hacerlo arte, palabra.

—¿Qué parte de la vida no puedes explicar? ¿Qué se te escapa?

—Caramba, la vida en sí ya es evasiva, ¿cómo explicarla?, sólo transitamos y hasta garabateamos pareceres en la convicción de nuestra escasez, pero ya ello en cierta medida nos compensa, ¡ah!, pero la muerte, ella sí que es imposible de asir… Sólo nos queda asistir con dolor la pérdida de lo amado, su ausencia. Trato infructuosamente de darle forma en lo escrito, sólo ahondo su abismo.

—¿Cuál es tu gran pasión?

—Vivir con plenitud, abrirme a todas las experiencias que se me brindan, agradecer por los míos, por cada instante, y en la medida de mi posibilidad, trato de traducirlo en palabras. Ya subrayé que soy una soñadora impenitente, y allí llegué por esta necesidad imperiosa de abarcar cuanto sensiblemente me llega, tanto lo gentil, como lo que pudiera en algún momento juzgar de ingrato, y todo ello me atraviesa generando nuevas formas, atando y desatando emociones, formando urdimbres que necesariamente destejo y recomienzo en esto que el arte escritural da en llamar poesía.

—¿Estás muy cerca de ti o te mueves como si estuvieras en un lugar que no te corresponde?

—Llevo la vida como un periscopio, u otro instrumento óptico que gradúo según pulso, pero que definitivamente parte de la íntima e ineludible condición de ser, y aun cuando pueda moverme en un espacio que pueda calificar de ajeno, sigo en mí sintiendo, traduciendo aun el dolor por la pérdida, con la misma intensidad que pongo en sentir y traducir un beso, la tibieza del cuerpo de mi hija entre mis brazos, o el colibrí que liba frente a mis ojos.

Los morros de San Juan
Tibisay Vargas Rojas: “Vivo en un apartamento de un quinto piso que me entrega todos los días la especial belleza de una geografía particular: los morros de San Juan”.

—¿Dónde vives? ¿Casa? ¿Familia? ¿Apartamento? ¿Perros? ¿Gatos?

—En estas vueltas del destino, vivo en San Juan de los Morros, ciudad que me acogió hace 57 años. Llegué aquí un 5 de febrero de 1963. Nací en Caracas el 5 de marzo de 1961, y por situaciones laborales de papá, San Juan de los Morros se convirtió en nuestro hogar. He vivido en muchas ciudades, Valencia, Maracay, Villa de Cura, San Sebastián de los Reyes, bien por estudio, trabajo, y en este periplo de vida, hoy estoy aquí de nuevo. Actualmente vivo en un apartamento de un quinto piso que me entrega todos los días la especial belleza de una geografía particular: los morros de San Juan. Ellos se han convertido en una especial bitácora estacional, un calendario, y también un telón de fondo emocional que impulsa mi ser y hacer de muchas formas. Vivo con mi compañero “de toda la vida”, Jeroh Juan Montilla. Treinta y un años es ya una forma de eternidad que agradezco infinitamente, y hasta hace muy poco, con mi única hija, Valeria, quien tuvo imperiosamente que emigrar por las razones de muchos venezolanos, lo que es para nosotros motivo de dolor, aun cuando la tecnología nos permite la permanencia en comunicación amorosa… pero, claro, nunca será como estrecharla de nuevo entre mis brazos. Sólo doy gracias al Altísimo que está en compañía de su amoroso esposo, mi querido yerno Fradniev, otro hijo para nosotros, eso en verdad lo agradezco profundamente. No tenemos en la actualidad ni perros, ni gatos ni otro de estos seres especiales que hasta hace muy poco nos acompañaron cuando vivíamos en una casa. Las leyes del condominio prohíben las mascotas, pero mi consuelo es la compañía permanente de la infinidad de aves que se dan cita libremente en las ventanas del apartamento, y llenan nuestro hogar de trinos y anécdotas que Jeroh y yo atesoramos y compartimos con familiares y amigos.

—¿Qué haces en esta etapa de peste y dramas?

—Continuar. Ajustar mis latidos, porque ante todo hay que seguir camino con sanidad física, mental y espiritual. No es fácil, la piedra que derriba se multiplicó y está ante cada paso, así que caer es más frecuente, pero también la conciencia para levantarme. Esta necesidad, llámese también oficio, de escribir, se ha redimensionado. Siento que, a la par que escribo, intento llevar la cuenta de mis días, la relación de aconteceres, mis ajustes y cambios, cada texto con intención poética es una suerte de crónica que a la par me ayuda a exorcizar situaciones, acciones. He llevado mi vida tratando de estar muy despierta, es mi naturaleza, pero hoy por hoy, ante este drama humano, he afinado mucho esta particularidad, me siento más atenta, pero a la par vulnerable. Es muy difícil sustraerse al sufrimiento, el propio y el ajeno son uno, y la impotencia está a la orden del día, pero como señalé, hay que seguir camino, y a cada uno nos toca, según desempeño, ayudar en lo posible, en mi oficio particular de escribir, dejar constancia de los aconteceres, que siento una forma de advertir o despertar. Hablar de generaciones futuras ya es otro paréntesis para la incertidumbre, y como lectora y escritora soy ferviente creyente en la fuerza de la palabra escrita. Quod scripsi, scripsi, se dijo, y tanto estas palabras como a las que aludieron permanecen sajando conciencias, y ya van dos milenios.

Me conmueve toda ausencia y escasez, toda ignorancia y vulnerabilidad. Venezuela es un amplio espacio donde hoy por hoy se dan cita sin distingo de oficio o condición la miseria y la orfandad.

—¿Cómo ha cambiado dentro de ti la ciudadanía en relación con Venezuela?

—Llevo duelo por el país que conocí, por el que me vio nacer, ese de la ciudadanía, pero a la par siento que he concebido una Venezuela que se gesta lenta dentro de mí, que es quizá mucho más rica, porque es propia, forjada, paradójicamente, en pérdidas y dolor, la del ser. Soy y seré venezolana, porque más que un gentilicio llevo en mí la herencia familiar de tradiciones acrisoladas en el amor que abuelos, padres, y tíos cultivaron en inocencia cautivadora. Y no es que fueran ajenos o ignorantes de las grandes tragedias que forjaron una idiosincrasia. Aun cuando sólo contaban con la historia y anécdotas heredadas de antepasados sobre las crueles guerras de independencia y de la república, vivieron las penúltimas dos dictaduras con el temor y horror que conllevan, pero nunca con el terrible peso de incertidumbre y pérdida que nos somete en la actualidad. Esto ya es una muerte, por eso mi duelo. La Venezuela de mi nacimiento y media vida no volverá, es un convencimiento, pero el embrión de la que se gesta en mí lleva la contundencia de la piedra de moler de mi bisabuela materna, Cayetana Aular, que irradia con su presencia física en el patio de mi casa paterna ancestrales costumbres, y la impalpable del amor de mi madre quien, aun cuando ya partió a siderales e ignotos espacios, sigue viva en mí, mucho más.

—Hay gente siempre definiendo lo que es poesía y hasta apropiándose de la poesía, aunque es tan inatrapable, ¿tienes una idea que te defina lo que es poesía?

—Le temo a esta pregunta siempre, porque nunca es justa la respuesta, o simplemente no puede responderse. Puedo tal vez esbozar que es el sentimiento que me impulsa a ponerme por escrito, entregar mis visiones y sensaciones intentando belleza, y sé que no le hago justicia, porque como ya se subraya en la pregunta, es inatrapable.

—¿Qué duele más hoy en día? ¿Qué te conmueve más?

—Mis grandes dolores son mis pérdidas recientes, madre, tías, amigos, y mi hermano Huáscar, ya con dieciséis años de ausencia. Sumo la distancia física de mi hija, que emigró junto a su esposo debido a la situación del país, de todos conocida. Son dolores en carne viva de los que no puedo sustraerme. Me conmueve toda ausencia y escasez, toda ignorancia y vulnerabilidad. Venezuela es un amplio espacio donde hoy por hoy se dan cita sin distingo de oficio o condición la miseria y la orfandad. Puede uno sufrir la precariedad económica aun cuando manejó en su hacer una condición social y académica “pudiente”, pero jamás se comparará al estupor de ver al prójimo comer basura, morir de mengua. Nuestro país es hoy un dolor inconmensurable, una herida abierta, un duelo.

José Pulido
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